El intercambio que empezó en la pista de baile
Mariela y yo llevábamos doce años juntos cuando empezamos a frecuentar El Compás, un salón de baile en las afueras de la ciudad donde sonaba de todo: tango, cumbia, merengue, rock de los cincuenta. Nos conocimos en una clase de salsa y nunca dejamos de bailar. Tampoco dejamos de hablar de lo que queríamos. Desde el principio supimos que ni la monogamia ni una etiqueta cerrada iban con nosotros. Pansexuales, abiertos, curiosos. Lo decíamos sin grandilocuencia, como quien explica que prefiere el café sin azúcar.
Los sábados nos transformábamos. Mariela se ponía un vestido largo rajado hasta la cadera y unos zapatos de charol con tacón de aguja. Yo me ajustaba un traje gris oscuro, sin corbata, con el pelo suelto rozándome los hombros. Llegábamos a las once, pedíamos un par de cubalibres y nos lanzábamos a la pista. Cambiar de pareja durante una pieza era casi una costumbre entre los habituales, y nosotros la aprovechábamos para estudiar a la gente.
Esa noche los vimos en cuanto entraron. Bruno medía cerca de dos metros, espalda ancha, un traje azul marino que parecía hecho a medida. Yolanda iba a su lado con un vestido rojo ceñido y el pelo recogido en trenzas pegadas al cráneo. Cubanos los dos. Se notaba en el modo en que él la sujetaba por la cintura, sin prisa, como si fueran los dueños de la pista antes incluso de pisarla.
Sonaba un merengue cuando nos cruzamos por primera vez. Bruno me sonrió de lejos, Yolanda alzó las cejas mirando a Mariela. Cuando arrancó «Ready Teddy», la pista se llenó de parejas saltando, levantando, intercambiando. Solté a Mariela sin pensarlo y abracé a Yolanda. Bruno hizo lo mismo con mi mujer. Dos minutos. Eso duró la canción. Bastaron para entender que esa noche no íbamos a terminar con un apretón de manos.
Yolanda tenía un cuerpo difícil de manejar, más maciza que ninguna otra mujer con la que hubiera bailado. Cuando la levanté agarrándola por la cintura, abrió las piernas y me rodeó con los muslos. Sentí el calor pegado al estómago, sus pechos contra mi pecho, su aliento muy cerca de mi cara. No se separó cuando la solté. Tardó un segundo de más, lo justo para que entendiera.
Vi a Mariela al otro lado de la pista. Bruno la sostenía con una sola mano. Le había bajado los dedos hasta el nacimiento de las nalgas y no la soltaba. Ella tampoco se quejaba. Le miraba la boca.
***
—Tango —dijo Yolanda cuando cambió la música—. Ahora se ponen serios.
Bruno y ella se separaron de nosotros y empezaron un tango que paró media pista. La gente hizo corro alrededor. Él la inclinaba hacia atrás hasta casi tocar el suelo con la nuca, ella levantaba la pierna y le rodeaba la cadera, y todo eso lo hacían sin sonreír, mirándose como si nadie más existiera. Mariela me apretó la mano. La tenía caliente. Le susurré:
—Vámonos al reservado.
Nos sentamos los cuatro en un sofá del fondo, pedimos otra ronda y empezamos a hablar de cualquier cosa que no fuera lo que estábamos pensando. Bruno trabajaba de escolta, viajaba mucho. Yolanda daba clases de baile en una academia del centro. Hablaron de música, de deporte, de la última película que les había gustado. Mariela cruzaba y descruzaba las piernas, riéndose más fuerte de lo que reía habitualmente. Yo no dejaba de mirarle a Yolanda la línea del cuello, las pecas del pecho, la marca del sostén bajo el vestido.
A las cuatro y media de la madrugada Mariela puso la mano en mi rodilla y dijo, sin tono:
—¿Os apetece tomar la última en nuestra casa?
Bruno se rio bajito. Yolanda dijo «vamos».
***
En el coche, Mariela preguntó por su orientación. Era su manera de poner las cartas sobre la mesa.
—Heterocuriosos, supongo —respondió Bruno con sorna—. Yolanda probó alguna cosa en la universidad y yo, una vez, en un cuartel, hace muchos años.
—Nosotros nos definimos como pansexuales —dijo Mariela.
—¿Eso qué quiere decir? —preguntó Yolanda.
—Que nos atrae el cuerpo, no el sexo del cuerpo.
Hubo un silencio breve. Yolanda se inclinó hacia adelante desde el asiento de atrás y le habló a Mariela al oído. No oí qué le dijo, pero vi a Mariela morderse el labio y asentir.
Cuando llegamos al apartamento puse un disco de Etta James y serví cuatro copas de anís. Brindamos por el encuentro, por la noche que no se acababa, por El Compás. Bruno se quitó la chaqueta y se aflojó el cuello de la camisa. Yolanda se descalzó y subió los pies al sofá. Mariela se sentó en mi regazo, de lado, con un brazo alrededor de mi cuello.
—Hay una cosa —dijo Bruno mirándome—. Antes de seguir, quiero saber si te animas a un pulso.
—¿Un pulso?
—Llevamos toda la noche midiéndonos. Vamos a resolverlo de una vez. El que pierda hace de hembra primero.
Mariela soltó una carcajada. Yolanda aplaudió. Las dos cambiaron de bando enseguida: Mariela animaría a Bruno, Yolanda a mí. Querían vernos perder. Querían ver al otro doblegado primero, para luego encargarse ellas.
Apoyamos los codos en la mesa. Bruno me sacaba quince centímetros y unos diez kilos, pero mis brazos no se quedaban cortos. Aguanté tres minutos largos, sintiendo la vena del cuello latir, los dientes apretados. Al final cedí. No sé si me dejé o si perdió la mano. Mariela me besó en la sien con una sonrisa que decía que ya había entendido todo.
