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Relatos Ardientes

El guardia de la discoteca me llevó a su despacho

Lo vi por primera vez al mediodía, en la cafetería pegada a una conocida discoteca de la costa de Marbella. Estaba sentado en la barra, comiéndose un bocadillo enorme con una cerveza al lado, y solo verlo me dejó la boca seca. Llevaba un pantalón corto de licra que le marcaba cada músculo de los muslos y una camiseta sin mangas tan abierta por los costados que se le adivinaba media espalda. Por su aspecto parecía del Este: pelo casi blanco, ojos claros y una estatura que rozaba el metro noventa. Una mole de hombre, de las que no abundan en el gimnasio al que voy tres días por semana.

Aquel mediodía perdí la oportunidad. Entré al baño un momento y, cuando salí, la banqueta que él ocupaba estaba vacía. Me dieron ganas de patearme a mí misma por haber dejado pasar la ocasión. Me prometí volver al día siguiente y al otro, las veces que hicieran falta, hasta volver a cruzármelo.

Esa misma noche, al cerrar la boutique en la que trabajaba durante la temporada de verano, pasé delante de la discoteca de camino a casa y allí lo vi otra vez. Estaba en la puerta, vestido con un traje oscuro y una camisa azul claro abierta hasta casi el ombligo. Los abdominales que asomaban entre las solapas hacían girar la cabeza a todas las mujeres que pasaban por la acera. Llevaba una chapa prendida en la solapa que decía SEGURIDAD. A ver quién tenía valor para colarse o armar bronca con semejante armario en la puerta.

Me quedé quieta en la acera de enfrente, mirándolo más tiempo del razonable, mientras notaba cómo se me humedecía el tanga. En ese preciso instante decidí que tenía que follármelo como fuera, aunque para ello tuviera que entrarle sin vergüenza, ofrecerme sin condiciones y dejarme hacer todo lo que se le antojara, por donde se le antojara.

Llegué a casa con sus músculos todavía grabados detrás de los ojos. Me desnudé, me metí en la ducha y dirigí el chorro caliente al pubis hasta que las piernas empezaron a temblarme. Me masturbé dos veces seguidas, imaginándolo detrás de mí, embistiéndome y dándome azotes mientras me sujetaba la cintura con esas manos enormes. Me dormí decidida y con la respiración entrecortada.

***

Al día siguiente, antes de salir hacia la boutique, metí en una bolsa una falda vaquera cortísima, una camiseta blanca sin mangas con el escote tan abierto que clareaba todo lo que llevaba debajo, y mis zapatos de charol rojo con tacón de aguja de doce centímetros. No quería dejar lugar a dudas.

Por la tarde, al cerrar la tienda, me cambié en el probador. Sin sujetador, los pezones marcándose contra la tela. Me solté el pelo y me retoqué los labios. Cuando me miré en el espejo supe que iba directa a la cafetería buscando guerra.

Crucé la puerta y, con un solo barrido de la mirada, lo encontré en la barra tomándose una cerveza, igual que el día anterior. Elegí una mesa justo enfrente y me senté de lado, dejando expuesta toda mi anatomía a quien quisiera mirar.

—¿Qué te pongo, guapa? —se acercó el camarero.

—Una cerveza y una tapa de calamares —contesté sin levantar la vista del menú.

El camarero me miraba el escote desde arriba con poco disimulo. Cuando volvió con la bebida, me incliné hacia él y le pregunté en voz baja si el tipo musculoso de la barra trabajaba allí. Sonrió con cara de pícaro y me explicó que era el responsable de seguridad de los dos locales: la cafetería y la discoteca de al lado. Mi intuición no había fallado.

En cuanto el camarero se metió detrás de la barra, los vi hablar entre ellos y mirar en mi dirección. Aproveché el momento para separar las piernas y volver a juntarlas, regalándole al musculitos una buena visión del tanga lila que me había puesto esa mañana pensando precisamente en él. Algo que siempre atrae a los hombres como las moscas a la miel.

Cuando el camarero desapareció, él seguía mirándome sin pestañear. Volví a abrir las piernas, esta vez más despacio, sosteniéndole la mirada. No iba a quedarle ninguna duda de lo que estaba ofreciendo.

Cogió su botella y se acercó hasta mi mesa con paso tranquilo, sin dejar de mirarme la entrepierna. Cuando llegó, me tendió la mano enorme y me dijo:

—Lukas.

—Lara —contesté.

