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Relatos Ardientes

La semana que pasé sola y desnuda en la selva

El sol caía como plomo derretido sobre los hombros de Adriana. Llevaba tres horas caminando por aquel sendero que en el mapa parecía corto y en la realidad no terminaba nunca. La camiseta se le pegaba a la espalda y el aire era tan denso que costaba respirarlo. Cuando los helechos gigantes se abrieron y apareció el agua, soltó la mochila sin pensarlo.

Era una laguna pequeña, redonda, rodeada de troncos cubiertos de musgo. El agua estaba tan quieta que reflejaba las copas de los árboles como un espejo verde. Nadie a la vista. Ningún sonido humano. Solo el zumbido de los insectos y, lejos, el grito de un mono.

Se desabrochó las botas, se quitó los pantalones cortos, la camiseta. Quedó en ropa interior y dudó un instante. Luego pensó que no había nadie en kilómetros y que volver a ponerse las bragas mojadas iba a ser un suplicio. Se las quitó. Dejó toda la ropa amontonada junto a la mochila, sobre una piedra plana, y entró al agua.

El primer contacto fue eléctrico. El frío le subió por las pantorrillas, los muslos, el vientre, hasta cerrarle el coño en un espasmo. Cuando se sumergió por completo, soltó una carcajada que asustó a los pájaros. Nadó hasta el centro de la laguna, se dejó flotar boca arriba y sintió cómo el sol le caía sobre la cara y los pechos. Los pezones se le habían endurecido con el frío, dos puntas oscuras apuntando al cielo. Esto es lo que vine a buscar, pensó. Esto exactamente.

Perdió la noción del tiempo. Cuando por fin se acercó a la orilla, con los dedos arrugados y los labios un poco azules, miró la piedra y supo, antes de razonarlo, que algo no estaba bien. La piedra estaba vacía. La ropa, las botas, la mochila, el teléfono, el dinero, el pasaporte. Todo había desaparecido.

Se quedó en cuclillas dentro del agua, hasta el cuello, mirando la orilla como si la piedra fuera a devolverle sus cosas si la observaba lo suficiente. No lo hizo. La selva siguió respirando, indiferente.

—¿Hola? —dijo en voz baja. Y luego más fuerte—: ¡Hola! ¿Hay alguien?

Solo el eco. Y, por una fracción de segundo, una sombra que se movía entre los troncos del otro lado de la laguna. Una figura delgada, pelo oscuro, piel de tierra mojada. Desapareció antes de que ella pudiera enfocar bien.

—¡Espera! —gritó.

Salió del agua corriendo, con las tetas botándole al ritmo de la carrera y el agua chorreándole por el vello del pubis, pero ya no había nada. Ni huellas claras, ni sonido de pasos, ni rastro de ropa abandonada. Solo helechos rotos en una dirección y un silencio nuevo, distinto al de antes, un silencio que la observaba.

***

El sol empezó a bajar más rápido de lo que esperaba. La temperatura se desplomó con una velocidad que en la ciudad nunca había sentido. Adriana caminaba descalza, intentando volver por donde había venido, pero el sendero se había multiplicado en tres y ninguno parecía el correcto. Las ramas le dejaban arañazos finos en los muslos. Los pies se le hundían en barro tibio.

Cada sonido era un susto. El crujido de una rama, el chillido lejano de un ave, el aleteo súbito de algo que no llegó a ver. Pero junto al miedo crecía otra cosa, una sensación que no sabía nombrar. Estaba completamente expuesta y, sin embargo, viva como nunca. La piel le respondía a cada brisa. Cada hoja que le rozaba el costado le erizaba el vello de los brazos, y cada roce que le pasaba entre las piernas al caminar le recordaba que estaba desnuda, que cualquiera podía verla, que ya la habían visto. Era una conciencia brutal de su propio cuerpo.

Cuando ya no pudo seguir, se acurrucó al pie de un árbol enorme, entre las raíces que sobresalían como costillas. Abrazó las rodillas contra el pecho. Tenía hambre, sed, miedo. Y aun así, en la oscuridad, empezó a pasarse las manos por los brazos para entrar en calor. Subió por los hombros, bajó por las clavículas, se rozó los pezones sin querer y se rozó otra vez, queriendo. Se los pellizcó entre el pulgar y el índice, primero uno, después el otro, tirando de ellos hasta que se le pusieron duros como piedritas. Una corriente cálida le bajó por el vientre y le desembocó directamente en el coño.

