Cuando todos se fueron, mi jefa abrió otra botella
Llevábamos casi veinte años trabajando codo a codo. Carolina y yo nos habíamos conocido cuando me mudé a Ibiza, y desde entonces no pasaba una semana sin compartir algún rato fuera del turno. Cañas a la salida, alguna pizza viendo el partido, dos cines y un par de conciertos, como decía la canción. Nunca nos liamos. Lo que hicimos fue otra cosa: construir esa amistad sólida que muchas parejas no consiguen en años de convivencia.
Yo le había contado cómo se me cayó el mundo encima cuando perdí a mi mujer. Las experiencias swinger que tuvimos antes de la enfermedad, mis devaneos con hombres en la universidad, aquella amiga de Madrid con la que me veía una vez al año y que, sin embargo, siempre estaba ahí. Carolina, a su vez, me contó su entrada y su salida del pozo: el marido que la dejó con una recién nacida de quince días, las drogas, el alcohol, y los tatuajes feos que se hizo en aquella época y que ahora le costaba mirarse en el espejo.
Cada miseria que compartíamos reforzaba nuestra amistad. Después de cada confesión oscura siempre había sitio para algo alegre y, cómo no, para los detalles de las últimas conquistas. Las suyas, escasas. Las mías, también.
***
Carolina organizaba cada año, al inicio del verano, una comida en el jardín de su casa. Arroz del mejor restaurante del puerto, vino blanco bien frío, cervezas, helados de postre. La hora de empezar bailaba siempre, porque había que esperar a los del turno de mañana, que esperaban a los del turno de tarde, que se habían parado a tomar el aperitivo en algún bar de la marina. Cosas de trabajar en una empresa que no duerme.
El ambiente era informal. Bermudas, bañadores, bikinis, pareos. El día se anunciaba especialmente caluroso para principios de julio. Los becarios se pavoneaban dentro de la piscina, chapoteando más de la cuenta delante de la nueva contable y de una técnica que había entrado hacía un par de meses. Las dos en bikini, sentadas en el borde, riéndose de sus bobadas. El resto, entre chapuzón y picoteo, esperábamos a que sirvieran la comida.
La sobremesa se alargó, como siempre, con alguna cerveza de más. Los más jóvenes seguían en el agua jugando como críos. Los demás hablábamos del trabajo, porque cuando se reúne gente que comparte oficio, lo demás es decoración. Poco a poco los invitados fueron marchándose. El sol bajó. Alguno apuró las sobras del arroz alegando que así llegaba cenado a casa. Cuando me di cuenta, nos habíamos quedado los dos solos.
—¿No te marchas? —preguntó ella mientras juntaba unos vasos en una bandeja.
—No, te ayudo a recoger. Tienes para rato si te quedas sola con todo esto.
La verdad era otra. No me apetecía irme.
Carolina llevaba un kaftán muy ligero, casi vaporoso, con un bañador negro debajo. La tela se le ajustaba a las caderas cada vez que pasaba una racha de brisa. Yo la había estado observando todo el día con miradas furtivas que ella había cazado más de una vez. Diría que también ella me había estado observando.
—Este año han sido muy civilizados —sonrió—. Hasta dejaron sus platos en la bolsa antes de marcharse.
No parecía que en aquel jardín hubiera comido un grupo de quince personas. Las sillas estaban en su sitio, los manteles plegados sobre una butaca, la barbacoa apagada y limpia.
—Habrá que barrer, o mañana tendrás el suelo lleno de hormigas. Trae una escoba.
—Si insistes, no seré yo la que te quite el gusto de barrer —respondió, y se metió por las puertas correderas hacia la cocina.
Juraría que redujo el paso para que la mirara de espaldas. La miré.
***
Estaba anudando la bolsa de basura, satisfecho de cómo había quedado el jardín, cuando noté su mano fría sobre mi hombro. Me sobresalté. Cuando me giré había dos copas de cristal sobre la mesa de plástico ya sin mantel, y en la otra mano sostenía una botella perlada de gotas de condensación, una botella que sin duda no era ningún resto de la comida.
—Me apetece más esto que ponerme a barrer. Llevo todo el día sin probar una gota. Queda feo que la jefa y la anfitriona se emborrachen en su propia fiesta.
Me hizo gracia el énfasis con el que pronunció «la jefa», y me reí mientras me tendía el sacacorchos.
—No he visto ninguna botella así en la comida. La tenías bien guardada.
—Solo la descorcho en ocasiones especiales. O para evitar que algún idiota me la mezcle con Seven Up. Habría que hacer sufrir a esa gente —dijo, esbozando una sonrisa maliciosa.
Descorché y serví. Las dos copas, finísimas, contrastaban con la mesa plegable. Carolina se sacó el kaftán por la cabeza, se descalzó las cuñas y caminó despacio hasta la piscina. Bajó por los escalones laterales, metió la cabeza en el agua y buceó hasta el otro extremo.
