El día que ella supo todo y él también se despidió
Hola otra vez. Me llamo Mateo. Si alguien leyó la primera parte, ya sabe cómo empezó todo: meses de chats con Joaquín, sin que ninguno aceptara del todo lo que era, ambos con pareja en casa y la promesa de no cruzar nunca la línea. Hasta que la cruzamos.
Aquel primer encuentro en un motel de Iquique fue largo, intenso y nos dejó sin manera de volver atrás. Después vinieron cinco meses de escapadas, de fines de semana inventados, de horas robadas a la oficina para encerrarnos en la habitación de siempre. Lo nuestro tenía un ritual: él entraba primero, yo lo seguía con dos cafés, y antes de quitarnos la ropa nos mirábamos como si fuese la primera vez.
A veces le tocaba a él. Yo lo ponía en cuatro, le abría las nalgas con las dos manos y entraba despacio, escuchando ese gemido grueso que se le escapaba cuando mi pene lo llenaba por completo. Otras veces era yo el que se apoyaba contra la pared o levantaba las piernas hasta sus hombros, y dejaba que Joaquín me partiera con la misma calma con que yo lo había partido a él.
Nadie sabía. Ni mi mujer, ni la suya, ni un amigo, ni un hermano. Lo nuestro vivía en un cuarto con sábanas blancas y cortinas siempre cerradas.
Hasta que las cosas, como pasa siempre, encontraron la forma de pasar la cuenta.
***
Camila y yo llevábamos más de seis años juntos. La conocí cuando aún estudiaba, y nunca habíamos tenido una pelea de las que dejan marca. Por eso, cuando una noche entró al living y me pidió que subiéramos al dormitorio antes de hablar de algo importante, supe que algo se había roto sin que yo me diera cuenta.
—¿Estás bien? —pregunté.
—Subamos —contestó.
Subimos. Ella cerró la puerta con llave, cosa que no hacía nunca, y se acercó con una mirada que no le reconocí. No era enojo. No era pena. Era una decisión ya tomada.
Sin decir más, me desabrochó el cinturón. Bajó el pantalón y los bóxers con una lentitud rara, como si estuviese midiendo cada gesto. Se arrodilló y empezó a masturbarme despacio. Cuando me tuvo duro, levantó mi pene con dos dedos y pasó la lengua desde la base hasta justo antes del glande. Después bajó otra vez y se metió los testículos en la boca.
Yo no me podía mover.
En seis años, Camila nunca había querido hacerme sexo oral. Lo decía siempre, sin pudor: «No me gusta, me da impresión». Y yo nunca insistí. Verla ahora hacerlo, con la boca tan dispuesta, me confundió tanto como me excitó.
—Ven —me dijo en voz baja.
Se subió a la cama y se puso boca abajo. Levantó la cadera, separó un poco las rodillas y me ofreció el trasero como si me estuviese pidiendo permiso. Me arrodillé detrás de ella, le abrí las nalgas y bajé con la lengua. La pasé por la vagina primero, encontré el clítoris hinchado y me quedé ahí, dando vueltas pequeñas mientras ella apretaba las sábanas con las dos manos.
Camila no era ruidosa, pero esa noche gemía como si quisiera que la oyese todo el barrio. Cada vez que mi lengua subía hacia su ano, contraía la espalda y dejaba escapar un sonido nuevo, más ronco. Le metí la lengua en la vagina, después en el culo, después otra vez en la vagina. Le abrí más las nalgas, busqué profundo, y noté cómo las piernas le temblaban.
—No pares —murmuró.
No paré. Sentí cómo su clítoris empezó a palpitar contra mis labios y, cuando se vino, lo hizo con una fuerza que no le conocía. Levantó la cadera, gritó contra la almohada y se derramó sobre mi boca, sobre mi mentón, sobre mi pecho. Cayó sobre la cama con las piernas todavía abiertas, agitada.
La dejé respirar un momento. Me terminé de sacar la ropa y, sin esperar a que pidiera nada, la penetré por detrás. Despacio al principio, mientras ella me empujaba con la cadera, y después más fuerte. Sus gemidos se convirtieron en gritos breves que ella misma callaba apretando la boca contra la almohada.
Tuvo otro orgasmo en cuatro, aferrada a las sábanas, y otro más cuando se sentó encima de mí y empezó a cabalgar. Saltaba con los ojos cerrados, las manos apoyadas en mis muslos, buscando un ángulo que no terminaba de encontrar. Su cuerpo brillaba con el sudor, y cada vez que bajaba con fuerza yo sentía cómo su vagina se cerraba alrededor de mi pene.
***
Cuando ya creí que se acabaría, se acostó a mi lado y volvió a tomarme con la mano. Me masturbó despacio, escupiéndose en la palma para lubricar, mirándome la cara mientras lo hacía. Después se inclinó.
—No tenés que hacer esto —dije.
—Sí tengo —respondió.
