Cobré por sexo cuando todo se rompió dentro de mí
Solo uno de mis amigos sabe lo que voy a contar, y se enteró por accidente, no porque yo se lo confesara. Hubo una época en mi vida en la que me hundí tanto que dejé de reconocerme en el espejo, y para salir de ese pozo elegí el camino más extraño que se me ocurrió. Cobrar por acostarme con quien me lo pidiera. Hombres, mujeres, mayores, casados, lo que fuera. Lo cuento ahora porque el tiempo me ha permitido digerirlo, pero durante mucho tiempo viví con esa cicatriz callada por dentro.
Antes de todo eso estuve cinco años con Mariana. Era una mujer intensa, de las que se entregan al sexo con la misma fuerza con la que discuten o lloran. Habíamos hecho de todo, y sentí que con ella había encontrado algo que difícilmente volvería a aparecer. Cuando me dejó, no le di importancia delante de los demás. Decía que había sido lo mejor para los dos, que ya no nos hacíamos felices. Mentía. Por dentro me estaba apagando despacio.
Lo que abrió la grieta de verdad fue un encuentro casual. Habían pasado tres meses desde la ruptura cuando entré a un bar del centro buscando a un compañero de la universidad. Mariana estaba en la barra, riéndose con un tipo al que yo no conocía, y sin disimulo lo besó en mitad de un brindis. Fue como si me arrancaran algo del pecho. Me quedé un rato apoyado en una columna, mirándola, hasta que entendí que ella era feliz y yo no. Esa noche bebí más de lo que mi cuerpo aguantaba.
Salí de allí dando tumbos y, en lugar de volver a casa, me dejé llevar por un impulso. Entré a un local de ambiente, uno de esos sitios en los que nunca había puesto un pie, y pedí otra copa. Me daba todo igual. Quería romperme un poco más para ver si así dejaba de doler. Un hombre mayor que yo se sentó a mi lado y empezó a hablarme. No me gustaba. Tenía una voz nasal y olía a colonia barata. Aun así, cuando me invitó a su piso, dije que sí.
Me acuerdo de muy poco de aquella noche. Recuerdo el ascensor que olía a cloro, recuerdo el espejo del recibidor con marco dorado, recuerdo haberme arrodillado para chupársela porque era lo que tocaba. Le pedí que me penetrara y lo hizo, mientras yo intentaba no pensar en Mariana y solo pensaba en Mariana. Cuando él terminó, me vestí sin decir nada y bajé las escaleras casi corriendo. Vomité en el primer portal que encontré. Una mezcla de alcohol y de asco contra mí mismo.
***
Los días siguientes los pasé en piloto automático. Iba a clase, sonreía cuando tocaba, cenaba con mi compañero de piso. Pero por dentro había algo que ya no encajaba. Decidí que si nada me importaba, lo iba a aprovechar. Y se me ocurrió una idea que en frío suena estúpida y en caliente sonaba lógica. Si iba a acostarme con desconocidos, al menos que sirviera para algo. Que pagaran. Que no fuera yo el que se tragaba el orgullo gratis.
Abrí un perfil en una página de anuncios y empecé a cobrar. Las primeras semanas tuve que aprender muchas cosas que nadie te explica. A pedir el pago por adelantado. A elegir un sitio neutro. A reconocer en la voz, por teléfono, qué clientes podían dar problemas. A guardar la cartera y el móvil en sitios distintos. Y, sobre todo, a poner una sonrisa cuando se abría la puerta y al otro lado había alguien que no se parecía en nada a lo que yo había imaginado.
Porque ese era el verdadero choque. La fantasía y la realidad no tenían nada que ver. Mis clientes eran, en su gran mayoría, hombres maduros sin ningún atractivo. Casados que habían criado a sus hijos y de pronto descubrían que querían algo distinto. Solteros que habían pasado cuarenta años sin atreverse a salir del armario. Bisexuales discretos que mentían en casa y necesitaban un par de horas para ser ellos mismos. Hubo de todo. Algún viudo que solo quería que lo abrazara hasta dormirse. Algún empresario al que le iba la dominación y a mí me parecía un teatro ridículo.
Y también, en alguna ocasión, mujeres. Casi todas mayores, divorciadas o aburridas de matrimonios que ya no las miraban. Una me llevó a una casa enorme en las afueras y me hizo ducharme antes de tocarla, como si quisiera lavar algo más que el sudor del trayecto. Otra solo quería que la masturbara mientras le susurraba al oído, y luego me pagó el doble por irme antes de la hora.
De toda esa fila gris, hubo un encuentro que recuerdo de otra manera. Llamó una chica. Aún hoy, cuando lo cuento mentalmente, lo separo del resto. Aquel encuentro fue distinto antes incluso de empezar.
***
Se llamaba Lucía, o eso me dijo, y la voz al teléfono temblaba tanto que pensé que era una broma. Tenía veinte años recién cumplidos. Era virgen y no quería seguir siéndolo. Me explicó, con frases cortas y muchas pausas, que era muy tímida y que cualquier interacción con un chico la paralizaba. Que prefería pagar a alguien que supiera tratarla, antes que arriesgarse a que su primera vez fuera con un compañero de la universidad y se convirtiera en un chiste de pasillo. Le dije que sí, le di una dirección y colgué con la sensación de que aquella tarde iba a ser cualquier cosa menos una más.
Apareció veinte minutos tarde, con un abrigo demasiado grande y los ojos rojos de haber llorado por el camino. Era guapa, mucho más de lo que su voz hacía suponer. Bajita, morena, con una cara redonda y una sonrisa nerviosa que se le escapaba cada vez que cerraba la boca para parecer seria. La hice pasar y le ofrecí un té en lugar de empezar por ningún sitio. Se rio cuando saqué la caja con las bolsitas. Creo que esperaba a alguien más frío, más profesional, más todo.
