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Relatos Ardientes

La noche que un coronel entró en mi celda

Hace tres años que dejé el convento, pero todavía me despierto en mitad de la noche oliendo a piedra mojada y a tabaco viejo. Lo que ocurrió allí no se lo conté a nadie. Ni en confesión. Esta es la primera vez que pongo en palabras lo que pasó entre el coronel Damián y yo.

Era octubre y la lluvia caía sobre la sierra como si quisiera tirar abajo las paredes. Yo tenía veintitrés años, llevaba dos como novicia y formaba parte de las cuatro mujeres que habitaban aquel viejo edificio perdido entre robles del norte. El pelo castaño escondido bajo el velo. Una manera tan callada de moverme que las hermanas mayores me llamaban «la sombra». Decían que iba a llegar lejos.

Yo solo sabía que cada noche, al apagar la vela, pensaba en él. Y que, debajo del hábito, se me endurecían los pezones y el coño se me humedecía sola, sin que nadie me tocara, solo con recordar su voz.

Había venido por primera vez a finales de agosto. Era amigo personal del obispo, y nos pidieron que le hospedásemos tres días mientras se firmaban unos papeles en la diócesis. Llegó con un coche oscuro de cristales tintados, con el uniforme planchado y las condecoraciones ordenadas sobre el pecho. Un hombre demasiado grande para nuestros pasillos estrechos.

Cuando me lo presentaron en el patio, agachó la cabeza para mirarme bien. Me dio la mano con una firmeza que no era la de un visitante respetuoso. Yo bajé los ojos. Sentí cómo toda la sangre se me subía a la cara.

—Hermana —dijo, con esa voz rota que arrastraba cada sílaba—. No tengas miedo de mirarme.

No le miré. Pero esa noche soñé con él, y me desperté con la mano metida entre los muslos y las bragas empapadas.

Volvió tres veces más antes del temporal de octubre. Cada visita era más larga que la anterior. Cada visita encontrábamos un motivo para cruzarnos en el claustro: hablábamos del frío, del huerto, de los cuervos que anidaban en la torre. Sus ojos negros decían otra cosa, y los dos lo sabíamos.

Cilicio. Ayuno. Más rezo. Lo probé todo. Por las noches me arrodillaba sobre el suelo de piedra hasta que las rodillas no aguantaban. Era inútil. Cuanto más castigaba el cuerpo, más vivo lo tenía a él dentro.

***

La cuarta visita coincidió con la peor tormenta del otoño. Las carreteras estaban cortadas, no había manera de bajar al pueblo, y la madre superiora le ofreció una de las celdas de huéspedes en el ala norte. Justo enfrente de la mía.

Lo supe a la hora de cenar. Al levantarme de la mesa me temblaban las manos.

A las nueve apagué la vela y fingí dormir. A las diez la madre superiora pasó la última ronda. A las once el convento entero estaba en silencio. Solo se oía la lluvia, los cuervos y mi propia respiración.

A medianoche, los pasos.

Pesados. Lentos. No eran los pasos de una hermana. Cruzaron el corredor y se detuvieron delante de mi puerta. Yo estaba arrodillada otra vez frente al pequeño altar, todavía vestida con el hábito, con la vela temblando sobre la repisa. La puerta se abrió sin ruido.

Era él. Llenaba el marco entero. Llevaba el cuello del uniforme abierto y la guerrera desabrochada, sin la gorra, con el pelo gris despeinado por la lluvia. Olía a tabaco y a madera mojada.

—Hermana —murmuró—. No he podido aguantar otra noche más. Se me pone dura solo de pensar en ti.

Me levanté despacio, las manos juntas delante de mí, como rezando, aunque ya no sabía a quién. Él cerró la puerta con el codo y se acercó. La diferencia de tamaño se hizo evidente con cada paso: yo, pequeña dentro del hábito negro; él, ancho, alto, con esa barriga firme que le abultaba la camisa. Me rodeó la cintura con las dos manos. Eran enormes y estaban calientes.

—No deberías estar aquí —susurré. Mi voz salió tan débil que no me reconocí.

Él sonrió bajo el bigote canoso y me puso la palma sobre los labios.

—Calla, mi niña. Solo déjame estar contigo un rato. Déjame ver qué esconde ese hábito.

Y me besó.

Fue lento al principio. Después no. Su boca estaba caliente, el bigote me raspaba las mejillas, y yo sentía cómo toda su lengua entraba en la mía, cómo me la buscaba, cómo me la chupaba como si quisiera arrancármela. Todo su cuerpo se apretaba contra el mío a través de la tela del hábito. Algo grande y duro le crecía entre las piernas. Lo noté contra el vientre, un bulto que latía. No retiré la cadera. Al contrario: me apreté contra él, restregándome sin querer, sintiendo cómo su polla se marcaba entera bajo el pantalón del uniforme. Eso fue lo primero que hice mal.

