Lo que pasó con el camionero en el desierto
Llevábamos casi dos años juntos cuando Daniela me confesó lo que de verdad la excitaba. No era el sexo en sí, me dijo aquella noche mientras cenábamos, sino la situación. La tensión. La sorpresa en la cara de alguien que nunca lo habría imaginado posible.
—Lo que me mueve de verdad —me explicó, girando el vino en su copa— es darle esa experiencia a alguien que no se la espera. Ver cómo reacciona. Alguien que nunca lo pensaría ni en sus mejores sueños.
Yo la miré sin saber bien qué decir. Daniela tenía veinticuatro años y ese tipo de conversaciones seguían pillándome desprevenido, aunque a esas alturas ya debería haberme acostumbrado.
La verdad es que tenía todo el sentido del mundo. Nunca la había visto corresponder una mirada de más, aunque rara vez pasaba desapercibida. Era pequeña, de apenas un metro cuarenta y nueve, menuda y de piel blanca. Tenía el cabello oscuro y unos ojos claros que podían pasar de la inocencia al descaro en medio segundo. Y ese cuerpo, ese cuerpo que a mí seguía sorprendiéndome después de dos años: pechos grandes para una chica tan pequeña, cintura estrecha, caderas redondas. La gente se giraba cuando entraba a un bar. Y sin embargo, Daniela siempre había sido contenida. Discreta. Casi invisible para ella misma, como si no supiera el efecto que causaba o como si simplemente no le importara ejercerlo.
Esa conversación se quedó dando vueltas en mi cabeza durante semanas.
***
La oportunidad llegó sin que ninguno de los dos la buscara.
Volvíamos de la boda de su prima en una ciudad del norte, a más de cuatro horas de casa. Habíamos estado tres días fuera y llevábamos tres noches sin poder estar solos de verdad, con familia por todos lados, colchones estrechos y paredes muy delgadas. Yo manejaba con una mano en el volante y la otra buscando su muslo cada vez que la carretera se ponía larga y vacía.
El desierto de noche tiene algo raro. No hay poblados. No hay luces. Solo la carretera, la oscuridad y ese silencio que pesa sobre el pecho. De tanto en tanto, los faros iluminaban un cartel desvencijado o la silueta de un cactus, y luego otra vez la nada.
Cuando vi el cartel de área de descanso, frené sin pensarlo demasiado.
—Paramos aquí —dije.
Daniela levantó la vista de su teléfono. Parpadeó.
—¿Aquí? ¿En medio de la nada?
—Exactamente aquí. En medio de la nada.
El área era un ensanchamiento de tierra al costado de la carretera. Unas mesas de cemento deterioradas, un par de basureros volcados, una marquesina sin techo. Apagué los faros y por un momento no había absolutamente nada, solo estrellas hasta el horizonte.
***
Le dije que se desvistiera.
No lo pedí. Lo dije. Y Daniela, que conocía ese tono, bajó de la camioneta sin preguntar, dejando la puerta entreabierta. La luna llena la iluminó de una manera que no esperaba: piel blanca casi fosforescente en la oscuridad del desierto, pezones rosados endurecidos por el aire frío de la noche, ese cuerpo pequeño que seguía sorprendiéndome después de dos años juntos.
Me bajé tras ella con el teléfono en la mano.
—Quédate ahí —le dije.
Ella obedeció. Se quedó con los brazos a los lados, mirándome con esa mezcla de vergüenza y desafío que me volvía loco. Le saqué fotos. Caminé alrededor de ella, le pedí que se girara, que levantara el cabello, que me mirara directamente. Daniela cumplía cada indicación con esa expresión suya de inocencia morbosa.
Fue entonces cuando los faros de un camión iluminaron la entrada del área.
Daniela tardó un segundo en reaccionar, y yo también. Cuando los dos entramos en razón, ella echó a correr hacia un pequeño montículo de tierra seca a unos veinte metros. Se tiró detrás con una agilidad que no esperaba de alguien que iba completamente desnuda y descalza.
Yo guardé el teléfono, saqué un cigarrillo y me puse a fumar apoyado en el capó con toda la calma que pude fingir.
***
El camión tardó un momento en estacionarse. Era uno de esos semirremolques largos, con luces naranjas a los lados y el motor rugiendo antes de apagarse. Bajó un hombre de unos cincuenta años. Grande. Corpulento, de esos cuerpos que dan sensación de haber levantado cosas pesadas toda la vida. Me saludó con un movimiento de cabeza y fue directo a revisar las ruedas traseras del acoplado.
Yo fumé despacio, mirando de reojo hacia el montículo. En la oscuridad no se veía nada, pero yo sabía que Daniela estaba ahí, encogida detrás de la tierra, mirando la escena.
