Una avería que terminó en la cama del matrimonio
Me llamo Rafael y tengo cincuenta y tantos. Llevo separado más de quince años, desde aquella historia con otra mujer que ni siquiera valió la pena. Mi exmujer y yo nos casamos demasiado pronto, y cuando lo nuestro se rompió quedó la amistad, aunque siempre hemos evitado volver a la cama. Tal vez por miedo a estropear lo poco que sobrevivió.
Hace tiempo descubrí que también me gustan los hombres. Pasó por casualidad, una tarde con un viejo conocido, primero pajas y luego algo más. Aquello despertó algo que no sabía que llevaba dentro. Sigo prefiriendo a las mujeres, pero ya no le digo que no a una buena polla si llega el momento.
Tengo una empresa pequeña que trabaja para compañías de seguros. Lo mismo arreglo un enchufe que destapo una cañería o cambio una cerradura. No me hace falta más; me da para vivir sin jefes y sin horarios fijos.
Lo que voy a contar pasó hará cosa de tres años. Una tarde de viernes, casi a las siete, llamaron de una aseguradora por una fuga en un fregadero. La dirección estaba en una urbanización de chalets en la zona alta de Valdemoros, una calle ancha con jardines cuidados y todoterrenos relucientes. Como tenía a los empleados liados, cogí la furgoneta y me presenté yo mismo.
***
Al llegar no había hueco para aparcar. La calle estaba llena de vados y entradas peatonales, así que paré delante de la puerta del garaje y llamé al telefonillo.
—¿Quién es? —contestó una voz de hombre.
—Buenas tardes, soy Rafael, vengo de parte de su seguro por la fuga del fregadero. ¿Es usted Mariano Alvear?
—El mismo. Le abro.
—He aparcado en su vado. ¿Quiere que lo deje en otro sitio?
—No, le abro el garaje y mete la furgoneta. Aquí pasa la policía multando sin preguntar.
El portón se levantó y entré. El garaje era enorme, cabían cuatro o cinco coches. Había un todoterreno alemán y un deportivo bajito que parecía recién sacado del concesionario. Aparqué bien separado de los dos, sin querer ni rozarlos. Cuando bajé, una mujer me esperaba apoyada en la puerta interior.
Calculé que tendría cuarenta y pocos. Alta, casi tanto como yo, con una melena castaña que le caía justo encima de los hombros y unos ojos verdes que se quedaban con uno. Llevaba una camiseta de tirantes y unos vaqueros ajustados. Tenía la sonrisa fácil de quien se sabe guapa pero no presume.
—Buenas tardes —dijo—. Soy Carolina, la mujer de Mariano. Ha venido pronto, llamamos hace nada. Coja sus herramientas y sígame, le enseño dónde está el problema.
—Encantado, Carolina. Voy con usted.
Se giró y echó a andar hacia el interior. La seguí intentando no mirarle más de la cuenta el contoneo de las caderas, pero fracasé varias veces. Cuando entramos al salón, su marido se levantó del sofá. Era un tipo alto, rapado al cero para disimular la calvicie, atractivo a su manera. Llevaba un pantalón de chándal gris en el que se le marcaba un bulto difícil de pasar por alto. Me tendió la mano con firmeza.
—Mariano —dijo—. Acompáñeme. Tiene menos de tres años el fregadero y ya pierde agua por debajo. Yo de fontanería no entiendo nada, para eso pagamos el seguro.
—Ahora le echo un vistazo. No se preocupe, no es tan raro como parece.
La cocina estaba abierta al salón. Mientras yo me agachaba bajo el mueble con la linterna, Carolina y Mariano se sentaron en la barra a seguir viendo la televisión. Estaban dando uno de esos programas que repasan noticias del país, y justo en ese momento contaban la paliza que le habían pegado a un chico por ser gay en algún pueblo del norte.
—No se puede entender —dijo Carolina, indignada—. ¡Pegarle a alguien por con quién se acueste! ¡Pobre criatura el susto que se ha llevado!
—No todo el mundo es tan abierto como nosotros, cariño —contestó él—. Rafael, ¿usted qué opina?
Asomé la cabeza desde debajo del mueble y me limpié las manos con un trapo.
—Opino igual que ustedes. Mire, yo soy bisexual, y por aquí mucha gente todavía cree que o eres una cosa o eres la otra. Se lo digo así, sin más.
Mariano levantó las cejas y Carolina sonrió de una forma extraña. No dijeron nada. Volví a meterme bajo el fregadero y, tras quince minutos de pruebas, encontré el problema. El acero estaba picado por debajo: unos agujeros minúsculos, casi invisibles, pero por ahí se escapaba el agua. Llamé a Mariano para que lo viera con la linterna desde abajo.
