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Relatos Ardientes

El cliente que me esperaba al otro lado de las rejas

Lo voy a contar yo, aunque jamás firmaría esta historia con mi nombre verdadero. Ejerzo el derecho penal en una ciudad mediana del país, y hace algunos años acepté un caso que terminó cruzando varias líneas que me había prometido no cruzar.

Mi nombre, para los fines de esta confesión, será Carolina. Tengo cuarenta y dos años, dos divorcios a la espalda, oficina propia y una secretaria llamada Camila que sabe demasiado sobre mí. El día que todo empezó, el fiscal Gerardo me llamó al teléfono mientras yo estaba revisando con un cliente nuevo —Sebastián, empresario de cuarenta y cinco, con la mirada siempre dos centímetros por debajo de la falda de Camila— los detalles de un asunto menor.

—Tengo algo que te puede interesar, Caro —me dijo Gerardo, mientras yo me inclinaba sobre el escritorio para alcanzar el auricular y, sin querer, le regalaba a Sebastián una vista directa de mi escote.

Era un caso de tenencia. Un chico de poco más de treinta, sin antecedentes, al que le habían encontrado cuatro kilos de cocaína en su casa. Le había aceptado el favor a un viejo amigo. Gerardo lo describió como un perejil, alguien al que la policía atrapó con la red mientras buscaba al pez grande.

—Vos sabés que esos casos me pueden, Ger —le contesté.

Le pedí disculpas a Sebastián, prometí volver en una hora y salí dejándole a Camila las instrucciones de archivo. No imaginé entonces que mi secretaria iba a aprovechar mi ausencia para cerrarle a Sebastián el contrato de la manera más íntima posible. Lo supe después, por un mensaje suyo, casi como una confesión a su jefa.

—Lo cerré, doctora —escribió—. Firmó los papeles con la mano izquierda.

No le contesté. Cuando volví, la oficina olía distinto. Los papeles del escritorio estaban un poco corridos, y sobre mi propia silla había una marca tibia que cualquier mujer reconocería. Pero esa es otra historia.

***

Cuando llegué a la comisaría, Tomás Ríos ya llevaba seis horas en el calabozo. Me lo trajeron a la sala de interrogatorios con el labio partido y los ojos enrojecidos. Le pedí cinco minutos a solas y me los dieron.

—Mirá, Tomás —le dije, sentándome del otro lado de la mesa de metal—. Entre vos y yo no puede haber secretos. Contame todo.

Hablamos veinte minutos. Me dio el nombre del amigo, una dirección de la zona sur y el número de su novia. Cuando me incliné a tomar nota, sentí su mirada bajar por mi escote y quedarse ahí. Lo dejé pasar. Soy abogada, no monja, y tengo cuarenta y dos años: las miradas las uso a mi favor cuando me hace falta.

Esa misma tarde fui a ver a la novia. Romina tenía veintinueve, melena rubia hasta los hombros y unas ojeras de no haber dormido en dos días. Le tomé las manos. Le prometí que su novio iba a salir. Me creyó. Yo también me lo creí, porque conocía al juez del caso y porque el fiscal era amigo mío desde la facultad.

Lo que no sabía todavía era que el director del penal al que iban a trasladar a Tomás —un tal Hugo Salinas, cincuenta y cuatro años, pelo canoso, físico de gimnasio— ya tenía planes para esa chica.

***

Hugo me lo contó él mismo, semanas después, cuando todo había terminado. Me lo contó en una cena, riéndose, con la copa de vino en la mano. Que Romina había ido al penal a ver a Tomás contra mis instrucciones. Que un guardia le pasó una foto suya al teléfono mientras la chica esperaba en la fila. Que él, sentado en su despacho con su secretaria Daniela leyéndole por encima del hombro, había decidido que esa visita no se iba a dar gratis.

Me contó cómo la convenció. Una visita íntima con su novio a cambio de un masaje en los hombros. Cómo le bajó la cremallera del pantalón mientras Daniela los miraba desde la puerta entreabierta. Cómo, después de un rato, Daniela se sumó sin que nadie se lo pidiera, desnudándose entre risas en mitad de la oficina. Cómo terminaron los tres en el sillón de cuero negro, ella entre los dos, mareada, sin saber muy bien cómo había llegado hasta ahí ni qué iba a contarle al hombre que la esperaba dos pisos más abajo.

—Y vos, Hugo, ¿no sentís nada? —le pregunté, llevándome la copa a los labios.

—Carolina, querida —me contestó—. Si yo sintiera algo cada vez que una mujer me suplica por un preso, ya estaría muerto.

***

A los cuatro días, conseguí permiso especial para visitar a Tomás. La razón oficial era informarle del avance del caso: habíamos atrapado al amigo de la droga, y el juez aceptaba el arresto domiciliario. La razón real, la que confieso ahora, era que llevaba una semana pensando en él. En cómo me había mirado en la sala de interrogatorios. En cómo había agachado la cabeza cuando le hablé de su novia. En cómo me había agradecido apretándome la mano un segundo más de lo necesario.

Hugo Salinas me recibió en su despacho. Yo iba con un vestido rojo veraniego, sin medias, las piernas cruzadas y los tacones colgando del pie derecho. Él ni siquiera intentó disimular hacia dónde miraba.

—Doctora —me dijo—, le pido que entienda mi posición. Su cliente tuvo un altercado en el patio.

—¿Qué altercado?

