El joven del parque que me esperaba bajo la lluvia
El parque Aurelio Lobos era el corazón verde de mi ciudad, pero a partir de las nueve de la noche dejaba de ser parque y se convertía en otra cosa. De día lo atravesaban familias, jubilados con bolsas de pan, corredores con auriculares. De noche aparecíamos los demás, los que íbamos buscando lo que nadie iba a contar en casa.
Los árboles eran tan tupidos que tapaban media luz de los faroles. Algunas avenidas se hundían en una penumbra que parecía hecha a medida para nosotros. Había bancas escondidas detrás de los cipreses, senderos que doblaban hacia ningún lado, glorietas viejas donde el cemento ya estaba marcado por décadas de manos apoyadas.
Una de las primeras noches que entendí cómo funcionaba el parque, vi a un hombre de pie junto a una banca, con los pantalones a la altura de las rodillas y otro arrodillado entre sus piernas mamándole la verga con un hambre que sólo se ve cuando alguien lleva años fingiendo otra vida. Me acerqué lo suficiente para verle la cara al que mamaba, y casi suelto una carcajada.
Era mi profesor de matemáticas del secundario. El mismo que en clase soltaba bromas sobre maricones, el que presumía de tener tres amantes y una mujer, el que les decía a los chicos «no estudien como nenas». Y ahí estaba, de rodillas en la grava mojada, con la boca llena. Me vio. Sé que me vio, porque cerró los ojos un segundo y siguió, más rápido, como si tragar más rápido borrara el momento. Esas son las venganzas que regala la vida sin que uno tenga que mover un dedo.
En otra zona del parque, cerca del monumento al poeta nacional, había un círculo de bancas que entre nosotros llamábamos «el ruedo». Allí circulaban las que vestían en secreto: hombres con peluca, tacones, medias caladas, pestañas postizas, todo el ritual. Una noche me crucé con un compañero de la oficina, irreconocible y al mismo tiempo perfectamente reconocible. Nos miramos. Nos saludamos sin hablar. Al lunes siguiente, en el ascensor, me dio una palmada en el hombro como hacen los machos de los videos viejos. El gesto significaba: cállate. Lo que él no sabía es que en el parque ya lo conocían treinta personas más. Vivía con su mujer y sus dos hijas, y le gustaban los muchachos jóvenes.
***
Todo eso era el escenario. Yo iba al parque casi todas las noches, con la verga ya parada antes de bajar del autobús. Creíamos ser discretos. Creíamos que la oscuridad nos protegía. Lo único que protegía era la calentura, que nubla cualquier cosa parecida a la prudencia.
La noche en que lo vi por primera vez estaba lloviendo en serio. Una lluvia gruesa, sin viento, de las que mojan rápido y dejan todo brillante. El olor a tierra húmeda subía desde los canteros. Caminé por las avenidas vacías pensando que no iba a encontrar nada y que mejor me volvía a casa. A veinte metros de la salida que da al metro, junto a una banca de cemento, había un muchacho parado bajo la lluvia, sin paraguas, completamente empapado.
Tendría veintidós, veintitrés años. Moreno, piel sin un solo vello, labios carnosos, ojos color ámbar que la luz del farol convertía casi en miel. La ropa pegada al cuerpo le marcaba un torso trabajado y unas piernas que parecían dibujadas con regla y compás. Me sonrió cuando me acerqué. Esa fue la primera cosa que me dio: la sonrisa.
La segunda cosa que noté, casi sin querer, fue el bulto en sus jeans. Un paquete generoso, firme, que el agua y la tela ajustada delataban sin pudor. No recuerdo qué hablamos. Recuerdo que al quinto o sexto cruce de palabras ya nos estábamos besando bajo la lluvia, con mi paraguas cerrado y mi camisa empapándose al mismo ritmo que la remera de él.
