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Relatos Ardientes

Llamé a mi ex y me respondió su nueva novia

Hacía meses que no llamaba a Mateo. Habíamos terminado en buenos términos —de los pocos finales que recuerdo sin amargura— y, aun así, durante las semanas siguientes a la ruptura nos buscábamos cada cierto tiempo, cuando los dos estábamos solos y la cama parecía demasiado grande. Nada serio. Solo cariño viejo con manos nuevas.

Esa tarde estaba aburrida, tirada en el sofá con el ventilador apuntándome a la cara, y se me ocurrió que tal vez Mateo quisiera tomar algo. Cogí el teléfono y marqué su número sin pensarlo demasiado.

—¿Sí? —respondió una voz de mujer.

Me quedé en silencio dos segundos más de lo conveniente. No era él. Era una voz suave, con un timbre cálido que ya tenía un nombre en algún sitio pero no en mi cabeza.

—Hola. ¿Mateo? —pregunté, ya sabiendo la respuesta.

—No puede ponerse, está en la ducha. ¿Quién le digo que ha llamado?

—Déjalo, ya le llamaré otro día.

—Voy a quedar fatal si le digo que llamó alguien y no sé decirle quién.

Lo dijo con tono divertido, no celoso. Eso me gustó. Me cayó bien antes incluso de conocerla.

—Marina —dije al final—. Una amiga de hace tiempo.

—¡Ah! Pues por la voz no pareces de hace tanto. Yo soy Bruna, su novia.

—Algo me imaginaba, ya que coges su teléfono mientras él está en remojo.

Se rió, y la risa terminó de desarmarme. Charlamos dos minutos más de los necesarios. Le pregunté si Mateo le había hablado de mí; me dijo que sabía que había estado con otras chicas y que suponía que tenía buen gusto. Le devolví el cumplido.

—Oye —soltó ella, casi al final—, antes de que salga de la ducha y nos corte. ¿Te apetece que quedemos un día y comparemos notas?

—¿Comparar notas?

—Sobre él. Nunca lo he hecho con una ex de mi novio, pero contigo me apetece. No me da la sensación de que vayamos a tirarnos del pelo.

Me eché a reír. Quedamos para la tarde siguiente en una cafetería pequeña del centro, una de esas con sofás bajos y luz tenue donde se mete la gente que necesita hablar sin que la oigan.

***

Esa noche estuve más tiempo del que admitiré delante del armario. No sé qué quería demostrar exactamente, pero sí sabía que no iba a presentarme con una camiseta vieja. Bruna ya me había ganado por la voz; quería verla cara a cara con mi mejor versión.

Acabé eligiendo un top con la espalda al aire, atado solo con dos cordones en la nuca, y una falda vaquera demasiado corta para sentarme con tranquilidad. Era pleno julio, así que nadie iba a extrañarse. El pelo recogido en una cola alta para tener los hombros despejados, sandalias planas, los labios pintados de un rojo que sabía que quedaba bien con mi tono de piel.

Llegué quince minutos antes. Ella ya estaba en la barra.

La reconocí enseguida porque me había avisado del color del pelo, un rojo encendido casi cobrizo, suelto sobre los hombros. Llevaba un short corto que le sentaba como si se lo hubieran cosido encima, un top que dejaba el ombligo al aire y unas sandalias atadas hasta el tobillo. La piel blanquísima, salpicada de pecas. Cuando caminó hacia mí entre las mesas, no fui la única que la miró.

—¿Bruna? —dije, aunque ya estaba claro.

—Y tú Marina. Ahora entiendo lo del buen gusto.

—Ya estamos. Si vamos a piropearnos toda la tarde no nos va a dar tiempo a hablar del que nos importa.

—Tampoco me parece tan mal plan —dijo ella, sentándose en el sofá del fondo y dejándome el sitio de al lado.

***

Pedimos dos vermut a una camarera con leggings que también merecía mención aparte. Bruna me pilló mirándole el culo y me arqueó una ceja.