—No tienes que hacer nada que no quieras —le dije—. Si quieres, te tomas el té y te vas. Ya me has pagado, no me debes nada.
—No quiero irme —contestó ella, mirando a la taza—. Lo que pasa es que no sé cómo se empieza.
—No se empieza —le dije—. Se va llegando.
Entonces me senté a su lado en el sofá, pero no la toqué. Estuvimos hablando casi una hora. De su carrera, de un perro que se le había muerto en agosto, de un chico que le gustaba en clase y al que nunca se atrevió a saludar. A medida que ella hablaba, yo iba olvidándome de que estaba cobrando. La escuchaba como se escucha a una amiga que tarda en llegar al punto. Cuando por fin guardó silencio, le pregunté si quería que la besara y dijo que sí en un susurro.
La besé despacio. Muy despacio. Le sostuve la cara con las dos manos para que no se sintiera atrapada y, cuando noté que ella respondía, dejé que me clavara los dedos en la nuca. Tembló. Lo dijo con todo el cuerpo. Le aparté un mechón de pelo de la frente y le pregunté si quería que la llevara al dormitorio. Asintió sin abrir los ojos.
La desnudé como si fuera la primera vez también para mí. Una prenda y un beso, otra prenda y otro beso, sin prisa. Al verla sin ropa, no encontré ningún defecto que me distrajera. Tenía la piel pálida, dos lunares cerca del ombligo y una respiración que se le escapaba por la boca abierta. Le besé el cuello, los hombros, las costillas. Cuando le pedí permiso para usar la lengua entre sus piernas, apretó los labios, dudó y al final asintió.
Tardé mucho. La conocí con la boca antes que con nada más. Cuando entendí qué movimiento le hacía respirar más alto, no lo abandoné. Le acaricié los muslos para que no cerrara las piernas por puro reflejo. Cuando sintió por fin lo que sus amigas le habían contado mil veces, se le escapó un sonido que no parecía suyo. Un quejido bajo, sorprendido, casi avergonzado, como si le diera apuro hacer ruido en mi salón.
Después llevé su mano hasta mi sexo. Le enseñé cómo sostenerme, cómo mover los dedos sin hacer daño, cómo bajar el ritmo cuando notara que yo aceleraba. Aprendía rápido. En un momento, sin que yo se lo pidiera, me lo metió en la boca. Lo hizo con cuidado, casi con respeto, como si estuviera estudiando una pieza de algo frágil. Le di alguna indicación entre dientes y la dejé experimentar a su ritmo.
Cuando vi que estaba lista, me puse el preservativo delante de ella, para que viera que lo hacía. Le besé la frente y le dije que iba a entrar muy poco a poco y que parara cuando quisiera. Resopló. La sensación nueva la sorprendió. Me detuve, esperé, le acaricié la cara hasta que respiró otra vez con normalidad y volví a moverme. Centímetro a centímetro, esperando un permiso silencioso antes de cada avance.
Fue un acto despacio, casi tonto comparado con lo que yo solía hacer en otros encuentros. No hubo posturas raras ni frases sucias. Solo dos cuerpos buscando una manera de encajar. Cuando ella, sin que yo lo esperara, empezó a moverse contra mí buscando más, entendí que ya no me necesitaba para guiarla. Le pregunté qué quería al final, dónde, y me dijo que sobre el pecho. Me retiré, me quité el preservativo, y terminé donde me había pedido. La limpié yo mismo, con una toalla caliente, mientras ella se reía bajito de pura vergüenza.
Se quedó tumbada un rato en silencio, con una mano sobre el estómago y la mirada en el techo. Después me miró y dijo, casi sin voz:
—Gracias.
—No tienes que darlas —le contesté.
—Sí —dijo—. Por la forma. Por cómo lo has hecho.
Se vistió despacio, me dio dos besos en la puerta y se fue. No volví a saber de ella. A veces pienso que me crucé con ella en alguna terraza, en alguna estación de tren, y que ella me reconoció primero y prefirió no saludarme. No la culparía si fue así.
***
No fue el polvo más espectacular de mi vida. Pero sí el más bonito. Aquel encuentro fue un oasis en medio de un desierto largo, lleno de hombres que venían a cumplir fantasías que nadie en su vida cotidiana iba a cumplirles. Casados que querían que les hiciera lo que no se atrevían a pedirle a su mujer. Empresarios que pagaban por que los humillara. Padres de familia que se presentaban llorando y se iban sonriendo. Y de cada uno, sin proponérmelo, aprendí algo sobre la condición humana que no me enseñó ninguna asignatura.
Lo dejé al cabo de un año y pico. No por una crisis, ni porque alguien me descubriera. Lo dejé porque un día, mientras desayunaba, me di cuenta de que volvía a tener hambre de cosas normales. De aprobar una asignatura. De llamar a mi madre los domingos. De salir con amigos sin medir el tiempo. La herida que había abierto Mariana, sin yo saberlo, se había ido cerrando entre cliente y cliente, entre noche y noche.
De todas las personas que pasaron por aquellas habitaciones alquiladas, la única a la que de vez en cuando recuerdo de verdad es a Lucía. No por el sexo. Por la confianza que depositó en mí, sin saber quién era yo, sin pedirme más explicación que paciencia. Y porque, sin que ella lo supiera, me devolvió un trozo de la persona que había sido antes de hundirme.
Si alguna vez lee esto y se reconoce, espero que entienda que aquella tarde fue, también para mí, una forma callada de empezar de nuevo.