Y entonces noté la tercera cosa, la que después no pude sacarme de la cabeza: olía a semen. Todo él. La piel, el cuello, la boca. Como si llevara horas con eso encima sin poder lavarse. Su lengua tenía ese mismo gusto. Le pasé la mano por la cintura, por la espalda baja, por las nalgas, y le pregunté en voz baja si quería ir a algún lado. Me dijo que no esa noche, que se le había hecho tarde. Nos seguimos besando un rato más, hasta que se fue caminando bajo la lluvia y yo me quedé mirándolo, mojado de los pies a la cabeza y con la verga doliendo dentro del pantalón.
Cuando llegué a casa me masturbé pensando en él, repitiendo en voz alta una palabra que ni siquiera era su nombre, porque no me lo había dicho. Después supe que me había mentido en muchas otras cosas. Después supe que el nombre tampoco me lo iba a dar nunca de adrede.
***
Lo llamé Ezequiel porque tenía que llamarlo de alguna manera. Durante semanas nos encontramos en el parque a la misma hora, casi en el mismo banco. Si llovía, mejor: la lluvia era nuestro pretexto y nuestro cómplice. Nos besábamos hasta perder el aire, le metía la mano dentro de los jeans, él me apretaba los huevos a través de la tela del pantalón, los dos terminábamos con las manos sucias y la respiración rota, sin haber pasado del faje.
—No quiero hacerlo acá —me dijo una noche—. Quiero verte la cara.
Le contesté que cerca había un hotel viejo, de los de paso por hora, uno que yo conocía desde hacía tiempo. Cuartos con espejo en el techo, sábanas que olían a lavandina, una recepción atendida por un señor que nunca levantaba la vista del crucigrama. Caminamos seis cuadras sin hablar, agarrados del meñique, como dos chicos saliendo del colegio.
***
No me acuerdo cómo nos quitamos la ropa. ¿Importa? Recuerdo que apenas cerré la puerta del cuarto, él ya estaba arrodillado frente a mí, y yo apenas pude sostenerme contra la pared. Recuerdo el olor a semen de su piel, ahora multiplicado por el calor del cuarto cerrado. Recuerdo sus piernas, sobre todo. Esas piernas fuertes, marcadas, con muslos densos y pantorrillas duras, rodillas que me dieron ganas de morder. Le recorrí los muslos largo rato con los labios, mientras él me agarraba la nuca y me susurraba que no parara.
Sus nalgas eran abundantes, paradas, calientes al tacto. Las besé, las mordí, las acaricié con la cara y con el pecho, las cubrí de saliva. Tenía un abdomen apenas marcado y unos pezones que reaccionaban con cada lengüetazo, como si estuvieran conectados directamente a la verga. Cuando subía a besarle la boca, lo hacía con una concentración rara, como si fuera un novio enamorado de verdad. Después aprendí a no creer en esas cosas.
Nos enredamos en un sesenta y nueve. Su verga era larga, gruesa, y entraba en mi boca con un peso que casi me hacía perder el equilibrio. Me la metía con un ritmo cada vez más profundo, como si el techo de mi paladar fuera una promesa. Yo le mamaba la suya y a la vez le amasaba los huevos. Tenía dos dedos dentro de mí, moviéndolos con una paciencia que no encajaba con su edad.
Lo sentí acelerar, lo sentí gemir con la boca llena, y antes de que pudiera prepararme me llenó hasta desbordar. Era mucho. Demasiado para una boca. El semen escapaba por las comisuras y caía sobre las sábanas. Me llamó puta varias veces, y yo, con la boca rebalsada, dije que sí, que era su puta, sin pensarlo, sin ninguna culpa.
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Apenas terminó de venirse, me dio vuelta. Me abrió las piernas y me la metió de un saque. Yo estaba tan caliente, tan abierto, que aquella verga enorme me entró sin pelear. Me cogió duro, sin permiso, agarrándome las nalgas con las dos manos, repitiéndome al oído que era su puta, que se lo dijera, que se lo repitiera. Yo se lo decía. Lo decía en voz alta, lo gritaba, no me importaba el cuarto de al lado.