—Damián… —suspiré contra sus labios.

Era la primera vez que lo llamaba por su nombre.

—Dilo otra vez —me pidió, y me mordió el labio de abajo—. Dime mi nombre, mi niña.

—Damián.

Él me cogió en brazos como si yo no pesara nada y me llevó hasta el banco de piedra que había bajo la ventana. Se sentó. Abrió las piernas. Yo, sin que me lo pidiera, me arrodillé delante de él. Llevaba el velo todavía puesto, el hábito intacto, y el corazón latiéndome en la garganta.

Le desabroché la guerrera con dedos torpes. Le solté el cinturón, los pantalones del uniforme y la ropa interior negra. Lo que apareció me cortó la respiración: una verga gruesa, oscura, recorrida por venas gordas, completamente erguida contra su vientre. La punta le brillaba con una gota espesa que se le escurría hacia abajo. Debajo, dos huevos pesados, hinchados, cargados. Lo miré un segundo entero, sin tocarlo, intentando entender qué iba a hacer con eso una boca como la mía.

—Despacio —murmuró él, con una voz que ya no era de mando sino de súplica—. Como tú quieras. No hay prisa. Mírala bien primero. Mírala toda, que es tuya esta noche.

La tomé con la mano. Me temblaba. Los dedos apenas me llegaban a cerrarse alrededor. Se la apreté suave, y sentí cómo daba un latido contra mi palma, cómo se le hinchaba todavía más. Le pasé el pulgar por la punta, mojada, y me llevé el dedo a la boca sin pensar. Sabía a sal y a hombre. Él soltó un gemido ronco al verme hacer eso.

—Joder, hermana. Joder.

La besé en la punta primero, un beso casi piadoso, y él soltó un sonido grave que rebotó contra las paredes. Después saqué la lengua y lo lamí entero, de abajo hacia arriba, desde los huevos hasta la punta, muy lento, siguiendo cada vena con la lengua. Le lamí también los huevos, uno y después el otro, mientras le agarraba la polla con la mano y se la subía y bajaba despacio. Él echó la cabeza atrás y golpeó el muro con la nuca.

—Así, mi niña. Así. Con esa boca de santa.

Después abrí la boca y lo recibí. Despacio. Tan despacio como si estuviera comulgando. La cabeza me cabía apenas, se me estiraban los labios, y sentí cómo la carne caliente avanzaba sobre mi lengua. Fui bajando poco a poco, sin dejar de mirarlo desde abajo, hasta que la punta me tocó el fondo de la garganta y tuve que respirar por la nariz. Volví a subir, la saqué entera con un ruido húmedo, y volví a metérmela. Otra vez. Y otra.

Mientras subía y bajaba con los labios, una de mis manos le acariciaba el pecho cubierto de pelo gris, los pezones tensos, la barriga firme y cálida. La otra le acompañaba el ritmo abajo, apretándole la base, jugándole con los huevos. Él me había puesto la palma abierta sobre el velo, sin quitármelo, solo apoyada, como si necesitara recordarse que era yo, que era la hermana, y no otra. Después empezó a apretar. A empujarme la cabeza. A follarme la boca despacio, con esa cadencia rota que tenía al hablar.

—Madre mía —jadeó—. Qué boca. Qué boca tienes, mi hermana. Chúpamela así. Toda entera. Que se te llene esa boquita.

Yo estaba empapada bajo el hábito. Sentía el coño hinchado, latiéndome, tan mojado que me corría por la cara interna de los muslos. No sabía que el cuerpo pudiera reaccionar así sin que nadie lo tocara. El sabor de él, el peso de la polla en la lengua, la voz, la sensación de estar arrodillada, de servirle, de no decidir nada… me llevaban a un sitio nuevo. Me metí una mano por debajo del hábito, entre las piernas, y me toqué. El clítoris me hervía. Con dos dedos empecé a frotarme mientras seguía chupándosela. Sentí el primer escalofrío subirme desde los muslos. Él me notó.

—No te aguantes —dijo, con la voz quebrada—. Córrete conmigo en la boca. Yo tampoco voy a aguantar. Trágamela, mi niña. Trágamela toda.

