Mi confesión: aquella noche en el cuarto oscuro
Hace años descubrí tres cosas sobre mí que terminaron cambiándome la vida más de lo que pensé en su momento. La primera, que soy bisexual y no tengo ningún reparo en aceptarlo. La segunda, que conseguir sexo con hombres es muchísimo más fácil que con mujeres, porque los hombres saben lo que quieren, cuándo lo quieren y dónde lo quieren, sin la coreografía emocional que suele rodear cualquier otra cosa. La tercera, que si vas por ahí declarando tu bisexualidad, recibirás el rechazo de gays y heterosexuales por igual; para ambos bandos no eres una curiosidad, eres una traición a sus prejuicios. Con las mujeres bisexuales el discurso es distinto, y ese debate se lo dejo a ellas.
Uno aprende a ser prudente. Es información que se comparte con muy pocos, y aun así te llevas sorpresas. Muchos hombres viven esta parte suya de manera secreta o, como mínimo, discreta. Esto que cuento ahora no lo he contado nunca completo, ni a mis amigos más cercanos.
En aquella época yo era un Don Nadie de diecinueve años, flaco, con el pelo largo hasta los hombros, una cara que llamaba la atención por la calle y la certeza absoluta de que el mundo me debía algo divertido cada noche. Me dediqué a explorar lugares que harían persignarse a los vecinos de mi edificio, mientras ellos seguramente fantaseaban con cosas peores en privado. Una de esas noches, un viernes de junio cerca de las once, terminé entrando en una discoteca gay de la calle Reconquista, en el corazón del barrio nocturno de la ciudad.
El local era un cliché perfecto. Penumbra azulada, música electrónica retumbando contra paredes negras, televisores colgados en las esquinas pasando vídeos pornográficos donde modelos imposibles desplegaban vergas igual de imposibles, jaulas vacías esperando a los go-go que esa noche no habían llegado, mesas diminutas para dejar espacio a la pista de baile, bebidas a precios de robo a mano armada servidas por camareros que tenían pinta de policías de paisano analizando a quién podían sacarle dinero después. Y al fondo, separado por una pesada cortina de terciopelo gastado, el cuarto oscuro. Esa era la verdadera atracción del lugar y el motivo por el que la mayoría volvíamos. Las mesas pegadas a la cortina solían estar todas ocupadas porque desde allí se controlaba quién entraba y, si gustaba, se iba detrás.
Esa noche, sin embargo, estaba casi vacío. Estábamos yo, los camareros vigilando como buitres y un hombre. Un solo hombre. Pero qué hombre.
Llevaba una remera negra ajustada y un pantalón vaquero que no dejaba dudas sobre la cantidad de horas que pasaba bajo una barra. Espaldas anchas, brazos como troncos, cintura estrecha. Tenía la mandíbula cuadrada de quien sabe que la tiene cuadrada. Este está fuera de tu rango, pensé apoyado en la barra. No te ilusiones. Ni siquiera te va a mirar para decirte que no. Di por hecho que el resto del local estaba dentro del cuarto oscuro, así que con la cerveza tibia en la mano aparté la cortina y entré.
Vana esperanza. Adentro estaba más solo todavía. Pensé en terminarme la cerveza con paciencia y largarme a otro lado. Entonces la cortina volvió a moverse. Era él.
Yo estaba a un metro escaso del umbral, todavía con los ojos acostumbrándose a la penumbra absoluta. No lo pensé. Estiré el brazo y le toqué el bíceps izquierdo para atraerlo. ¿Qué podía pasar? ¿Que me apartara? ¿Que me dijera que no? No sería la primera ni la última vez. Pero reaccionó con una suavidad que me desarmó. Una sonrisa franca apenas iluminada por la luz que se colaba por la cortina, una mano grande apoyada en mi cintura, y un segundo después ya nos estábamos besando como si lleváramos meses esperándolo.
Sus labios eran densos, su saliva sabía a hombre caliente. Lo que más me tenía duro, sin embargo, era el cuerpo. Pasaba las manos por encima de la tela y sentía cada fibra trabajada, cada surco, cada vena. ¿Qué se sentirá pasar la lengua por uno de estos tipos de gimnasio?, pensé. ¿Y cómo cogerá un cuerpo así?
