El hombre de la app que me hizo perder el control
Había cumplido veintitrés años hacía apenas dos semanas cuando me animé a abrir aquella aplicación. Mi primera relación seria, la única en realidad, había terminado seis meses antes. Mateo se había marchado a Berlín a hacer un máster, y la distancia, los horarios y el cansancio terminaron por desgastarnos hasta que un día simplemente dejamos de escribirnos.
Lo que más echaba de menos no era el cariño ni las cenas de los domingos. Era el sexo. Con Mateo nunca parábamos. Quedábamos casi todas las tardes y siempre acabábamos enredados, sudados, riéndonos entre orgasmos. Aprendí mi cuerpo con él, y él aprendió a tocarlo de memoria. Cuando se fue, mis dedos en la oscuridad ya no me bastaban.
Tardé en decidirme. La idea de quedar con un desconocido me daba pereza y un poco de vergüenza. Pero después del enésimo orgasmo a medias en mi propia cama, abrí la aplicación, subí dos fotos discretas y empecé a deslizar.
Daniel apareció entre los primeros perfiles. Tenía treinta y nueve años, fotos sobrias, una sonrisa que no posaba demasiado y una descripción breve, sin doble sentido. Le di un me gusta sin pensarlo y a los pocos minutos él hizo lo mismo. Empezamos a hablar esa misma noche.
—No tengo tiempo para nada serio, y por lo que veo tú tampoco —escribió a las dos horas.
—Buscamos lo mismo, entonces —respondí.
Daniel trabajaba en turnos rotativos en un hospital. Yo estaba en mi último año de carrera y mis tardes eran un caos de prácticas y trabajos finales. Encontrar un hueco para vernos era complicado, así que durante casi tres semanas nos limitamos a hablar.
«Hablar» se quedó corto enseguida. A los pocos días me mandó un audio describiéndome lo que haría conmigo si me tuviera delante. Lo escuché tres veces antes de contestarle. Le mandé una foto en ropa interior, después un vídeo corto, y poco a poco las noches se nos fueron en intercambiar fantasías mientras yo me tocaba con la mano libre y él, según me decía, hacía lo mismo del otro lado de la ciudad.
Cuando por fin tuvimos los dos un viernes libre, ya no podía pensar en otra cosa. Llevaba toda la semana imaginando ese momento. La mañana del viernes me depilé entera, me eché crema, dormí una siesta para llegar despierta. Sobre las nueve empecé a vestirme.
Elegí un tanga negro de encaje que casi no había estrenado, una falda corta de cuero sintético, una camiseta ajustada y unas botas altas que me llegaban por encima de la rodilla. Mientras me miraba en el espejo del armario me reía sola. Pareces más una chica de servicio que una estudiante, pensé. Y la verdad es que esa noche no quería parecer otra cosa.
Para cuando llamé al portero del edificio de Daniel, ya tenía el tanga húmedo. La anticipación me había acompañado en el taxi, en cada semáforo, en el ascensor. Cuando me abrió la puerta y me miró de arriba abajo sin decir nada, sentí un escalofrío en la nuca.
—Pasa —dijo, sin apartarse del marco.
Tuve que rozarlo para entrar. Olía a colonia limpia y a algo parecido al jabón de afeitar de mi padre. Cerró la puerta detrás de mí y, antes de que yo pudiera decir nada, me empujó suavemente contra la pared del recibidor.
—Llevo tres semanas pensando en esto —murmuró cerca de mi oreja.
—Yo también.
Me besó como si quisiera comerme. No fue un beso de tanteo ni de cortesía. Su mano subió hasta mi cuello y se cerró alrededor, no con violencia, pero con la suficiente firmeza para que entendiera el mensaje. Sentí el peso de su cuerpo contra el mío, su erección apretada contra mi cadera por encima de la tela del pantalón.
Sin soltar mi cuello me llevó hasta el sofá del salón. Caí sentada, él se quedó de pie delante de mí. Yo no necesité que me indicara nada. Me arrodillé en la alfombra y le bajé el pantalón de chándal lo justo para liberarlo. La tenía dura, gruesa, mucho más de lo que sus fotos dejaban intuir.
Pasé la lengua por toda la base, despacio, mirándolo a los ojos. Después le besé el glande, lo chupé y me la metí entera en la boca. Me ahogué un poco a la primera embestida, y él aprovechó para enredarme la mano en el pelo y marcarme el ritmo.
—Así, sin parar —jadeó.
Le hice caso hasta que las lágrimas se me escaparon de los ojos y la saliva me chorreaba por la barbilla. Solo entonces tiró de mi pelo para apartarme y me levantó tirándome del brazo.
—Ven.
Me fue desnudando por el pasillo. La camiseta cayó cerca del sofá, la falda en la puerta del dormitorio, el sujetador a los pies de la cama. Solo me dejó el tanga puesto y me empujó hasta que quedé tumbada con las piernas colgando por el borde inferior del colchón.
Se arrodilló delante de mí. Me besó las rodillas, los muslos, el interior de las piernas. Cuando llegó a la entrepierna, en lugar de quitarme el tanga, pasó la lengua por encima del encaje. Yo arqueé la espalda y se me escapó un gemido grave. Él se rió, sin dejar de torturarme con la lengua sobre la tela.
—Por favor —dije, sin reconocer mi voz.
—¿Por favor qué?
—Quítamelo.
Lo apartó a un lado con dos dedos y me lamió directamente. Sus dedos entraron al mismo tiempo, primero uno, luego dos, mientras chupaba mi clítoris con una constancia que me iba a deshacer. Le tiré del pelo, le cerré las piernas alrededor de la cabeza, le supliqué que no parara. Y no paró. Cuando me corrí, lo hice con un grito que tuvo que oírse en el descansillo entero.
