La mañana que escapé del trabajo para verlo a él
Esta es la confesión de mi segundo encuentro con un hombre, y todavía hoy, años después, me vuelve a la cabeza cuando menos lo espero.
Por entonces trabajaba en una empresa en Barranquilla. Apenas estaba empezando a animarme a conocer chicos por internet, y todo seguía teniendo ese gusto a prohibido que tienen las primeras veces. Lo encontré por una red social: un perfil con pocas fotos pero suficientes. Alto, ancho, de hombros pesados. Le escribí un «hola, ¿cómo estás?», sin esperar nada, y respondió enseguida.
Le conté la verdad: que estaba experimentando, que llevaba poco saliendo con hombres, que buscaba algo casual sin compromisos. No lo dudó. Pidió fotos discretas y se las mandé. Las suyas no necesité pedirlas: con verle el pecho y los brazos en su perfil ya tenía suficiente para imaginar el resto.
—¿Mañana podés? —escribió.
Yo tenía que salir de la oficina ese día a hacer una diligencia en un pueblo cercano. Calculé los tiempos: si me apuraba, podía escaparme una hora, una hora y media máximo, y después justificar el retraso diciendo que había trancón en la salida. Una mentira creíble, casi rutinaria. Le dije que sí.
Se llamaba Damián. Le calculaba unos treinta y tres años. Yo andaba por la misma edad. Vivía en un apartamento compartido pero, según me dijo, esa mañana su roomie no estaba. Me pasó la dirección y me avisó que me iba a recoger en su moto en la esquina del barrio.
***
Llegué con los nervios trepándome por la espalda. Era una de esas mañanas en las que el calor del trópico ya pega fuerte a las nueve. Me paré junto a un poste, intentando parecer normal, mirando el celular cada treinta segundos. A los pocos minutos lo escuché antes de verlo: el ronquido de una moto grande, de esas que se hacen sentir cuadras antes.
Frenó frente a mí. Llevaba pantaloneta deportiva, una camisilla blanca esqueleto y un casco oscuro que no me dejaba verle la cara. Lo que sí se le veía eran las piernas: largas, gruesas, oscuras, llenas de venas marcadas. Los brazos también. Yo me sentí pequeño al lado suyo. Pequeño y, a la vez, completamente enganchado.
—Subí —dijo.
Le obedecí sin pensar. Me agarré de su cintura, sentí la espalda ancha contra mi pecho y el motor vibrando entre las piernas. Manejó pocas cuadras y entramos a un conjunto cerrado de edificios bajos. Dejó la moto en el parqueadero y subimos por unas escaleras hasta el tercer piso. No hablamos en todo el trayecto. Tampoco me cruzó por la cabeza arrepentirme.
El apartamento era pequeño pero ordenado. El ventanal del salón estaba abierto y entraba una brisa caliente con olor a guayaba madura. No me dio tiempo de mirar mucho más: me hizo seguir directo al cuarto. La habitación estaba en penumbra, con la persiana medio bajada y la cama tendida con una colcha gris. Me senté al borde, no porque me lo pidiera sino porque las piernas me temblaban.
***
Damián se quitó el casco y por fin pude verle la cara. Tenía los labios gruesos, los ojos pequeños y muy atentos, y una sonrisa lateral que no era simpática ni hostil: era de alguien que sabe muy bien qué hace. Se paró frente a mí, en silencio, y empezó a tocarse por encima de la pantaloneta. Yo bajé la vista al bulto que se le marcaba, después subí hasta su pecho, y de ahí no me animé a llegar a sus ojos.
—Quitate eso —dijo, señalando mi camiseta.
Me la saqué junto con la gorra y las dejé hechas un bollo en el piso. Él se bajó la pantaloneta sin apuro y quedó en unos bóxers negros que apenas podían contenerlo. Mandé la mano antes de pensarlo. Apreté por encima de la tela, sentí el grosor y el calor, y se me escapó un suspiro tonto. Era enorme. Más grueso que largo, oscuro, pesado. Me asusté un poco. Era apenas mi tercer hombre, y supe en ese instante que aquello no iba a entrarme entero por ningún lado.
Damián se bajó los bóxers y, sin decir palabra, me empujó la cabeza hacia él. Me lo metí en la boca como pude. Apenas le abarcaba la punta. Chupé con ganas, le pasé la lengua por toda la corona, y descubrí que estaba recién bañado y que tenía un sabor limpio, casi salado. Mientras lo chupaba, le subía las manos por las piernas duras, las apretaba, y él soltaba unos gemidos cortos que parecían venir de muy adentro.
Verle el pene en mi boca era como mirar una escena de las películas que veía a escondidas por la noche. Hasta ese día no había sido del todo real. Ahora sí lo era.
***
—Vení para acá —murmuró.
Se quitó la camisilla y se tiró boca arriba en la cama. Yo me bajé el pantalón, quedé en ropa interior y me subí encima de él, no sé si con torpeza o con un instinto que no me reconocía. Le besé las tetillas duras, después los labios. Eran gruesos, carnosos, y cuando se los chupé me devolvió un beso lento, profundo, que me dejó sin aire. Bajé por el abdomen, por el ombligo, y volví a metérmelo en la boca.
Le besé los testículos, le pasé la lengua por la base, y mientras lo hacía iba sintiendo cómo crecía la idea de lo inevitable. Saqué del bolsillo del pantalón un sobre de lubricante y un condón. Había ido preparado. Eso también era parte de la fantasía: saber que iba a pasar.