—Vente al agua. Está buenísima. Y trae las copas.
Me quité la camiseta y las sandalias, dejé las copas sobre el borde de granito y bajé por la misma escalera. Buceé hasta donde estaba ella y volví caminando. La piscina no era grande y se hacía pie en cualquier parte.
—Ha sido una buena fiesta —dije después de un sorbo del exquisito caldo.
—Lo ha sido. Aunque has estado muy taciturno todo el día.
—Estaba concentrado.
—¿En qué?
—En el trabajo —respondí, y no me lo creyó nadie, ni siquiera yo.
Esbozó una ligera sonrisa, dio otro sorbo y dejó la copa sobre el bordillo. Ya había oscurecido y solo iluminaban el jardín las lámparas del porche, que se habían encendido solas hacía unos minutos. La piscina quedaba en una penumbra suave.
***
De espaldas a mí, vi cómo se bajaba los tirantes del bañador. Los pechos quedaron a un par de centímetros bajo la superficie. Intuí que se lo había bajado hasta la cintura.
—Estos bañadores son corsés. Tenía el cuerpo embutido como una longaniza.
Estoy seguro de que no veía la expresión de mi cara, pero ni corta ni perezosa me increpó:
—Eh, no me mires así. En la playa hago siempre topless. Y cuando me lleves a Formentera lo haré todo el día.
Llevábamos semanas hablando de escaparnos a Formentera cuando los turnos nos hicieran coincidir varios días libres. Yo conservaba un apartamento heredado en Es Caló, de los años setenta, que ya no podría comprar ni soñando. Había decidido no alquilarlo aquel verano para poder bajar cuando me apeteciera. Al fin y al cabo, el ferri tardaba poco más de media hora.
Ante su descaro me puse más chulo que ella.
—Pues tenía pensado llevarte a Cala Saona y a Es Migjorn —dije, y sin pensarlo me quité el bañador y lo lancé fuera de la piscina, sin reparar en que tarde o temprano tendría que salir desnudo.
Ella, picada, se intentó quitar el bañador del todo. Cuando levantó el pie para sacárselo, perdió el equilibrio. La vi a cámara lenta: la cabeza yendo hacia atrás, los brazos buscando agarre, una pataleta torpe, y un manojo de tela negra hundiéndose hasta el fondo de la piscina, perdido para siempre.
Con toda la dignidad posible, ya completamente desnuda, se acercó al borde, recogió su copa y se puso a hablar del tiempo. Yo no podía aguantar la risa, pero le seguí el juego. La escena, vista desde fuera, parecía un fotograma de Almodóvar: dos adultos desnudos dentro del agua, bebiendo vino y comentando los cirros.
***
La cosa se estaba poniendo morbosa. Mi pene se puso erecto debajo del agua, una erección de las que casi duelen, una erección que llevaba esperando todo el día. Nos íbamos acercando uno al otro mientras hablábamos de cúmulos, de isobaras, de la línea de costa. Las voces eran cada vez más bajas. Su mano, debajo del agua, se topó «accidentalmente» con mi pene. La mía con sus nalgas. Nos miramos.
Y entonces empezó la historia.
Se acercó a mis labios y nos besamos con rudeza. Le mordí el labio inferior. Ella me apretó el pene con una fuerza muy concreta, como si llevara semanas calculándola. Bajé la boca hacia su cuello, hacia los lóbulos, mientras mi mano derecha encontraba sus pechos y los tomaba uno tras otro como si fueran objetos delicados con su propio peso. El pulgar le rozaba el pezón hasta dejarlo del tamaño de un garbanzo.
Me agarró el culo con las dos manos y me empujó contra ella. Los dos de pie, los cuerpos pegados, seguimos besándonos y diciéndonos guarrerías al oído. Las manos íbamos y veníamos del culo a la espalda, en un camino sin destino.
—Llevaba semanas muriéndome de ganas —le confesé.
—Yo también. Nos hubiéramos ahorrado aquella película de mierda que fuimos a ver el martes.
—Sí —reí, sin dejar de besarla.
Bajé la mano hasta su pubis y me sorprendí. Tenía un vello fuerte, rizado, muy poblado, que ni el agua conseguía aplastar. No me lo esperaba.
—¿No te gustan los gatos? —murmuró.
—Me encantan. Tienen más personalidad que cualquier animal lampiño. Estaría dispuesto a fundar una protectora.
Sonrió. Yo tampoco me depilo, y ella empezó a tirar suave de los pelos de mi torso.
—Acabamos de descubrir otra cosa de nosotros, ¿eh? Nos gusta la vegetación salvaje —dijo, mientras seguía apretando mis huevos y mi pene con una delicada fuerza, hasta conseguir que el glande asomara fuera de su traje de piel.
—Vámonos arriba. El cloro me irrita el chichi.
