Lo que pasó esa noche en casa de Mateo me cambió
A los dieciocho años, recién entrado a la universidad, todavía no entendía mi propia cabeza. Para mí el sexo siempre había sido un impulso que llegaba sin permiso, sin sentimientos, sin demasiada conexión con la persona que tuviera enfrente. Tenía citas, tenía parejas pasajeras, pero nada parecía calmar esa inquietud que me caminaba por dentro.
Lo que voy a contar pasó un martes cualquiera del primer semestre. La profesora de teoría política nos dejó un trabajo en equipo y, por mala suerte o por suerte —según se mire—, me tocó con tres compañeros que apenas conocía. Quedamos en juntarnos en el departamento de Mateo, un chico foráneo que vivía solo en un piso prestado por un tío.
Mateo era alto, delgado, con la piel del color del café con leche y el cabello castaño siempre un poco despeinado. No tenía barba todavía, solo esa sombra que dejan los hombres que se rasuran cada dos días. Hablaba bajo, miraba a los ojos cuando uno le hablaba y tenía las manos largas, como de pianista. Era amable de un modo que no se forzaba.
Yo, hasta ese día, había sido cien por ciento heterosexual. No por convicción, no por homofobia, simplemente porque jamás había sentido nada parecido al deseo por otro hombre. Vivía mirando a las chicas de mi salón, fantaseando con la rubia de literatura comparada, pensando en meterle la polla hasta el fondo mientras le agarraba el pelo. Mateo, para mí, era un compañero más.
Llegué a su departamento a las seis de la tarde. Los otros dos del equipo se cayeron del plan a última hora: uno por una gripe, el otro porque la novia cumplía años. Decidimos avanzar igual. Pedimos una pizza, abrimos los apuntes y nos metimos a trabajar como si nada raro pudiera pasar después.
Terminamos a las doce de la noche. Ya con el cuello duro y la cabeza saturada, Mateo cerró la laptop, se estiró en el sillón y me miró de reojo.
—¿Te vas o te quedas un rato? Pongo una peli.
Pensé en mi madre y pensé en el último camión. Le mandé un mensaje avisando que me quedaba a dormir en casa de un compañero. Ella, acostumbrada a mis horarios, contestó con un emoji y un «no llegues tarde mañana».
—Me quedo —dije.
***
La película que eligió se llamaba algo así como Susurros en la oscuridad. Era de zombis, pero zombis raros, con un tono más gótico que sangriento. Apagó la luz del salón, dejó solo la lámpara del rincón y se acomodó a mi lado en el sillón largo. Olía a jabón nuevo y a algo más, algo cálido que no supe nombrar.
No llevábamos veinte minutos cuando apareció la escena que me descolocó. Una mujer corría por un edificio abandonado, escapando de un tipo cubierto de barro. La cámara se entretenía en su falda corta, en sus piernas, en el sudor que le bajaba por el cuello hasta perderse entre las tetas. El tipo la alcanzaba en una habitación cerrada, la tiraba contra la pared, le arrancaba la blusa de un tirón dejando los pezones al aire. Ella gritaba, lloraba, se defendía sin fuerzas mientras la mano del tipo le subía por el muslo y le arrancaba las bragas.
No era una escena bonita. Era cruda, casi insoportable. Y sin embargo, mi pantalón empezó a apretarme de una forma que me obligó a cambiar de postura dos veces. Yo siempre fui muy fácil. Cualquier escena con tensión me ponía duro, y aquella no era la excepción. La polla se me había hinchado tanto que sentía cada latido del corazón golpeándome en el glande atrapado contra la costura del jean.
Lo que no esperaba era ver lo mismo en Mateo. Llevaba un pants gris claro, de algodón delgado, y debajo de la tela se marcaba con toda claridad el bulto de una verga larga y gorda que empujaba hacia arriba, con la cabeza dibujada contra el algodón y una mancha oscura de líquido preseminal que crecía despacito. Cada cierto tiempo, sin querer, le miraba de reojo. Era como cuando uno intenta no mirar algo y termina mirando solo eso.
A mitad de la película, Mateo bostezó, estiró los brazos y se dejó caer hacia mi lado.
—¿Te molesta si me recuesto un rato?
—No, claro que no —respondí.
Sin pensarlo demasiado, apoyó la cabeza sobre mi muslo. La sangre me subió a la cara. Sentía cada respiración suya en mi pierna, sentía la punta de mi polla —dura como una piedra dentro del jean— rozarle apenas la nuca. Él no decía nada. Estaba quieto, como si dormitara, pero yo sabía que no dormía. Sabía que estaba oliendo mi entrepierna, que estaba midiendo con la mejilla el tamaño de lo que tenía atrapado ahí adentro.
