La fantasía que cumplí con un desconocido en mi casa
Tengo treinta y dos años y llevo siete casado con una mujer que adoro. Soy lo que se considera un hombre común: trabajo en una oficina, voy al gimnasio dos veces por semana, los domingos voy a comer con mis suegros. Heterosexual, sin grietas. Hasta que descubrí que tenía una grieta y que se llamaba curiosidad.
Todo empezó hace años, viendo porno. Mi categoría favorita siempre fue la de las mamadas. Me fascinaba ver a una mujer hermosa con una verga grande en la boca, la lengua jugando con la punta, los ojos levantándose para mirar a la cámara. Una tarde, no recuerdo cuál, me sorprendí pensando algo que me incomodó.
Qué verga tan rica.
La primera vez ignoré el pensamiento. La segunda lo arrinconé. A la tercera, una noche de copas y aburrimiento, escribí «gay blowjobs» en el buscador y le di a enter. El primer video me dio risa nerviosa, el segundo me incomodó, el tercero me la puso dura como una piedra. Eran dos chicos jóvenes haciendo un sesenta y nueve, y yo no podía dejar de mirar las vergas, no a ellos. Me masturbé pensando en cómo se sentiría tener una así en la boca y terminé con un orgasmo de los que no se olvidan.
A partir de esa noche, los videos gay aparecían cada tanto en mi rotación. Siempre los mismos elementos: vergas grandes, gruesas, limpias, jugosas. Me convencí de que no era atracción por hombres. Era atracción por una imagen, por un objeto. Por la idea de chupar algo así. Así me lo expliqué durante meses, hasta que la fantasía dejó de bastarme.
El problema era cómo conseguir lo que quería sin destruir mi vida. Años antes me había suscrito a una de esas páginas de encuentros, esperando ingenuamente que la mujer de mis sueños apareciera por ahí. No apareció. Las pocas mujeres reales eran inalcanzables o estafadoras. La cuenta llevaba inactiva en mi vida desde hacía mucho.
Una madrugada, mientras mi esposa dormía, abrí la página de nuevo. Cambié el filtro, lo cambié otra vez, hasta que apareció el perfil. Un chico que se anunciaba para tríos con parejas. En las fotos, sin mostrar la cara, asomaba una verga gruesa, derecha, con un brillo que sugería que la cuidaba. El usuario se hacía llamar Adrián. Le escribí sin pensarlo demasiado.
—Hola, ¿estás abierto a una mamada solamente? Soy hombre, casado, primera vez.
Tardó cuatro horas en responder. Cuatro horas eternas en las que limpié la cocina, regué las plantas y rebobiné todo lo que había escrito.
—Hola —contestó—. Sí, podría. Cuéntame.
Estuvimos un par de días intercambiando mensajes que al principio fueron rígidos y poco a poco se aflojaron. Acordamos lo básico: que sería solo una mamada, sin besos, sin caricias, sin nada que se pareciera a la intimidad. Yo le mamaba a él, él no me tocaba a mí. Ducha previa obligatoria. Nada de fotos ni de nombres reales. Nada de repetir si alguno se sentía raro.
Cuadramos para un martes a media mañana, cuando mi esposa estaba en el trabajo y la casa quedaba vacía hasta la noche.
***
Llegué al punto acordado quince minutos antes. Era el aparcamiento de un centro comercial mediano, lleno a esa hora de jubilados que iban a tomar café. Me quedé dentro del coche mirando el reloj. Cinco minutos. Diez. Te van a dejar plantado, imbécil, pensé, y casi me alivié al pensarlo. Entonces alguien tocó el cristal.
Bajé la ventanilla y vi a un chico joven, con una mochila al hombro y una camiseta gris. Pelo corto, barba de tres días, ojos castaños.
—¿Eres tú? —pregunté.
—Creo que sí —contestó, y se rio nervioso.
Se subió al coche. Le di la mano, una mano firme y seca, y arranqué hacia mi casa. Resultó tener veintidós años, ser estudiante de ingeniería y haber llegado hasta el aparcamiento en autobús. Por el espejo retrovisor lo miraba de reojo: era guapo de una manera limpia, sin pretensión. No el adonis musculoso de los videos, sino algo mejor. Algo real.
Hablamos de cosas triviales durante los veinte minutos de viaje. Que si los exámenes finales, que si su equipo de fútbol estaba hecho una calamidad, que si los precios de la gasolina. En ningún momento mencionamos lo que íbamos a hacer.
