Compartían piso, novio y un secreto que las unió
Lucía y Marina llevaban más de dos años compartiendo un piso pequeño en el casco antiguo. La amistad había nacido en la universidad y había sobrevivido a mudanzas, parejas pasajeras y crisis económicas. Marina, fotógrafa de bodas, tenía el cabello castaño largo y una risa fácil. Lucía, profesora de pilates, era más reservada, de pelo corto y andar firme. La convivencia funcionaba sin esfuerzo: cocinaban turnándose, respetaban los silencios y se contaban casi todo con una copa de vino tinto los domingos por la noche.
Entonces apareció Diego.
Marina lo conoció en una boda donde ella era la fotógrafa contratada y él, el primo del novio. Alto, espalda ancha, arquitecto, divorciado sin hijos. Lo trajo a casa esa misma noche y, durante las semanas siguientes, Lucía empezó a oír cosas a través del tabique fino del dormitorio: gemidos contenidos, golpes rítmicos del cabecero contra la pared, la voz de Marina pidiendo más en susurros que no se molestaba en disimular.
—¿Está bien, no? —preguntó Lucía una mañana, sirviendo café.
—Está demasiado bien —contestó Marina, y se pasó la mano por la nuca con cara de cansada—. No para. Anoche fueron tres veces. Me besa, me come, me folla, se duerme un rato y me despierta otra vez. Yo soy normal, Lucía. Tengo que entregar fotos editadas mañana y no me tengo en pie.
Lucía se rio, pero por dentro sintió un tirón raro. Hacía meses que ella no se acostaba con nadie, y los últimos dos chicos habían sido un desastre: rápidos, distraídos, incapaces de prestar atención a nada que no fuera su propia urgencia.
—Yo te lo cambio —dijo, en broma—. Tú me das al insaciable y yo te doy a mi vibrador.
Marina la miró. No se rio.
—¿Y si lo digo en serio?
—¿En serio qué?
—Que se mude. Que duerma una noche conmigo y otra contigo. Yo descanso, tú dejas de quejarte de los inútiles que conoces por la aplicación, y él folla todo lo que necesite follar.
Lucía pensó que era una broma. Después pensó que no lo era. Después pensó en cómo Diego saludaba con dos besos y en cómo le miraba la boca al hablar.
—Pregúntale —dijo, sin terminar de creer que estaba diciendo eso.
Diego aceptó esa misma noche, en un restaurante chino al que se lo llevaron a propósito para tenerlo a tiro. Aceptó con una condición: los domingos eran para los tres. Sin turnos, sin paredes, sin pudor. Marina aceptó por las dos. Lucía bebió media copa de vino de un trago.
***
Diego se mudó el sábado siguiente. Trajo una caja con ropa, una afeitadora y nada más. Era ordenado, hablaba bajo y dejaba la cocina más limpia de lo que la encontraba.
Lunes con Marina, martes con Lucía, miércoles con Marina, y así. Lucía descubrió pronto a qué se refería su amiga. Diego no era un chico apurado. Tenía paciencia para empezar: le pasaba la lengua por la cara interna del muslo durante minutos enteros antes de subir, le mordía el lóbulo de la oreja mientras la penetraba lento, le hablaba al oído con una voz baja que la hacía cerrar los ojos. Pero no terminaba nunca. Cuando Lucía pensaba que ya estaba, él se incorporaba, le daba la vuelta, la ponía a cuatro patas y volvía a empezar. La primera noche se durmió a las cuatro de la madrugada con la sensación de haber hecho una sesión de spinning.
Llegó el primer domingo. Marina compró un vino que no estaban acostumbradas a comprar y Lucía pasó dos horas en el baño sin poder explicarse por qué tardaba tanto. Diego se sentó en el sofá con una camiseta gris y unos pantalones de chándal, y las esperó con una calma de hombre que ya tenía la película decidida.
—Venid —dijo, y palmeó el sofá a sus dos lados.
Marina se sentó primero. Lucía se sentó después. Diego les puso una mano a cada una en el muslo y empezó a hablarles con la misma voz baja que Lucía conocía de sus martes. Les pidió que se besaran. Marina se giró hacia Lucía con una pregunta en los ojos. Lucía le respondió con la boca.
El primer beso entre las dos fue corto, casi tímido. El segundo, no. Marina sabía a vino y a algo más, a un sabor que Lucía no había probado nunca y que la dejó con el corazón en la garganta. Diego las miraba en silencio, respirando por la nariz.
—Más despacio —pidió él cuando intentaron acelerar—. Quiero veros.
Se desnudaron en el suelo del salón, sobre una alfombra que olía a lavanda. Diego se ocupó de Marina primero, arrodillado entre sus piernas, con esa lentitud suya. Lucía se quedó al lado, sin saber bien qué hacer, hasta que Marina alargó la mano y la atrajo a su pecho. Lucía bajó la cabeza y le besó un pezón, primero con cuidado, después con la lengua entera. Marina arqueó la espalda. No estaba claro si era por Diego o por ella.
Después se cambiaron los papeles. Lucía boca arriba, Diego entre sus piernas, Marina arriba dándole la boca. Y así durante una hora, dos, tres. En algún momento Diego se incorporó y las miró desde fuera, y dijo, con voz ronca:
—Quiero veros entre vosotras. Yo me espero.
Y eso fue lo que cambió todo.