En la pantalla, la escena seguía. La cámara se demoraba en cada detalle: una boca abierta, una rodilla temblorosa, un grito ahogado, el culo blanco de la mujer siendo aplastado contra el suelo mientras el tipo se bajaba el pantalón. Yo sentía el dolor literal de mi verga aprisionada contra la tela. Y entonces Mateo movió un poco la cabeza, ajustándose, y con esa pequeña fricción se me escapó un suspiro bajísimo que esperaba que él no hubiera oído.
—Parece que algo se te quiere salir de ahí —dijo, sin levantar la cabeza, con la voz mezclada de risa y nervio—. ¿No te duele?
—Un poco —admití.
Hubo un silencio largo. Mateo se incorporó apenas, lo justo para mirarme.
—Yo no soy gay, eh —solté rápido, como si necesitara dejarlo en claro.
—Tampoco yo —respondió—. Pero entiendo el problema. Sácatela si te alivia. A mí me da igual.
Su tono no tenía ningún juego, ningún peso. Era casi médico. Y sin embargo, mientras lo miraba, supe que ninguno de los dos estaba siendo del todo honesto.
Bajé el cierre. Acomodé la tela del bóxer. Saqué la polla y la dejé al aire libre, tiesa contra mi estómago, con las venas marcadas a lo largo del tronco y el glande brillante, hinchado, morado de tanta sangre acumulada. Una gota gorda de líquido preseminal me colgaba de la punta y se estiraba como un hilo antes de caerme en el pubis. El alivio fue inmediato. Mateo, recostado de nuevo sobre mi pierna, tenía mi verga a centímetros de la cara y fingía mirar la película, pero yo veía cómo tragaba saliva, cómo se le movía la nuez de Adán arriba y abajo cada vez que la punta le rozaba el pelo.
—Si tú quieres, también puedes sacar la tuya —le dije, intentando que sonara natural.
—Qué pena.
—¿Cuál pena? Estamos en confianza, ¿no?
Tardó cinco segundos. Bajó el resorte de su pants, hizo a un lado el calzoncillo y dejó al descubierto una polla gruesa, más larga que la mía, con el tronco recto y una cabeza morada y ancha que goteaba sobre su propio ombligo. Su mano la cubría apenas, los dedos largos rodeaban el tronco pero no llegaban a cerrarse del todo. Nuestras miradas se cruzaron. No quedaba rastro de la cortesía de minutos atrás.
—¿Te molestaría si me la llevo a la boca? —preguntó, y la voz se le quebró al final.
—¿En serio?
—Dando y dando.
—Está bien —contesté, pasando saliva.
***
Lo siguiente que sentí fue su boca caliente engullendo mi polla de un solo golpe. Mateo no era cuidadoso, era curioso, era hambriento. Se la metió entera hasta que la punta le tocó el fondo de la garganta y le arrancó una arcada suave que vibró por todo el tronco. Empezó torpe, casi tropezándose con su propia saliva que le chorreaba por la comisura y me bajaba por los testículos, y poco a poco encontró un ritmo. Su mano subía y bajaba en la base de mi verga mientras la cabeza se movía despacio, chupando fuerte cada vez que llegaba al glande, dándole una lamida circular con la lengua antes de volver a bajar hasta el fondo.
Yo estaba tirado contra el respaldo, con los ojos cerrados, sintiendo cómo cada nervio de mi cuerpo se concentraba en ese único punto. La lengua de Mateo era gruesa, plana, se me envolvía en el tronco como una mano caliente. Cuando llegaba a la punta se detenía, la retenía entre los labios, y me hundía la lengua en el agujerito del glande buscando arrancarme más líquido. Chupaba con hambre, con ese hambre que solo tiene el que descubre algo nuevo y no puede parar.
Al mismo tiempo, él se masturbaba con la otra mano, la mano libre subiendo y bajando por su propio tronco a un ritmo desesperado. Antes de que la película pasara de escena, lo escuché gemir alrededor de mi polla —un gemido ahogado que vibró en el glande y me erizó todo— y sentí su semen caliente caer a chorros gruesos sobre la alfombra de su sala. Fueron cinco, seis, siete disparos, uno tras otro, un charco blanco creciendo entre sus rodillas. Su cuerpo se estremeció dos veces. Yo no había hecho nada y él ya se había corrido.