Entramos a mi casa por el garaje. Le pregunté si quería algo y le serví una cerveza. Nos sentamos en el sofá del salón, separados por un espacio cuidadoso. La televisión apagada nos devolvía nuestro reflejo: dos hombres con una cerveza, esperando a que alguien encendiera algo.
—Bueno —dije, y me sorprendió oír mi propia voz tan firme—. Ven para acá.
Me acomodé en el centro del sofá. Adrián se puso de pie frente a mí. Le desabroché el cinturón con dedos torpes, le bajé el cierre, le bajé los vaqueros muy despacio. Apareció la base. Apareció más verga de la que esperaba. Apareció todavía más. Cuando terminé de bajarle la ropa interior tenía delante una verga enorme, todavía no del todo erecta, depilada, perfecta, exactamente como las que me habían quitado el sueño en esos videos.
—Joder —susurré.
La agarré con la mano derecha. Estaba tibia y pesaba más de lo que imaginé. Me la metí en la boca antes de que el cerebro me pudiera detener.
Lo primero que noté fue que era más fácil de lo que pensaba. No me dio asco. No me sentí avergonzado. Sentí una calma extraña, como si mi cuerpo llevara años esperando ese momento. La verga se le puso dura en cuestión de segundos, una dureza de piedra que apenas me cabía en la boca. Adrián soltó un suspiro largo encima de mí y le oí decir algo entre dientes que no entendí.
Le hice todo lo que había fantaseado. La chupé con succión lenta, la lamí desde la base hasta la punta, dibujé círculos con la lengua alrededor del glande, la metí hasta donde pude y me la saqué con un trago de saliva. Cada movimiento me encendía más. No sabía si me gustaba la verga en sí o el hecho de estar cruzando una línea que llevaba años espiando, pero daba igual. Estaba ardiendo.
***
A los pocos minutos él se sentó en el sofá y yo me arrodillé delante, en la alfombra. Cambié el ángulo, le agarré los muslos con las dos manos y seguí mamando. Tenía la verga tan dura que me asustaba un poco. Cada vez que la sacaba un segundo para tomar aire brillaba con mi saliva y palpitaba sola.
Yo también estaba tan duro que me dolía. Sin levantarme, me desabroché el pantalón.
—Permiso —murmuré, casi como una disculpa.
Me bajé los vaqueros hasta los tobillos y mi verga salió de un salto. No es tan grande como la suya, pero tiene su buena medida, y a esas alturas estaba tan hinchada que parecía pertenecer a otra persona. Me la agarré con la mano izquierda mientras seguía mamando con la boca.
—Joder, qué verga tienes —dije, retirándome un segundo.
—Pues tú tampoco te quedas corto —contestó él, sonriendo con una franqueza que me cayó como agua tibia.
—¿Te animas? —pregunté, sin pensarlo.
—Me acabo de animar —dijo.
Se puso de rodillas a mi lado y, antes de que yo pudiera ponerme en una mejor posición, me agarró la verga y se la metió en la boca. Al principio lo notaba prudente: lengüetazos en la punta, exploración. Después agarró confianza, abrió la boca y se la tragó casi entera. No era la mejor mamada que había recibido en mi vida, pero era una mamada hecha con ganas, y eso a veces vale más que la técnica.
Estuvimos un rato así, alternando. Yo le mamaba a él, él me mamaba a mí, los dos sin mirarnos a los ojos, concentrados, como si estuviéramos resolviendo un problema delicado a cuatro manos.
—¿Y si las juntamos? —propuso él en un descanso.
No se me había ocurrido. Por un instante dudé. ¿Esto ya es demasiado?, pensé. Pero la línea que llevaba años espiándome ya estaba muy atrás. Asentí.
Nos pusimos uno frente al otro, casi sentados en las piernas del otro, y juntamos las dos vergas. Las froté de lado a lado, contra la suya, y el contacto piel con piel, dureza con dureza, me sacudió las tripas. Tomé las dos con una mano y empecé a masturbarlas juntas, despacio. Sentirla pegada a la mía, sentir el calor de la otra mientras me masturbaba a mí mismo, fue una sensación nueva, eléctrica, que no había estado nunca en mis fantasías y que sin embargo encajaba en ellas como si llevara años esperando hueco.
***
Después le propuse un sesenta y nueve. Nos tumbamos en la alfombra, los dos de lado. Tardamos un poco en encontrar la postura, los brazos chocaban, las piernas no terminaban de encajar, pero cuando lo logramos los dos volvimos a chupar al mismo tiempo, con una sincronía que me sorprendió.
