Lucía volvió al aula con un dolor que no podía esconder
Dudé mucho antes de sentarme a escribir esta historia. No tiene la liviandad ni el morbo que suelen tener los relatos que comparto: no hay seducción juguetona, no hay complicidad, no hay placer compartido. Pero forma parte de la historia de mi mejor amiga de la secundaria, y también de la mía, porque fui yo la que la sostuvo cuando se animó a contarla.
Si sirve para que alguna piba se detenga antes de callarse algo parecido, ya estuvo.
Lucía siempre fue hermosa. Desde chiquita tenía esa cara que parecía sacada de una revista vieja, ojos verdes, pestañas enormes, una sonrisa que iluminaba el aula cuando entraba. Pero en la secundaria pesaba casi cien kilos. Era gordita, con pechos grandes y una panza que se le marcaba usara lo que usara.
Esa inseguridad la carcomía por dentro. Se miraba al espejo y se veía «fea», «rellenita», «nadie me va a querer así». Y por esa convicción terminó saliendo con un tipo de veinticuatro años que claramente no la merecía.
Martín —así se llamaba el novio— la trataba como si le estuviera haciendo un favor. La escondía de sus amigos, la criticaba cuando estaban solos, le decía que bajara de peso «por su bien». Pero la deseaba. Y para Lucía, en ese momento de la vida, que alguien la deseara alcanzaba para aguantar todo el resto.
Me acuerdo perfecto de la semana que faltó a clase. Fueron seis días sin aparecer. Para ella eso era rarísimo: tenía asistencia perfecta, hasta con fiebre se presentaba porque no quería perderse ninguna explicación. La excusa que mandó al preceptor fue una gripe fuerte. Yo no me la creí ni por un segundo.
El lunes que volvió lo tengo clavado en la memoria. Entró al aula caminando despacio, con los hombros encorvados, y cuando apoyó el cuerpo en la silla de madera hizo un gesto de dolor que no pudo disimular. La cara se le puso blanca de golpe, como si estuviera a punto de desmayarse. Nadie más se dio cuenta. Yo sí.
—¿Estás bien? —le pregunté bajito, apenas la profe giró hacia el pizarrón.
—Estoy bien —murmuró sin mirarme, con la voz tirante.
Pero cuando alguien dice «estoy bien» con esa cara, cualquiera se da cuenta de que miente. Pasé toda la primera hora espiándola de reojo. Ella se movía apenas, intentaba acomodarse en la silla sin conseguirlo, escribía poco. En un momento la vi cerrar los ojos y respirar profundo, como aguantando una puntada.
En el recreo la agarré del brazo y la llevé al fondo del pasillo, al baño del segundo piso que usábamos siempre porque era el más tranquilo.
—Lucía, decime la verdad. Ya.
Miró para los dos lados, nerviosa, y al final me soltó entre dientes:
—Tuve un accidente con Martín. Por favor, Mariana, no le digas a nadie.
No le pregunté más. La abracé, le dije que iba a estar todo bien y le propuse que faltáramos a gimnasia, que era la última hora. En nuestro colegio las clases de educación física se daban en un campo deportivo a tres cuadras, y siempre encontrábamos alguna excusa para no ir. Media falta no nos cambiaba el año, y si mis viejos se enteraban iba a decirles que me había sentido mal y me quedé en la enfermería.
Cuando sonó el timbre de las dos menos diez, en lugar de salir con las demás nos colamos por el pasillo del ala vieja hasta el salón de actos. Ese salón era enorme, con butacas de madera pesada y una tarima cubierta de polvo, y nunca había nadie salvo en los actos patrios.
Nos metimos en la última fila, donde no llegaba la luz del ventanal. Lucía se sentó con muchísimo cuidado, apoyando el peso en una sola nalga, haciendo una mueca imposible de ocultar.
Respiré hondo y le dije:
—Listo. Acá no hay nadie. Contame todo desde el principio.
Tardó un rato en arrancar. Se quedó mirando los pies, jugando con el cordón de la zapatilla. Cuando finalmente habló lo hizo con una voz tan baja que tuve que inclinarme para escucharla.