—Soy un poco precoz cuando estoy muy excitado —dijo, riendo, sin sacarse mi verga de la boca—. Tú aguantas más, parece.
—Estoy acostumbrado a aguantar.
—Eso se nota.
Siguió. Cada vez con más confianza, cada vez bajando más. Ahora que ya se había vaciado tenía la calma del que solo quiere jugar. Chupaba con lentitud, sacando la polla entera de la boca y dándole lengüetazos largos desde los testículos hasta el glande, como si fuera un helado. Después se la volvía a meter entera de un golpe seco y aguantaba con la nariz pegada a mi pubis, respirándome, dejándome sentir cómo la garganta se le contraía alrededor de la punta.
En algún momento se llevó mis testículos a la boca, los trabajó con la lengua, se los metió uno por uno, chupándolos, girándolos, mientras la mano me sacudía la polla mojada de saliva. Después subió de nuevo, se la metió hasta el fondo y empezó a cabalgarla con la boca, arriba y abajo, arriba y abajo, salivando cada vez más, produciendo un ruido húmedo, obsceno, que llenaba todo el salón por encima de los gritos de la película.
Yo le puse una mano en la nuca, despacio. Él se dejó guiar. Empecé a marcarle el ritmo, empujándole la cabeza contra mi pubis cada vez más fuerte, follándole la boca sin miedo. Mateo no se resistía; al contrario, gemía con la boca llena y buscaba tragarme entero. Sentí cómo los testículos se me apretaban contra el cuerpo, cómo el calor me subía por la columna, cómo la corrida me trepaba por dentro de la verga a punto de estallar.
—Me vengo —alcancé a jadear.
Cuando me corrí, le llené la boca de un golpe, chorro tras chorro, y él se incorporó tosiendo, con la corrida escurriéndole por la barbilla, escupiendo lo que le sobraba a un lado sobre la alfombra ya manchada.
—Te dejé seco —dijo, con una sonrisa rara, limpiándose la boca con el dorso de la mano y luego chupándose los dedos—. Es la primera vez que hago esto. Sabe raro. Pero me gustó. Sabes salado, un poco amargo. Me gustó.
No supe qué contestar. Apoyó la cabeza otra vez sobre mi muslo y se quedó así, callado, mientras en la película el protagonista vigilaba a una mujer dormida en una base militar abandonada. La cámara se entretenía en sus caderas, en sus muslos, en la curva de un pecho que asomaba por la sisa del brassier. El protagonista, despacio, se acercaba a su espalda.
—Yo haría lo mismo —dije, en broma.
—Culo dormido, culo perdido —contestó Mateo, levantándose un poco—. Espera, déjame quitarme esto. Ya tengo la polla fuera, mejor me quito el pants y listo.
—Yo igual.
Nos quedamos en ropa interior frente a la televisión, sentados muy cerca, fingiendo todavía que solo veíamos la película. Los dos tenías las vergas afuera del bóxer, todavía brillantes de saliva y semen, todavía a media asta pero recuperándose rápido.
***
En la pantalla, el protagonista besaba a la mujer dormida. Ella reaccionaba sin entender, intentaba zafarse, pero la mano de él bajaba por su vientre, le tomaba la muñeca, le ponía la palma sobre su propia verga. Mateo, a mi lado, ya no fingía nada. Estaba duro otra vez, la polla vertical, latiéndole contra el vientre. Su mano me buscó y me encontró en el mismo estado, empezó a acariciarme, dedo por dedo, midiendo el grosor, apretando la base como si quisiera hacerme reventar de sangre.
—¿Vamos al cuarto? —dijo de pronto, en un susurro—. Aquí ya cualquiera nos ve desde la calle.
—Vamos.
Apagamos la televisión de la sala, pusimos la misma película en el cuarto y nos metimos bajo la cobija ya completamente desnudos. Él se acomodó detrás de mí, en cucharita. Pude sentir su pecho caliente contra mi espalda, su polla dura y mojada rozando la curva de mis nalgas, encajándose despacio en la raja del culo sin llegar a entrar, solo frotándose ahí, subiendo y bajando entre las nalgas, dejándome un rastro húmedo de líquido preseminal que se me metía entre los pliegues. Sus manos me rodeaban la cintura y bajaban hasta tomarme la verga entera, una encima y otra por debajo, cerrándose como una funda caliente.
No me había recuperado todavía y ya estaba duro de nuevo. Su respiración me iba erizando la piel, me mordía suave el cuello, me lamía detrás de la oreja. Cada vez que movía la cadera, su polla se acomodaba un poco más entre mis muslos, un poco más cerca del centro. Las yemas de sus dedos pasaron de mi verga a mi estómago, de mi estómago a mis caderas, de mis caderas a un lugar al que ninguna mano de hombre había llegado nunca.
