Mi mujer jura que no salí de casa esa noche
Llevo tres días sin dormir bien. No es por el dolor de espalda, que ya casi se me ha ido, ni por el moretón violeta que me apareció en la cara interna del muslo y del que no encuentro origen. Es por la pregunta. La pregunta que no consigo formular en voz alta, ni delante de mi mujer, ni delante de mi hermano, ni delante del médico al que me llevaron de urgencia aquella mañana. La pregunta que cada noche se me planta detrás de los párpados cuando apago la luz: ¿pasó o no pasó?
Lo cuento aquí porque no sé a quién más contárselo. Cambié todos los nombres. Si alguno de los que aparecen llega a leer esto y se reconoce, espero que tenga el buen gusto de no decirlo en voz alta.
Me llamo Martín, tengo cuarenta y un años y llevo trece casado con Carolina. Trabajo en una empresa pequeña de logística y, desde hace casi dos años, una parte del equipo viaja un viernes al mes a una casa rural cerca de Valencia para cerrar pedidos con un proveedor. Esos viajes empezaron siendo una cena, después fueron una cena con copas, y de ahí derivaron en lo que se imagina cualquiera que haya trabajado en una empresa pequeña con presupuesto para alcohol.
Lo importante es que el viernes pasado fui a uno de esos viajes. Eso lo confirma Carolina. Lo confirma mi calendario. Lo confirma el cargo de la gasolina en la tarjeta. Hasta ahí no hay duda. Lo que no hay manera de comprobar es lo que pasó después.
***
El recuerdo me llega entero, sin huecos, y por eso me cuesta tanto creer que sea un sueño. Llegamos a la casa el viernes a las siete de la tarde. Éramos seis: tres parejas, en realidad. Las tres mujeres habían quedado en pasar el fin de semana entre vinos y series mientras nosotros «trabajábamos». Carolina vino con Patricia y con Lorena, las mujeres de Rubén y de Sergio, los compañeros del viaje. Por eso lo recuerdo todo con tanto detalle: porque ella estaba ahí desde el principio, no es algo que pudiese contarle después.
Bebimos. Eso lo tengo clarísimo. Bebimos demasiado y demasiado rápido. Hacia medianoche, Rubén soltó una frase que cambió la noche. Dijo, riéndose como si fuera un chiste, que había escuchado que en la despedida de soltera de Lorena las chicas les habían hecho a los chicos algo «que ningún hombre se atreve a pedir». Lo dijo mirando a Carolina, y Carolina no se rio. Carolina apoyó el codo en la mesa, bajó la voz y respondió que si nos atrevíamos a dejarnos hacer lo que ellas decidieran, ellas tenían algo preparado desde hacía meses.
Ninguno de los tres dijo que no.
***
Aquí es donde la memoria empieza a portarse de forma rara. Recuerdo cada detalle, pero como si lo recordara desde fuera, como si fuera una película que vi de muy joven y se me quedó pegada por el morbo.
Nos mandaron a duchas separadas. A Rubén con Patricia. A Sergio con Lorena. A mí con Carolina. La ducha duró una eternidad. Carolina me lavó como si fuese la primera vez que veía mi cuerpo: la esponja en la espalda, la mano abierta sobre el vientre, el dedo cauteloso recorriéndome despacio hasta encontrar lo que buscaba. Me arrodilló bajo el agua caliente, me besó con una intensidad que no le conocía desde hacía años y me hizo correrme contra los azulejos con la mano envuelta en jabón.
—Esto es para que después aguantes —me dijo al oído mientras me secaba con la toalla.
Bajamos a una sala que no recuerdo haber visto al llegar. Las tres mujeres estaban vestidas de negro: cuero, corsé, botas hasta la rodilla y los labios pintados de un rojo casi marrón. Patricia llevaba una fusta en la mano y la fusta no era de juguete.
A nosotros nos hicieron ponernos lo que ellas habían preparado. A Rubén le dieron un body de encaje rojo, medias rojas y unos zapatos bajos. A Sergio le dieron un vestido ajustado de raso negro, con escote abierto hasta el ombligo y unos tacones de aguja que no entendí cómo aguantó. A mí me pusieron un tanga blanco, ligas blancas, medias blancas y un corsé blanco con relleno. Me sentaron delante del tocador y Lorena me maquilló: rímel, sombra suave, carmín nada estridente. Cuando terminó y me dijo que mirara, no me reconocí del todo. Pero en lugar de querer arrancarme la ropa de encima, me gustó. Eso es lo que peor llevo. Que me gustó.