No sé cuánto tiempo pasó. Cinco minutos, quizás diez. El camionero terminó con las ruedas, estiró la espalda con un crujido audible y se quedó mirando el cielo por un momento. Luego se acercó caminando despacio, con las manos en los bolsillos.
—¿Tienes fuego? —preguntó.
—Claro. —Le ofrecí el encendedor.
Se llamaba Rodrigo. Llevaba dieciséis horas al volante y todavía le quedaban tres hasta el depósito. Me habló del camino, del calor de día y del frío de noche en el desierto, de lo mucho que había cambiado la carretera en los últimos años. Yo asentía con monosílabos, buscando la manera de cortar la conversación sin levantar sospechas, mientras de reojo veía el montículo y me preguntaba qué tan bien aguantaba Daniela el frío.
Entonces escuché el estornudo.
Rodrigo se giró hacia el montículo con la linterna del teléfono encendida antes de que yo pudiera decir nada.
***
La luz la encontró en cuclillas detrás del montículo, con los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos entrecerrados por el haz directo. Rodrigo se quedó paralizado. Bajó lentamente la linterna. Volvió a subirla. Volvió a bajarla.
—Pero... —dijo. Y no terminó la frase.
—Daniela —llamé yo—. Ya puedes salir.
Silencio. Luego su voz desde detrás del montículo, un hilo de vergüenza pura:
—No pienso salir.
—Daniela.
—Que no.
Rodrigo me miró. Yo le devolví la mirada sin pestañear.
—Es mi novia —le expliqué con tranquilidad—. Estábamos jugando. Le pido disculpas por el susto.
El hombre tardó varios segundos en procesar la información. Luego algo se relajó en su cara y soltó una carcajada corta, de esas que salen sin permiso.
—Joven —dijo—, llevo veinte años en esto. Nunca me había pasado algo así en la vida.
—Daniela —llamé una vez más—. Rodrigo ya sabe que estás ahí.
Otra pausa larga. Después, despacio, ella salió de detrás del montículo cubriéndose con los brazos como pudo. Caminó hacia nosotros con la cabeza baja, los pies descalzos sobre la tierra fría, la piel blanca brillando en la oscuridad como si absorbiera la luz de las estrellas.
Rodrigo la miró. No de manera grosera, al menos no al principio. Más bien como quien ve algo que no esperaba encontrar en su vida y no sabe muy bien qué hacer con eso.
—Abrígate, muchacha, que vas a enfriarte —dijo al final, con voz ronca.
***
Le puse mi chamarra encima en cuanto llegó a mi lado. Ella se apoyó contra mí sin levantar la vista. Rodrigo fumó en silencio un momento, mirando la carretera.
—Tengo termo en el camión —ofreció al fin—. Si quieren café caliente.
Daniela levantó la cabeza. Me miró. Yo la miré.
—Dale —dije.
Rodrigo fue al camión. En cuanto se alejó lo suficiente, Daniela me apretó el brazo con fuerza.
—Casi me muero de vergüenza —murmuró.
—Lo sé.
—Me ha visto todo. Todo todo.
—Lo sé.
—Y sigue mirando.
Le pasé la mano por la cintura.
—¿Y? —le dije en voz baja.
Ella tardó en responder. Cuando habló, lo hizo casi para ella misma, mirando hacia donde había ido Rodrigo:
—¿Es lo que habíamos hablado aquella vez?
No dije nada. Solo empecé a pasarle la mano despacio por debajo de la chamarra.
***
Rodrigo volvió con dos tazas de plástico humeantes. Al acercarse, clavó la mirada en Daniela, que ya no llevaba la chamarra puesta, con los brazos relajados, sin cubrirse. La luna la iluminaba de lado.
El hombre le extendió una taza. Ella la tomó con una pequeña sonrisa.
—Gracias.
—De nada. —La voz le salió un poco más grave que antes, como si le costara mantener el tono normal.
Me senté en el estribo de la camioneta y senté a Daniela encima de mí, de cara a Rodrigo. Le pasé las manos por los costados despacio, con naturalidad. Ella tomó su café sin protestar.
El camionero no se movió.
Daniela bebió su café con calma. Yo seguí moviéndole las manos por encima. Rodrigo nos miraba con esa expresión de alguien que no sabe si está soñando o si tiene miedo de moverse y que todo desaparezca de golpe.
Al cabo de un rato, Daniela dejó la taza sobre el capó. Se recostó contra mí. Tomé una de sus manos y la guié suavemente.
—Puedes acercarte —le dije a Rodrigo.
***
Se acercó despacio, como si pisara terreno inseguro. Tenía las manos grandes, de nudillos marcados, con las venas marcadas en el dorso. Las extendió hacia Daniela con una torpeza casi tierna, como quien no sabe bien por dónde empezar cuando tiene demasiado donde elegir.
Daniela lo dejó. Cerró los ojos.
