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Relatos Ardientes

Cobré por sexo cuando todo se rompió dentro de mí

Solo uno de mis amigos sabe lo que voy a contar, y se enteró por accidente, no porque yo se lo confesara. Hubo una época en mi vida en la que me hundí tanto que dejé de reconocerme en el espejo, y para salir de ese pozo elegí el camino más extraño que se me ocurrió. Cobrar por acostarme con quien me lo pidiera. Hombres, mujeres, mayores, casados, lo que fuera. Lo cuento ahora porque el tiempo me ha permitido digerirlo, pero durante mucho tiempo viví con esa cicatriz callada por dentro.

Antes de todo eso estuve cinco años con Mariana. Era una mujer intensa, de las que se entregan al sexo con la misma fuerza con la que discuten o lloran. Habíamos hecho de todo, y sentí que con ella había encontrado algo que difícilmente volvería a aparecer. Con Mariana yo había follado en el baño de un restaurante con la mano tapándole la boca para que no gritara, la había puesto a cuatro patas encima de la mesa del comedor de sus padres, le había vaciado la polla en la cara mientras ella me miraba con los ojos entornados y la lengua fuera. Le encantaba que le tirara del pelo, que la llamara guarra al oído mientras se la metía por detrás, que me la chupara hasta el fondo de la garganta y tragara sin quejarse. Cuando me dejó, no le di importancia delante de los demás. Decía que había sido lo mejor para los dos, que ya no nos hacíamos felices. Mentía. Por dentro me estaba apagando despacio.

Lo que abrió la grieta de verdad fue un encuentro casual. Habían pasado tres meses desde la ruptura cuando entré a un bar del centro buscando a un compañero de la universidad. Mariana estaba en la barra, riéndose con un tipo al que yo no conocía, y sin disimulo lo besó en mitad de un brindis. Fue como si me arrancaran algo del pecho. Me quedé un rato apoyado en una columna, mirándola, hasta que entendí que ella era feliz y yo no. Esa noche bebí más de lo que mi cuerpo aguantaba.

Salí de allí dando tumbos y, en lugar de volver a casa, me dejé llevar por un impulso. Entré a un local de ambiente, uno de esos sitios en los que nunca había puesto un pie, y pedí otra copa. Me daba todo igual. Quería romperme un poco más para ver si así dejaba de doler. Un hombre mayor que yo se sentó a mi lado y empezó a hablarme. No me gustaba. Tenía una voz nasal y olía a colonia barata. Aun así, cuando me invitó a su piso, dije que sí.

Me acuerdo de muy poco de aquella noche. Recuerdo el ascensor que olía a cloro, recuerdo el espejo del recibidor con marco dorado, recuerdo haberme arrodillado en la alfombra del salón para chupársela porque era lo que tocaba. Me abrió la bragueta con dedos gordos y me sacó la polla ya medio empalmada delante de la boca. Era una verga corta y ancha, con el glande morado y un olor a colonia mezclada con sudor que me revolvió el estómago. Me la metió entera de un tirón, sujetándome la nuca con las dos manos, y me la folló la boca sin preguntar. Yo tragaba las arcadas y le dejaba hacer, con los ojos llorosos y las rodillas clavadas en el suelo. Se corrió una primera vez sobre mi lengua y me obligó a tragar apretándome la mandíbula. Después me arrastró hasta el dormitorio, me arrancó los pantalones y los calzoncillos, y me tumbó boca abajo. Le pedí que me penetrara y lo hizo, sin apenas lubricar, empujando con esa polla gorda hasta que sentí que algo se rasgaba dentro de mí. Grité contra la almohada. Él me sujetó las caderas y empezó a follarme a un ritmo seco, dando palmadas en mi culo y jadeando en mi oreja cosas que ya no recuerdo. Yo intentaba no pensar en Mariana y solo pensaba en Mariana, en la boca de Mariana riéndose en aquella barra, mientras un desconocido me embestía por detrás y me llamaba puta con la voz nasal. Cuando volvió a correrse, esta vez dentro del condón, me quedé un segundo tirado de bruces, con el culo levantado y el semen resbalándome por el muslo por fuera de la goma rota. Me vestí sin decir nada y bajé las escaleras casi corriendo. Vomité en el primer portal que encontré. Una mezcla de alcohol y de asco contra mí mismo.

***

Los días siguientes los pasé en piloto automático. Iba a clase, sonreía cuando tocaba, cenaba con mi compañero de piso. Pero por dentro había algo que ya no encajaba. Decidí que si nada me importaba, lo iba a aprovechar. Y se me ocurrió una idea que en frío suena estúpida y en caliente sonaba lógica. Si iba a acostarme con desconocidos, al menos que sirviera para algo. Que pagaran. Que no fuera yo el que se tragaba el orgullo gratis.