En esa posición, sus testículos me quedaban a un centímetro de la cara. Yo no había pensado en chupar huevos, no era parte del paquete. Pero los tenía depilados, contraídos por la excitación, sin un solo olor. Una probada, pensé. Saqué la lengua con cuidado y los lamí. Me sorprendió lo suave que era la piel, una suavidad que no se parecía a nada que hubiera tocado con la lengua antes.
Le di un beso. Otro. Volví a la verga. Bajé a los huevos. Subí. Recorrí el tronco con la lengua plana, despacio, como subiendo una calle. Volví a bajar y le succioné un testículo con cuidado, atento a su reacción. Adrián dejó escapar un gemido apagado y me agarró el muslo con una mano. Buena señal.
No sé cuánto tiempo estuvimos así. Diez minutos, veinte, una hora. Perdí la noción del tiempo. En algún momento miré hacia abajo y lo vi con mi verga metida hasta el fondo, los ojos cerrados, las pestañas largas y muy quietas. Me dio una ternura inesperada, como si entre los dos hubiéramos llegado a un lugar que ninguno había planeado y que sin embargo nos venía bien.
Sentí que iba a venirme. No quería terminar en su boca sin avisarle.
—Me voy a venir —dije.
Se sacó la verga de la boca con cuidado, se la limpió con la mano y siguió jalándomela. Aventé un chorro tan largo que perdí de vista dónde fue a parar. Otros dos chorros más cortos cayeron sobre la mano de Adrián, que los aprovechó para deslizar el puño una vez más sobre mi verga, lentamente, alargándome el orgasmo hasta el límite.
Me quedé un segundo sin respiración, mareado. Volví en mí cuando le oí decir, con una sonrisa.
—¿Tú cómo vas? —pregunté.
—Todavía me falta —contestó.
Cosa que me alegró, porque significaba que tendría más tiempo para seguir chupando esa deliciosa verga. Me la metí de nuevo en la boca y la trabajé despacio. Mano en el tronco, mano en los huevos, lengua en la punta. Sentí un sabor distinto, salado y limpio, una gota de precum que me supo a algo nuevo y no a algo desagradable. No le falta mucho, pensé.
—Estoy a punto —avisó él, con la voz rota.
Tuve un segundo de decisión. Yo había probado mi propio semen alguna vez, por curiosidad, y no me dio asco, pero tampoco lo busqué. No quería arruinar lo bueno con un mal sabor. Saqué la boca, le seguí jalando con la mano y dejé que terminara afuera. Echó dos chorros gruesos, algunos sobre su propio vientre, otros sobre mi puño. Cuando se vació, volví a metérmela en la boca para chuparle hasta la última gota. Esa última probada, suave, casi sin cantidad, no me supo a nada que no pudiera tolerar.
***
Nos levantamos en silencio. Cada uno fue a un baño distinto. Cuando volvimos al salón, ya vestidos, ninguno supo qué decir.
—Bueno, ya me voy —soltó él, en el mismo tono con el que se despide alguien después de una clase.
—Vale —contesté—. Gracias.
Le di la mano. Se fue.
Pasé el resto de la tarde limpiando el sofá, lavando la alfombra y aireando el salón, con la sensación rara de haber sido dos personas distintas en una misma mañana. Cuando mi esposa volvió, le di un beso largo. Esa noche hicimos el amor con una ternura que no nos sentíamos hacía meses. No noté grieta. Solo curiosidad, ya satisfecha por unos meses.
Un par de semanas después le escribí a Adrián para preguntarle qué tal le había parecido. Me respondió que la experiencia había superado sus expectativas, pero que tampoco quería convertir aquello en un hábito: él también se consideraba heterosexual, dijo, y prefería dejarlo como una rareza bonita en su biografía. Lo entendí perfectamente.
He intentado repetirlo un par de veces, sin suerte. Quedé con otros dos chicos, en el mismo aparcamiento, con los mismos quince minutos de espera nerviosa. Cuando los vi en persona supe enseguida que no iban a tener lo que yo quería: ni la verga, ni la calma, ni la cara. Les di las gracias sin bajar la ventanilla del todo y arranqué.
A veces, cuando me masturbo a solas, la fantasía vuelve. No siempre. No con la misma fuerza. Pero está ahí, en una esquina, como una habitación que conocí una vez y que sé que sigue existiendo aunque no la visite.
Si algún hombre casado lee esto y reconoce sus pensamientos en los míos, le digo lo único que aprendí: si lo van a probar, háganlo con alguien que les inspire confianza y que cuide la higiene. Y si no lo prueban, no pasa nada. La fantasía también es un buen lugar para vivir, mientras uno sepa dónde quedan las puertas.