Le puse el condón con cuidado. Casi no le entraba. Me di vuelta encima de él, en sesenta y nueve, para que me dilatara un poco con la lengua. Lo hizo. Esa lengua ancha, gruesa, me recorrió el medio del trasero y yo me agarré de su miembro con las dos manos para no temblar. Me metió un dedo. Uno solo, pero tan grueso que dolió. Le pasé el lubricante, me embadurnó, me metió dos. Era dolor y placer al mismo tiempo, una mezcla rara, nueva, que se parecía mucho a la curiosidad.
—Ya —dije, más bajito de lo que quería.
***
Me incorporé y me senté sobre él con cuidado. Incliné las caderas, agarré su miembro con la mano y lo guié hasta la entrada. Me unté un poco más de lubricante por encima para que deslizara. Bajé despacio. Entró la cabeza y un poquito más, y ahí me quedé clavado, sin poder moverme. Cerré los ojos. Me dio vergüenza mirarle la cara. Sentía un tapón enorme adentro, y un latido sordo que me iba subiendo hasta el pecho.
Él me agarró de las caderas y me empujó un par de veces, suave, intentando ganar terreno. Me hice un poco más hacia atrás. Intenté moverme, no por mí sino para que él sintiera algo. Empezó a entrar y salir despacito, milímetros nada más, y en algún momento aquel dolor agudo se convirtió en otra cosa. Algo cálido, denso, que me obligaba a respirar por la boca.
Me venían a la cabeza imágenes de mujeres montadas encima de hombres como él, en posiciones que había visto mil veces en pantalla, y entender que ahora yo era quien estaba ahí me prendió todavía más. Me agachaba a besarle los labios carnosos. Él jadeaba, con los ojos entrecerrados, las manos firmes en mis caderas.
***
Al rato Damián resopló, frustrado.
—Salgamos del cuarto.
Me bajé con cuidado. Lo sentí salir, todavía duro, doblado hacia un lado. Miré el condón con disimulo: limpio. Respiré aliviado. Me hizo señas para que lo siguiera al baño.
Era un baño pequeño y oscuro, con un foco que titilaba. Abrió la ducha y entramos los dos. Bajo el agua tibia, me hizo entender sin palabras que el plan había cambiado: la posición en cuatro no iba a funcionar, no íbamos a forzar, lo mejor era terminar de otra manera. Me arrodillé en la baldosa fría y volví a tenerlo en la boca.
Le besé los testículos, ya depilados, y miré hacia arriba. Desde abajo se veía todavía más enorme. Le besé por dentro de los muslos, por las venas que le subían por la ingle, y le pasé la lengua por todo el largo. Él se hizo cargo del resto. Con su mano derecha empezó a masturbarse despacio, mirándome, y yo entendí que faltaba poco.
Abrí la boca y saqué la lengua, no por instinto sino por imitación, repitiendo el gesto exacto que había visto tantas veces en pantalla. El primer chorro me cayó en la frente y el ojo. Me reí sin querer. Le agarré la cabeza del pene y la guié hacia mi boca a tiempo para el segundo chorro: espeso, caliente, salado de verdad. Lo dejé llenarme y después lo escupí en la baldosa, pero algo me quedó en los labios y en la nariz. El olor era fuerte, casi animal.
Me unté un poco más, sin pensar, y con la otra mano me hice una paja rápida ahí mismo, en cuclillas, con las rodillas rojas y el sabor de él en la boca. Acabé enseguida. Las piernas me temblaban. Mi propio semen quedó al lado del suyo en la baldosa, y por un segundo la imagen me pareció obscena y hermosa a la vez.
***
Después nos enjabonamos juntos, sin urgencia. Él me pasaba la mano por la espalda, por las nalgas, despacio, como si quisiera pedir perdón por lo que me había dolido y agradecer al mismo tiempo. Nos besamos bajo el chorro, ahora sin hambre, casi con ternura. Me pasó una toalla y me dijo que lo esperara en el cuarto.
Volví a la cama y me senté en el borde, todavía mojado, con el sabor de él en la lengua. Me dolía el trasero y me dolían las rodillas, pero sentía esa especie de paz idiota que da haber cruzado una línea y salir del otro lado entero. Damián entró desnudo, con el cuerpo todavía húmedo, la piel oscura brillándole. Su miembro ya estaba flácido y aun así me seguía pareciendo enorme. Se me acercó, me lo apoyó en la cara y me dejó chuparlo un ratito más, sin propósito, casi por costumbre nueva.
Después tomó la toalla, se secó y empezó a vestirse. Yo lo imité. No hablamos casi nada. Él era de pocas palabras y yo no encontraba ninguna que valiera la pena. Antes de salir, miré el reloj y me di cuenta de que llevaba más de una hora afuera. Iba a tener que mentir mejor de lo previsto.
Me llevó en la moto hasta una esquina lejos de la oficina y se despidió con un golpe seco de mano. Caminé hasta mi carro con las piernas todavía blandas, con el cuerpo dolorido y una sonrisa que no podía borrar.
***
Esa fue mi segunda vez con un hombre. La primera había sido torpe, casi triste. Esta fue otra cosa: un descubrimiento, un susto, un placer nuevo. Supe ahí, secándome la cara en el espejo retrovisor antes de volver a la oficina, que ese tipo de encuentros no se daban con cualquiera y que yo había tenido suerte.
A Damián volví a verlo unos meses después, esa vez en un motel del centro y con otro nivel de confianza. Pero esa es otra historia, y la voy a contar más adelante.
Todo esto es real, tal cual lo recuerdo. Y todavía hoy, cuando paso por una moto grande parada en una esquina, miro de reojo, por si acaso.