—Joder —dijo—. Mañana viene gente a cenar. ¿No puede hacer nada?
—Puedo ponerle una resina como apaño. Si el fregadero está en garantía, la garantía se la cargo. Si no, le aguanta un tiempo, pero al final habrá que cambiarlo.
—Hágalo. Ya pelearé yo con quien haga falta.
Acabé el apaño y recogí las herramientas. Cuando le entregué la tarjeta y se la guardó en la cartera, Mariano abrió la nevera y sacó tres botellines bien fríos.
—Tómese una con nosotros. Carolina ha sacado algo para picar.
***
Sobre la barra había aparecido un plato con jamón ibérico, queso curado y unas tiras de cecina. Acepté el botellín. De siempre me ha gustado más en botella que en vaso. Carolina se acodó frente a mí y me miró con esa media sonrisa que ya empezaba a inquietarme.
—Cuéntame eso de ser bisexual, Rafael. ¿Cómo se vive?
—Pues como cualquier cosa. Me gustan las mujeres y, de vez en cuando, también un hombre. No le doy más vueltas.
—¿Te molesta que te preguntemos? Por si acaso, nos puedes tutear, somos gente sencilla.
—Adelante, sin problema.
—Verás —siguió ella—, somos pareja liberal. Hemos tenido algún trío con otra chica, pero nunca con otro hombre. A mí me gustaría probar. Cuéntale tú, Mariano.
Él dio un trago largo antes de contestar.
—Hace años, en un viaje de trabajo a Hamburgo, tuve algo con un compañero. Acabó en trío con su mujer. Lo hicimos un par de veces, todos con todos. Aquello me gustó más de lo que esperaba.
Yo no sabía dónde meterme. Sostenía el botellín como si fuera lo único real de aquella cocina. Carolina rompió el silencio sin perder la sonrisa.
—La cuestión es, Rafael, si te apetece quedarte esta noche con nosotros.
—Bueno… yo… —empecé, sin saber qué cara poner.
—Sin presiones —saltó Mariano—. Si no te apetece, te tomas la cerveza y tan amigos. Aquí nadie te obliga a nada.
Le miré, miré a Carolina, miré el plato de jamón. Hacía meses que no me pasaba nada interesante, y aquello había caído del cielo.
—Claro que me apetece. Es que no me lo esperaba, eso es todo.
—¡Eso es! —Carolina aplaudió, divertida—. ¿Te espera alguien en casa?
—Vivo solo desde hace años.
—Entonces ya está. Cenamos algo más y nos ponemos cómodos.
***
Después de un par de cervezas más y un poco más de picoteo, Mariano preparó copas. Yo le pedí un gin-tonic, Carolina un ron con cola y él se sirvió un bourbon con hielo. Nos llevamos las copas al salón, a un sofá enorme frente a un televisor en el que ya nadie pensaba.
—Vamos a ponernos a gusto, ¿no? —dijo Mariano.
Carolina se quitó la camiseta y el sujetador sin ninguna ceremonia. Tenía unos pechos preciosos, ni grandes ni pequeños, con los pezones erizados y las areolas color café. Después se bajó los vaqueros y se quedó en un tanga blanco de encaje. Me miraron los dos y empecé a desnudarme. Cuando me quité la camiseta sentí el sudor pegajoso del día encima, y me dio un apuro tonto.
—¿Os importa que me duche antes? Me da reparo así.
—Por supuesto que no —contestó Mariano—. Esa puerta, ahí. Tienes toalla, gel y champú.
—No tardo ni siete minutos.
—Has hecho bien en pedirlo —murmuró Carolina—. Es buena señal.
Me duché rápido, tratando de poner orden a la cabeza. Cuando salí, con la toalla a la cintura y el pelo todavía húmedo, Mariano estaba en calzoncillos en el sofá, marcando un paquete que prometía. Carolina se levantó y vino hacia mí. Se pegó hasta que sus pechos rozaron mi piel.
—Sin pelos por aquí abajo… eso nos encanta —susurró mientras tiraba de la toalla y la dejaba caer al suelo.
Su mano bajó por mi vientre y me agarró con suavidad. La besé despacio, primero los labios, después abriendo paso a su lengua. Mariano se levantó del sofá y se acercó por detrás de ella, acariciándome el pecho con la mano que le quedaba libre, atento a los pezones. Yo le pasé las manos a Carolina por el culo y deslicé los dedos bajo la goma del tanga para bajárselo. Sentía el bulto de su marido contra el dorso de mi mano, cada vez más firme.