No había decidido tocarse. Simplemente, su cuerpo lo decidió por ella. La mano descendió por el abdomen, encontró el vello, encontró la humedad. No era el agua de la laguna. Era ella, respondiendo a algo que no terminaba de entender. Metió dos dedos entre los labios del coño y los separó despacio, sintiendo cómo le resbalaban en su propio jugo. Estaba empapada. El clítoris le latía hinchado, sobresaliendo de su capucha como pidiendo que lo tocaran. Lo hizo. Empezó a frotárselo en círculos lentos, con la yema del dedo mayor, mientras con la otra mano se seguía torturando un pezón.

Pensó en la sombra que la había visto desnuda en el agua. Pensó en unos ojos oscuros sin nombre, observándola desde la espesura. Se imaginó que esos ojos la estaban mirando ahora, agazapados a tres metros de ella, viéndola abrir las piernas contra las raíces de un árbol, viéndola meterse los dedos, viéndola gemir bajito en la oscuridad. En lugar de horror sintió un golpe de calor entre las piernas tan fuerte que se le escapó un jadeo. Se metió dos dedos adentro y los curvó, buscando el punto que sabía que le funcionaba. Los sacó chorreando, se los pasó por el clítoris, los volvió a meter. Adentro, afuera, adentro. Las caderas se le movían solas contra la mano. Con el pulgar de la otra mano se buscó el culo y se lo apretó, sin meterlo, solo dejándolo ahí de guardia.

Lo que vino después fue un espasmo seco, breve, casi violento, que le sacudió las piernas y le hizo cerrar el coño alrededor de sus dedos en tres, cuatro, cinco contracciones seguidas. Se corrió con la mejilla apretada contra la corteza y un quejido ahogado en la garganta, sintiendo cómo el orgasmo le subía por las tripas y le salía por la boca en forma de aire caliente. Se quedó jadeando contra el árbol con los dedos todavía adentro, sin querer sacarlos, sintiendo los últimos temblores del coño chuparle las falanges como una boca pequeña y hambrienta.

Después se quedó mucho rato quieta, con la mejilla apoyada en la madera, escuchando el bosque. Por primera vez desde que había visto la piedra vacía, no tuvo miedo.

***

El amanecer la encontró agotada y entera. Le dolían los pies, le ardían los arañazos, tenía la lengua pegada al paladar de la sed. Pero se levantó. Caminó. Ya no como una turista perdida, sino como otra cosa, algo que no sabía nombrar todavía.

Hacia el mediodía oyó el motor antes de ver el camino. Un jeep oxidado, muy viejo, avanzaba despacio por una pista de tierra. Adriana salió a la pista con las manos en las caderas, sin esconder nada. No tenía con qué esconder, y a esas alturas tampoco le interesaba demasiado. El conductor frenó en seco. Era un hombre mayor, de unos sesenta años, con la cara curtida y un sombrero de paja oscuro.

—Buen día —dijo ella, con una voz más firme de lo que esperaba.

El hombre tardó en contestar. Luego carraspeó y miró un punto fijo entre los ojos de ella, evitando con un esfuerzo visible no bajar la vista a las tetas o al vello del pubis.

—¿Necesita ayuda?

—Necesito un transporte. Y, si puede, una manta.

El hombre buscó atrás del asiento y le tendió una camisa de franela enorme, descolorida, que olía a tabaco y a sudor de muchas semanas. Adriana se la puso. Le llegaba a medio muslo. Se subió al jeep.

—Soy Esteban —dijo él, después de un buen rato.

—Adriana.

No volvieron a hablar en todo el camino. El asiento de vinilo le ardía en la piel desnuda de los muslos. Cada bache la hacía botar, y cada bote le rozaba el coño desnudo contra el vinilo caliente. Esteban miraba la pista con concentración exagerada, pero ella lo cazó dos veces echando un vistazo al hueco entre los botones de la camisa, donde se le veía el nacimiento de una teta. No le molestó. Le hizo un poco de gracia. Llevaba menos de un día siendo otra persona y ya se sentía cómoda.

***

La aldea era una docena de cabañas con techos de palma, dispuestas alrededor de una plaza de tierra apisonada. Esteban detuvo el jeep frente a la más grande. Una mujer salió a recibirlos. Tenía la cara tranquila de quien no se asusta con casi nada. No le preguntó nada a Adriana. Le ofreció agua, una túnica de algodón crudo y un plato de guiso de pescado con yuca.

—Te puedes quedar el tiempo que necesites —dijo la mujer, cuyo nombre era Beatriz—. Hasta que decidas.

Adriana decidió quedarse esa noche. Y luego otra. Y luego una semana entera.