De pie, conmigo sentada, parecía aún más grande de lo que me había parecido la noche anterior. Se dejó caer en la silla de al lado, acercó la cara a mi oído y, mientras me hablaba, me cubrió un pecho con su mano gigantesca por encima de la camiseta.

—¿Te gusta el sexo duro? —me preguntó muy cerca del cuello.

—Lo que no me gusta es el sexo tibio y sin imaginación —respondí.

Bajó la mano por mi costado, la apoyó en mi muslo y empezó a subir despacio hasta llegar al borde del tanga. No apartó los ojos de los míos en ningún momento, y yo no aparté la mano de su rodilla. Le estaba dejando hacer y los dos lo sabíamos. Cogí mi cerveza y me la bebí de un trago. Apreté las piernas atrapando su mano. Él apuró la suya, se levantó y, sin decir nada más, me hizo una seña con la cabeza para que lo siguiera.

***

No fuimos lejos. Sacó un manojo de llaves del bolsillo y abrió una puerta lateral de la discoteca con un cartel que decía ACCESO EXCLUSIVO PARA EMPLEADOS. Cerró por dentro detrás de mí y me llevó al piso de arriba. Entramos en un despacho con una pared entera de cristal ahumado que daba al paseo marítimo y a la playa. Desde allí se veían los chiringuitos encendidos y las luces blancas de los barcos.

Me apoyó la espalda contra el cristal y me subió la falda hasta la cintura sin pedir permiso. Recorrió con un dedo el borde del tanga y metió la mano por dentro, palpándome la entrada del sexo. Yo le levanté la camisa lo justo para alcanzarle los pezones con la lengua. Los chupé y los mordí con calma mientras le palpaba la polla por encima del pantalón. Ya empezaba a notarse dura.

Metió un dedo. Comprobó lo mojada que estaba y entonces metió dos, presionando hacia arriba y aplastándome el clítoris con el inicio del pulgar. No me había fijado en sus manos antes, pero eran fuertes, anchas, con dedos gruesos que llenaban mucho más de lo que estaba acostumbrada. Me sentí saturada por dentro y, en el punto más alto, a punto de perder la cabeza. Aquello era sexo por el placer puro de tenerlo. Cuanto más bruto, mejor.

En cuanto se me escapó el primer gemido, me agarró por la cintura y me levantó como si pesara la mitad. Me echó sobre el hombro, pasó un brazo entre mis piernas y me las puso encima de sus hombros hasta dejarme el pubis pegado a su boca. Me empujó el culo hacia adelante, me aplastó otra vez contra el cristal y empezó a recorrerme con la lengua haciendo círculos lentos, como si quisiera limpiarme y, al mismo tiempo, dejarme aún más mojada. Lo conseguía. La barbilla se le iba empapando.

—Quiero que te corras solo una vez —me dijo apartando un segundo la cara—. Después necesito que estés tan abierta que pueda metértela hasta el fondo sin esfuerzo.

Volvió a comerme sin esperar respuesta. Me hubiera gustado decirle que estaba completamente de acuerdo, pero la lengua se le movía tan rápido que no era capaz de articular nada. Intenté retener el orgasmo lo máximo posible, hacerlo durar, pero no lo conseguí. Cuando me dejé ir fue largo, vibrante, casi doloroso, y él aprovechó para morderme el clítoris en el último latigazo.

Esperó a que recuperara el aliento pasándome la lengua despacio justo encima del pubis. Cuando me bajó al suelo, me deslizó pegada a su cuerpo. En cuanto puse los tacones en el suelo, me dijo en voz baja que se la chupara para ponérsela bien dura. Le bajé los pantalones y los calzoncillos. Me sorprendió encontrarlo depilado por completo. Le tomé la polla con las dos manos y descubrí que tenía tantas venas marcadas que parecía la corteza de un árbol. Babeé pensando en lo que faltaba.

Empecé por los testículos. Me metí uno en la boca y, aunque era grande, no tuve problema. Estoy acostumbrada a abrir la boca de más. Después subí por el tronco, lamiéndolo despacio, y solo entonces me la metí. La masturbé con una mano mientras tragaba todo lo que pude, deseando que terminara la sesión oral cuanto antes. Necesitaba que me follara ya.

Me cogió por debajo de las axilas y me incorporó como a una muñeca. Sacó un preservativo del bolsillo del pantalón, se lo puso con un gesto rápido y me pegó otra vez la espalda al cristal. Me tiró de la cadera hacia adelante y, cuando encontró la entrada del sexo con la suya, empujó con tanta fuerza que, si no llega a sujetarme, me caigo. No me dio tiempo a recuperarme. Salió y volvió a entrar, una y otra vez, tirando de mis caderas en cada embestida.

