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Relatos Ardientes

Después de cinco años, mi compañero me confesó todo

Andrés y yo compartíamos despacho desde hacía cinco años. Una pared de ventanales nos separaba del resto de la oficina, dos escritorios enfrentados y una planta entre medias que nadie se atrevía a regar porque siempre terminaba marchitándose. Trabajábamos en una agencia de publicidad en Las Palmas. Él llevaba las cuentas grandes y yo coordinaba al equipo de diseño. Al principio nos tratamos con la cortesía tibia de quien comparte ascensor, y poco más.

Él había perdido a su mujer el año en que yo empecé a trabajar allí. Yo venía de un divorcio que me había dejado la cara marcada y una hija adolescente a la que no sabía mirar sin sentir culpa. Los dos estábamos rotos, y creo que nos reconocimos enseguida. Un miércoles cualquiera, él me preguntó qué tal iba todo, y yo le conté la verdad. Una semana más tarde, fue él quien me contó la suya. Así empezó nuestra amistad, hablando bajito en un despacho con la persiana medio bajada.

Durante años fuimos eso: confidentes. Él me ayudaba a sobrellevar la culpa de madre ausente cuando tenía que viajar. Yo le escuchaba repetir las mismas anécdotas sobre su mujer hasta que aprendió a hablar de ella sin que se le quebrara la voz. Comíamos juntos los viernes y a veces bajábamos a tomar una cerveza al terminar la jornada. Y nada más. Durante cinco años, nada más.

Mi hija se fue a estudiar a Valencia en septiembre, y entré en esa casa mía demasiado grande como si fuera un museo cerrado. Esa semana Andrés me notó rara. Un jueves de noviembre, después de una presentación que se había alargado hasta las nueve de la noche, me propuso cenar juntos en un sitio nuevo del muelle. Acepté sin pensarlo.

—Te veo demasiado sola últimamente —dijo, mientras pedíamos la segunda botella.

—Es que lo estoy.

No era la primera vez que teníamos una conversación así, pero esa noche algo era distinto. Quizá fue el vino, quizá que llevaba un vestido negro que había elegido con más cuidado del habitual, quizá que él se había afeitado expresamente antes de venir. Cuando pidió la tercera copa, yo ya estaba mirándole las manos como se miran las manos de un hombre al que piensas tocar.

—¿Te cuento algo? —me dijo, removiendo el vino—. Algo que nunca le he contado a nadie del trabajo.

—Cuéntame.

Me habló de su mujer. Me habló de la vida sexual que habían compartido, de los clubs a los que habían ido cuando él tenía treinta y pocos, de los tríos que habían buscado juntos, de las otras mujeres y algún hombre que habían invitado a su cama. Me contó cómo su mujer se corría gritando cuando la follaban dos a la vez, cómo a él le encantaba verla con la boca llena de otra polla mientras él se la comía por abajo, cómo terminaban los tres bañados en semen y en sudor y se dormían abrazados sin lavarse. Me habló también de una época anterior, mucho antes del matrimonio, cuando había tenido relaciones con otros hombres durante sus años en Bilbao, de las pollas que había mamado en cuartos oscuros, de cómo lo habían follado por primera vez a los veintidós contra la pared de un baño. Me lo contó sin pudor, despacio, como si llevara años esperando poder decirlo en voz alta.

Yo le escuchaba con el corazón acelerado y las bragas mojadas debajo del vestido. No por escándalo. Por otra cosa.

—¿Por qué me cuentas esto ahora? —le pregunté.

—Porque no tengo a nadie más a quien contárselo. Y porque llevo mucho tiempo sin follar. Y porque creo que tú tampoco follas hace mucho.

Le sostuve la mirada un segundo más de lo que le correspondía a una compañera de trabajo. Después bajé la vista a la copa.

—Yo también te tengo que contar algo —dije.

Le hablé de mi matrimonio, del que nunca había hablado en serio con nadie. Del aburrimiento sexual en el que habíamos entrado sin darnos cuenta, de las fantasías que había ido coleccionando en silencio mientras él, mi exmarido, roncaba a mi lado. Le conté que me pajeaba pensando en que me follaran dos a la vez, que soñaba con tener un coño y una polla en la boca al mismo tiempo. Le conté que después del divorcio, en una temporada rara, había tenido un lío con una amiga del gimnasio que duró tres meses, que le había comido el coño hasta hartarme y que ella se corría en mi boca de una manera que todavía recordaba, y que se había terminado porque ella se asustó de sí misma, no yo. Le conté que desde entonces vivía como una monja, con el vibrador como única compañía, por miedo a lo que pudiera pasar si me dejaba llevar.