Sentí un dedo. Apenas. Suave. Húmedo con mi propio líquido, con mi propia saliva que él se había pasado por la mano. Me acarició el ojete despacio, dando vueltas alrededor, sin empujar, dejándome sentir cada milímetro. Después presionó apenas, la punta del dedo hundiéndose lo justo para hacerme abrir los ojos.
—Mateo, ¿qué haces? —dije, más por reflejo que por ganas de pararlo.
—¿No te gusta? —respondió, con la voz cortada.
—Sigue.
Entró el dedo entero, despacio, dando vueltas dentro, buscando algo. Yo sentí una descarga rara, una mezcla de incomodidad y placer que me subió por el estómago. Después entró un segundo dedo, y esa vez sí me quejé, mordiendo la almohada. Mateo esperó, los mantuvo quietos, dejando que me acostumbrara, y empezó a moverlos en tijera, abriéndome despacio. Cuando sintió que me relajaba, empujó los dedos más adentro y me tocó algo que me hizo gemir alto, con un jadeo que me salió sin querer.
—Ahí está —susurró contra mi oreja—. Ahí lo tienes.
Sacó los dedos. Me sentí vacío de golpe. Un segundo después noté su polla en la entrada, gruesa, ancha, empujando con calma. Se había mojado el glande con saliva y con lo que le quedaba de líquido preseminal. Empujó una vez y no entró. Empujó de nuevo y la punta se abrió paso. El primer empujón me dolió de una manera nueva, casi metálica, como si algo se me rompiera por dentro, pero algo en mí lo recibió. Sentí cómo el glande se hundía entero, cómo se abría el aro y lo dejaba pasar, y después el tronco fue entrando centímetro a centímetro, empujando despacio, midiéndome, esperándome.
—Aguanta —me murmuró Mateo, quieto, con la verga a medio meter—. Respira. Yo espero.
Respiré. Él aprovechó y me metió otro par de centímetros, y otro, hasta que sentí sus testículos golpearme el culo y supe que la tenía toda dentro. Yo tenía la cara contra la almohada, mordiéndome el brazo para no hacer ruido, con los ojos apretados. Él empezó a moverse, salidas cortas, entradas hasta el fondo, un ritmo lento que fue creciendo. Cada empujón me arrancaba un jadeo ahogado. Cada retirada me dejaba con las ganas de que volviera a entrar.
A los pocos minutos —pocos minutos, porque era precoz— sentí su cuerpo tensarse contra mi espalda, sus manos apretarme la cintura hasta clavarme las uñas, y su semen caliente derramarse dentro de mí en chorros largos, cada uno acompañado de una embestida seca. Se corrió gimiendo contra mi nuca, mordiéndome el hombro, dejándome lleno de una calidez viscosa que empezó a chorrearme por el interior del muslo cuando sacó la polla.
—De nuevo me fui rápido —dijo, riéndose contra mi nuca, sin aliento—. Te toca a ti, entonces.
***
Justo cuando me incorporaba para devolverle el favor, alguien tocó la puerta. Tres golpes secos. El alma se nos cayó al piso. Saltamos de la cama, recogimos la ropa, nos vestimos a la carrera —yo sintiendo el semen de Mateo chorreándome por dentro del bóxer— y, todavía respirando como si hubiéramos corrido un kilómetro, me senté en el sillón con una revista cualquiera mientras él abría la puerta.
Era su tía. Una mujer baja, simpática, con un tupper en la mano.
—Hijo, perdón la hora. Tu mamá me pidió que te trajera la cena, no sabía si te había avisado.
—No me había avisado, tía. Pase, pase.
—No, no, gracias. Tu tío está en el coche, no quiere bajarse. Solo te dejo esto. Buenas noches, joven —me dijo, asomándose al sillón.
—Buenas noches —contesté, pasando saliva.
La tía se fue. Mateo cerró la puerta, se apoyó contra ella un segundo y soltó una carcajada nerviosa.
—Qué susto. Pensé que se quedaba a cenar.
—Casi nos descubre en plena obra de teatro —le dije, riéndome también.
Volvimos a la habitación. Hacía frío. Nos desnudamos otra vez, ahora con más calma, y nos metimos bajo la cobija. En la televisión, la película había avanzado: el protagonista y la mujer estaban discutiendo en una azotea, él la besaba, ella decía «no debimos hacer esto», él decía «al mundo ya no le quedan reglas». Ella terminaba cediendo, como siempre, dejándose bajar las bragas contra el muro de la azotea.