—Cosas de presos. Uno le dijo que su novia había estado conmigo, y bueno…

Lo miré sin pestañear.

—¿Y es verdad?

—Por favor, Carolina. Yo soy un profesional.

Le sostuve la mirada un largo rato. Hugo bajó los ojos primero. Le pedí ver a Tomás a solas, dentro de su celda, sin guardias en el pasillo. Aceptó, claro que aceptó. Le ofrecí algo a cambio que no escribiré aquí, pero que terminó siendo más barato de lo que yo esperaba.

***

Cuando entré a la celda, Tomás estaba sentado en la cama de abajo, con la espalda contra la pared. Sus dos compañeros ya se habían ido a otra parte por orden de Hugo. La puerta de barrotes se cerró detrás de mí con ese ruido seco que voy a recordar hasta que me muera.

Tomás se levantó y vino hacia mí. Me abrazó. Yo le devolví el abrazo, le di la noticia que tenía para él, le dije que en cuarenta y ocho horas iba a estar en arresto domiciliario. Sentí su pecho subir y bajar contra el mío, más rápido de lo que correspondía a la noticia. Le tomé la cara con las dos manos.

—Doctora —murmuró.

—Carolina —le corregí—. Acá adentro, soy Carolina.

Lo besé yo primero, lo confieso. No me obligó nadie. No me amenazó nadie. Tenía cuarenta y dos años, dos divorcios y una decisión propia. Lo besé porque quería besarlo, y porque la celda olía a desinfectante y a sudor de hombre encerrado, y porque hacía meses que mi cama estaba vacía.

Me llevó hasta los barrotes. Me dio vuelta, me apoyó las manos sobre el metal frío y me levantó el vestido por detrás. Sentí su boca primero, el aliento caliente subiendo por la cara interna del muslo, la lengua corriéndome la tela de la ropa interior y entrando despacio. Me mordí el labio para no gritar. Sabía que del otro lado del pasillo había celdas, y oídos, y un guardia que cobraba un sobre por mirar a otro lado.

Después me llevó a la cama. Me senté sobre él con el vestido todavía puesto, arrugado en la cintura como una bandera blanca. Le bajé el pantalón yo misma. Lo tomé con las dos manos y lo guié hasta donde necesitaba sentirlo. Bajé despacio. Sentí cada centímetro como si lo estuviera midiendo.

—Carolina —dijo él, con los ojos cerrados.

Me moví despacio al principio. Después dejé de moverme con cuidado. La cama era angosta y crujía en cada empuje. Le clavé las uñas en los hombros. Le mordí el cuello con saña, como si quisiera dejar una marca que él tuviera que explicar después. Sentí su mano abierta sobre la parte baja de mi espalda, empujándome hacia abajo, marcando un ritmo que no era mío sino nuestro.

Cuando terminó, se quedó adentro un largo minuto. Yo apoyé la frente contra la suya y respiré.

—No le digas a nadie —le pedí.

—¿A quién le voy a contar?

***

Salí de la celda media hora después con el pelo recogido y el vestido bien acomodado. Cualquiera que me hubiera mirado a los ojos me habría reconocido. Pero nadie me miró a los ojos. Hugo Salinas me hizo un gesto desde el fondo del pasillo, casi una reverencia. Su secretaria Daniela me sonrió como sonríen las mujeres que saben.

A las cuarenta y ocho horas, Tomás salió en arresto domiciliario. Romina me llamó llorando para agradecerme. Le contesté con el tono profesional que se usa cuando hay que cerrar capítulos. Le dije que cuidara de él, que no había sido fácil lo que habían pasado, que la vida les debía un descanso largo. Yo soy buena para esos cierres. Llevo años ensayándolos.

Colgué el teléfono y me serví un whisky.

Esa misma noche el fiscal Gerardo me llamó. Tenía otro caso para mí. Una mujer que había matado a su novio en defensa propia. Me reí en voz baja.

—Ger —le dije—, mandame los detalles por mensaje. Y llamame menos seguido.

Pero sabía que iba a aceptar. Siempre acepto.

***

Hace tres años de aquello. Tomás vive en otra provincia, con Romina, y nunca volví a verlo. Le pasé el caso a un colega cuando expiró el arresto domiciliario, con la excusa de que mi agenda estaba saturada. A veces, cuando entro a una celda a entrevistar a un cliente nuevo, vuelvo a oír el ruido de los barrotes cerrándose detrás de mí. Y siento, por un segundo, una tibieza en la nuca que no es mía.

Lo escribo ahora porque alguien tiene que decir la verdad sobre cómo se hace mi profesión cuando nadie mira. No fui víctima. No fui culpable. Fui Carolina, una abogada de cuarenta y dos años, en un calabozo, con un cliente que me esperaba al otro lado de las rejas.

Y volvería a hacerlo.

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Comentarios (7)

NachoRiver09

Increible, de lo mejor que lei en mucho tiempo. Te felicito!!

Valeria_sur

Por favor escribi una segunda parte, quede con demasiadas ganas de saber que paso despues

MarcelaCBA

madre mia... que situacion tan inesperada jaja

Tomas_Rr

Me genera muchas preguntas esta historia. El tambien supo guardar el secreto?

un_lector_curioso

Me encanto el tono de confesion real, sin ser burdo ni exagerado. Sigue asi

PaulaLect92

La descripcion del final lo dice todo sin decir nada. Muy bien escrito, la verdad

Rulo_lector

La premisa es de lo mas original que vi en este sitio. Bravissimo

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