Cuando notó que estaba a punto de irme, empezó a retorcerme los pezones y vi las estrellas sin que parara de moverse dentro de mí. De ahí pasó a darme cachetadas en los pechos con la mano abierta, de arriba abajo, hasta que sentí pequeños alfileres bajo la piel. Me corrí gritando contra el cristal y, esta vez, fue él quien tuvo que sostenerme para que no me cayera al suelo. Mis cincuenta y cuatro kilos me parecían demasiados para mis propias piernas.

Me cogió en volandas otra vez y me puso de pie sobre una silla, de espaldas a él. Me obligó a inclinarme apoyándome en el respaldo y empezó a lamerme el culo con la misma calma con la que antes me había comido el sexo. Me metió un dedo en el coño y, cuando lo sacó empapado, lo introdujo en el ano. Comprobó que cedía sin problemas y, sin avisar, me devolvió a la cristalera, me obligó a poner el culo en pompa y empezó a darme azotes. Cuando tuve las nalgas ardiendo, me penetró por detrás de un solo empuje.

Me incorporó pegando mi cuerpo entero al cristal. Los dos sabíamos que cualquiera que mirara hacia arriba desde el paseo marítimo podía verme expuesta y sin lugar a dudas sobre lo que estaba pasando. La idea de que alguien estuviera ahí abajo mirándome, mientras él me sodomizaba contra el ventanal, me encendió todavía más.

No pude soportar la presión en la vejiga. Justo antes de correrme me oriné un poco, mojando los muslos y el cristal, y él aprovechó el descontrol para metérmela entera varias veces seguidas y empujarme hasta lo más alto. Estaba agotada y a punto de pedirle clemencia, pero insistió hasta que mi cuerpo respondió otra vez. Me corrí por tercera vez, esta vez en silencio, sin fuerzas para gritar.

Solo entonces salió. Me cogió en brazos, me sentó en la silla y se quitó el preservativo. De pie, frente a mí, blandió la polla muy cerca de mi cara y me dijo que la terminara con la boca. Estaba agradecida por todos los orgasmos que me había arrancado. La tomé con las dos manos, me la metí entera y empecé a chuparle y masturbarle a la vez, lo más rápido que mi mandíbula me permitía.

Después de media hora follándome, todavía no se había corrido. Cuando lo hizo, fue tremenda. Tuve que dejar salir parte del semen por la comisura para no ahogarme. Recorrí su tronco con la mano para volver a recoger lo que se me había escapado y se lo llevé otra vez a la boca. Cuando me retiré, tenía la mandíbula dolorida y los labios hinchados.

Me indicó dónde estaba el baño y me aseé lo justo para no salir a la calle oliendo a sexo. Tardé unos minutos. Cuando salí, me pidió que esperara y entró él a refrescarse. Volvió impecable, como si en ese despacho no hubiera pasado nada, me tomó de la mano y me acompañó hasta la puerta de servicio.

Antes de abrirme, me dio un beso pequeño en los labios. Era la primera vez que me besaba, y me sorprendió lo suave que fue.

—Ha sido un placer follar contigo, Lara —me dijo en voz baja.

Salí a la calle con el culo dolorido, las piernas inseguras y una sonrisa tonta que no se me iba. Caminé hasta casa sin mirar atrás. No volví a la cafetería en el resto de la temporada, aunque cada vez que pasaba por delante de la discoteca buscaba con la mirada aquella ventana ahumada del piso de arriba. Algunas confesiones se cuentan una sola vez y se cierran con llave en algún cajón de la cabeza. Esta es la mía.

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Comentarios (9)

Lucas_cba

que relato!!! me dejo sin palabras, en serio

ChicoBA_99

Por favor una segunda parte, quede con muchisimas ganas de mas

Diso44

jajaja el titulo ya me habia llamado la atencion y no decepciono para nada. Genail!

Alexia18

Me encanto como esta contado, se siente super real. Segui escribiendo!!

Luciana_SC

me recordo a una situacion parecida que me paso hace unos años... la tension de ese momento es inconfundible jaja

Josefina

Cortito! quiero mas, en serio :)

VagabundoH

de los mejores relatos que lei en mucho tiempo. tremendo. saludos desde mendoza

Rulo_cba

y como termino?? me dejo con la intriga, espero que publiques la continuacion pronto

RossioNight

La forma de contarlo es lo que mas me gusto. Nada forzado, muy natural. Buen trabajo

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