Rodrigo la tocó con cuidado, despacio. No decía nada. Solo respiraba, cada vez más fuerte. Daniela se acomodó contra mí, apretando mis manos con las suyas cada vez que algo le gustaba.
—Qué cosa más linda —murmuró el hombre al fin, casi para sí mismo.
Con su mano libre, sin apuro, Daniela encontró el bulto en los pantalones de Rodrigo. Él cortó la respiración de golpe.
—Con cuidado —le dijo ella, mirándolo por primera vez de frente con esos ojos claros suyos.
Yo los observaba todo desde atrás, con Daniela entre mis brazos, sintiendo cómo su cuerpo respondía a las manos del hombre y a las mías al mismo tiempo. Nunca la había visto así, entregada y en control al mismo tiempo, exactamente como me había descrito aquella noche en la cena.
Los autos empezaron a pasar con más frecuencia por la carretera. Daniela me miró de reojo.
—Subamos al camión —dije.
***
La cabina era más amplia de lo que parecía desde fuera. Detrás de los asientos del conductor había una litera angosta con una manta de cuadros y una almohada aplastada. Rodrigo ordenó un par de cosas con movimientos apresurados mientras Daniela esperaba de pie, con su ropa en la mano sin habérsela puesto.
Yo me senté en el asiento del piloto, girado hacia atrás, con el teléfono listo.
Daniela hizo sentarse a Rodrigo al borde de la litera. Se arrodilló frente a él.
Me miró un segundo antes de empezar.
—Después lo borras —dijo.
—Claro —respondí.
Empezó despacio, con esa paciencia suya que me sacaba de quicio cuando la usaba conmigo. Rodrigo le puso una mano en el cabello con delicadeza, casi asombrado de que eso estuviera pasando. Daniela lo tomó del cinto con ambas manos y lo guió donde quería. El hombre lanzó un sonido largo, de alivio y asombro mezclados.
Yo grababa desde el asiento del conductor, buscando ángulos, moviéndome despacio para no interrumpir. A veces Daniela me miraba de reojo y yo veía en su cara algo que conocía bien: esa mezcla de vergüenza y placer que solo aparece cuando sabe que la están observando con atención.
***
Cuando Rodrigo quiso que subiera a la litera, Daniela no dudó.
Se subió encima de él con esa seguridad suya de gato, pequeña sobre su cuerpo grande, afirmándose con las manos en su pecho. Él le sujetó las caderas con sus manos enormes que sobre su cuerpo menudo parecían desproporcionadas. Ella lo guió, despacio, con paciencia, acostumbrándose, respirando hondo.
—Quieto —le dijo cuando él intentó moverse antes de tiempo.
Rodrigo obedeció.
Daniela se movió a su propio ritmo, con esa concentración suya que excluye el mundo. El camión crujía levemente. Afuera, la carretera. Adentro, la respiración de los dos y los pequeños sonidos que se le escapaban a ella cuando encontraba el ángulo que buscaba.
Me acerqué en algún momento para besarla. Ella me agarró de la nuca con fuerza y me habló al oído en voz muy baja, diciéndome cosas que no voy a escribir aquí pero que no he olvidado.
Rodrigo decía cosas en voz baja que yo apenas alcanzaba a escuchar. Daniela respondía o no respondía, según le parecía. Eso también lo conocía bien.
Cuando ella llegó al clímax, lo supe por la manera en que se le tensaron los hombros y apretó los ojos con fuerza. No gritó. Nunca gritaba. Solo ese sonido contenido que reconozco de memoria, seguido de ese silencio suyo de unos segundos antes de volver.
Rodrigo terminó poco después, avisando con tiempo, como ella le había pedido.
***
Bajamos del camión antes de que aclarara.
Daniela se vistió despacio, apoyada en la puerta de la camioneta, mirando el horizonte donde el cielo empezaba a perder negro. Rodrigo nos dio la mano a los dos con una solemnidad que me pareció casi cómica en el contexto, como si cerrara un trato importante.
—Cuídense —dijo.
—Igualmente —respondí.
Se subió al camión sin mirar atrás. Escuché el motor arrancar, los frenos soltar aire y los faros iluminar la carretera. En tres minutos no había rastro de él, ni siquiera las luces traseras.
Daniela se recostó en el asiento del copiloto y cerró los ojos antes de que yo arrancara el motor.
—¿Estás bien? —le pregunté.
—Muy bien —respondió sin abrirlos.
Manejé el resto del camino en silencio. Ella durmió casi todo el trayecto, con esa expresión tranquila que tiene cuando está satisfecha de verdad. No de cualquier manera. Satisfecha.
Cuando llegamos a casa, antes de bajar del auto, me miró.
—Fue exactamente lo que te había descrito —dijo.
—Lo sé.
—¿Lo borraste?
Le sostuve la mirada.
—Claro —dije.
Ella sonrió, y ninguno de los dos volvió a hablar del tema.