Aprendió a sacar agua del pozo, a partir leña, a separar el pescado de las espinas. Aprendió a trenzar fibras de palma para cestas que después servían para guardar mandioca. Los niños la siguieron los primeros días, riéndose del color de su pelo, hasta que se aburrieron. Las mujeres mayores la observaban en silencio y, después, le pasaban la mano por el hombro al cruzarse en el sendero. Los hombres no la miraban directamente, pero ella sentía las miradas igual, como un calor que pasaba y se iba.

Por las noches dormía en una hamaca, dentro de una cabaña pequeña que Beatriz le había cedido. Escuchaba la selva afuera y se acordaba del árbol y de sus propios dedos en la oscuridad. Algunas noches volvía a tocarse, despacio, sin urgencia esta vez, como quien ordena un recuerdo. Se abría de piernas en la hamaca, con la túnica levantada hasta las tetas, y se acariciaba el clítoris con dos dedos hasta que se corría en silencio, mordiéndose el labio, sintiendo cómo la hamaca se mecía sola con las sacudidas de sus caderas.

***

El séptimo día, Esteban entró a la cabaña con una sonrisa rara.

—Hay fiesta de cosecha en la aldea de río arriba. ¿Quieres venir?

Adriana fue. Beatriz le ató una flor amarilla en el pelo. La fiesta era una explosión de luz: hogueras, tambores hechos de troncos huecos, una bebida fermentada de maíz que se servía en cuencos de calabaza y bajaba dulce y se quedaba ardiendo en el estómago. Bailó. Bailó con una mujer que le enseñó los pasos, bailó con dos hermanos jóvenes que se turnaban para llevarle el ritmo, bailó sola en el centro hasta que el cuenco de calabaza se le vació por tercera vez y la noche empezó a moverse.

Y entonces lo vio.

Estaba de pie al borde del círculo de luz, apoyado en un poste, mirándola. Un muchacho de su edad o quizá un poco menor, delgado, con el pelo negro hasta los hombros y una pluma roja atada con un hilo. Llevaba una tela enrollada a la cintura y nada más. Tenía los mismos ojos oscuros que ella había imaginado tantas noches contra la corteza del árbol.

Lo supo antes de razonarlo. Era él.

El cuerpo le respondió antes que la cabeza: el calor en el cuello, la presión repentina en el pecho, una flojera dulce en las rodillas, y una humedad inmediata entre los muslos que le empapó la ropa interior que Beatriz le había prestado. Pero no apartó la mirada. Caminó hacia él, despacio, atravesando el círculo de gente que bailaba, sintiendo la falda larga rozarle los muslos a cada paso.

Cuando llegó frente a él, se detuvo. Él no se movió.

—Tú me robaste —dijo ella, en voz baja.

Él la miró un instante a los labios, otro a los ojos. No habló enseguida. Cuando lo hizo, lo hizo en un español lento, masticado.

—Quería verte de cerca.

—Y ahora ¿qué ves?

Él levantó una mano y le apartó un mechón húmedo de la sien. Tenía los dedos ásperos y calientes.

—Veo a una mujer que ya no le tiene miedo a la selva.

Adriana cerró los ojos un segundo. Se le había olvidado, en una semana, lo que era estar nerviosa. Volvió a recordarlo.

—¿Cómo te llamas?

—Yari.

***

La sacó de la fiesta sin que nadie pareciera darse cuenta. La condujo por un sendero que ella no había visto, hasta un claro pequeño rodeado de árboles altísimos. La luna estaba casi llena y caía limpia sobre el musgo. No había insectos, no había sonidos, solo un silencio cargado, espeso, expectante.

Yari se quitó la tela de la cintura. La dejó caer al suelo con un gesto que no tenía nada de tímido y nada de obsceno. Debajo estaba desnudo, con la polla ya medio dura entre las piernas, gruesa y morena, colgando pesada contra los muslos. Adriana se desató la túnica por encima de la cabeza. Quedaron los dos de pie, mirándose, sin tocarse todavía. Ella había estado desnuda toda una semana antes de él. Esta vez era diferente. Esta vez ella había decidido.

Él se acercó, le puso una mano en la cintura y la otra en la nuca, y la besó. No fue un beso violento. Fue un beso lento, que tenía toda la noche por delante. Se metieron la lengua uno en la boca del otro, despacio, saboreándose. Adriana le pasó las manos por la espalda, sintió los músculos finos, las cicatrices viejas de algún trabajo de la selva, el pulso del cuello bajo sus dedos. Bajó una mano por el vientre plano y se la cerró alrededor de la polla. Estaba caliente, dura ya del todo, con la piel suave sobre la carne tensa. Yari soltó un gruñido bajo cuando ella empezó a moverle la mano de arriba abajo, midiéndolo, apretándole el capullo con el pulgar y sintiendo cómo se le humedecía la punta.

