Me enamoré de mi clienta madura sin poder evitarlo
El viaje que pasamos juntos fue lo que aclaró todo. Habíamos compartido varios días seguidos: desayunos lentos, tardes caminando sin rumbo fijo, conversaciones que se estiraban hasta casi la medianoche sin que ninguno de los dos mirara el reloj. Así fue como descubrí que Elena tenía un sentido del humor mucho más afilado de lo que yo creía, que sabía idiomas que yo ignoraba, que había vivido en tres países distintos antes de instalarse aquí. Con ella aprendía cosas. Y eso me resultaba tan extraño como bienvenido, porque hacía tiempo que nadie me enseñaba nada.
Yo tenía veinticinco años. Ella, más del doble. Nos habíamos conocido a través de mi trabajo, y eso era algo que ninguno de los dos nombraba demasiado.
***
Dos semanas después del viaje, Elena se puso enferma. Me lo dijo de pasada, por mensaje, añadiendo que no era nada grave y que no me preocupara. Pero yo sí me preocupé. Me presenté esa misma tarde en su casa con algo de fruta y una actitud de que no había pasado nada, y me quedé varios días haciéndole compañía. Vivía sola —tenía una asistenta que venía por las mañanas, una mujer callada y eficiente llamada Rosa— y apenas tenía familia: una hermana mayor en otra ciudad con quien hablaba poco, y una sobrina que la llamaba de vez en cuando. Nada más.
No tenía hijos. Era algo que ella llevaba dentro de una manera muy particular, no como una herida abierta, sino como una habitación que ya no visitaba pero que seguía estando ahí. En algún momento me lo contó sin dramatismo, y yo lo escuché sin decir nada inútil. Me pareció valiente esa forma de hablar de las pérdidas sin pedir compasión.
Un mediodía que ella estaba tumbada leyendo y yo estaba sentado en el sillón del dormitorio sin hacer gran cosa, me di cuenta de que no quería estar en ningún otro sitio. No era una sensación sencilla. Era bastante más complicada que eso.
Llevaba semanas con una mezcla de cosas que no sabía cómo nombrar: la alegría de verla, los nervios antes de cada visita, ese nudo extraño en el pecho cuando algo la hacía reír. Durante aquellos días de enfermedad, con ella más frágil y más cercana a la vez, mi cabeza se aclaró de golpe y de forma irreversible. Estaba enamorado de Elena. No de una clienta habitual. No de una señora mayor que pagaba por mi compañía. De ella, de la persona específica que era ella.
El problema era que no sabía qué hacer con eso.
Seguía siendo acompañante. Ella seguía teniendo más de treinta años por encima de mí. Ambas cosas podían ser un obstáculo, dependiendo de lo que Elena quisiera. El tema de la edad a mí no me importaba lo más mínimo, pero entendía que para otras personas podía pesar mucho. Y la cuestión de mi trabajo daba más vueltas todavía.
***
Un día que ya estaba casi recuperada, me tumbé a su lado en la cama. Sin más. Me acosté junto a ella y le acaricié el brazo.
—No me vuelvas a dar estos sustos —dije.
Ella me miró. Tenía los ojos de un color que yo no había visto en nadie más: entre gris y verde, según la luz del momento. Sonrió un poco, levantó la mano y me devolvió la caricia en la mejilla. Yo la besé despacio y me quedé con la frente apoyada en la suya, sin decir nada durante un buen rato.
—¿Qué te pasa? —preguntó al fin, seria.
—Nada. Estaba preocupado por ti.
Me miró con esa expresión suya que significaba que sabía que había algo más. Era muy lista, Elena. Demasiado lista para que yo intentara esquivar la pregunta durante mucho tiempo.
—¿No quieres decirme algo? —insistió.
Supe en ese momento que tenía dos opciones: hablar o huir. Elegí huir, pero de una manera poco habitual.
***
Esa noche escribí una carta.
Siempre me había resultado más fácil escribir que hablar cuando algo me importaba de verdad. Hablando me trababa, omitía lo importante, decía lo que no quería decir. Escribiendo podía ordenar las cosas. Así que me senté a la mesa de mi cuarto y estuve casi dos horas con el papel delante, escribiendo y tachando y volviendo a empezar, hasta que quedó algo que sonaba como yo y no como una excusa.
Al día siguiente fui a su casa por la tarde. Le di un beso, le entregué el sobre cerrado, le dije que lo leyera cuando pudiera, y me fui antes de que pudiera preguntarme nada.