Besaba como si fuera lo único que iba a hacer esa noche, y se dejaba acariciar donde se me pegaba la gana. Su respiración se aceleró pronto, traicionándolo. Le mordí los brazos a través de la tela, le besé el cuello, le pasé la lengua por la oreja. Cuando intenté levantarle la remera para llegarle al pecho descubrí que llevaba uno de esos bodies de hombre que se abrochan en la entrepierna. Qué conveniente. Le bajé el cierre del vaquero hasta medio muslo y cubrí esa piel firme de besos y mordiscos suaves mientras mis dedos buscaban el broche. Lo encontré, lo solté, y de un salto su verga se liberó a la altura de mi nariz. Olía a deseo concentrado, ese olor que no se confunde con ningún otro.
No lo dudé. La tomé entera con la boca. El musculoso, que hasta ese momento había mantenido una compostura admirable, gimió con el sonido grave que solo hacen los hombres cuando una boca conoce su oficio. Manaba líquido en cantidades absurdas, salado y dulce a la vez, y yo lo tragaba mientras pasaba las manos por sus nalgas y le acariciaba los testículos depilados con la yema de los dedos. No había en el mundo, en ese momento, nada mejor que estar de rodillas frente a él en la oscuridad de aquel cuartito de mala fama.
Me incorporé para besarlo de nuevo, para que probara su propio sabor en mi lengua. Eso lo encendió todavía más. Le alcé el body hasta dejarle el pecho al descubierto, me bajé yo el vaquero hasta medio muslo y me pegué contra su cuerpo. Sus pectorales bajo mi lengua, mis pezones contra los suyos. Me abrió las piernas con su muslo, me empujó contra la pared y empezó a frotar su verga húmeda contra la mía como si ya me estuviera cogiendo. Le di la espalda y froté mis nalgas contra él mientras pegaba la espalda a su pecho. Sus manos me apretaban el torso, después bajaron a mi cintura para imponerme el ritmo. Todavía no había entrado en mí y ya me sentía cogido.
Mientras tanto, una boca anónima me había engullido la verga en la oscuridad. Nunca supe quién fue, pero lo hacía con dedicación. Al mismo tiempo intuí que otros se estaban acercando a mi musculoso. Ya está, pensé, fue lindo mientras duró. Pero para mi sorpresa volvió a mi boca, a mis manos, a mi cuerpo. Empezamos a rechazar otras manos, otras vergas, otros cuerpos que se acercaban con cautela. Queríamos estar solos. Me dijo al oído que tenía una habitación a tres cuadras. Corriendo, porque ya era tarde.
***
El hotel era casi una pesadilla. Pasillos angostos, alfombra con manchas de épocas mejores, un olor persistente a desinfectante de pino. Pero tenía lo necesario: una cama de sábanas remendadas pero recién lavadas, un baño que olía a recién baldeado y los típicos jaboncitos rosados que delataban a la clientela habitual del lugar. En el trayecto no dejamos de besarnos ni de tocarnos. En un callejón mal iluminado le saqué la verga otra vez y se la chupé apoyado contra una pared. Casi se vino ahí mismo. Tuvo que apartarme de un tirón suave para no terminar en ese instante.
Ya en la habitación la ropa desapareció como por arte de magia. Nos enredamos en un sesenta y nueve glorioso. Él arriba, yo abajo, y por primera vez en mi vida entendí qué se siente tener el peso de un macho excitado encima del cuerpo. Un hombre que solo te quiere devorar, que solo te quiere coger, que solo quiere descargar su semen en algún lugar tuyo, que no piensa en mañana porque mañana no existe. Devoraba mi verga con ganas y me apretaba los testículos con una fuerza que rozaba el dolor. Descubrí esa noche que el dolor justo, dosificado, me prendía más que cualquier caricia suave. Mientras me chupaba, con su otra mano empezó a abrirme con un dedo, despacio.
Yo estaba en la gloria. Su cadera oscilaba sobre mi cara con un ritmo cadencioso, su verga entrando y saliendo de mi boca, y yo le besaba los muslos, le amasaba las nalgas, le pasaba la lengua por los testículos. Me estaba cogiendo por la boca y a la vez me estaba abriendo el culo con los dedos, y los dos sudábamos como si lleváramos una hora corriendo.