Pasó la lengua por el glande con una torpeza que no escondía. Se notaba que era la primera vez, pero no la última. Se puso en cuatro a un costado de mi cadera y bajó la cabeza, dejando que mi pene entrara despacio en su boca. Lo movía con los labios, intentaba encontrar el ritmo, y mientras tanto su mano libre subía por la cara interna de mi muslo.
Dos dedos llegaron a mis testículos. Otros dos buscaron un poco más atrás. Y de pronto los sentí pasearse por el medio de mis nalgas, mojados de saliva, con una intención muy clara.
—Camila…
Ella no contestó. Apretó la boca alrededor de mi glande y empujó un dedo dentro de mí.
Me arqueé. Solté un gemido que no quise soltar. Y mi pene se vació en su cara antes de que pudiese avisarle, en chorros largos que ella recibió con los ojos abiertos, sin apartarse. Después volvió a meterse el pene en la boca y sacó y metió el dedo otra vez, con la calma de quien ya no tiene apuro.
Cuando subió a besarme, me pasó el semen con la lengua. Compartimos eso también. Después se quedó sentada en la cama, mirándome la cara llena, y me dijo, sin levantar la voz:
—Limpiame como me limpiás siempre.
Lo hice. Pasé la lengua por su mejilla, por su mentón, por la comisura de la boca. Y mientras lo hacía, entendí.
Sabía. Sabía desde hacía tiempo.
Ese dedo en mi culo no había sido un descubrimiento, sino una prueba. Y esa noche entera, con la boca, con el ano que después me ofrecería, con cada cosa que nunca antes me había dado, era una despedida construida con todo lo que yo le había escondido.
***
Se sentó encima de mí. Bajó hasta hundirse en mi pene una vez más, y empezó a moverse despacio, con la frente apoyada en la mía. Tuvo otro orgasmo así, casi en silencio. Después se acostó boca abajo y me pidió, por primera vez en seis años, que la penetrara por detrás.
—Despacio —murmuró—. Quiero acordarme.
Le abrí las nalgas, mojé con la lengua, dilaté con un dedo. Entré con la calma que me pidió. Ella aguantó el primer empuje con un gemido largo, y después se acomodó hasta que el ritmo se hizo natural. Acabé adentro, como me lo pidió.
Cuando salí, no se movió enseguida. Se quedó así un momento, con la mejilla contra la sábana. Después se levantó, caminó hasta el baño, se duchó con la puerta abierta y se vistió frente a mí. Antes de cruzar la puerta del dormitorio me miró.
—Era para comprobarlo —dijo—. No quiero verte más.
Y se fue.
***
Me quedé sentado en la cama, sin saber muy bien si lo que acababa de pasar había sido real. La casa quedó en silencio. Me vestí. Bajé a la cocina, tomé agua, subí otra vez.
Cerca de la medianoche sonó el teléfono. Era Joaquín.
—¿Puedo ir? —preguntó.
Le dije que sí. Llegó veinte minutos después. No le conté nada de Camila. Tampoco me dio tiempo. En cuanto entró al dormitorio se sacó la camisa y me empujó contra la pared, y volvimos a hacer lo que hacíamos siempre, sin pensar en el resto.
Esa noche fueron casi cuatro horas. Lo tuve en mi boca, él me tuvo en la suya, nos vinimos dos veces cada uno, bebimos cada gota como si fuese la última, y por un rato la cama dejó de oler a Camila.
Cuando salimos de la ducha, le sonó el celular. Habló cortado, en voz baja, dándome la espalda. Cuando colgó, me abrazó por detrás y me apoyó la barbilla en el hombro.
—Es la última vez, Mateo.
Cerré los ojos.
—Hay alguien que me espera —siguió—. Con él no tengo que esconderme. Y yo ya no quiero esconderme más.
No pude contestarle nada. Mi pene, contra toda lógica, seguía duro. Joaquín se arrodilló, sin soltarme la cadera, y me chupó hasta hacerme acabar una última vez. Se lo tragó entero. Me besó. Le ayudé a limpiarse los labios con el pulgar, como hacía siempre. Y se fue.
***
A la mañana siguiente, los dos me habían bloqueado. Camila desde su número personal y desde el WhatsApp. Joaquín, lo mismo. Probé llamarlos desde el teléfono de la oficina, y nada. El mismo día, sin haberse conocido nunca, sin haber hablado, eligieron desaparecer al mismo tiempo.
Hace una semana de eso. Sigo sin noticias de ninguno.
No estoy triste, lo cual me sorprende. Tampoco me siento abandonado. Lo que siento es algo más raro: la calma extraña de cuando alguien por fin sabe, y ya no hay nada que esconder. Camila lo sabía antes que yo. Joaquín lo sabía desde el principio. Yo era el último en entender qué era exactamente.
No me pongo nombre. Me gustan las mujeres y me gustan los hombres. Un poco más las primeras, pero no mucho menos los segundos. No tengo una palabra que me cierre del todo, y a esta altura tampoco la necesito.
Esta es la segunda parte, y la última, de la historia que les empecé a contar hace unos meses. Quería terminarla bien, porque las cosas que uno empieza a contar también merecen un cierre.
Desde Iquique, los saludo.