—A partir de ahora ninguna de las tres tenéis nombre de hombre —dijo Patricia desde la puerta—. Tú —me señaló— eres Victoria. Acostumbraos.
***
A las dos de la mañana sonó el timbre. Llegaron dos hombres a los que yo no había visto en mi vida. Carolina los recibió como si fueran invitados de una fiesta de empresa. Uno se llamaba Adrián, tendría cuarenta y pocos, era guapo de manera fría, con la sonrisa rectangular. El otro se llamaba Fernando, mayor, de cincuenta y bastantes, con una mirada que ya sabía lo que iba a pasar antes de que pasara. Patricia le dijo a Adrián que la casa la conocía, y Adrián se rio.
Yo me senté al lado de Fernando. Casi sin querer. Bebimos bourbon con hielo. Hablamos del Atlético, del precio absurdo de los pisos en el centro, de una serie que ninguno había visto entera. Y mientras tanto la mano de Fernando había subido por mi muslo, por debajo de la faldita del corsé, y me apretaba los huevos con una calma que me dejó sin aire en los pulmones.
—¿Cómo te llamas tú? —me preguntó.
—Martín —contesté antes de poder pensarlo.
—No, esta noche no —corrigió Patricia, que pasaba por detrás con la fusta apoyada en el hombro—. Esta noche es Victoria.
Fernando me obligó a corregirme. Me preguntó de nuevo, con la mano todavía entre mis piernas, y yo le dije que me llamaba Victoria. Lo dije sin que me temblara la voz. Eso es lo que más me cuesta admitir cuando vuelvo sobre el recuerdo: que no me costó decirlo.
***
Subimos a una habitación con una cama enorme y un espejo de cuerpo entero pegado a la pared del armario. El resto lo recuerdo en fragmentos, pero los fragmentos son nítidos. Adrián desnudo, de rodillas frente a Rubén, con la boca llena y la mano agarrándole los muslos. Sergio tumbado boca arriba en una esquina del colchón, con el vestido negro subido hasta la cintura y Patricia montada encima, moviéndose despacio mientras le pegaba en el pecho con la palma abierta. Carolina apoyada en el marco de la puerta, todavía vestida de cuero, con la mano dentro de Lorena y los ojos clavados en mí.
Fernando me puso a cuatro patas delante del espejo grande. Me agarró del pelo recogido y me obligó a mirarme. La cara de la mujer del espejo, con el rímel un poco corrido y la boca entreabierta, no era mi cara. Pero también era mi cara. Y yo, en algún sitio dentro de mí, le decía a Fernando que siguiera, que más fuerte, que no parara hasta dejarme la espalda inutilizada para una semana.
Me entró despacio. Eso lo recuerdo bien, porque me sorprendió: no me entró de golpe, como esperaba. Me apoyó la punta, esperó a que respirara, empujó dos dedos primero, después tres, y solo entonces empujó la pelvis hacia delante hasta que sentí sus huevos pegados a mí. Se quedó quieto un segundo entero, mirándome a los ojos por el espejo, antes de empezar a moverse con un ritmo lento que fue acelerando. Cuando me corrí, sin que nadie me tocara la polla, fue contra el suelo de madera. Fernando se inclinó sobre mi nuca y me dijo al oído:
—Quiero volver a verte, Victoria. Dile a tu mujer que me invite otra vez.
***
Después, en algún momento que ya no sé situar, las chicas trajeron tres botellas de cava y ocho copas. Hubo brindis. Hubo más bourbon. Hubo un círculo en el suelo, todos desnudos, todos sentados, pasando las botellas y hablando como si fuésemos viejos amigos. Recuerdo a Carolina sentándose entre Fernando y yo, recuerdo cómo me besó la frente como cuando vuelvo del trabajo, recuerdo el sabor del cava en su boca. Recuerdo a Lorena subiéndose encima de mí y se movió con calma mientras Fernando, detrás de ella, le metía la polla por otro sitio y mi propia polla notaba la suya a través de una fina pared de carne.