Abrí un perfil en una página de anuncios y empecé a cobrar. Las primeras semanas tuve que aprender muchas cosas que nadie te explica. A pedir el pago por adelantado. A elegir un sitio neutro. A reconocer en la voz, por teléfono, qué clientes podían dar problemas. A guardar la cartera y el móvil en sitios distintos. Y, sobre todo, a poner una sonrisa cuando se abría la puerta y al otro lado había alguien que no se parecía en nada a lo que yo había imaginado.

Porque ese era el verdadero choque. La fantasía y la realidad no tenían nada que ver. Mis clientes eran, en su gran mayoría, hombres maduros sin ningún atractivo. Casados que habían criado a sus hijos y de pronto descubrían que querían algo distinto. Solteros que habían pasado cuarenta años sin atreverse a salir del armario. Bisexuales discretos que mentían en casa y necesitaban un par de horas para ser ellos mismos. Hubo de todo. Algún viudo que solo quería que lo abrazara hasta dormirse. Algún empresario al que le iba la dominación y a mí me parecía un teatro ridículo, pero al que le dejaba atarme las muñecas al cabecero y follarme el culo mientras me llamaba perra a gritos, porque pagaba el doble por hacerlo sin condón dentro y luego lamerme su propia corrida del agujero.

Y también, en alguna ocasión, mujeres. Casi todas mayores, divorciadas o aburridas de matrimonios que ya no las miraban. Una me llevó a una casa enorme en las afueras y me hizo ducharme antes de tocarla, como si quisiera lavar algo más que el sudor del trayecto. Cuando salí del baño con la toalla en la cintura, me esperaba desnuda encima de la cama, con las piernas abiertas y el coño depilado y ya brillante. Me hizo arrodillarme entre sus muslos y comerle el coño hasta que se corrió dos veces sobre mi lengua, tirándome del pelo y frotándose la vulva contra mi boca con la impaciencia de alguien que llevaba años sin que nadie le hiciera eso. Después me montó encima, se ensartó mi polla hasta el fondo y cabalgó sobre mí con las tetas caídas botando en mi cara, hasta que le apreté el culo con las dos manos y le vacié la corrida dentro sin que ella dijera nada. Otra solo quería que la masturbara mientras le susurraba al oído lo puta que era, mientras yo le metía tres dedos en el coño y le presionaba el clítoris con el pulgar hasta que se corrió empapándome la mano; luego me pagó el doble por irme antes de la hora.

De toda esa fila gris, hubo un encuentro que recuerdo de otra manera. Llamó una chica. Aún hoy, cuando lo cuento mentalmente, lo separo del resto. Aquel encuentro fue distinto antes incluso de empezar.

***

Se llamaba Lucía, o eso me dijo, y la voz al teléfono temblaba tanto que pensé que era una broma. Tenía veinte años recién cumplidos. Era virgen y no quería seguir siéndolo. Me explicó, con frases cortas y muchas pausas, que era muy tímida y que cualquier interacción con un chico la paralizaba. Que prefería pagar a alguien que supiera tratarla, antes que arriesgarse a que su primera vez fuera con un compañero de la universidad y se convirtiera en un chiste de pasillo. Le dije que sí, le di una dirección y colgué con la sensación de que aquella tarde iba a ser cualquier cosa menos una más.

Apareció veinte minutos tarde, con un abrigo demasiado grande y los ojos rojos de haber llorado por el camino. Era guapa, mucho más de lo que su voz hacía suponer. Bajita, morena, con una cara redonda y una sonrisa nerviosa que se le escapaba cada vez que cerraba la boca para parecer seria. La hice pasar y le ofrecí un té en lugar de empezar por ningún sitio. Se rio cuando saqué la caja con las bolsitas. Creo que esperaba a alguien más frío, más profesional, más todo.

—No tienes que hacer nada que no quieras —le dije—. Si quieres, te tomas el té y te vas. Ya me has pagado, no me debes nada.

—No quiero irme —contestó ella, mirando a la taza—. Lo que pasa es que no sé cómo se empieza.

—No se empieza —le dije—. Se va llegando.

Entonces me senté a su lado en el sofá, pero no la toqué. Estuvimos hablando casi una hora. De su carrera, de un perro que se le había muerto en agosto, de un chico que le gustaba en clase y al que nunca se atrevió a saludar. A medida que ella hablaba, yo iba olvidándome de que estaba cobrando. La escuchaba como se escucha a una amiga que tarda en llegar al punto. Cuando por fin guardó silencio, le pregunté si quería que la besara y dijo que sí en un susurro.