Aceleré. Le apreté los huevos con una mano y con la otra me frotaba el coño como si me fuera la vida. Sentía la polla hincharse todavía más entre mis labios, ponerse más dura, latir. Cuando él terminó, lo hizo con un gruñido grave que no se parecía a nada que hubiera escuchado antes. Sentí el primer chorro caliente golpearme el fondo de la garganta y después otro, y otro, espesos, densos, largos. La corrida me llenó la boca en oleadas. Tragué lo que pude, pero era tanta que me escurrió por la comisura, me cayó por la barbilla, me manchó el velo. Lo recibí entero, sin sacármelo, con los ojos cerrados, mientras mi propio cuerpo se rendía debajo del hábito y me corría también yo sobre los dedos, con las piernas abiertas sobre el suelo de piedra. Fue un orgasmo silencioso, sin grito, pero tan largo que tuve que apoyarme contra sus rodillas para no caer al suelo.

Después solo se oía la lluvia. Y mi propia respiración, entrecortada, con su semen todavía en la boca.

***

Él me cogió la cara con las dos manos y me hizo levantarme. Me miró la boca sucia, el velo manchado, y sonrió con una ternura que no le correspondía a un hombre que acababa de terminar en la garganta de una novicia. Me besó en la boca, sin importarle el sabor, despacio, lamiéndome los restos de su propia corrida de los labios, como si quisiera dejar una marca que durara más allá de aquella celda.

—Ven, mi niña.

En la habitación había un pequeño cuarto de aseo con una ducha minúscula. Me llevó hasta allí casi en brazos. Me quitó el velo primero, con un cuidado que no esperaba de unas manos tan grandes, y después fue desabrochando el hábito botón por botón hasta dejarme desnuda bajo la luz amarilla. Mis tetas pequeñas, blancas, con los pezones tiesos y rosados; el vientre plano; el pubis castaño, brillante, empapado todavía. Él se quedó mirándome un rato largo, sin decir nada, con la respiración pesada.

—Mírate —susurró—. Mírate qué mojada estás. Toda para mí.

Me pasó dos dedos entre los muslos, de abajo hacia arriba, separándome los labios del coño, y los sacó brillantes. Se los metió en la boca. Los chupó despacio, cerrando los ojos.

—Sabes a gloria, hermana.

Él no se quitó la camisa. Abrió el grifo y, mientras el agua caliente caía sobre mí, me enjabonó él mismo: los pechos pequeños, la cintura, los muslos, la espalda. Se detuvo en los pezones, pellizcándomelos hasta hacerme gemir. Me metió la mano entre las piernas otra vez, con el jabón, y me pasó los dedos por dentro, dos primero, y después tres, abriéndome despacio, mientras con la otra mano me sujetaba contra la pared. Yo apretaba los dientes para no gritar. La piel se me puso roja. Las piernas me temblaron. Me corrí de nuevo contra su mano, con la frente apoyada en su hombro, mordiéndole la camisa mojada.

—Eres muy delicada —murmuró, pasándome el pulgar por la clavícula—. Ya no quedan muchas mujeres así.

Yo lloraba bajo el agua. No sabía si de miedo o de alivio.

—Te quiero —le dije, con una voz que no era la mía—. Aunque sea pecado. Aunque no debamos. Te quiero, Damián.

Él no respondió enseguida. Me secó con una toalla grande, me besó la frente, después la sien, después la boca. Sacó del armario un camisón blanco, fino, como si conociera la celda mejor que yo. Y entonces sí me dijo, en voz baja, casi al oído:

—Y yo a ti, hermana.

Nos metimos los dos en mi cama estrecha. Él se quedó solo con la ropa interior, pero incluso a través de la tela negra le noté la polla otra vez media dura contra mi cadera. Yo me acurruqué contra su pecho, contra esa barriga firme, con el camisón fino arrugándose entre los dos, y sentí cómo me rodeaba con un brazo y me cubría con la sábana con el otro. La lluvia seguía cayendo afuera.

—Duerme —me dijo, con la boca contra mi pelo—. Mañana te despierto yo.

***

Me desperté con los primeros rayos y con su mano dentro del camisón, cerrada sobre una teta, apretándome el pezón entre dos dedos. La tormenta había pasado. La luz entraba gris y limpia por el ventanuco. Él ya estaba despierto, mirándome, y contra el culo sentía su polla hinchada otra vez, dura, quemando a través de la ropa interior.

—Buenos días, hermana hermosa —dijo con voz ronca, sonriendo bajo el bigote.

—Buenos días, Damián.

Hundí la cara en su pecho. Olía a sudor, a tabaco, a piel templada, a mí. Le besé encima del corazón. Él me subió el camisón hasta la cintura y me pasó la mano abierta por el culo, apretándomelo, separándome las nalgas, buscándome el coño desde atrás con los dedos. Estaba mojada otra vez. Me penetró con dos dedos hasta el fondo y yo gemí contra su piel.

—Eres lo más bonito que he visto en mucho tiempo —murmuró—. Tan pequeña, tan callada, tan mía. Tan estrecha, hermana. Qué apretada me tienes esto.