—Empezó el viernes —me dijo—. Martín me había estado diciendo toda la semana que quería que durmiéramos juntos, que me extrañaba de noche, que quería despertarse conmigo. Yo estaba re ilusionada, Mariana. En serio. Me compré ropa interior nueva, un conjunto de encaje negro que vi en una vidriera de Cabildo. Me gasté la plata que tenía guardada de la merienda.
Me quedé callada. Ella siguió.
—Me pidió que fuera después de las doce, cuando sus viejos ya estuvieran dormidos. Mis papás jamás me dejaban salir tan tarde, así que les inventé que me quedaba a dormir en tu casa. Salí de casa a las nueve y después caminé por el barrio haciendo tiempo. Me senté dos horas en una plaza de Olivos, mirando el celular, escuchando música. No tenés idea de las ganas que tenía de verlo. Estaba segura de que esa noche iba a ser la mejor del mundo.
—Llegué al edificio como a la una menos cuarto. Subí y apenas abrió la puerta me agarró de la cintura, me besó como loco y me llevó directo a la habitación. No hubo charla, ni un mate, ni nada. Me empezó a sacar la ropa apurado, me tocó los pechos y me dijo que le encantaban. Después me pidió que se la chupara un rato. Lo hice, como siempre. No es algo que disfrute tanto, pero sé que a él le pone y me hace sentir que lo estoy haciendo feliz.
Lucía tragó saliva antes de seguir. Tenía los ojos llenos de lágrimas pero no se animaba a dejarlas caer.
—Empezamos a coger. Al principio estaba todo bien, yo arriba, moviéndome despacio. Él me miraba, me decía cosas lindas. Pero en un momento me dio vuelta y me puso en cuatro. Dijo que así era la única manera en que podía terminar, que lo ponía loco verme así. Me agarró fuerte de las caderas y empezó a empujar, pero con fuerza, con bronca casi. Estuvo así un rato largo, cada vez más fuerte. Yo le pedí que fuera más despacio. Creo que ni me escuchó.
Hizo una pausa. Se mordió el labio.
—Hasta que en un momento la sacó entera y me la volvió a meter de un golpe. Pero no donde tenía que ser. Sentí un frío que me atravesó el cuerpo entero, una puntada que me llegó hasta la garganta. Grité. Intenté apartarme, pero él ya estaba adentro. Me la había metido por la cola, seco, sin nada. Me tiré de boca contra el colchón y me hice un ovillo. No podía parar de llorar, Mariana. Era un dolor que no sabía que existía.
Se me hizo un nudo en la garganta. Le apreté la mano.
—¿Qué hizo él? —le pregunté, casi sin voz.
—Al principio se quedó mudo. Yo seguía llorando, hecha una bolita contra la almohada. Después empezó a pedirme disculpas. Me abrazaba por atrás y me repetía: «Perdón, amor, fue sin querer, te juro que fue un accidente, me resbalé». Pero yo lo había sentido, Mariana. No fue un resbalón. No fue un segundo. Fue una estocada.
Lucía se secó las lágrimas con la manga del buzo. Respiró hondo.
—Prendió la luz y ahí vi la sangre. Estaba por todos lados. En las sábanas, en sus piernas, en las mías. Me desesperé. Le pedí entre temblores que me llevara al hospital. Me dijo que no podía sacar el auto a esa hora porque sus viejos se iban a despertar. Me preparó la ducha, me metió adentro y me ayudó a lavarme. Yo me dejé hacer como un títere. Después me hizo un té y me pidió que me calmara, que al día siguiente iba a estar todo mejor.
El salón estaba en silencio. Solo se escuchaba el zumbido lejano del patio.
—Dormí ahí, Mariana. Dormí al lado del tipo que me había hecho eso. No me pude ir porque afuera era de madrugada y no tenía plata para un taxi. A la mañana me desperté dolorida, con los ojos hinchados. Me vestí en silencio y volví a casa en colectivo, con el culo ardiendo en cada pozo del camino.
