Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Acabé enamorado de la chica que todos humillaban

La oficina apestaba a café quemado y a tóner desde primera hora, pero en mi rincón solo me llegaba un olor: el del jabón barato de Daniela cuando pasaba cerca del archivador. Mis compañeros la llamaban «la Culona» a sus espaldas, un apodo asqueroso que reducía a una mujer entera a la única parte de su cuerpo que se negaba a pasar inadvertida.

Yo llevaba ocho meses en la empresa. Era el último en llegar y el que tenía menos derecho a opinar. Debí bajar la mirada y volver a mi informe. No pude.

Daniela estaba estirándose para alcanzar una carpeta de la balda más alta. La falda oscura, sencilla, se le tensó de golpe sobre las caderas, esculpiendo dos curvas firmes, redondas, tan exageradas que parecían un error de cálculo de la naturaleza. No era una abundancia floja. Era una redondez sólida y alta, que temblaba acompasada con cada esfuerzo, hipnótica.

Yo apoyaba la mejilla en la mano fingiendo que estudiaba la pantalla, pero toda mi atención estaba ahí. La cola de caballo le dejaba la nuca al aire, un territorio frágil que me daba ternura y una rabia caliente al mismo tiempo. No mires, Sebastián, no mires.

Pero miré. Y ella se giró con la carpeta en la mano. Sus ojos color miel se cruzaron con los míos, y no había enojo en ellos, solo una resignación tan vieja que me cortó el aire. Daniela sabía. Igual que el resto, también yo la miraba.

Lo que no esperaba es que no apartara la vista. Bajé hasta sus labios despintados, volví a sus ojos y sostuve la mirada un segundo de más. Una confesión muda. Vi cómo se le encendían las mejillas, no de vergüenza, sino de sorpresa. Apretó la carpeta contra el pecho y pasó junto a mi cubículo dejando una corriente de aire que olía a champú de farmacia. La puerta del baño se cerró con un clic.

Solté el aire. El corazón me golpeaba como si hubiera robado algo. Esa misma noche, en mi departamento, abrí una cerveza y traté de exorcizarla. Es fea, me repetía con crudeza, como si insultarme yo mismo bastara para limpiar la obsesión. Cara anodina, kilos de más en los brazos y la panza, pelo cansado, ropa sin gracia. Dejala, Sebastián, no es para tanto.

Pero entonces volvía la imagen del archivador. Y yo, en mi sofá hundido, dejaba de mentirme. Lo decía en voz baja, como si fuera un secreto sucio: «la Culona hace honor al apodo». Y se me dibujaba una sonrisa torcida.

***

La invité a tomar algo dos viernes después. Le prometí que era solo para descomprimir, sin segundas, una cerveza y a casa. Aceptó como quien espera una broma cruel. En el coche todo se complicó: mi compacto era diminuto, sus caderas no entraban del todo en el asiento y la falda se le tensaba con cada bache. Yo intentaba mirar la ruta y sentía que estaba haciendo una obra de teatro pésima.

El bar era un sitio tranquilo, con cerveza tirada y picadas. Lejos de la oficina, Daniela respiró. Hablamos de series, de la cafetería horrible del piso siete, del pueblo donde había crecido. Tenía una voz suave y una sonrisa tímida que le cambiaba la cara entera. Yo cumplí mi palabra: ni una insinuación, ni una mirada larga, ni un comentario subido de tono.

De vuelta a su edificio, bajo la luz amarilla de un farol, ella se giró y me dio las gracias mirándome de frente. La vi alejarse hacia el portal, esa parte monumental moviéndose con un ritmo que ya no me parecía un chiste, sino la danza más sensual que había presenciado nunca. Esa noche entendí que la quería volver a ver. No solo por el cuerpo. También por la voz.

***

Los meses siguientes fueron un equilibrio extenuante. Hablábamos todos los días por el chat interno. Salíamos los viernes. Yo me reía de sus ironías, ella me escuchaba quejarme del jefe. Un buen amigo, decía cuando alguien preguntaba. El único de verdad para los dos.

Una tarde, Carlos, el más torpe del piso, me palmeó la espalda en la cocina.

—¿De nuevo con la Culona, Sebas? ¿Ya te diste el gusto o qué?

—Dejate de boludeces —le contesté con una frialdad que ni yo me reconocí—. Es mi amiga.

