Confieso lo que hice con una pareja swinger
Llevaba semanas hablando con ellos por una de esas aplicaciones para parejas abiertas. Marcela y Damián, tenían poco más de veinticinco años y se habían ido sumando a esa escena hacía cosa de un año. No era el primer hombre con el que se citaban, pero sí decían buscar a alguien tranquilo, que no se subiera por las paredes ni los presionara con prisas. Yo encajaba en esa descripción, o al menos eso les hice creer.
Quedamos un viernes a las nueve en un bar del centro, frente a una plaza. Llegué quince minutos antes. Pedí una cerveza y miré la puerta cada vez que se abría hasta que entraron ellos, tomados de la mano. Marcela era morena, con caderas anchas y una sonrisa que la hacía verse cómoda en su propio cuerpo. Damián era flaco, más alto, de piel clara y mirada inquieta. Me saludaron con un beso en la mejilla cada uno, como si nos conociéramos desde hacía tiempo.
—¿Nervios? —preguntó ella mientras se acomodaba en la silla.
—Un poco —admití.
—No hace falta —dijo él, y le pasó la mano por la nuca a ella en un gesto que parecía más para mí que para ella.
Tomamos una copa, dos. Hablamos de tonterías al principio: el clima, el barrio, qué les gustaba hacer los fines de semana. Después la charla se fue moviendo sola hacia el motivo por el que estábamos los tres ahí. Ella miraba a Damián, Damián la miraba a ella, y los dos me miraban a mí entre frases. No tuve que proponer yo el siguiente paso. Marcela apoyó la mano sobre la mía sobre la mesa y dijo:
—Ya reservamos una habitación a dos cuadras. ¿Vamos?
***
El hotel era de esos que cobran por hora, con ascensor angosto y olor a desinfectante de limón. La habitación tenía una cama enorme, un espejo en la pared del fondo y una luz tenue de velador que Damián encendió apenas entramos. Marcela se sentó al borde de la cama y se quitó los zapatos. Él se acercó a mí, me sostuvo la mirada y me preguntó si estaba seguro.
—Lo estoy —dije.
—Si en algún momento alguno de los tres quiere parar, paramos. Sin discusión —agregó.
Asentí. Marcela me llamó con una seña y me acerqué a la cama. Me senté a su lado y le pasé la mano por la cintura. Tenía la piel tibia, la respiración un poco acelerada por el alcohol. La besé primero con la boca cerrada, despacio, midiendo. Ella separó los labios casi enseguida y la besé como si la conociera de antes. Su lengua tenía un dejo de vino tinto. Damián se acomodó detrás de ella, le corrió el pelo del cuello y empezó a besarla en la nuca mientras yo le bajaba el tirante del vestido.
Marcela tenía pechos llenos, oscuros, con los pezones erguidos antes de que llegara a tocárselos. Le pasé la lengua por uno y después por el otro, mientras Damián le sostenía el cuerpo desde atrás. Ella respiraba con la boca abierta. Yo me sentía espiado y observado al mismo tiempo, y eso, lejos de incomodarme, me prendía más.
—Si quieres probarla, pruébala —dijo él, en voz baja.
Me bajé de la cama y me arrodillé en la alfombra. Marcela se corrió hasta el borde del colchón y abrió las piernas sin pudor. Le corrí la tanga hacia un costado. Estaba depilada, con la piel enrojecida por el roce de la tela. Pasé la lengua despacio, de abajo hacia arriba, una sola vez, para que ella supiera lo que venía. Cuando volví a hacerlo, más lento todavía, dejó escapar un sonido que no era un gemido, más bien un suspiro largo, hacia adentro.
Damián la besaba en la boca mientras yo trabajaba con la lengua. La oía respirar contra él, cortando frases que no llegaba a entender. Después de un rato él se acercó al borde, me tomó la mandíbula y me levantó la cara hacia la suya. Me besó. Yo todavía tenía el sabor de ella en la boca, y cuando él lo notó algo se le encendió en los ojos.
***
—Acuéstate —le dijo a Marcela.
Ella se acomodó en el medio de la cama. Damián y yo nos pusimos de rodillas, uno a cada lado de su cabeza. Yo ya estaba desnudo de la cintura para abajo. Él se quitó el bóxer mirándome, como si quisiera ver mi reacción. La tenía dura, gruesa, con una vena marcada en todo el largo. Marcela giró la cabeza primero hacia mí y después hacia él. Nos tomó a los dos con las manos y empezó a alternar, una y la otra, con paciencia. Yo no podía dejar de mirar cómo ella se entregaba al ritmo, ni cómo Damián la miraba a ella, ni cómo me miraba a mí cuando me tocaba el turno.