—Llegué y les dije a mis viejos que me sentía pésima, que me había agarrado algo al estómago, que necesitaba dormir. Me metí en la cama y no salí hasta la tarde. Fui al baño a hacer caca y el dolor me hizo gritar. Tuve que morderme la mano para que no me escucharan. Salió sangre otra vez. Ahí me asusté de verdad.
—El domingo, cuando mis papás se fueron a un cumpleaños, me escapé sola a la guardia del hospital del barrio. Tomé un remís porque no podía caminar tantas cuadras. Por suerte me atendió una médica, una señora grande, con cara de mamá. Me hizo entrar a un consultorio y me preguntó con mucha suavidad si alguien me había atacado. Yo le dije que no, que mi novio se había equivocado de agujero. Ella no dijo nada, solo me miró con una cara que no olvidé más.
—Llamó a un proctólogo de guardia. Me revisaron. Me dijeron que tenía una fisura anal, que iba a tardar entre tres y seis semanas en cerrar, que nada de sexo en ese tiempo, que tenía que comer mucha fibra y usar una pomada dos veces por día.
Se quedó en silencio un rato largo.
—Y eso es todo. Por eso falté. Por eso apoyo el cuerpo así. Por eso no puedo sentarme derecha.
***
Yo no supe qué decir. Tenía quince años, ella también, y lo que me acababa de contar era algo que ninguna de las dos estaba preparada para procesar.
Me quedé abrazándola un rato largo, mientras lloraba bajito contra mi hombro. No le dije lo que pensaba. No le dije que para mí no había sido un accidente. No le dije que su novio era un hijo de puta. No le dije que tenía que denunciarlo. No le dije nada, porque sentí que si le decía todo eso la iba a romper un poco más. Y lo único que podía hacer en ese momento era sostenerla.
Me guardé esa conversación durante años. Lucía se recuperó de la fisura en un mes y medio, más o menos, aunque la pomada y el susto le duraron mucho más. Volvió a sentarse normal en la silla, dejó de hacer esos gestos cuando iba al baño, volvió a reírse en clase.
Lo que no hizo fue dejar a Martín.
Siguió con él casi tres años más. Yo la veía cambiar, ponerse más callada, adelgazar de golpe y después engordar de nuevo, dejar actividades que antes le gustaban. Me enteré mucho después que al menos no volvieron a probar el sexo anal. Algo es algo.
Cuando por fin lo dejó —ya en la facultad, ya con el mundo un poco más ancho— vino a mi casa con una botella de vino barato y nos pasamos la noche entera hablando de él. De a poco, con los años, Lucía fue entendiendo cosas que en ese momento no podía ni nombrar.
Una tarde en la cocina de su departamento, tomando mate, me dijo:
—Yo creo que no fue un accidente, Mariana. Yo creo que él sabía exactamente lo que hacía.
—Ya sé, amiga —le contesté—. Ya sé.
Nos quedamos en silencio un rato. Después cambiamos de tema, porque a veces las verdades más pesadas se dejan así, dichas una sola vez, sin agregarles nada.
***
Hoy Lucía tiene un compañero hermoso que la mira como corresponde. Tiene una sexualidad plena, libre, curiosa. Me contó hace poco, con una sonrisa tímida, que con él sí pudo probar el sexo anal. Con calma, con cariño, con todas las cosas que hay que tener. Me lo dijo en un café de Palermo, riéndose, como quien cuenta una pequeña victoria.
Y lo es. Es una victoria enorme. Porque después de lo que vivió a los quince, que haya podido rearmarse, confiar otra vez, disfrutar otra vez, es la prueba de que el cuerpo y el deseo son capaces de sanar cuando encuentran a la persona correcta.
Cuento esto con su permiso, con los nombres cambiados, con los detalles disimulados. Lo cuento porque sé que hay pibas leyéndome que alguna vez pasaron por algo parecido y se lo callaron. Y quiero decirles, como se lo dije a ella esa tarde en el salón de actos: estamos acá, no están solas, hablarlo no las hace débiles. Las hace libres.