***
Nos desnudamos los cuatro a la vez, sin urgencia, balanceándonos al compás de Etta. Bruno tenía el cuerpo de un soldado y una verga gruesa, oscura, que llevaba ya medio dura antes de quitarse los calzoncillos. Yolanda se sacó el vestido por encima de la cabeza y debajo no llevaba nada. Mariela suspiró al verla. También ella se desnudó delante de ellos sin pudor, despacio, mirándolos.
Bruno se sentó en el sofá, abrió las piernas y se acarició. Yolanda y Mariela se arrodillaron a sus dos lados, turnándose. Cuando una le chupaba la punta, la otra le besaba la cara interior del muslo, le lamía los testículos, le mordía la cadera. Yo me senté en el suelo, entre las piernas de Bruno, y le acompañé con la lengua donde las chicas no llegaban. Le lamí el perineo, le chupé los huevos cuando Yolanda subía a su boca. Bruno me agarró el pelo y me sujetó con fuerza.
Mariela se acercó a mi oído.
—Cuida bien de mi macho —susurró.
—Tu macho era yo.
—Tú eres mi marido —dijo—. No es lo mismo.
Y me guiñó un ojo. Llevaba años jugando conmigo así. Sabe que me pone que me lo recuerde. Sabe que me pone perder un poco. No necesitó insistir.
Bruno me hizo levantarme y ponerme a cuatro patas en la alfombra. Mariela se colocó frente a mí, abrió las piernas y me apoyó el sexo en la boca. Yolanda se puso detrás de Bruno y empezó a lamerle el cuello mientras él se untaba con un gel que sacó del bolsillo del pantalón. Lo tenía preparado. Eso me hizo gracia, en medio de todo.
Entró despacio. La primera embestida me cortó el aliento. La segunda me dejó casi todo el sexo dentro. A la tercera ya tenía un ritmo, lento al principio, después más firme. Mariela me agarraba la mandíbula con las dos manos y me restregaba el clítoris contra los labios y la lengua. Yolanda se sentó al lado, mirando. Después se pasó al otro flanco y le tendió la boca a Mariela. Las dos se besaron por encima de mi cabeza mientras Bruno seguía empujando.
—Quiero probar a tu mujer —dijo Bruno al cabo de un rato.
Salió. Me dejó tumbado de lado, jadeando, con todo el cuerpo temblando. Yolanda se acercó, se sentó a horcajadas sobre mi cara y me dejó hacer. Tenía un sabor salado, intenso. Apretaba los muslos contra mis sienes cuando algo le gustaba. Le metí dos dedos y siguió moviéndose encima de mi lengua hasta que se corrió en silencio, mordiéndose el labio.
Mientras tanto, Bruno había levantado a Mariela del suelo. La sostenía contra su pecho, con las piernas de ella alrededor de la cadera. Yolanda se bajó de mi cara y los dos nos pusimos a ayudar. Yo le sostenía las nalgas a Mariela para que pudiera bajar más fácil sobre la verga de Bruno. Yolanda se inclinaba a besarlos, a uno y a otro, alternando. De vez en cuando me besaba a mí.
Mariela se corrió dos veces antes de que Bruno terminara. Cuando él lo hizo, fue ruidoso. Se le salió en la última sacudida y un poco le cayó en la cara a ella, otro poco en mis dedos. Yolanda se acercó y nos lamió las manos, los muslos. Mariela bajó hasta su boca y la besó largo, pasándole lo que le quedaba.
***
Bruno tardó en recuperarse menos de lo que esperaba. Mientras se servía agua, vio cómo yo me ponía detrás de Yolanda, que se había arrodillado sobre los cojines del sofá. Le entré despacio, primero por delante, viendo cómo le temblaba la espalda. Mariela se tumbó debajo de Yolanda y le besaba el cuello, los pechos, le susurraba cosas. Yolanda apretaba mucho. Aguanté lo que pude.
Cuando estaba a punto, me retiré y vacié todo entre los omóplatos de Yolanda. Mariela y ella se incorporaron y se compartieron lo que les quedó en la boca.
Bruno se acercó entonces y, sin decir nada, se arrodilló entre mis piernas. Me la chupó hasta volver a ponérmela dura. Después, él mismo se inclinó sobre el sofá, apoyado en los codos, y me dijo:
—Ahora yo.
Lo hice. Despacio al principio, después fuerte. Las chicas se sentaron a un lado y a otro, le metían el sexo en la boca a Bruno, alternándose, y de vez en cuando se besaban encima suyo. Le aguanté veinte minutos largos. Cuando me corrí, lo hice sobre la espalda baja, en la curva de las nalgas, donde el sudor le había trazado un surco.
Nos quedamos los cuatro tirados sobre los cojines, en el suelo, en el sofá, sin ganas de movernos. Etta James había dado dos vueltas al disco y el sol empezaba a colarse por las rendijas de la persiana.
—Repetimos —dijo Yolanda, sin pregunta.
—El sábado —respondió Mariela.
***
Repetimos seis sábados seguidos. Después siguieron viniendo, pero cada vez menos. A Bruno lo destinaron a Múnich, a una embajada. Al principio prometieron volver de visita, hicimos planes, hablamos por videollamada. Después se fueron espaciando los mensajes, como pasa con todo. La última vez que supe de ellos, Yolanda me mandó una foto de un salón de baile alemán lleno de gente rubia bailando merengue muy torpemente. Decía: «No hay otro Compás».
Mariela y yo seguimos yendo cada sábado. A veces conocemos a alguien. Casi nunca es como esa noche. No siempre tiene que serlo.