***
Lucía no tenía experiencia con mujeres. Marina tampoco, más allá de un par de besos en la universidad que no había contado nunca. Pero esa noche, con Diego sentado en una butaca de cuero como un espectador, las dos descubrieron algo que ninguno de los chicos rápidos de la aplicación y ninguno de los maratones de Diego les había dado: lentitud. La capacidad de esperar. De entender el cuerpo de la otra porque era casi el propio.
Marina le besó las costillas a Lucía durante minutos antes de bajar. Lucía le sostuvo la cabeza a Marina sin pedir, sin tirar, solo sintiendo el peso. Cuando se corrieron, lo hicieron en silencio, casi sorprendidas, como si el orgasmo no hubiera pedido permiso.
Diego terminó solo, mirándolas desde la butaca. Ellas lo miraron con cariño y con algo de distancia, como se mira a un primo lejano que viene de visita.
—Ha estado increíble —dijo él.
—Sí —respondió Marina.
Lucía no dijo nada.
***
El martes siguiente Lucía durmió con Diego como tocaba. La rutina prosiguió. Pero algo se había abierto entre ella y Marina que no se cerraba. Se buscaban en la cocina, en el pasillo. Una mano que rozaba una cadera al pasar. Una mirada un segundo más larga de la cuenta sobre un café. Marina entraba al baño cuando Lucía se duchaba con la excusa de coger algo y se quedaba apoyada en el lavamanos diez segundos más de los necesarios.
Una tarde, Diego salió a correr. Marina llamó a la puerta del cuarto de Lucía sin tocar, como hacía siempre. Lucía estaba leyendo en la cama. Marina cerró por dentro.
—¿Tienes media hora?
—Tengo todo —dijo Lucía.
Esa media hora se convirtió en hora y media. Lucía aprendió que el cuello de Marina tenía un punto, justo debajo de la mandíbula, que la hacía perder el control. Marina aprendió que Lucía se reía cuando se corría, una risa nerviosa que no podía contener. Aprendieron a reconocer la respiración de la otra, el cambio de ritmo justo antes, la manera de pedir más sin abrir la boca. Aprendieron, sobre todo, que el placer no necesitaba prisa.
Cuando oyeron la llave de Diego en la cerradura, Marina bajó al salón con el pelo recogido con un coletero y Lucía se quedó cinco minutos más en la cama, mirando el techo, sintiendo en la piel un calor que no era de Diego ni iba a serlo nunca.
***
Aguantaron tres semanas más. Los domingos seguían existiendo, pero las dos habían empezado a mirar a Diego como si lo vieran desde detrás de un cristal. Cumplían. Hacían lo que él pedía. Pero las miradas de verdad, las de complicidad, las que decían «esto es nuestro», pasaban por encima de su hombro mientras él se afanaba.
El sábado por la noche, Diego le ató las muñecas a Marina con su propio cinturón. Lo hizo bien, con cuidado de no apretar. La trabajó durante un buen rato, con su lentitud habitual, y al final se vino más rápido de lo previsto y se durmió de espaldas a ella sin retirarle el cinturón. Marina se desató sola y se quedó sentada al borde de la cama, con la luz de la calle entrándole por el ventanuco. Cinco minutos después estaba en la habitación de Lucía. No tuvo que decir nada.
—Mañana —murmuró Marina contra su pelo.
—Mañana —repitió Lucía.
Esa noche se tomaron su tiempo. Sin Diego al otro lado de la puerta, sin reloj, sin la posibilidad de que alguien apareciera. Marina la besó como nunca la había besado, con una determinación nueva, como quien firma un papel. Lucía respondió desde abajo, abriendo las piernas y guiándole la mano. Cuando terminaron, las dos estaban llorando un poco y se reían a la vez. No vamos a volver atrás, pensó Lucía, y supo que Marina pensaba lo mismo.
***
Diego se despertó al mediodía. Vino a la cocina en calzoncillos, oliendo a sueño, con la sonrisa de domingo de quien espera mucho. Marina le había preparado café. Lucía estaba apoyada en la encimera con los brazos cruzados.
—Tenemos que hablar —dijo Marina.
Él entendió antes de que terminara la frase. La gente entiende esas cosas. Su sonrisa se desinfló, intentó una broma, intentó después un argumento, intentó al final una protesta sobre lo que había aportado al alquiler. Pero no había nada que añadir. Marina le tendió una bolsa de deporte con su ropa doblada. Lucía le devolvió la copia de la llave.
—No es por ti —dijo Marina, y era verdad y mentira a la vez—. Es por nosotras.
Diego se fue con la bolsa al hombro y un portazo medido. Lucía cerró con dos vueltas. El piso se quedó en silencio el tiempo que tarda en hervir el café y luego se llenó de una risa que llevaban semanas conteniendo.
***
Aquella primera tarde sin él la pasaron desnudas. No en la cama: en el sofá, en la alfombra del salón, en la cocina, donde caía el sol de la tarde por la ventana. Lucía se enteró por fin de que Marina tenía un lunar pequeño en la cadera derecha. Marina descubrió que Lucía cantaba bajito en la ducha cuando creía que nadie la oía. Hicieron el amor sin contar las veces, sin urgencia, sin público. Cuando llegó la noche, se durmieron una sobre la otra con las piernas enredadas, y Lucía pensó que aquello era lo que se llamaba descansar.
Marina sigue siendo fotógrafa. Lucía sigue dando clases de pilates. El piso es el mismo, la lavanda de la alfombra es la misma, las copas de vino del domingo por la noche son las mismas. Lo que cambió fue la puerta: ahora solo hay una abierta, y se cierra desde dentro cuando ninguna de las dos quiere que el mundo entre.