—Estás bien dotado —murmuró ella contra su boca.

Él le contestó apretándole una teta con la mano libre, agarrándole el pezón entre dos nudillos y torciéndolo con una suavidad que era casi crueldad. Adriana gimió y se le apretó contra el cuerpo, sintiendo la polla dura clavársele en el vientre.

Se dejó caer de rodillas sin que él se lo pidiera. Le miró la verga de cerca, brillante bajo la luna, con una vena gruesa recorriéndola por debajo, y se la metió en la boca sin preámbulos. Se la tragó hasta la mitad al primer intento, cerró los labios alrededor y empezó a mamársela con hambre. La lengua le daba vueltas al capullo, las manos le agarraban la base y le acariciaban los huevos apretados contra el cuerpo. Yari le puso las dos manos en la nuca y empezó a moverle la cabeza a su ritmo, empujándole la polla más adentro cada vez, hasta que Adriana notó cómo le tocaba la garganta y se le empezaban a llenar los ojos de agua. No la retiró. Se dejó follar la boca ahí, arrodillada sobre el musgo, con la saliva escurriéndosele por la barbilla hasta gotearle sobre las tetas.

—Vas a hacer que me corra si sigues así —jadeó él en su español lento.

Adriana le sacó la polla de la boca con un ruido húmedo, se la pasó por los labios como si fuera un lápiz de labios, y sonrió.

—Todavía no.

Se tumbó de espaldas sobre el musgo y abrió las piernas. Yari se arrodilló entre ellas y la miró un momento. El coño de Adriana brillaba bajo la luna, hinchado, empapado, con los labios ya separados. Él se agachó y le pasó la lengua desde abajo hasta el clítoris de un solo lametón largo. Adriana arqueó la espalda y le agarró el pelo con las dos manos.

—Otra vez —pidió.

Lo hizo otra vez. Y otra. Le empezó a comer el coño con una calma que la volvía loca. La lengua entraba y salía, chupaba los labios uno por uno, subía a hacerle círculos al clítoris y bajaba de nuevo a metérsele adentro. Le metió dos dedos mientras seguía chupándole el clítoris, curvándolos hacia arriba, buscándole el punto. Lo encontró. Adriana empezó a gemir sin contenerse, con las caderas moviéndose solas contra su cara, con los talones clavados en la espalda de él.

El primer orgasmo le llegó así, despacio al principio y después como una avalancha, una ola que la dejó vibrando de la planta de los pies a la nuca. Sintió el coño cerrarse en espasmos alrededor de los dedos de Yari, sintió cómo él seguía chupándole el clítoris incluso mientras ella se corría, alargándole el placer hasta que tuvo que empujarlo por la frente porque no aguantaba más.

Él subió de nuevo y la miró. Tenía la boca y el mentón brillantes de ella. Adriana asintió sin que él tuviera que preguntar. Yari se agarró la polla con una mano, la pasó por los labios del coño para mojársela, la restregó por el clítoris hinchado y después la fue metiendo, despacio, centímetro a centímetro. Cuando entró del todo, ella sintió un calor profundo, un encaje. No fue un golpe. Fue un asentamiento. Se quedaron quietos un momento, mirándose, con él enterrado hasta los huevos dentro de ella.

Después empezó a moverse. Despacio, midiendo cada empuje, saliendo casi hasta la punta y volviendo a entrar entero. Adriana le rodeó la cintura con las piernas y le clavó los talones en la baja espalda para que no se fuera. No se iba. La follaba con una paciencia de animal, cambiando el ritmo cada tantas embestidas, deteniéndose adentro para hacer círculos con las caderas, aplastándole el clítoris con el hueso de su pubis en cada empuje.

—Más fuerte —le pidió ella al oído.

Él obedeció. Le agarró las dos muñecas y se las sujetó por encima de la cabeza, contra el musgo, y empezó a metérsela con ganas, haciéndole botar las tetas a cada embestida. Adriana escuchaba el ruido húmedo del coño chupándole la polla, el golpe seco de los huevos contra su culo, su propia respiración entrecortada. La luna le entraba por los ojos abiertos.

—Date la vuelta —le dijo él.