Pero la palabra «amiga» empezó a saberme a mentira por omisión. Defendía su honor con una mano y, con la otra, en mi cama, me la imaginaba arrodillada, abierta, mía. La quería. La deseaba. Las dos cosas. Y no sabía cómo separarlas.

***

La noche de fin de año terminamos los dos solos en la oficina vacía. Habíamos inventado la excusa de unos reportes urgentes, pero en el fondo era para no rendirnos a la tristeza obligatoria de la fecha. Su familia estaba al otro lado del país, la mía no me bancaba más de media hora. Salimos al estacionamiento y el frío nos mordió la cara.

—Sebastián —me dijo, con vapor saliéndole de la boca—. No tengo nada que hacer en casa. Tampoco vos. ¿Querés venir a ver una película? Tengo cerveza y palomitas.

No era el coche, no era el bar. Era su departamento. Su lugar. Le dije que sí con una voz más ronca de lo que quería.

Compramos pollo frito y más cerveza. Pusimos una vieja de policías y ninguno de los dos miraba la pantalla. Pasaron las diez. La vi jugar con el ruedo de la falda, los nudillos blancos, la respiración corta. Hasta que cortó la película con un control remoto que le temblaba en la mano.

—Sebastián, nuestra amistad… ¿qué pensás?

—Que sos la única persona acá con la que puedo ser yo mismo —contesté, y era verdad, una verdad incómoda.

Tragó saliva. Las uñas se le clavaron en la palma.

—¿Me querés en serio? ¿O me querés solo por el culo?

El silencio fue absoluto. Bajé la cabeza, busqué las palabras, volví a levantar la vista. No le iba a mentir. Ahí no.

—Al principio era solo eso —admití—. Eran imposibles de ignorar. Te juro que intenté ser nada más que tu amigo. Y te valoro, Daniela, te juro que sí. Pero no puedo separarlo. Te deseo a vos. Y esa parte tuya es un imán para mí. No sé mentirte.

Esperaba que me echara. En cambio, vi cómo se le aflojaban los hombros, como si por fin alguien le hubiera dicho la verdad cruda en lugar de palmaditas. Me agarró la mano sin hablar y me llevó a su cuarto.

***

El cuarto era simple, una cama angosta, un placar de madera clara, una lámpara tibia. La giré contra la puerta y la besé. Empezó lento, un reconocimiento, y enseguida se hizo desesperado. Sus labios se ablandaron contra los míos, abrió la boca, dejó que la lengua entrara. Sabía a la cerveza barata y al miedo aceptado.

Se sentó en el borde de la cama y se desabrochó la falda con una calma que me terminó de matar. La camisa cayó después, y un sostén gris, sencillo, descubrió unos pechos pequeños y firmes con los pezones rosados. Pero cuando se dio vuelta y vi la curva de las bragas, fue otra cosa.

La tela barata se perdía entre el surco profundo, devorada por aquella abundancia. Me quedé con la boca abierta, los boxers levantados como una carpa absurda. Daniela siguió mi mirada, vio la evidencia y, en lugar de avergonzarse, le brilló un destello de poder. Lo había provocado ella. Ella, la que todos llamaban con un apodo grosero, me había reducido a esto.

—Ahora vos —murmuró.

Me desvestí torpe, rápido. Quedé parado frente a ella, dura como nunca, las venas marcadas. Se arrodilló, me bajó los boxers con una calma de ritual y me envolvió con la boca. La primera lamida me sacudió de pies a cabeza. Los dos años que llevaba sin hombre los gastó en cada chupada lenta y húmeda, aprendiendo mi ritmo, mirándome desde abajo con esos ojos de miel.

La levanté antes de venirme. Le saqué el sostén y le chupé los pezones hasta que se quejó suave. Cuando le bajé las bragas tuve que tirar fuerte, como ella misma me advirtió, porque la tela se le había trabado entre las nalgas. La giré, la doblé sobre la cama y le pasé la lengua por el sexo apenas cubierto de pelusa rosada. Sus dedos se me enredaron en el pelo, no para empujarme, para sostenerse. El temblor de sus piernas terminó en un chorro tibio que me empapó la cara y el muslo. Soltó un gemido de mortificación y se hundió de cabeza en la almohada.