—¿Algo que quieras contarme?

—Que también me gustan las chicas. Por si Mateo no te lo había avisado.

—No me lo había avisado. —Se quedó pensando un momento, con esa media sonrisa que ya le había visto un par de veces—. Y no sé si eso lo hace mejor o peor para mí.

—Depende.

—Depende —repitió.

La primera hora la dedicamos a despellejar a Mateo con cariño. Cada manía, cada virtud, cada sitio donde sabíamos que le gustaba que lo tocaran. Salió bastante bien parado. A las dos nos gustaba y las dos habíamos disfrutado con él. Eso, sumado al vermut y a la luz baja, nos puso en una sintonía que era difícil ignorar.

En algún punto pasamos de hablar de él a hablar de nosotras. Le conté un par de relaciones largas, le dije que llevaba tiempo sin estar con una chica. Ella me contó que había probado, sin grandes historias detrás, pero que la curiosidad seguía ahí.

—Mateo nunca me ha visto con otra mujer —dijo, mirando el vaso—. Pero estoy segura de que se le caería la mandíbula.

—Seguro.

—Y a ti, ¿él te ha visto con alguna?

—No. Una chica siempre tiene que guardarse algún secreto.

—Cierto.

Sus rodillas tocaban las mías desde hacía rato. En algún momento mi muslo se pegó al suyo sin que ninguna lo comentara. La piel le quemaba. Pasó el brazo por encima del respaldo del sofá y empezó a jugar con los cordones de mi top, deshaciendo despacio el lazo y volviéndolo a atar, como si estuviera distraída.

—Tienes la espalda muy suave —dijo en voz baja.

Dejé el vaso en la mesa. Apoyé la mano en su muslo, justo donde terminaba el short.

—¿Has tenido algo serio con alguna chica?

—Algo. Nada como esto.

—No me digas eso, que me lo voy a creer.

—Créetelo.

***

Nos besamos sin pensarlo. No fue un acercamiento dramático, ni una decisión. Simplemente nos miramos un segundo más de la cuenta y los labios se encontraron en mitad de la frase siguiente. Sin prisa, mordiéndonos despacio, jugando con la punta de la lengua antes de dejarla pasar.

La camarera llegó justo entonces a recoger los vasos vacíos. Nos sonrió con la cara que pone alguien que ha visto la misma escena muchas veces y aun así disfruta.

—Si algún día queréis hacer un trío, avisadme —dijo, y se marchó con el mismo contoneo.

Bruna se rió contra mi boca. Mi mano había subido por su muslo hasta tocarle la nalga por debajo del short; los dedos de ella me habían encontrado un pezón a través del top, apretando con la presión exacta. Por la sala había otras dos o tres parejas haciendo más o menos lo mismo. Nadie nos miraba con escándalo.

Sus dedos bajaron desde mi pecho hasta el borde de la falda, y de ahí siguieron subiendo por dentro. La falda no daba mucho margen y mi tanga estaba empapado desde antes incluso de besarnos. Cuando deslizó un dedo por debajo de la tela, no me dio tiempo a pensar. Los labios se me abrieron solos y se me escapó un jadeo que ella ahogó volviéndome a besar.

En algún momento me bajó el tanga hasta las rodillas. No había forma elegante de subirlo otra vez, así que terminé de quitármelo y se lo metí en el bolso.

—Es un regalo —le dije.

—Lo voy a enmarcar.

***

Vivía a tres calles de la cafetería. Pagué yo en la barra. La camarera me devolvió las copas con un papel doblado entre los billetes.

—Invita la casa, guapa. Y me llamáis si os animáis.

En la calle, agarradas del brazo como dos viejas amigas que casualmente caminan pegadas la una a la otra, le conté lo del papel. Bruna se rió.

—Por ahora con Mateo y conmigo creo que tienes suficiente.

—¿Eso es una invitación?

—Depende de cómo termine la tarde.