Mateo se acomodó otra vez en cucharita, pero esta vez al revés, ofreciéndome la espalda. Separó las nalgas con las manos, sin decir nada, mostrándome el ojete rosado, palpitante, todavía cerrado pero listo. Le unté saliva al pene, le puse dos dedos en el aro para ir abriéndoselo un poco, y después empujé. Lo que sentí fue una descarga eléctrica. Calor, presión, succión. El anillo se cerró en la base de mi glande como una banda de goma y después me tragó, centímetro a centímetro, hasta que le toqué el fondo. Apenas podía respirar.
—Métemela entera —jadeó—. Toda. No te aguantes.
Entré. Salí. Entré de nuevo, más rápido, más fuerte. Mateo se puso en cuatro, sin soltarme, con el culo levantado y la espalda arqueada, ofreciéndomelo todo. Sus nalgas chocaban contra mis muslos con un ruido seco y húmedo que llenaba la habitación. Le agarré la cintura con las dos manos y empecé a follármelo en serio, embistiéndolo hasta el fondo en cada estocada, viendo cómo el aro de su culo se estiraba alrededor de mi verga cada vez que salía y volvía a entrar.
Su polla flácida —porque ya se había corrido tres veces— se balanceaba debajo de él como un péndulo cansado, aunque seguía manchando la sábana de líquido cada vez que le daba fuerte. Le pasé una mano por debajo, se la agarré, empecé a masturbársela al ritmo de mis embestidas. La polla se le fue endureciendo otra vez, latiéndome en la palma.
—Más fuerte —pidió, la voz rota contra la almohada—. Rómpeme el culo. Dale, dale, dale.
Le hice caso. Le solté la verga, le agarré el pelo con una mano y la cadera con la otra, y me lo follé con toda la rabia acumulada. Sus dedos se clavaban en la almohada, su espalda se arqueaba, mi cuerpo se sentía a punto de partirse en dos. El sonido de mis muslos golpeándole el culo, de sus jadeos ahogados, del cabecero rozando la pared, se mezclaba con los gritos de la película en un ruido único, obsceno, que no dejaba pensar en nada más.
Le di la vuelta. Lo puse boca arriba, le levanté las piernas sobre mis hombros, y volví a meterle la polla en el culo desde esa posición. Ahora podía verle la cara: la boca abierta, los ojos cerrados, el sudor pegándole el pelo a la frente. Cada vez que empujaba, él gemía en voz baja, apretaba los dientes, y su polla —recuperada del todo— rebotaba sobre su vientre soltando gotas gordas de líquido.
Me incliné, se la metí en la boca a él y a mí en el culo al mismo tiempo, y así nos quedamos, follándolo por los dos lados. Le lamía la punta mientras mis caderas seguían embistiéndolo, sintiendo cómo cada estocada le arrancaba un espasmo que se transmitía a su polla dentro de mi boca.
Cuando llegué al borde, sentí que su interior se cerraba sobre mi pene como una mano. Me solté de él, me incorporé, le levanté las caderas del colchón y me vine adentro, despacio, en oleadas largas, sintiendo cada chorro salir de mi cuerpo y llenarle el fondo. Él, mientras tanto, se sacudía la polla con la mano y se corrió al mismo tiempo, mancándose el pecho, el cuello, el mentón, con tres o cuatro chorros blancos que le quedaron colgando de la piel.
Caí sobre su pecho, resbalándome sobre su propio semen, y él se dejó caer boca arriba. Mi verga salió de su culo con un ruido húmedo y una hilera de semen le escurrió por la raja hasta la sábana. Quedamos los dos así, pegajosos, exhaustos, riéndonos en voz muy baja para que nadie del edificio escuchara.
***
Esa noche dormí en su cama, con su brazo cruzándome el pecho. A la mañana siguiente, ninguno de los dos habló de lo que había pasado. Desayunamos café con leche y pan tostado, nos vestimos, fuimos a la facultad juntos y, al llegar al patio, cada uno se desvió hacia su clase como si la noche anterior no hubiera existido.
No fue ni la primera ni la última vez que algo así me pasaría con él. Pero fue, sin duda, la que abrió la puerta que yo había mantenido cerrada durante dieciocho años sin saber que existía. Por eso, cuando me preguntan cómo descubrí mi otro lado, siempre pienso en aquella película de zombis, en el pants gris claro de Mateo y en una tía que casi nos arruina la noche con un tupper de cena tibia.
Continuará.