Sudaba a chorros. El pelo se le pegaba a la frente. Sus huevos chocaban contra mis nalgas con un ritmo que olvidó cualquier delicadeza. Me dio un par de palmadas en el culo y me arrancó un gemido que pareció venir de otro cuerpo. Cuando se vino, gruñó como un animal y se desplomó sobre mí. Sentí cómo la verga se le hinchaba todavía un poco más antes de soltar.
No descansamos mucho. Lo puse en cuatro y se dejó. Se dejó sin discusión, con esa misma sonrisa que me había dado la primera noche, ahora corrida por el sudor. Le agarré la verga por debajo mientras le cogía el culo, le acaricié los huevos, le pellizqué los pezones, lo abracé con fuerza y me vine pegado a su espalda, lleno de sudor y de su olor a macho joven. Después caímos en otro sesenta y nueve. Y otro. No nos soltamos hasta que las sábanas estaban inservibles y la luz de la mañana empezaba a colarse por la persiana rota.
***
Empezamos a vernos seguido. En el parque, en el hotel, en cines viejos donde nadie controlaba mucho la sala. Le saqué la verga en medio de tres películas distintas; una de explosiones y dos que ni siquiera recuerdo. Le mamaba mientras corrían los créditos finales, mientras subía la luz, mientras los pocos espectadores se iban despacio. Me tragaba todo. No quería que se perdiera ni una gota.
Escribí poemas para él. Poemas largos, malos, llenos de palabras que ahora me darían vergüenza. Describía con detalle cómo le mamaba la verga, cómo me llenaba la boca, cómo me cogía, cómo gemía cuando se venía. Nunca se los mostré. Los guardé en una libreta de tapa azul que todavía tengo en algún cajón.
Una vez, en una sala casi vacía, una chica que estaba con su novio en la fila de atrás nos miraba sin disimular. Le brillaban los ojos. Su novio no entendía nada. Otra noche fue al revés: una chica se peleó con su acompañante a propósito y terminó saliendo del cine con nosotros. Esa noche nos cogimos a la chica los dos juntos, con una intensidad que el novio anterior nunca le había dado. Ella decía, mirándonos, que no podía creer que dos hombres así de guapos cogieran entre ellos. Esa historia tal vez la cuente otro día.
***
El final llegó sin advertencia, como llegan los finales reales. Una noche caminaba por una avenida del parque que no solíamos usar y lo vi. Estaba acompañado por tres hombres mayores, cincuentones cansados, panzones, con la cara marcada por años de vino malo. Entre las sombras, uno le bajaba el pantalón. Otro le acercaba la verga a la boca. El tercero esperaba turno con la billetera todavía en la mano.
Me quedé quieto detrás de un árbol. No por morbo. Por entender. Y entendí. Entendí por qué nunca me había pedido un peso, por qué olía siempre a semen, por qué tenía esa manera tan precisa de hacer todo lo que el otro quería antes incluso de pedirlo. A mí me había hecho creer que era especial. Quizá lo fui durante un tiempo, hasta que dejé de serlo. Quizá ni siquiera eso.
No me hice notar. Tampoco le reclamé. Volví a casa caminando largas cuadras, mojándome otra vez con una lluvia que esta vez sí me molestó. Esa noche no me masturbé pensando en él. Algo se había cerrado por dentro, y eso fue todo.
***
Pasaron diez años. Más de diez, si soy honesto. Una tarde cualquiera, en el centro de la ciudad, lo crucé caminando por una vereda angosta cerca de la plaza vieja. Iba agarrado de la mano con otro hombre, alguien parecido a él, un poco más bajo, un poco mayor, con cara de querer mucho. Se reían los dos por algo que el otro acababa de decir. Tenía las mismas piernas, los mismos hombros, pero los ojos eran distintos: tranquilos.
No me vio. O quizá sí me vio y eligió no mirarme. Da igual. Seguí caminando hacia el otro lado de la plaza y pensé que estaba bien que la vida lo hubiera llevado a esa esquina y a esa mano. Pensé también, sin querer, en el parque, en la lluvia, en el hotel, en la libreta azul. Mi moreno de verga poderosa, ahora con marido y sin cobrar un peso. Sonreí. Apuré el paso para no darme vuelta.