Andrés me escuchaba con la misma intensidad con la que yo le había escuchado a él. Cuando terminé, alargó la mano sobre el mantel y me rozó los dedos.

—¿Quieres que pidamos la cuenta? —me preguntó.

—Sí.

***

Su casa estaba a diez minutos andando. No hablamos durante el trayecto. Yo iba mirando el suelo y él llevaba las manos en los bolsillos, y entre los dos había un silencio que pesaba como una decisión ya tomada. Cuando subimos al piso y cerró la puerta, yo seguía sin saber qué quería hacer exactamente. Solo sabía que no me iba a ir a casa sin que me follara.

Me ofreció una última copa. Nos sentamos en el sofá, él en un extremo y yo en el otro, con los pies descalzos sobre los cojines del medio. Estuvimos hablando un rato más, esta vez de cosas pequeñas, de viajes pendientes, de discos que queríamos recordar. En algún momento me di cuenta de que el espacio entre nosotros se había reducido sin que yo decidiera moverme.

—Lucía —dijo él en voz baja.

—¿Qué?

—Si quieres que paremos, paramos ahora. Después no voy a querer.

No contesté. Me acerqué despacio, le puse la mano en la nuca y le besé como llevaba meses queriendo besarle sin haberlo sabido. Él sabía a vino y a un perfume que conocía de la oficina. Sus manos se quedaron quietas un instante, como si le costara creerse que yo hubiera dado el paso, y después bajaron por mi cintura con una seguridad que me soltó algo por dentro. Le agarré la mano y me la puse directamente entre las piernas, sobre la tela del vestido, para que no le quedara ninguna duda de lo mojada que estaba.

—Joder —murmuró contra mi boca—. Estás empapada.

—Llevo empapada desde que me hablaste de los tríos en el restaurante.

Me tumbó sobre el sofá sin dejar de besarme. Me desabrochó los botones del vestido uno a uno, sin prisa, mirándome a los ojos entre botón y botón, como quien pide permiso sin palabras. Cuando me abrió la tela y deslizó las manos por encima del sujetador, yo ya tenía la respiración entrecortada y le buscaba el bulto por encima del pantalón. Estaba dura. Estaba muy dura. La apreté con la mano abierta y él soltó un gemido ronco contra mi cuello.

—¿Estás segura? —me susurró.

—Cállate de una vez y fóllame.

Se rio, y esa risa fue el último sonido tierno de la noche. Me sacó el vestido del todo y me dejó en ropa interior, con la espalda contra el cuero frío del sofá y las piernas abiertas sin haberlas movido yo sola. Empezó a besarme el cuello, las clavículas, el nacimiento de los pechos por encima del sujetador. Cada beso era un punto más cerca del centro, y cada punto me hacía clavar las uñas un poco más fuerte en su hombro.

Me quitó el sujetador con una destreza que no esperaba. Se entretuvo en mis tetas mucho más tiempo del que me habían dedicado en toda mi vida adulta. Las lamía enteras, me chupaba los pezones hasta ponerlos duros como piedras, me los mordía con cuidado y después tiraba de ellos con los dientes hasta hacerme gemir. Con una mano me apretaba una teta y con la boca trabajaba la otra, y entre pezón y pezón iba levantando la vista para ver mi cara. Yo tenía los ojos cerrados y estaba arqueando la espalda sin darme cuenta, restregándole el coño empapado contra el muslo.

—Mírame —me dijo.

Abrí los ojos. Él tenía la frente sudada y los labios entreabiertos, brillantes de saliva. Bajó besando mi vientre, se detuvo en el hueso de la cadera, mordió con suavidad el elástico de mi braga y tiró hacia abajo con los dientes. Cuando me la sacó del todo y me abrió las piernas de un tirón, me miró el coño unos segundos en silencio, con una cara que no le había visto nunca.

—Qué coño más bonito tienes, joder.

—No hables. Cómemelo.

Y me lo comió. Se puso de rodillas en el suelo, me agarró por los muslos y me arrastró hasta el borde del sofá, y me metió la lengua entera de un lametón que me hizo levantar el culo del cuero. Empezó despacio, lamiéndome los labios de fuera hacia dentro, chupándome el clítoris con los labios cerrados como si me diera besos ahí abajo. Después metió la lengua entera y me la folló con ella, entrando y saliendo, mientras con el pulgar me hacía círculos en el clítoris.