***
No me dejó respirar. Antes de que pudiera abrir los ojos, ya se había levantado y abría el cajón de la mesita. Sacó un bote de lubricante, dos vibradores —uno pequeño en forma de bala y otro más grande— y un masajeador para el clítoris. Los colocó en orden sobre la sábana como si fuera un cirujano antes de operar.
—Aún no he empezado contigo —dijo.
Encendió el masajeador y lo apoyó sobre mi clítoris. Yo aún estaba demasiado sensible y di un respingo. Aprovechó ese momento para colocarse entre mis piernas y entrar de un solo empujón. Me llenó tanto que tuve que morderme la mano para no gritar. Empezó a embestirme con un ritmo lento al principio, midiéndome, y poco a poco fue subiendo la potencia del juguete contra mí.
Me pasó el masajeador para que lo sujetara yo y dejó las dos manos libres. Una se cerró otra vez sobre mi cuello. Apretó lo justo para que el aire me costara, pero no lo bastante para asustarme. Sus ojos no se separaron de los míos en ningún momento. Yo gemía con lo poco que me dejaba la presión, y entre embestida y embestida sentía cómo el orgasmo se iba acumulando en algún sitio profundo, uno que ni siquiera Mateo había encontrado nunca.
De golpe paró. Me quitó el masajeador de la mano, salió de mí y, antes de que pudiera quejarme, me dio la vuelta y me colocó a cuatro patas en el centro de la cama.
—No te muevas.
Sentí caer el lubricante sobre el surco entre mis nalgas. Después la punta del vibrador pequeño abriéndose paso. Era estrecho y fui acostumbrándome rápido. Cuando lo encendió, la vibración me hizo arquear la espalda. Daniel volvió a entrar en mí mientras el juguete seguía dentro de mi culo y empezó a embestirme con fuerza, agarrándome del pelo con una mano y dándome un par de azotes secos en la nalga derecha con la otra.
—Para mí sola esta noche —dijo entre dientes.
Yo no podía contestar. Tenía la cara contra las sábanas y solo era capaz de gritar. La combinación del vibrador, sus embestidas y los azotes me llevó a un orgasmo que sentí por todo el cuerpo, hasta los dedos de los pies. Los músculos me temblaban cuando me derrumbé sobre la cama.
***
Pensé que ahí terminaba todo. Estaba equivocada. Daniel volvió a coger el bote de lubricante. Sacó el vibrador pequeño y, antes de que pudiera reaccionar, sentí su polla rozar la entrada trasera. Solté un gemido entrecortado.
—¿Sí o no? —preguntó. Era la primera vez en toda la noche que me pedía permiso.
—Sí.
Empujó la punta despacio. Yo me había acostumbrado a hacerlo así con Mateo y mi cuerpo lo recibió sin demasiada resistencia, aunque el ardor me dejó sin aire unos segundos. Cuando estuvo entero dentro, esperó. Solo entonces empezó a moverse, lento al principio, encontrando un ritmo nuevo.
Cogió el vibrador grande y me lo metió en el coño. La sensación de estar llena por los dos lados a la vez era algo que no había probado nunca. Cada embestida suya empujaba el juguete contra mi punto más sensible. Yo me sostenía como podía sobre un brazo, con la frente apoyada en la almohada.
—Aguanta el masajeador —ordenó, y me lo puso en la mano libre.
Lo coloqué sobre mi clítoris. Tres vibraciones a la vez. La cabeza me dejó de pensar. Sentía cómo me deshacía por dentro, cómo cada terminación nerviosa se rendía. Daniel seguía moviéndose, dejándome marcas rojas con la palma abierta, llamándome cosas al oído que en otro momento me habrían incomodado y esa noche me hicieron correrme antes de poder avisarlo.
El orgasmo fue distinto a todos los anteriores. Fue como caerse desde algún sitio alto. Apreté con todo el cuerpo y dejé escapar un chorro de líquido que empapó la sábana entera. Daniel se rió bajito, embistió tres o cuatro veces más y se corrió dentro de mí con un gruñido ronco.
Nos quedamos los dos derrumbados sobre el colchón mojado. Él me acariciaba la espalda en círculos lentos. Yo no podía hablar. Tampoco hacía falta.
Cuando conseguí ponerme en pie, las piernas me temblaban como si hubiera corrido diez kilómetros. Daniel me llevó a la ducha y me lavó él mismo, con una paciencia que no parecía la del mismo hombre que media hora antes me había marcado el culo a manotazos. Yo me dejaba hacer, apoyada contra los azulejos, con los ojos cerrados.
***
Volví a su piso dos veces más a lo largo de aquel mes. Las dos fueron parecidas a la primera, aunque ninguna llegó a la misma intensidad. La tercera vez, mientras me vestía para irme, me dijo que le habían cambiado el turno y que a partir de la semana siguiente iba a ser muy difícil cuadrar.
—Lo entiendo —contesté, abrochándome la falda.
Y lo entendía de verdad. Aquella primera noche había sido la mejor de mi vida sexual hasta entonces, y todavía hoy no he podido superarla. Con Mateo, que volvió a la ciudad poco después y con quien retomé algo parecido a una relación durante unos meses, nunca llegué a ese sitio. Ni con los chicos que vinieron luego. Daniel fue una grieta concreta en el suelo de mi vida, y a veces, cuando estoy sola, todavía me asomo a ella para mirar dentro.