La acorralé contra los buzones del portal nada más cruzarlo. La besé sin medirme. En el ascensor, subiendo solas los seis pisos, metió la rodilla entre mis piernas y notó lo que ya sabía. Le dejé la huella en el muslo. Cuando entramos en mi piso ni siquiera fingí ofrecerle algo de beber: me la llevé al dormitorio y dejé las sandalias en cualquier sitio.

Me tumbé en la cama y me abrí de piernas. Como llevaba la falda subida y el tanga ya estaba en su bolso, le ofrecí todo de golpe. Bruna se arrodilló a los pies de la cama y pasó la lengua despacio, una sola vez, de abajo a arriba.

—Sí que tenías ganas —dijo sin levantar la cabeza.

—Mucho.

Las primeras lamidas me bastaron para llegar la primera vez. Me cogió el clítoris entre los labios y lo absorbió hasta que el segundo orgasmo me dobló la espalda contra el colchón. Sus dedos seguían dentro, sin prisa, mientras yo intentaba acordarme de cómo se respira.

Trepó sobre mí dejando un reguero de besos por el vientre y los pechos hasta encontrarme la boca. Me devolvió mi sabor a través de la lengua, y yo se lo cambié por el suyo. Le tiré del short y se lo bajé hasta los tobillos. Se lo quité con los pies, junto con el tanga, y por primera vez la vi entera.

El pubis, como había avisado, completamente liso. La piel pálida con una cicatriz pequeñísima a un lado de la cadera. Bajé entre sus muslos y la probé. Tenía un sabor limpio, intenso, y cuando le cerré los labios alrededor del clítoris la oí soltar un gemido largo que llegó hasta el otro lado de la pared.

—Marina —dijo, agarrándome del pelo.

No le contesté.

Después de su primer orgasmo me tiró del brazo para subirme. Quería besarme con mi boca todavía húmeda. Cruzamos las lenguas hasta que se me secó. Acabamos colocadas la una sobre la otra, una pierna entre las suyas y la suya entre las mías, frotándonos sin orden, con los pechos pegados y las manos buscando lo que se podía. No es la postura más cómoda del mundo, pero con ella daba igual. Nos vinimos casi a la vez, con la habitación oliendo como llevaba años sin oler.

***

Quedamos tumbadas en silencio. Ella con la cabeza apoyada en uno de mis pechos, yo acariciándole el pelo rojo. La tarde empezaba a apagarse al otro lado de la persiana.

—¿Por qué lo dejasteis Mateo y tú? —preguntó al rato.

—Ya ni me acuerdo. Cosas que parecen importantes hasta que dejan de serlo.

—Estoy un poquito celosa, ¿sabes?

—No tendrías que estarlo. No me he metido en ninguna de sus relaciones después de mí. Ni él en las mías.

—¿Ni siquiera os llamáis?

—De vez en cuando, cuando los dos estamos solos. Hoy también estaba sola, por eso le llamé. Pero respondiste tú.

Bruna se quedó pensando un momento, con esa misma media sonrisa que llevaba viéndole todo el día.

—Yo nunca he hecho un trío —dijo, sin mirarme—. Pero llevo un tiempo pensándolo.

—¿Estás diciendo lo que creo?

—Si crees que me gustaría que los tres acabáramos en una cama, sí.

Le pasé la mano por el cuello hasta levantarle la cara. La besé despacio.

—También es una de mis fantasías —dije—. Y, dicho sea de paso, no la haría con cualquiera.

—¿Y cómo se lo proponemos? Mateo no es de los que aceptan a la primera por orgullo.

—Tú lo conoces ahora mejor que yo. Pero a un hombre se le convence rápido cuando son dos las que se lo piden.

—¿Con estos cuerpos crees que dirá que no?

—Ninguna duda.

Apagué la lámpara de la mesilla. Aún teníamos toda la tarde por delante para terminar de planear cómo poníamos el cebo.

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