—Métemela más —le pedí, y ni reconocí mi voz—. Métemela hasta el fondo.

Me metió dos dedos. Los curvó hacia arriba, buscando ese punto que solo yo sabía encontrarme, y lo encontró a la primera. Empezó a moverlos rápido, con la mano entera, mientras me chupaba el clítoris sin parar. Yo tenía una mano en su pelo tirándole hacia mí y la otra apretándome una teta, y ya no me importaba nada. Le monté la cara sin pedir permiso, restregándome contra su boca, buscando el ángulo, y él dejaba que le follara la cara sin quejarse, con los ojos entrecerrados y las mejillas brillando de mis jugos.

—Me voy a correr, me voy a correr, no pares, no pares…

Me corrí la primera vez con la cara apretada contra el cojín para que no me oyera medio edificio, apretándole la cabeza entre los muslos hasta casi ahogarle. Sentí la corrida bajarme por dentro como una descarga, y cuando abrí los ojos él seguía chupándome, más despacio ahora, bebiéndose todo lo que le había caído en la boca.

—Ven aquí —le dije, jadeando—. Súbete que quiero chupártela.

Subió. Le desabroché el cinturón con prisa y le bajé los pantalones y los calzoncillos yo misma, y la polla le saltó a la cara, tiesa y goteando. Estaba más dura de lo que esperaba encontrarla a su edad, gruesa, con el glande morado y una gota gruesa de precorrida en la punta. La lamí primero, de arriba abajo, saboreándole. Le lamí los huevos uno por uno, se los metí en la boca de a uno, y después subí a la punta y me la tragué entera de un golpe, hasta el fondo de la garganta.

—Joder, Lucía, joder…

La chupé como si llevara años sin chupar una, que era lo que llevaba. La sacaba entera, le pasaba la lengua por el frenillo, escupía en la punta y la volvía a meter hasta el fondo. Él me sujetaba la cabeza con las dos manos sin forzar, solo marcando el ritmo, mirándome con la boca abierta como si no se lo creyera. Le miré desde abajo con la polla dentro de la boca y él soltó un gemido que me apretó el coño solo de oírlo.

—Para, para —dijo de pronto—. Para o me corro en tu boca y se acaba antes de empezar.

—Que te corras. Me la tragaré entera.

—No. Quiero follarte primero. Me corro dentro de ti.

Me tumbó otra vez. Sacó un condón de la cartera que estaba encima de la mesa —lo había dejado allí antes de que yo llegara, entendí de repente— y se lo puso con una calma que me desesperó. Yo me estaba tocando el clítoris mientras le miraba, incapaz de esperar. Cuando se puso encima, me abrió las piernas del todo, se agarró la polla con la mano y me la pasó por los labios del coño de arriba abajo, mojándola en mí, antes de meter solo la punta.

—Métemela ya, por favor.

Se hundió dentro de mí de una sola embestida larga y los dos soltamos el aire al mismo tiempo. Me llenó entera. La sentí latir dentro mientras se quedaba quieto un segundo, ajustándose, y después empezó a moverse despacio, marcando el fondo con cada empuje.

No fue un polvo torpe. Fue lento al principio, concentrado, con los ojos abiertos. Él se movía mirándome la cara, cambiando el ritmo en función de cómo reaccionaba yo, susurrándome al oído cosas que me subían la temperatura cada vez más.

—Qué apretada estás, joder. Qué gusto me da tu coño.

—Más fuerte. Fóllame más fuerte.

Y aceleró. Me agarró las piernas por detrás de las rodillas y me las abrió hasta pegármelas al pecho, y empezó a metérmela hasta el fondo con embestidas que me hacían subir por el sofá. Me miraba la cara mientras me follaba, y de vez en cuando bajaba la vista para vérsela entrar y salir de mí, brillante de mis jugos.

—Date la vuelta —me dijo—. Ponte a cuatro patas.

Me giré sin discutir. Me puse a cuatro patas sobre el sofá, con el culo hacia él, y le miré por encima del hombro. Se agarró la polla y me la volvió a meter de un empujón, agarrándome de la cadera con una mano y con la otra dándome una palmada en el culo que me hizo apretar el coño alrededor de él.

—Joder, así, así.

—Más, dame más.

Me dio más. Me folló por detrás con una fuerza que no le había supuesto, agarrándome del pelo con la otra mano, tirando de mi cabeza hacia atrás para que arqueara la espalda. Yo tenía la boca abierta y estaba jadeando sin control, sintiéndole el fondo con cada embestida. Metió el pulgar mojado en saliva en mi culo y ahí perdí el control del todo.