Fui al gimnasio. Hice una hora de bicicleta estática mirando la pared. Después entrené sin orden ni criterio, pasando de una máquina a otra sin terminar nada. El encargado me preguntó si estaba bien y le dije que sí con demasiada rapidez.
La tarde se hizo noche y no había recibido ninguna señal de ella. Me tumbé en la cama sin cenar. Mis pensamientos iban y venían entre dos versiones del mismo futuro: en una, Elena me rechazaba con delicadeza y nuestra relación se enfriaba poco a poco hasta desaparecer. En la otra, me decía que sí, y yo no acababa de imaginar qué significaba eso exactamente, pero se sentía como algo que valía la pena arriesgar.
No dormí, o dormí muy poco. A las siete sonó el despertador y yo llevaba ya una hora despierto mirando el techo.
Fui a clase. No me enteré de nada de lo que explicaron. Por la tarde rechacé una llamada de trabajo: no podía. No estaba en condiciones de concentrarme en nada que no fuera esa espera.
A las seis y cuarto sonó el teléfono.
Era ella.
—Ven a casa —dijo. Solo eso.
El corazón se me subió a la garganta. Me cambié de ropa dos veces en diez minutos y salí.
***
Rosa me abrió la puerta y me hizo pasar al salón. Esperé de pie junto a la ventana sin atreverme a sentarme. Oí los pasos de Elena en el pasillo.
Entró como siempre: erguida, bien vestida incluso en casa, con esa calma suya que yo a veces sospechaba que era una habilidad aprendida más que un rasgo natural. Estaba completamente recuperada. Me dio un beso en la mejilla, señaló el sofá con un gesto, y nos sentamos los dos.
Sacó la carta del bolsillo de su chaqueta. Estaba doblada pero no arrugada. La había leído con cuidado.
—Es una carta muy bonita —dijo—. Nadie me había escrito algo así.
La carta decía, más o menos, lo siguiente:
«Elena, estos últimos días he estado mirando cosas que no había querido mirar de frente. No sé si hago bien en decírtelo, pero tampoco puedo seguir sin hacerlo. Lo que siento por ti no es lo que se supone que debería sentir. Tú me has ayudado más de lo que imaginas, en un momento en que yo estaba bastante perdido. He aprendido contigo, y me gustaría seguir haciéndolo. Sé que las circunstancias en que nos conocimos complican las cosas, y sé que la diferencia de años puede ser un factor para ti aunque para mí no lo sea. Solo quiero que sepas que te quiero, y que vayas a donde vayas con esto, eso no va a cambiar.»
Aún conservo el borrador de esa carta.
—¿Me estás preguntando si quiero que seamos una pareja? —dijo Elena, con una expresión que yo no conseguía leer del todo.
—Sí. Eso es exactamente lo que te estoy preguntando.
Se acercó un poco más en el sofá. Me cogió la mano entre las dos suyas y pasamos el resto de la tarde hablando. Hablamos de lo que implicaba, de lo que la gente diría, de lo absurdo que era todo y de lo poco que nos importaba a ninguno de los dos. Y antes de que ella pudiera sacar el tema de mi trabajo, fui yo quien lo dije: si íbamos a estar juntos de verdad, lo dejaba. Ella no respondió con palabras. Solo se levantó, me agarró de la mano y me llevó hacia el dormitorio.
***
Rosa ya se había marchado. La casa estaba tranquila.
Lo primero que hice fue abrazarla. No como siempre, sino más fuerte, con esa sensación de estar dándole las gracias por algo que no cabía en palabras. Ella me apretó también. Noté que cerraba los ojos.
La besé en los labios despacio. Sin urgencia. Mirándola, porque quería verla. Tenía una boca pequeña y muy expresiva, y en ese momento sonreía apenas, con esa media sonrisa suya que yo había aprendido a leer como lo más cercano que ella tenía a la emoción visible. Casi se me escapó alguna lágrima, pero no llegó a pasar.
La besé más profundo, metiéndole la lengua despacio, buscándole la suya. Ella respondió abriendo la boca, y de golpe el beso dejó de ser tranquilo. Le mordí el labio inferior, se lo chupé, y ella soltó un suspiro corto que me fue directo a la polla. Ya la tenía dura contra el pantalón, tan dura que dolía. Ella lo notó, porque me pasó la mano por encima de la tela y me apretó, midiéndome, y me miró desde muy cerca con esa media sonrisa suya que ahora tenía otra cosa dentro.
—Quítamela tú —le dije al oído.