***
Me cogió la mano y, protegidos por la luna y por el silencio del barrio, subimos los escalones de la piscina, atravesamos la cocina y llegamos al dormitorio dejando un reguero de huellas mojadas por todo el pasillo.
La habitación tenía una luz cálida, una cortina ondulando con la brisa y una cama enorme, demasiado bien hecha para alguien que vivía sola. El calor, casi tropical, había secado nuestra piel a mitad de camino.
Nos tumbamos. Ella se centró en mi torso, yo en sus rizos. Se incorporó, abrió un cajón de la mesilla y sacó una caja de preservativos y un bote de lubricante. Tiró de mi piel hacia atrás, dejando el glande brillante, y me lubricó con saliva. Solté un gemido que no esperaba. Sacó un condón, lo abrió y lo deslizó con una soltura que tampoco esperaba.
Mientras yo terminaba de bajarlo hasta la base, ella se untaba lubricante en los dedos índice y anular, se ponía de rodillas y se los introducía con la frente fruncida. No buscaba placer, buscaba humedad.
—La menopausia me ha dejado la libido de una adolescente, pero el coño más seco que la mojama —dijo, y soltó una carcajada.
Reí con ella. Reírse en medio de algo así requiere mucha confianza. Y eso era lo que teníamos.
***
Se movió hacia mí y se sentó sobre mi pene con un gesto medido, dejándose caer hasta el fondo. El placer me recorrió la espalda como una corriente. Ahí la tenía: una mujer de pelo canoso a horcajadas, con los pechos firmes y los pezones todavía duros. No sé cómo será la entrada al paraíso, pero no debe distar mucho de aquella vista.
Empezó a cabalgar despacio, con las bajadas más rápidas que las subidas. Gemidos, jadeos, susurros, algún grito ahogado.
—Acércate —le pedí.
Se reclinó sobre mí y dejó los pechos a la altura de mis labios. Me los comí como un náufrago hambriento. Mientras chupaba uno, la mano consolaba al otro, pellizcando suave el pezón. La cabeza y las manos cambiaban de tarea sin descanso.
De repente aceleró. La calentura me erizó el pelo de la nuca. Si seguía a ese ritmo, terminaba en cinco segundos. La agarré por las caderas y, con todo el dolor del mundo, la frené y la desplacé hacia un lado. Necesitaba aire.
—No pares, no pares —imploró.
Me arrodillé a su lado y bajé la cabeza. Hundí la lengua en cada milímetro de aquella entrada que casi me había hecho correrme. Los dedos se sumaron, entrando y saliendo, mojados por la mezcla de lubricante y de la humedad que ya no tenía nada que ver con un bote de farmacia.
No metí del todo la cabeza entre sus piernas. Me gustaba mirarle la cara, ver cómo se masajeaba los pechos, llegar mejor con la lengua a la parte de arriba, al clítoris hinchado. Sus jadeos crecían. Cambiaba lengua por dedos y dedos por lengua, una y otra vez, hasta que sentí que su mano se metía entre mis piernas y me arrancaba el preservativo de un tirón.
Tomó mi pene, que seguía duro como cuando habíamos empezado. Empezó a masturbarme con fuerza, con rudeza, casi al borde de hacerme daño. Mis testículos se endurecieron en cuestión de segundos. Bajé el ritmo de mi succión sin querer.
—Me voy a correr —avisé.
—Sí, sí, sí. Córrete.
Me incorporé un poco y eyaculé con un orgasmo que me cruzó las piernas. Las sábanas color crema quedaron salpicadas. Recuperé el aliento mal y volví, en cuanto pude, a su pubis. Sus labios estaban hinchados, abiertos, latiendo. Apliqué lengua y dedos como quien afina un instrumento, sin prisa, atento solo a los temblores que recorrían su vientre.
De reojo la veía pellizcarse los pezones. Se movía como atada por unas cadenas invisibles, dando golpes de cadera contra el aire. Mi lengua, ayudada ahora por dos dedos, encontró el ángulo justo.
Y pasó. El tiempo se paró. Carolina quedó inmóvil. Dejó de jadear. No sé si fue un segundo o cinco, hasta que se rompió con un grito ahogado y un golpe de cadera hacia adelante, como si estuviera expulsando un demonio del cuerpo.
Sus uñas se me clavaron en el muslo, cerca de su cara. Un dolor sordo, casi placentero, me recorrió la pierna. Le miré la cara: roja, ruborizada, con las respiraciones volviendo despacio a su sitio.
—Joder. Por Dios. ¡Qué calor! —dijo, entrecortada.
Me tumbé a su lado y le aparté un mechón húmedo de la frente. Me sonrió.
Había dejado de moverse el aire. La noche prometía ser tropical, como habían anunciado los telediarios. Pensé que aquel verano iba a salir muy distinto a cualquiera de los anteriores. Y, por una vez, esa idea no me asustó.