—Me voy a correr otra vez, joder, no pares.

—Córrete en mi polla. Córrete.

Me corrí aferrada al brazo del sofá, apretando los dientes contra el respaldo, con todo el cuerpo temblando y el coño apretándole la polla en espasmos. Él aguantó unos segundos más, cambiando el ritmo, y después me clavó los dedos en las caderas y me embistió hasta el fondo tres o cuatro veces seguidas.

—Me corro, me corro dentro, joder…

Soltó un gemido grave y largo y sentí cómo su polla latía dentro de mí, descargando dentro del condón mientras seguía embistiéndome despacio, hasta la última gota. Se quedó dentro un rato, respirando encima de mi espalda, con la frente pegada entre mis omóplatos. Después salió despacio, y yo sentí el vacío como si me hubiera arrancado algo.

***

Nos quedamos tirados en el sofá, sin hablar, con la respiración todavía descompuesta. Él me pasó el brazo por debajo del cuello y yo me acurruqué contra su pecho, notándole el corazón todavía golpeando fuerte. Solo ahí, después de lo que acabábamos de hacer, me di cuenta de que era la primera vez en cinco años que le veía el pecho desnudo.

—¿Y ahora qué? —le pregunté.

—Ahora lo que tú quieras. Pero tengo que confesarte algo más.

—No me asustes.

—No te asustes. Es que llevo mucho tiempo con ganas de volver a las cosas que te contaba. Lo del club, lo de compartir. De ver otra polla metiéndose en el coño de la mujer con la que estoy. De comérselo después, lleno de la corrida de otro. No tengo con quién. Y pensé que quizá tú…

Me incorporé un poco para mirarle a los ojos. No dijo nada más. Me dejó pensarlo. A mí me latía el corazón como si me hubieran sacado a bailar por primera vez, y el coño empezó a apretarse otra vez solo de imaginarlo.

—Cuéntame todo —le dije—. Todo lo que quieras probar. Y yo te cuento lo mío. Y a lo mejor…

—A lo mejor qué.

—A lo mejor dos personas que llevan cinco años callándose tienen muchas cosas que hacer juntas. Yo también quiero ver otra polla. Y quiero ver otro coño. Y quiero que me follen entre dos mientras tú miras.

Sonrió, y noté cómo la polla se le volvía a levantar contra mi muslo.

—Otra vez —le dije—. Antes de que amanezca. Otra vez.

Me besó despacio, esta vez sin prisa, como se besa a alguien con quien acabas de firmar un pacto que todavía no tiene nombre. Y me folló otra vez ahí mismo, en el sofá, más despacio y más sucio, hablándome al oído de todo lo que me iba a hacer, de todo lo que íbamos a buscar juntos, de las pollas que iba a mamar mientras él me follaba, de las mujeres a las que iba a comer el coño mientras él me miraba. Me corrí dos veces más antes de que él terminara dentro de mí por segunda vez.

Al día siguiente llegué a la oficina antes que él, con las piernas todavía flojas y el coño irritado de tanto uso. Le esperé en el despacho con la persiana bajada, dos cafés sobre mi mesa y esa planta marchita entre los dos escritorios. Cuando entró, cerró la puerta y me miró sin decir nada. Yo tampoco dije nada. Los dos sabíamos que acabábamos de abrir una puerta por la que íbamos a entrar muchas veces.

Esa es la primera confesión. Habrá más.

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Comentarios(8)

karinaLP

ufff que tension desde el principio... me encanto. Esperando la segunda parte!!

NachoRivero

Cinco años guardando algo asi, tremendo. Muy bien narrado, se siente autentico

ClaraRdz

jajaja lo de la tercera copa es re tipico, siempre es la tercera la que hace hablar jeje

Marcos_B

me quede con ganas de saber que fue exactamente lo que le dijo... necesito la continuacion ya!!

MarisolTuc

Me recordo a algo que me paso con un colega hace unos años. Esa tension acumulada que de repente sale sola... lo describiste perfecto. Muy buen relato

lino40

Excelente!!! mas por favor

GustiRossi

Muy bien escrito, la atmosfera esta muy lograda. Se siente el peso de esos cinco años juntos. Espero mas historias asi

marianabaires

Se me hizo cortisimo, quede con mil preguntas. Ojala haya segunda parte porque esto tiene para mucho mas :)

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