Rodamos. Lo monté. Quería cogerlo desde arriba mientras le acariciaba ese pecho, mientras le besaba la boca, mientras sus manos grandes me sujetaban la cintura. Su verga con preservativo entró sin resistencia. Gemí sin disimulo. Hice todas las muecas que tenía guardadas. Me preguntó al oído, con esa voz ronca, si me sentía muy puta encima de él. Era la primera vez que un tipo me hablaba en femenino mientras me cogían y, para mi sorpresa, eso disparó algo dentro mío que no sabía que tenía.
—Me siento putísima, papi —respondí—. ¿Te gusta tu puta? ¿Te gusta cómo te ha chupado la verga tu puta? Cógeme, cógete a tu puta, lléname, dame con todo, hazme gemir como la puta que soy. Dame duro, quiero sentir tus huevos chocando contra mis nalgas. Así, papi, así.
Me la metía con una fuerza que me dejaba sin aire. Se ayudaba con esos muslos que yo había cubierto de besos para clavarme la verga hasta el fondo, agarrándome la cintura con las dos manos para marcar el ritmo. Cada tanto me soltaba para masturbarme, pero yo le rogaba con la voz más sucia que podía sacar que no parara, que me siguiera cogiendo, que quería sentirlo crecer dentro de mí, que quería que terminara dentro. Le pellizcaba los pezones, le clavaba las uñas en los pectorales. Estábamos locos.
Cuando aceleró supe que estaba cerca. Lo desmonté, le quité el preservativo de un tirón y me metí su verga en la boca a tiempo. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, hasta nueve descargas largas y gruesas. Me llenó la boca de semen tibio y salado. Lo paladeé con calma mientras me masturbaba sin prisa, sin querer terminar todavía, queriendo que aquel momento durara. Me lo tragué a sorbos. Cuando él recuperó algo de aliento bajó sin que se lo pidiera y empezó a chuparme con una desesperación que me sorprendió. Me corrí en su boca a los pocos segundos. Subió a besarme y me dejó probar mi propio sabor mezclado con el suyo.
Nos abrazamos empapados de sudor, de saliva, de todo. La respiración tardó en calmarse. Después, sin hablar, volvimos al sesenta y nueve. Esta vez se vino más rápido, montado encima de mí, mientras me cogía por la boca otra vez. Apenas terminó, lo giré, le puse otro preservativo y me lo cogí yo. Lo tomé de la cintura y empujé con todo. Sus gemidos eran graves, sonoros, sin teatro. Sudábamos los dos como si estuviéramos peleando. Cuando me vine fue tanto que el preservativo se desbordó. Lo que sobró se lo unté en las nalgas y se las besé hasta que el sueño nos venció.
Nos cubrimos con la sábana remendada y dormitamos abrazados, él dándome la espalda, sus nalgas pegadas a mí. Todavía pude tirarle una mano por encima del pecho y sentir que el corazón le seguía latiendo fuerte. Por tercera vez, antes del amanecer, nos enredamos en un sesenta y nueve y nos llenamos la boca al mismo tiempo. Después ya no pude más. Estaba destruido.
***
Salí del casi horroroso hotel con las primeras luces grises del amanecer, cuando en la calle solo se cruzan los repartidores, los barrenderos, los trasnochados como yo y algún taxista cazando rezagados de fiesta. No sabía si lo volvería a ver. Lo más probable era que no: a los diecinueve años cuenta más la novedad que la constancia, y yo todavía tenía la lista de novedades muy larga. Tampoco me importaba demasiado. Me sentía seguro, casi soberbio, convencido de que podía repetir aquella hazaña tantas veces como quisiera.
Caminé despacio hasta la avenida, sintiendo el aire fresco contra la cara, el cuello adolorido, los muslos pesados, una sonrisa imposible de borrar. Vivía una vida secreta y eso me hacía sentir vivo, importante, dueño de algo que no le pertenecía a nadie más. Muchos años después, sigo pensando que aquella madrugada fue una de las cosas más mías que viví nunca, y por eso, supongo, la escribo hoy: para que exista en algún lado que no sea solo mi cabeza.