Le pagué a la chica de la limpieza por cada prenda
Tengo treinta y ocho años y nunca le había contado esto a nadie. Lo escribo aquí porque necesito sacarlo de la cabeza y, si alguien lo lee, que entienda que no me arrepiento. No del todo.
Vivo solo en un ático del Eixample, en Barcelona. Lo compré hace año y medio con el bono anual de la firma de inversión donde trabajo. Suelos de travertino claro, paredes blancas, un ventanal corrido que da al Tibidabo y una cocina abierta de acero negro mate. Cuando lo enseño a las visitas, todos dicen lo mismo: «parece un hotel». Esa es la idea.
El problema de un piso así es que se ensucia rápido. La luz natural saca cada huella, cada mota de polvo. Después de la mudanza contraté a un servicio de limpieza por horas a través de un portal online. Pagué el doble de la tarifa habitual con una sola condición: discreción.
Así llegó Yarisel.
Era venezolana, treinta años recién cumplidos, llevaba ocho meses en España. La vi por primera vez en la foto del perfil de la plataforma: piel oscura, pelo rizado recogido en un moño alto, ojos grandes y una sonrisa contenida. En el currículum decía que había estudiado contabilidad en Caracas, pero aquí el título no le servía. Limpiaba pisos para mandar dinero a su madre.
—Necesito eficiencia y silencio —le dije por teléfono—. Y discreción absoluta. Por eso pago lo que pago.
—Entendido, señor.
El acento caribeño me gustó desde la primera palabra.
***
Llegó el lunes a las nueve en punto. Blusa blanca abotonada hasta el cuello, falda negra hasta la rodilla, zapatillas planas. Traía en la frente ese brillo de quien acaba de cruzar la ciudad en metro. Olía a colonia barata, dulce y limpia.
Le abrí en pijama —camiseta blanca, pantalón de chándal— y disfruté el segundo en que sus ojos me recorrieron antes de bajar la mirada al suelo.
—Adelante. Te enseño la casa.
La paseé por los doscientos metros cuadrados explicando lo que se tocaba y lo que no. El despacho con cerradura biométrica. La bodega de vinos. La habitación de invitados que nunca usaba. Yarisel asentía sin tomar notas, memorizando todo.
Empezó por la cocina. Se movía rápido, sin pausas innecesarias, sin sacar el móvil ni una vez. Yo me senté en el sofá con el portátil y fingí trabajar. En realidad no leía nada. La observaba.
Cada vez que se inclinaba para fregar la encimera baja, la falda se le subía un palmo. Pantorrillas firmes, muslos gruesos, piel del color de la madera de teca. Cuando estiraba los brazos para alcanzar las baldas altas, la blusa se le tensaba sobre los pechos y dejaba ver, por debajo, la línea del sostén.
A las doce le llevé un café.
—Trabajas rápido. Me gusta.
—Gracias, señor.
Lo dijo sin levantar la vista. Sostuvo la taza con las dos manos y bebió un sorbo pequeño. Tenía las uñas pintadas de un rojo oscuro, casi granate.
Y ahí, en ese momento, decidí que iba a ponerla a prueba.
***
—Yarisel, una cosa. Las baldas altas del salón se rayan si subes con zapatos. Si te las quitas para trabajar, te sumo cincuenta euros al final del día.
Me miró sin entender. La oferta era absurda: cincuenta euros por descalzarse. Pero cincuenta euros eran la mitad del día.
—Como quiera, señor.
Se quitó las zapatillas en el recibidor y las dejó alineadas contra la pared. Iba sin medias. Pies pequeños, arqueados, uñas del mismo granate que las manos. La piel oscura sobre el travertino claro me cortó la respiración un segundo.
Esto es solo el principio, pensé.
Una hora después, salió del baño principal con el flequillo pegado a la frente.
—El vapor de la ducha es fuerte —le dije—. Te va a estropear la blusa de la humedad. Si te la quitas mientras limpias el baño, te subo cien euros más.
Levantó la vista por primera vez en horas. Los ojos negros me sostuvieron la mirada dos segundos enteros antes de bajarse.