Se sacó la ropa interior. Me puso boca arriba, muy despacio, y se acomodó entre mis piernas. Yo no había estado con nadie antes. Me abrió los muslos con las dos manos y se pasó la punta de la polla arriba y abajo por los labios del coño, mojándosela con lo mío, buscando el sitio. Cuando empujó, entró de a poco, un centímetro cada vez, dejándome sentir cómo me abría entera. Me dolió al principio, un dolor limpio, y después empezó a arder de otra forma. Cuando se metió del todo, con los huevos apoyados contra el culo, se quedó quieto encima de mí, apretándome la cara con una mano.

—Ya está, mi niña. Ya la tienes toda dentro. Mira cómo entra en esa hermanita mía.

Empezó a moverse. Lento. Muy lento. Cada embestida me llenaba entera y me sacaba un jadeo. Yo le clavaba las uñas en la espalda por encima de la camisa arrugada. Él bajaba la boca a mis tetas, me chupaba los pezones, me los mordía suave, y volvía a mi boca con la lengua. La cama de hierro crujía a cada empujón. El camisón blanco se me arremangó hasta el cuello. El pelo castaño, ya libre del velo, se me pegó a la cara sudada.

—Damián… —jadeaba yo—. Damián, más… más.

—Dilo. Dime lo que quieres.

—Fóllame. Fóllame, Damián. Por favor.

Nunca había dicho esa palabra en voz alta. Se me escapó como un rezo al revés. Él sonrió contra mi cuello y aceleró. Me la metía hasta el fondo, se salía casi entera, volvía a hundirse. Yo sentía cómo el coño me apretaba solo alrededor de su verga, cómo se contraía, cómo se preparaba. Me corrí primero yo, con las piernas cerradas alrededor de su cintura, mordiéndole el hombro para no gritar y despertar al convento entero. El orgasmo me sacudió en oleadas, larguísimas, y sentí cómo mi coño le exprimía la polla de dentro. Él aguantó unos empujones más y después se sacó de golpe, subió con las rodillas hasta ponerse encima de mi vientre, y se corrió a chorros sobre mis tetas, mi cuello, mi barbilla. Espeso, caliente, en oleadas gruesas que me marcaron la piel blanca.

Se quedó jadeando encima de mí. Metió dos dedos en su propio semen sobre mi pecho y me los llevó a la boca. Yo los chupé sin apartar los ojos de los suyos.

—Mía —murmuró—. Mía por hoy.

Después me limpió con la sábana, con la misma ternura con la que me había desabrochado el hábito, y me abrazó otra vez. Yo no contesté enseguida. Estaba intentando memorizarlo todo: el peso del brazo, el calor del cuerpo, el ritmo de la respiración, el olor a los dos mezclados. Sabía, ya entonces, que aquella iba a ser la única mañana.

—Quiero quedarme así para siempre —susurré.

—Entonces quédate. Hoy. Solo hoy.

Y eso hice.

Bajó al pueblo a las cuatro de la tarde, en cuanto despejaron la carretera. No volví a verlo. Tres meses después leí en el periódico que había muerto en su casa, dormido. Le dieron honores militares. La madre superiora, esa noche, encendió una vela en la capilla y rezó por él en voz alta sin saber lo que hacía.

Yo no me despedí entonces. No pude. Dejé el convento al año siguiente, sin escándalo, alegando una vocación equivocada.

Pero esta es mi confesión, y la pongo por escrito porque ya no puedo seguir cargándola sola: no fue una vocación equivocada. Fue una sola noche que valió por todas las que no tendré.

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Comentarios(10)

MarisolDC

increible!!!

ConfesaLectora

Uno de los mejores que lei por aca, no pude soltar el telefono hasta terminarlo. Bravo!

FelipeMza

Por favor que haya segunda parte. La historia corta justo cuando mas queria saber que pasaba. Quede con ganas de muchisimo mas

PecadoCapital77

jajajaja el titulo me engancho al toque y no me decepciono para nada. Tremendo

RobertoV_arg

Me recordo a ciertas cosas que escuche de chico y nunca entendi del todo... con este relato entendi todo. Excelente

Lector4990

¿Es una historia real o completamente inventada? Porque se siente muy autentica, de verdad

Dante_K

Que manera de construir la tension desde el principio, se nota que hay cuidado en cada palabra. De los relatos mas originales que lei en mucho tiempo por aca, gracias por compartirlo.

NocheEterna

Se hizo cortisimo, quiero saber como termina!!!

carlos_fdez

La atmosfera del relato desde el primer parrafo ya te atrapa. Muy bueno

SacrilegioK

Que ambientacion tan lograda, uno se siente ahi mismo. Espero el proximo relato con ansias :)

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