Después de eso, ya no recuerdo nada más.
***
Desperté en mi cama. En mi cama, en mi casa, a noventa kilómetros de la casa de Valencia.
Las sábanas estaban mojadas. Tenía el vientre cubierto de semen seco y la nuca con un mordisco que se me marcaba al pasar el dedo. Me dolía el cuerpo entero, sobre todo abajo, de una manera que no se explica por una paja borracho contra la almohada. Tenía el moretón violeta del muslo y otro más pequeño, casi negro, en la cadera derecha.
Carolina entró con un café y una cara que no le había visto nunca.
—Por fin despiertas —dijo—. Vaya nochecita.
—Eso digo yo —le contesté, y lo dije con una sonrisa, porque pensaba que era parte del juego—. Ha sido espectacular. Fernando es un bestia.
Carolina dejó la taza en la mesilla muy despacio. La dejó como se deja algo que se puede romper.
—¿Qué ha sido espectacular, Martín?
Empecé a contárselo. Le hablé de Patricia, de Lorena, de Rubén, de Sergio, de Adrián, de Fernando. Le hablé del corsé blanco y de Victoria. Le hablé de la casa de Valencia, de la fusta, de la habitación con el espejo. Cuanto más hablaba, más se le iba la sangre de la cara.
—Martín —dijo, y me agarró las manos con fuerza—. Anoche llegaste a las once y cuarto de cenar con la gente de la oficina. Llegaste solo. No fuiste a ningún sitio. Llevamos tres meses sin pisar Valencia. No conozco a ninguna Patricia. No conozco a ningún Adrián. Me fui a dormir a la otra habitación porque viniste asqueroso y no se podía estar contigo, pero no he salido de aquí. Los del trabajo se llaman Gerardo, Beatriz, Tomás y Hugo. ¿Me oyes?
La oía. La oía perfectamente. Pero también me acordaba del olor del cuero de Patricia y del peso de los huevos de Fernando en mi mano.
***
Mi hermano vino a buscarme. Me llevó a un hospital donde tiene un amigo médico, me sacaron sangre, me preguntaron veinte veces si me había metido algo y veinte veces les dije que no. Los análisis salieron limpios. Alcohol residual, nada más. Ni GHB, ni ketamina, ni nada que justifique lo que tenía dentro de la cabeza.
Cuando volví a casa por la tarde, Carolina me había cambiado las sábanas. Estaba en la cocina, de espaldas, fregando una taza que yo no había usado por la mañana.
Subí a la habitación a cambiarme. Y antes de entrar, casi sin pensarlo, miré por la ventana del pasillo, la que da al aparcamiento de la urbanización. Allí, abriendo la puerta del copiloto del coche de Carolina, había un hombre.
Era Sergio. El marido de Lorena. El compañero de viaje. El que la noche anterior, vestido de mujer y con un vestido de raso negro subido hasta la cintura, había estado en aquella cama enorme conmigo.
Me cruzó la mirada un segundo. Sonrió. Levantó la mano y me saludó. Y se metió en el coche.
***
Bajé. Le pregunté a Carolina quién era el hombre del aparcamiento. Me dijo que nadie, que se había confundido de plaza un vecino nuevo, que ella ni había salido.
No insistí. No le voy a insistir más. Llevo tres días dándole vueltas y he llegado a una conclusión que no sé si es la buena o si es solo la que me deja dormir un par de horas seguidas: o la noche entera fue verdad y Carolina ha decidido que no lo fue, o nada de la noche fue verdad y Carolina lleva tiempo viéndose con Sergio y mi cabeza lo metió dentro de una orgía imposible para no tener que mirar lo que pasaba de verdad.
Ninguna de las dos opciones me deja en buen lugar.
Por eso lo escribo aquí. Por si alguno de los que lee esto ha vivido algo parecido y puede decirme, con la mano en el pecho, si lo que recuerdo se puede recordar de algo que jamás pasó. Porque yo, cuando cierro los ojos, todavía me veo en aquel espejo, con el rímel corrido y la boca abierta, sintiendo la mano de Fernando agarrándome del pelo.
Y a Carolina, desde la puerta, sonriéndome como nunca me sonrió en trece años.