Y me la quitó. Me desabrochó el cinturón con las dos manos, sin prisa, mirándome a la cara mientras lo hacía. Me bajó el pantalón y el calzoncillo de una sola vez, y mi polla saltó dura, tensa, con la punta ya mojada. Elena se quedó un segundo mirándomela, y después me la agarró con la mano derecha, cerrando bien los dedos alrededor. Empezó a masturbarme despacio, con esa forma tan suya de hacer las cosas: como si estuviera aprendiendo el objeto entre las manos. Me subía la piel hasta arriba, me frotaba el glande con el pulgar, me la bajaba entera hasta la base.
—Estás durísimo —murmuró.
—Llevo así desde que me llamaste.
Se sonrió y se agachó. Yo iba a decirle que no hacía falta, que quería ocuparme yo de ella, pero cuando sentí su boca cerrarse alrededor de mi polla se me olvidó todo lo demás. Elena me la mamó despacio, con calma, sin ninguna torpeza. Me la metía hasta la mitad, me la sacaba, me pasaba la lengua por la punta, me chupaba el glande con los labios apretados. Le puse una mano en la nuca, sin empujar, solo por tenerla ahí, y ella me miró desde abajo con la polla en la boca, y esa imagen —Elena, con su piel y su edad y sus ojos entre gris y verde, arrodillada delante de mí chupándomela— fue una de las cosas más brutales que he visto en mi vida.
—Para —le dije, con la voz ronca—. Voy a correrme si sigues.
Se sacó la polla de la boca despacio, con un hilo de saliva colgando, y se limpió con el dorso de la mano. Se levantó. La ayudé a quitarse la ropa con calma. Ella me dejó hacer. Me detuve en cada parte: los hombros, las clavículas, la curva de su cintura. Tiene una piel que guarda bien el tiempo que lleva vivido, y a mí me parecía hermosa de una manera que no había encontrado en nadie antes. Le desabroché el sujetador y le vi los pechos, no grandes pero muy bonitos, los pezones oscuros y ya erectos. Le bajé las bragas hasta los tobillos y ella salió de ellas apoyándose en mi hombro. La tumbé en la cama y me quedé un momento mirándola: desnuda, abierta, esperándome.
Empecé por el cuello. Lo besé despacio, fui bajando sin saltarme nada: la garganta, la clavícula, el espacio entre los senos. Le agarré las tetas con las dos manos, se las apreté, se las junté. Le chupé un pezón mientras con el pulgar le frotaba el otro, y ella arqueó la espalda. Le mordí muy suave y ella soltó un gemido corto. Cambié de pecho. Le chupé y le mamé los pezones hasta que los tenía duros como piedras y ella empezó a mover las caderas debajo de mí buscando algo.
Luego seguí bajando.
Besé su abdomen, sus caderas, la parte interior de los muslos. Me tomé mi tiempo en esa zona donde la piel es más fina y más sensible, hasta que ella puso la mano en mi cabeza sin decir nada. Le abrí las piernas del todo. Tenía el coño mojado, brillante, y el olor me puso todavía más duro. Trabajé con los dedos primero, suave, leyendo cómo respondía el cuerpo. Le pasé el dedo índice por toda la raja, de arriba abajo, sin meterlo. Ella soltó el aire despacio. Le separé los labios con dos dedos y le vi el clítoris hinchado, pidiendo. Le metí el dedo corazón en el coño y ella cerró las piernas alrededor de mi mano un segundo, involuntariamente, antes de volver a abrirlas.
Después con la lengua. Le lamí el clítoris despacio, en círculos, mientras seguía metiéndole y sacándole el dedo. Añadí un segundo dedo. Ella empezó a jadear, a decir mi nombre entre dientes, a agarrar las sábanas. Le chupé el clítoris con los labios, se lo aprisioné suave, se lo mordí con muchísimo cuidado, y volví a lamérselo con la lengua plana, de arriba abajo. Le hundí la cara entera en el coño. Se lo comí sin prisa, sin ningún otro objetivo que el de darle placer. Le metía la lengua dentro y después volvía al clítoris. Los dedos los tenía dentro, curvándolos hacia arriba, buscándole ese punto que hacía que se le tensaran los muslos.
Aquel no era un servicio. Era algo completamente distinto.
—Así, así —jadeaba ella—. No pares.
Estuve ahí hasta que tuvo el primer orgasmo. Le noté cómo se le cerraba el coño alrededor de los dedos, cómo se le sacudían las piernas, cómo se le escapaba un gemido más largo, más hondo. Y después seguí. Más suave al principio, porque sabía que el clítoris se le quedaba muy sensible, y después subiendo otra vez de intensidad hasta el segundo, que fue más ruidoso y más largo, y que la dejó temblando debajo de mi boca. Cuando levanté la cabeza, ella tenía los ojos cerrados y los brazos caídos a los lados del cuerpo. Tenía la barbilla brillante de ella. Me incorporé lentamente, la besé en los labios —quería que se probara—, y ella me devolvió el beso con las dos manos en mi cara, sin ningún reparo.