La besé despacio. Muy despacio. Le sostuve la cara con las dos manos para que no se sintiera atrapada y, cuando noté que ella respondía, dejé que me clavara los dedos en la nuca. Tembló. Lo dijo con todo el cuerpo. Le aparté un mechón de pelo de la frente y le pregunté si quería que la llevara al dormitorio. Asintió sin abrir los ojos.

La desnudé como si fuera la primera vez también para mí. Una prenda y un beso, otra prenda y otro beso, sin prisa. Le solté el sujetador y dos tetas pequeñas y blancas cayeron libres, con los pezones rosados endurecidos por el frío y por el miedo. Me incliné y le chupé uno despacio, dando vueltas con la lengua alrededor del pezón, mientras con la otra mano le pellizcaba el otro. Se le escapó un jadeo corto, el primero. Le bajé las bragas hasta los tobillos y ella misma sacó los pies, con los muslos apretados por vergüenza. Al verla sin ropa, no encontré ningún defecto que me distrajera. Tenía la piel pálida, dos lunares cerca del ombligo, un triángulo de vello oscuro entre las piernas y una respiración que se le escapaba por la boca abierta. Le besé el cuello, los hombros, las costillas, el vientre, el pubis. Cuando le pedí permiso para usar la lengua entre sus piernas, apretó los labios, dudó y al final asintió.

Le abrí los muslos con las manos y me acomodé entre ellos. Su coño estaba cerrado, tímido, con los labios pequeños y apretados y una humedad apenas insinuada en la entrada. Le pasé la lengua entera, de abajo arriba, muy lento, y ella dio un respingo como si le hubieran dado corriente. Repetí el movimiento otra vez, y otra, y otra, hasta que empezó a abrirse por sí sola. Encontré el clítoris con la punta de la lengua y me quedé ahí. Círculos suaves, primero. Luego círculos más apretados. Luego chupar con los labios envolviéndolo, mientras metía la punta del dedo corazón en su coño con muchísimo cuidado. Estaba tan estrecha que apenas cabía la primera falange. Tardé mucho. La conocí con la boca antes que con nada más. Cuando entendí qué movimiento le hacía respirar más alto, no lo abandoné. Le acaricié los muslos con la mano libre para que no cerrara las piernas por puro reflejo. La lengua no paraba, el dedo entraba y salía milímetro a milímetro, y ella ya estaba empapada, tanto que sentía el sabor a hembra caliente en toda la boca. Cuando sintió por fin lo que sus amigas le habían contado mil veces, se le escapó un sonido que no parecía suyo. Un quejido bajo, sorprendido, casi avergonzado, como si le diera apuro correrse en mi salón. Su coño se contrajo alrededor de mi dedo con espasmos cortos y las caderas se le levantaron del colchón. La sostuve pegada a mi boca hasta que dejó de temblar.

Después llevé su mano hasta mi polla, que ya estaba dura y mojada de mi propio líquido. Le enseñé cómo sostenerla por la base, cómo mover el prepucio arriba y abajo sin apretar de más, cómo bajar el ritmo cuando notara que yo aceleraba. Aprendía rápido. En un momento, sin que yo se lo pidiera, se agachó y me la metió en la boca. Lo hizo con cuidado, casi con respeto, como si estuviera estudiando una pieza de algo frágil. Solo se atrevió con la mitad, chupando la punta con los labios apretados y ayudándose con la mano en la base. Le di alguna indicación entre dientes, le dije que sacara la lengua y me lamiera por debajo, que me metiera un cojón en la boca y jugara con él, y la dejé experimentar a su ritmo. Cuando levantó la cara, tenía los labios brillantes y un hilo de saliva colgándole del mentón. Sonrió, tímida, como quien acaba de aprender a hacer algo por primera vez.

Cuando vi que estaba lista, me puse el preservativo delante de ella, para que viera que lo hacía. Le besé la frente y le dije que iba a entrar muy poco a poco y que parara cuando quisiera. La tumbé de espaldas, le abrí las piernas con las rodillas y me coloqué la punta de la polla contra la entrada de su coño. Estaba tan cerrado que al principio pensé que no iba a caber. Empujé despacio, apenas dos centímetros, y ella resopló y arqueó la espalda. La sensación nueva la sorprendió. Me detuve, esperé, le acaricié la cara hasta que respiró otra vez con normalidad y volví a moverme. Otros dos centímetros. Un pequeño quejido. Paré. Le lamí un pezón para distraerla, le froté el clítoris con el pulgar hasta que sentí que su coño se relajaba de nuevo alrededor de mí. Otros centímetros. Y así, palmo a palmo, esperando un permiso silencioso antes de cada avance, hasta que noté que estaba dentro del todo, con mis huevos apoyados contra su culo y ella mirándome con los ojos muy abiertos, sin saber si aquello le dolía o le gustaba.