La sacó, la volteó y la puso a cuatro patas. Adriana bajó los hombros al musgo y levantó el culo, y Yari volvió a metérsela desde atrás de un solo golpe firme que le arrancó un grito. Ahí lo sintió más adentro todavía, tocándole sitios nuevos. Él la agarró por las caderas y la empezó a follar con fuerza, tirando de ella hacia atrás en cada empuje. Le pasó un pulgar mojado por la raya del culo y se lo apoyó en el ojete, sin meterlo, solo presionando. Adriana tembló entera. Le echó el culo hacia atrás para que empujara. Él lo hizo. Le metió el pulgar hasta el nudillo mientras seguía metiéndole la polla en el coño, y Adriana sintió cómo se le llenaban los dos huecos a la vez.

—Me voy a correr —jadeó ella—. Me voy a correr, no pares.

Yari no paró. Aceleró. Le clavó la polla hasta el fondo, una y otra vez, con el pulgar bien metido en el culo, hasta que el segundo orgasmo la partió por la mitad. Le subió desde atrás de las rodillas, le recorrió toda la columna y le salió en un quejido largo que no se molestó en contener. El coño se le cerró en olas alrededor de la verga de Yari, apretándolo, chupándolo hacia adentro, y él aguantó dos, tres embestidas más antes de gruñir algo en un idioma que ella no entendió y correrse dentro. Adriana sintió los chorros calientes llenándola, uno, dos, tres, y cómo la polla le seguía latiendo mucho después de vaciarse.

Yari se dejó caer sobre ella, temblando, con el pecho contra su espalda y la cara enterrada en su nuca. Se quedaron así, encajados, respirando fuerte, hasta que se le fue saliendo despacio y ella sintió el semen escurrírsele por el muslo hasta el musgo.

***

Se quedaron mucho rato sin hablar, enredados en el musgo, mirando las hojas altísimas moverse contra el cielo. Adriana le tocó la pluma roja con un dedo. Con la otra mano se palpó el coño, todavía hinchado, todavía húmedo con él dentro, y se llevó los dedos a la boca para probarse los dos.

—¿Por qué solo la ropa? Podías haber esperado.

Yari sonrió, despacio.

—No iba a tocarte sin que lo decidieras tú.

Adriana tardó un rato en entender la respuesta. Y entonces se dio cuenta de que él, sin saberlo, le había puesto palabras a lo que había estado dándole vueltas toda la semana. La ropa había sido un préstamo, no un robo. Le habían quitado las cosas que la sostenían en pie como turista, como visitante, como persona de paso. Y ella, sola, se había sostenido sin ellas. El resto, lo de esa noche, era lo que venía después.

***

Por la mañana, Yari la acompañó por el sendero hasta el borde de la aldea de Esteban y Beatriz. No le devolvió la ropa, porque ya no la necesitaba. Le dejó en la mano un cuchillo pequeño con el mango envuelto en cuero y una sonrisa que no prometía nada y prometía todo.

—¿Volverás? —preguntó ella.

—La selva es pequeña.

Adriana lo vio meterse entre los árboles hasta que el verde se lo tragó. Se quedó un momento con la túnica al hombro y el cuchillo en la palma, sintiendo el aire de la mañana en la cara y el semen todavía escurriéndole despacio por la cara interna del muslo. Se acordó de la chica que dos semanas antes había bajado del autobús con la mochila al hombro y un mapa mal doblado en el bolsillo. Esa chica ya no existía. En su lugar había otra, descalza, con una camisa prestada y un cuchillo de mango de cuero, y una historia que, por mucho tiempo, no iba a contarle a nadie.

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Comentarios(9)

MaterosBA

impresionante, me dejo sin palabras!!!

AventureraTotal

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber como termino todo. Me enganche totalmente!

Marco_Viajero

Me recordo a cuando me perdi en la sierra sin señal por un dia, aunque nada tan extremo jaja. Esa adrenalina de quedar a merced de la naturaleza... bien narrado!

CarlaM_92

Y como hiciste para recuperar tus cosas al final? Eso es lo que mas me intriga, contanos!

LucianoBA

Muy bien narrado, se siente real y te va metiendo en la historia de a poco. De las mejores confesiones que lei aca ultimamente.

Nico_lector

Con el excerpt ya me agarro la curiosidad y despues no pude parar de leer jaja. Tremendo

NocheSola_87

Brutal. Sencillamente brutal.

SofiRios22

Hay algo muy honesto en como contás esto. No es facil abrirse asi, gracias por compartirlo

LecturaK

Me encanto el tono, te transmite esa sensacion de libertad mezclada con el miedo. Le da una capa que no todos los relatos de confesiones tienen. Seguí escribiendo por favor!

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