—Métemela ya —susurró.
Le abrí las piernas y me coloqué entre ellas. Le agarré la polla con la mano y me la pasé por toda la raja, mojándomela en sus flujos, dándole con el glande en el clítoris. Ella dio un respingo. Le puse la punta en la entrada y entré despacio, muy despacio, disfrutando cada centímetro. Estaba estrecha y caliente, y me la fue tragando poco a poco hasta que se la metí entera. Ella me rodeó con los brazos y con las piernas. Me quedé quieto un momento, con la polla enterrada hasta el fondo y la frente apoyada en la suya, respirando los dos al mismo ritmo. Luego empecé a moverme.
Al principio despacio, salidas largas y entradas hondas, sintiendo cómo ella respondía con cada embestida. Después fui subiendo el ritmo. Le puse las manos debajo del culo y se lo levanté un poco, para clavársela mejor. Ella gemía en mi oído, sin pudor, cosas cortadas: «sí», «más», «así». Cada vez que se la metía hasta el fondo, ella soltaba un pequeño gruñido. Le agarré una teta con la mano libre y se la apreté mientras la follaba, y ella echó la cabeza hacia atrás.
La saqué. Le di la vuelta con cuidado, la puse de rodillas sobre la cama, con las manos apoyadas en la almohada y el culo levantado. Le pasé la mano por la espalda, por la curva de las caderas, por las nalgas. Le abrí un poco las piernas. Le volví a meter la polla desde atrás, de un empujón limpio esta vez, y ella soltó un gemido más grave, casi un gruñido. La agarré por las caderas con las dos manos y empecé a follármela así, en esa postura, viéndole el culo golpear contra mí cada vez que se la metía hasta el fondo. Le di una palmada suave en una nalga, y ella se rio en voz baja, sorprendida, y arqueó más la espalda. —Sigue así —dijo con la cara medio hundida en la almohada. Le seguí. Se la metía y se la sacaba, se la metía y se la sacaba, y con cada empuje se le movían las tetas y se le escapaban esos gemidos que iban subiendo. Le pasé la mano por delante y le busqué el clítoris con los dedos mientras la seguía follando, y ella se corrió otra vez, apretándome la polla dentro con unas contracciones que casi me hacen soltarme.
La volví a girar, la puse boca arriba. Quería verle la cara. Le abrí las piernas, me las eché por encima de los hombros, y entré otra vez. Fue diferente a todo lo que había hecho antes con ella, y diferente a todo lo que había hecho con cualquier otra persona. No sé cómo explicarlo de otra manera: era lo mismo y era otra cosa completamente. La follaba mirándola a los ojos, y ella no me apartaba la mirada. Cada embestida era más fuerte que la anterior. Cuando sus gemidos se intensificaron y sentí que todo su cuerpo respondía, ya no aguanté más. Se lo dije al oído: «me voy a correr dentro», y ella me clavó los talones en el culo para que no me saliera. Me vine dentro de ella con la cara enterrada en su cuello, en oleadas largas, vaciándome entera dentro de ella, sintiendo cómo mi corrida la llenaba mientras seguía moviéndome despacio para exprimir hasta la última contracción.
Me quedé un rato sin moverme, sobre su cuerpo, todavía dentro, sintiéndomela latir alrededor. Me besó en la sien. Me aparté despacio, con cuidado, y vi cómo un hilo blanco le escapaba del coño y le bajaba por el muslo. Me puse a su lado. Le pasé el brazo por los hombros y ella apoyó la cabeza en mi pecho.
Ninguno de los dos dijo nada durante un buen rato.
***
Después de aquella noche, empezamos a comportarnos como lo que éramos: una pareja. Salíamos juntos a comer, cogíamos el autobús, íbamos al cine. La gente nos miraba. Yo lo notaba: las miradas rápidas, la sorpresa en los ojos de quien nos veía juntos, los comentarios a media voz que no llegábamos a escuchar pero que podíamos imaginar. Algunos suponían, seguramente, que lo que me interesaba de Elena era su dinero o su posición social. Entendía la conclusión aunque fuera errónea.
Lo que sé es que cuando notaba esas miradas, mi reacción era acercarme más a ella. Cogerla de la mano. Darle un beso. No para demostrar nada a nadie. Solo porque quería hacerlo, y por fin podía.