Empecé a follarla muy despacio. Dentro, fuera, dentro, fuera, con embestidas cortas y suaves, sin salir del todo. Su coño estaba caliente y apretado como un puño y me chupaba la polla con cada movimiento. Fue un acto despacio, casi tonto comparado con lo que yo solía hacer en otros encuentros. No hubo posturas raras ni frases sucias. Solo dos cuerpos buscando una manera de encajar, ella con las piernas abiertas y yo entrando y saliendo de su virginidad recién rota con toda la paciencia que me quedaba. Cuando ella, sin que yo lo esperara, empezó a moverse contra mí buscando más, levantando las caderas del colchón para que le entrara más hondo, entendí que ya no me necesitaba para guiarla. Le agarré una nalga con la mano y aceleré un poco. Ella gemía bajito, con la boca contra mi hombro, mordiéndome sin darse cuenta. Le pregunté qué quería al final, dónde, y me dijo que sobre el pecho. Me retiré con cuidado, me arranqué el preservativo, me la masturbé un par de veces sobre ella y me corrí en chorros calientes sobre sus tetas pequeñas y su cuello. La miré desde arriba, con la polla aún goteando en mi mano y su cuerpo empapado de mi corrida, y ella sonrió con la cara colorada, como una niña que acaba de hacer una travesura. La limpié yo mismo, con una toalla caliente, mientras ella se reía bajito de pura vergüenza.

Se quedó tumbada un rato en silencio, con una mano sobre el estómago y la mirada en el techo. Después me miró y dijo, casi sin voz:

—Gracias.

—No tienes que darlas —le contesté.

—Sí —dijo—. Por la forma. Por cómo lo has hecho.

Se vistió despacio, me dio dos besos en la puerta y se fue. No volví a saber de ella. A veces pienso que me crucé con ella en alguna terraza, en alguna estación de tren, y que ella me reconoció primero y prefirió no saludarme. No la culparía si fue así.

***

No fue el polvo más espectacular de mi vida. Pero sí el más bonito. Aquel encuentro fue un oasis en medio de un desierto largo, lleno de hombres que venían a cumplir fantasías que nadie en su vida cotidiana iba a cumplirles. Casados que querían que les hiciera lo que no se atrevían a pedirle a su mujer, que les comiera el culo mientras se hacían pajas, que se corrieran en mi boca y me obligaran a tragar. Empresarios que pagaban por que los humillara, por que les meara encima o les follara el culo con el cinturón todavía puesto. Padres de familia que se presentaban llorando y se iban sonriendo con la corrida seca en la barba. Y de cada uno, sin proponérmelo, aprendí algo sobre la condición humana que no me enseñó ninguna asignatura.

Lo dejé al cabo de un año y pico. No por una crisis, ni porque alguien me descubriera. Lo dejé porque un día, mientras desayunaba, me di cuenta de que volvía a tener hambre de cosas normales. De aprobar una asignatura. De llamar a mi madre los domingos. De salir con amigos sin medir el tiempo. La herida que había abierto Mariana, sin yo saberlo, se había ido cerrando entre cliente y cliente, entre polla y polla, entre corrida y corrida.

De todas las personas que pasaron por aquellas habitaciones alquiladas, la única a la que de vez en cuando recuerdo de verdad es a Lucía. No por el sexo. Por la confianza que depositó en mí, sin saber quién era yo, sin pedirme más explicación que paciencia. Y porque, sin que ella lo supiera, me devolvió un trozo de la persona que había sido antes de hundirme.

Si alguna vez lee esto y se reconoce, espero que entienda que aquella tarde fue, también para mí, una forma callada de empezar de nuevo.

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Comentarios(8)

lector_ansioso

increible relato... me dejo pensando un buen rato

Lucrecia_BA

Por favor seguí contando como te fue despues de eso, me quede con ganas de saber mas

NachoLect

No esperaba ese giro con la chica, fue lo que menos me imaginé. Muy bien contado

MatiCdba

Me recordo a una situacion que yo tambien viví y que nunca hable con nadie. Gracias por animarte a escribirlo

SilvinaRo

Una pregunta: seguiste en esto mucho tiempo despues de esa tarde?

LauraP_Lect

Se siente muy real, eso es lo que lo hace diferente. No es fantasia, es vida de verdad y se nota

Marcos86

Buenisimo!!! de los mejores que leí acá

CaminanteLibre

Lo de la chica que fue a perder su virginidad me impacto. Hay algo muy humano en ese momento aunque sea un contexto tan particular

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