—Señor… eso no es parte del trabajo.
Saqué la cartera. Conté doscientos en billetes de cincuenta y los puse sobre la mesa de cristal del recibidor.
—Doscientos. Solo estamos tú y yo. Aquí no entra nadie sin que yo abra.
La vi calcular. La madre enferma. El alquiler del piso compartido en el Raval. El vuelo a Caracas que llevaba meses posponiendo. Los dedos le temblaban un poco cuando se desabotonó la blusa, botón por botón, sin mirarme. Debajo llevaba un sostén negro de algodón, sin encajes, que le sujetaba unos pechos pesados y juntos. Los pezones se le marcaban a través de la tela fina por el aire acondicionado.
Volvió al baño con los billetes doblados en el bolsillo de la falda.
***
Pasé la siguiente hora en el despacho fingiendo revisar correos. No leí ninguno. Salía con cualquier excusa cada veinte minutos para verla agachada en la bañera, con la espalda morena brillando y el sostén negro tensándose con cada movimiento del brazo.
Cuando terminó el baño, se secó las manos en una toalla pequeña y vino al salón a por instrucciones. Se había vuelto a poner la blusa, pero la dejó abierta. Ese gesto, pequeño, lo entendí como una respuesta.
—La cocina ahora —le dije—. El suelo se friega de rodillas, sin mocho, para que quede sin marcas. La falda te va a estorbar. Trescientos más si te la quitas.
—No, señor. Eso ya es…
—Quinientos —corté—. Te quedas en ropa interior. Tú decides.
Le brillaron los ojos. No supe si era rabia o algo más. Cogió los billetes con la mano izquierda y se desabrochó la falda con la derecha. Cayó sin ruido sobre el travertino. La braguita era del mismo algodón negro, sencilla, con elástico ancho. El culo era redondo, alto, las caderas anchas. La marca del elástico se le clavaba en la piel oscura, dejando una línea más clara.
Se arrodilló sobre un trapo doblado y empezó a fregar.
Me senté en el taburete de la isla con un whisky en la mano. Tenía una erección imposible de esconder bajo el chándal y no me molesté en intentarlo. Yarisel me daba la espalda mientras fregaba. Cada vez que estiraba el brazo derecho hacia delante, el culo se le levantaba hacia mí y la braguita se le marcaba en el centro. Pude ver, a través de la tela ya humedecida por el sudor, el contorno del sexo.
—Eres preciosa —dije, con la voz más ronca de lo que esperaba—. Esa piel parece miel oscura.
No respondió. Pero los pezones se le habían endurecido tanto que rasgaban el sostén.
***
—La habitación. Hay que cambiar las sábanas de la cama grande. El sostén te va a apretar al estirar. Setecientos si te lo quitas.
Esta vez ya no protestó. Se desabrochó el sostén caminando hacia el dormitorio, sin mirarme. Lo dejó colgando del respaldo de una silla. Sus pechos cayeron pesados, naturales, con areolas anchas y oscuras y unos pezones gruesos que apuntaban hacia abajo por el peso. Se balanceaban con cada paso.
La seguí con el fajo de billetes en la mano y el whisky en la otra.
Hizo la cama king-size en silencio, estirando la sábana bajera hasta los cuatro extremos, sacudiendo el nórdico. Yo me apoyé contra el marco de la puerta y la miré durante diez minutos enteros, sin decir nada.
Cuando terminó, se giró hacia mí. Tenía las mejillas húmedas. No supe si eran sudor o lágrimas.
—Última oferta —dije, y di un paso hacia ella—. Mil euros si te quitas la braguita. Y dos mil más si me dejas tocarte.
Se quedó callada. Entre sus muslos, la tela negra estaba oscurecida por una mancha húmeda que no era sudor.
—Yo no soy una puta, señor.
Lo dijo en voz baja, casi para sí misma. Como si se estuviera convenciendo a ella, no a mí. Pero ya estaba bajándose la braguita por las caderas. Cayó al suelo. Se la quitó por los pies y la dejó a un lado con el resto de la ropa.
Tenía el sexo afeitado por completo. Los labios gruesos e hinchados, brillantes. Un clítoris pequeño y duro asomando entre ellos.