Sus dos esferas blancas se alzaron en el aire, ofrecidas, temblando.

—Hacé lo que quieras —me dijo contra la tela—. Con… con el culo. Es tuyo.

Apoyé las palmas en esa carne caliente y la separé despacio, como si destapara un secreto. Ahí estaba todo: el surco rosado, el círculo apretado y oscuro, el sexo brillante un poco más abajo. Apoyé la punta contra el ano y empujé con cuidado. La resistencia fue menor de la que esperaba; el cuerpo de Daniela se abrió alrededor de mí con una facilidad que me sorprendió y que decidí no preguntar.

—Soltá —jadeó.

Saqué las manos. Las dos nalgas se cerraron sobre mí como una vaina viva, palpitante, una presión doble que casi me arranca el orgasmo de un golpe. Empecé a moverme entre embestidas profundas y pausas para no acabar en el primer minuto. Cada vez que me hundía, su carne se deformaba contra mi pelvis con un golpe seco. Ella gemía contra la almohada, agudo, sin contenerse. En medio del jadeo, su mano buscó la mía, anclada a su cadera, y me apretó los dedos con una ternura rara, lenta, deliberada, como diciéndome estoy acá, sigo acá, contigo.

Al final perdí el ritmo. Me retiré casi entero y volví a hundirme de un solo golpe brutal. Me oí gritar el apodo, esa palabra que tantas veces había sido un cuchillo a sus espaldas, y que en mi boca, en ese momento, sonó a marca de propiedad. No fue un susurro. Fue un rugido. Le grabé en la espalda un orgasmo largo y vacío de meses guardados.

Me derrumbé sobre ella, jadeando contra su pelo. Tardé en hablar. Cuando lo hice, lo dije bajito.

—Para mí sos eso. La Culona. Pero también sos vos.

No era un insulto. Tampoco una orden. Era una afirmación, un hecho consumado. Daniela cerró los ojos. Sintió el peso de mi cuerpo, mi respiración tranquila contra su nuca, y entendió la paradoja: la palabra que la había reducido toda su vida, en mi boca y en su cama deshecha, sonaba a la aceptación más completa que le habían dado nunca.

***

A la mañana siguiente la encontré bajo la ducha. Cuando me metí en el baño, se cruzó de brazos al instante y me dijo que no iba a dejar que la tocara. No avancé. Me acerqué con cuidado, la abracé bajo el agua caliente y le susurré que perdón, que si lo que dije o lo que hice la había lastimado, perdón. Se quedó tiesa un segundo, después me devolvió el abrazo y apoyó la cabeza en mi hombro.

—Está bien —susurró—. Todo está bien, Sebastián.

No era un perdón hueco. Era un reconocimiento. Habíamos aceptado lo que éramos: deseo crudo y un cariño que había crecido en el peor de los suelos. Bajo el agua, abrazados, ya no había Culona ni obsesión, solo dos personas que de la manera más torpe posible habían encontrado un refugio.

***

Esto último ya no es confesión, es presente. Hace cuatro años que vivimos juntos y dos que estamos casados. La gente todavía la mira en la calle, todavía hay murmullos, todavía hay un tipo cada tanto que cree que la palabra le pertenece a la oficina. No se la doy. Es mía. Y es de ella.

En la cara interna de su anillo de bodas mandé grabar una palabra. No iniciales, no fechas. Una sola palabra escrita con una tipografía discreta. Daniela eligió la letra. Yo elegí el contenido. Cada noche, cuando la abrazo desde atrás y se ríe de costado, cuando empuja contra mí buscándome, los dos sabemos qué dice ese anillo. Es nuestro secreto a la vista de todos. La prueba de que la quiero, no a pesar de su cuerpo, sino a través de él.

Valora este relato

Comentarios (6)

Renata

increible relato, de verdad.

NocturnalFan

por favor una segunda parte! me dejo con muchas ganas de saber como sigue todo

PedroCba_lector

esto me llego al alma. me paso algo parecido en el trabajo hace años y nunca tuve el valor que tuvo este tipo. gracias por compartirlo.

MarcelaRos

que bien escrito, que emocion!!!

RositaMdQ

y ella supo? o se quedo sin saber nada de tus sentimientos?

ValentinaRS

los relatos de confesiones son los que mas disfruto porque se sienten reales. este especialmente.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.