En algún momento, sin que ninguno lo pidiera, él se inclinó hacia el costado y reemplazó la mano de Marcela con su boca. Lo hizo con una seguridad que me dejó quieto. No era torpe, no era apurado. Tenía claro lo que estaba haciendo. Yo me quedé respirando hondo, con una mano apoyada en su nuca, sin presionar, dejando que él manejara el tiempo. Después me animé a devolverle el gesto. Me incliné sobre él y lo tomé en la boca con cuidado primero y con más confianza después. Era la primera vez que tenía a otro hombre así. No fue lo que había imaginado. No fue mejor ni peor. Fue otra cosa, una cosa distinta, con su propia geometría.
Marcela nos miraba desde la almohada con una sonrisa que no le había visto antes. Se tocaba sola, sin prisa, con dos dedos, como si la escena que tenía enfrente fuera suficiente.
***
—Te toca —me dijo después de un rato.
Damián abrió el cajón de la mesa de luz, sacó un preservativo y me lo pasó. Marcela se puso en cuatro y me esperó así, mirándome por encima del hombro. Me acomodé detrás de ella, me deslicé despacio y me quedé quieto al fondo. Ella se mordió el labio. Empecé a moverme con un ritmo corto al principio y después más largo. La tomé de las caderas y luego la giré, la quise ver de frente. Su cara era la mejor parte. Tenía esa expresión de placer concentrado, casi seria, que aparece en las personas que están viviendo algo de verdad.
Damián se subió a la cama y se acomodó cerca de su cabeza. Ella lo recibió en la boca sin dejar de mover las caderas contra mí. Yo no podía creer la coordinación que teníamos los tres sin haberlo hablado nunca. En algún momento él levantó la vista y me preguntó, casi en un susurro, si quería probar al revés.
—¿Conmigo?
—Contigo —dijo.
Lo pensé un segundo. No mucho más. Asentí.
***
Salí de Marcela con cuidado. Ella se quedó tirada de espaldas, recuperando aire, con una mano entre las piernas. Damián fue al baño, volvió con lubricante y un preservativo nuevo. Me dijo que me parara al borde de la cama, inclinado hacia adelante, con los antebrazos apoyados sobre el colchón. Me preparó con los dedos, despacio, sin apuro, mientras me pasaba la otra mano por la espalda. Marcela me miraba desde abajo, atenta, los ojos brillantes.
—Avísame si te molesta —dijo él.
—Avísame tú si me tengo que mover —dije, y los tres nos reímos por primera vez en toda la noche.
Cuando entró, la primera sensación fue extraña, una mezcla de presión y calor que no tenía con qué comparar. Me quedé quieto. Él también. Después me empezó a mover, con cuidado, midiéndome la respiración. Le tomé el ritmo más rápido de lo que pensaba. Marcela se acercó, abrió las piernas y me ofreció su cuerpo. Me agaché y la penetré otra vez, esta vez sin moverme yo: era Damián el que marcaba el compás detrás de mí, y cada empujón suyo me llevaba hacia adentro de ella.
Quedamos los tres conectados, encadenados por un mismo movimiento. La habitación se llenó de un sonido nuevo, el de tres respiraciones tratando de seguirse. Marcela cerró los ojos y empezó a gemir bajito, cortado, sin abrir la boca del todo. Yo no aguantaba mucho más. Damián tampoco.
—Me voy —dijo él, y se hundió hasta el fondo. Sentí el preservativo tensarse, las manos firmes en mis caderas, su frente apoyada contra mi nuca.
Se quedó así, pegado a mí, un rato largo, sin salir. Yo no me moví. Marcela me acariciaba el pecho desde abajo, con una sonrisa cansada.
***
Después él se separó despacio. Fue al baño otra vez. Yo me quedé arrodillado al borde de la cama, mirando a Marcela. Ella se sentó, me tomó por las caderas y se acercó. Me sacó el preservativo con los dientes, sin dejar de mirarme, y me terminó con la boca y la mano. Le pedí permiso con la mirada para acabar ahí, y ella asintió. Cuando terminé, una parte le cayó en los pechos. Se rio, se pasó dos dedos por la piel y se llevó los dedos a la boca, como quien prueba algo nuevo.
Damián volvió, se sentó en la silla del rincón y nos miró un rato sin decir nada. Marcela me hizo un lugar en la cama y los tres nos quedamos ahí, respirando, con la luz baja y el aire pesado.
—¿Estás bien? —me preguntó ella después de un rato.
¿Lo estaba?
—Estoy bien —dije. Y era verdad.
Nos duchamos por turnos. Damián primero, yo después, Marcela al final. Cuando salimos del hotel ya había pasado la medianoche. La calle estaba vacía. Caminamos hasta la esquina sin hablar y nos despedimos como tres personas que acaban de compartir un secreto. Me dieron un beso cada uno, ella en la boca, él en la comisura. Después se subieron a un auto y se fueron.
Yo me quedé un minuto parado en la vereda, con las manos en los bolsillos, sintiendo el frío de la madrugada en la cara. Era la primera vez que estaba con un hombre. Era la primera vez que estaba con una pareja. Era la primera vez de muchas cosas. Lo guardé entero, como se guardan los recuerdos que uno sabe que no va a volver a vivir igual.