***
La toqué primero con el dorso de los dedos, en el costado, subiendo desde la cadera hasta el pecho. Tenía la piel caliente y firme. Cerré la mano sobre uno de sus pechos y lo apreté hasta que se le escapó un sonido ahogado entre los dientes.
Bajé la otra mano entre sus muslos. Estaba empapada. Pasé dos dedos por la abertura, separándola, y le froté el clítoris en círculos lentos. Las piernas le temblaron. Se agarró a mi camiseta con las dos manos para no caerse.
—Por favor —susurró, pero sus caderas empujaron contra mi mano.
—Tres mil más —le dije al oído— si me dejas follarte. Sin condón.
Tardó tres segundos en responder. Asintió una sola vez, con los ojos cerrados.
***
La empujé sobre la cama recién hecha. Me bajé el chándal sin desnudarme del todo, solo lo justo. Le abrí las piernas con las rodillas y entré de una sola vez, hasta el fondo. Yarisel arqueó la espalda y dejó escapar un grito que se ahogó contra mi hombro.
Estaba estrecha, caliente, mojada hasta empapar las sábanas. La follé despacio al principio, sintiendo cómo se ajustaba a mí, y luego con todo el peso. Las caderas chocaban contra las suyas con un ruido seco y obsceno. Le agarré las muñecas y se las sujeté por encima de la cabeza.
—Eres mía mientras estés en esta casa —le dije, y me lo creí en ese momento.
Ella no contestó. Tenía los ojos abiertos clavados en el techo, con lágrimas que se le escapaban por las sienes. Pero sus piernas se cerraron sobre mi espalda y sus caderas subían a buscar cada embestida.
La giré boca abajo, le levanté el culo del colchón y volví a entrar desde atrás. En esa posición la sentí más profunda. Cada golpe le sacaba un sonido nuevo, ahogado contra la almohada. Le agarré el pelo rizado en un puño y le arqueé la espalda. La piel oscura del culo me marcó las palmas con cada palmada.
Cuando se corrió, el grito le salió entero, sin filtro. Su sexo se contrajo alrededor del mío en oleadas calientes. Me clavó las uñas en el muslo y mojó las sábanas hasta dejar una mancha redonda.
***
No aguanté más. Salí de un tirón, la bajé de la cama y la puse de rodillas sobre el suelo de roble.
—Abre la boca.
Obedeció. Le entré hasta la garganta con las dos manos sujetándole la cabeza. Se le saltaron las lágrimas otra vez, pero la lengua trabajaba debajo, hambrienta. Cuando me corrí, lo solté todo en su boca, en su barbilla, en sus pechos. Marca de propiedad.
Quedó ahí, arrodillada, jadeando, con el pelo pegado a las sienes y la cara brillando.
Saqué el fajo entero del cajón de la mesilla, conté seis mil quinientos euros en billetes de cien y se los puse en la palma sin contar.
—Vuelve mañana —le dije, sin mirarla.
Se levantó despacio, recogió la ropa del suelo, fue al baño y se duchó. La oí llorar bajo el agua, dos minutos justos. Luego salió vestida, peinada, los billetes guardados en el bolso.
En la puerta, antes de cerrar, me miró por encima del hombro.
—Mañana a las nueve, señor.
Y se fue.
***
Han pasado siete meses. Yarisel viene tres veces por semana. Ya no necesito ofrecerle dinero por cada prenda. Llega, se desnuda en el recibidor, deja la ropa doblada sobre la consola y empieza a limpiar. A media mañana subo del despacho y la tomo en el sofá, en la cocina, en la mesa del comedor, donde me apetezca. Antes de irse, dejo el sobre sobre la mesilla.
Su madre ya tiene el tratamiento que necesitaba. El hermano pequeño ha empezado la universidad. Yarisel sigue ahorrando para el vuelo a Caracas, pero cada mes lo aplaza.
Yo tampoco quiero que se vaya.
A veces, cuando la escucho llegar y oigo la cremallera de la falda en el recibidor, me pregunto cuál de los dos compró al otro.
No tengo respuesta.