Carolina se separó un momento y se arrodilló. Empezó a lamerme la punta despacio mientras me sostenía los testículos con cuidado. Mariano aprovechó para acercarse a mi boca. Me besó suave, casi probando, y yo le dejé entrar. Cuando nuestras lenguas se encontraron, ya no hubo prisa.
Le bajé el calzoncillo. Tenía la polla parecida a la mía, quizá un poco más ancha, y unos testículos pesados y suaves. Carolina, sin soltar mi miembro, alargó la mano y le agarró a él también, sosteniéndonos a los dos como si quisiera comparar. Estuvimos así un rato, ella alternando la boca y nosotros mordiéndonos los labios sin parar.
—Yo creo que deberíamos subir —dijo Mariano en algún momento—. La cama es más cómoda que el sofá.
—Por mí, encantado —dije.
—Pues vamos —Carolina nos cogió a cada uno de una mano.
***
El dormitorio era una habitación enorme con una cama central que parecía hecha para algo así. Mariano se tumbó boca arriba con la erección apuntando al techo. Me subí de rodillas y, antes de bajar la cabeza, miré a Carolina.
—Aquí tienes lo que me pediste —le dije.
Empecé a comérsela despacio, sintiendo el calor en la boca, la lengua girando en torno al glande, la mano libre acariciándole los muslos. Detrás de mí, Carolina se había puesto a abrirme las nalgas. Sentí un dedo recorriéndome el ano, sin prisa, y después su lengua. Me costó no perder el ritmo.
—Joder, Carolina, así me vas a matar —susurré con la boca llena.
Subí lamiendo desde la ingle de Mariano hasta su pecho, hasta el cuello, hasta los labios. Nos besamos de nuevo, esta vez con menos cuidado. Carolina se tumbó al lado y se masturbaba mirándonos.
—Rafael —dijo—. Quiero que se la metas por detrás. Llevo tiempo soñando con verlo.
Mariano se puso a cuatro patas sin decir nada. Carolina me pasó un bote de lubricante. Le eché en el dedo y en el ano y empecé a abrirle el camino, primero con uno, después con dos. Estaba más blando de lo que esperaba.
—Mariano, tienes el culo de quien ya sabe —dije.
—Carolina me mete un consolador… que tiene para mí —contestó entre gemidos—. Anda, dale ya.
Le puse la punta y dejé que fuera él quien empujara hacia atrás. Entró despacio, con un quejido ronco que se le escapó. Me quedé quieto mientras se hacía a la sensación. Carolina se deslizó debajo de él y empezó a masturbarle y a chuparle los testículos a la vez.
Empecé a moverme. Despacio al principio, sujetándole las caderas, luego más fuerte. Cuando noté que él estaba a punto, frené. Bajé el ritmo hasta sacársela del todo.
—Ni se te ocurra correrte aún —le dije—. Queda mucha noche.
—Hijo de puta… —jadeó él, sonriendo—. Carolina, te toca a ti.
Me dejé caer a su lado. Carolina trepó encima de mí y me besó como si quisiera tragarme. Tenía el cuerpo trabajado, de gimnasio, con unas curvas que se sentían firmes bajo la mano. Le acaricié los pechos y le pellizqué los pezones mientras ella se acomodaba sobre mí. Se sentó despacio, dándome la espalda, apoyada en mis muslos. Entró sin resistencia, empapada.
Mariano se tumbó boca abajo entre mis piernas para comerle el coño desde abajo mientras ella se movía. De vez en cuando, la lengua se le escapaba hasta mis testículos y yo se lo agradecía con un gemido.
—Dios, qué dura la tienes —dijo Carolina, casi sin voz—. Ahora me la metéis los dos.
Se giró hacia mí sin sacarme la polla y se acomodó. Mariano se incorporó detrás. Vi cómo se ponía lubricante en la mano y se la untaba a ella en el ano. Entró con cuidado, milímetro a milímetro. Carolina dejó de moverse y me clavó los dientes en el labio. Yo notaba la polla de Mariano contra la mía, separadas solo por una pared finísima de piel.
—Muévete tú, Mariano —pidió ella—. Yo no puedo… estoy llena.
Él marcó el ritmo. Yo estaba quieto, sintiendo cada empuje a través de su cuerpo. Carolina no paraba de besarme y de pedirme que le apretara los pechos. Cuando empezó a temblarle todo, supe que se venía. Mariano se aceleró.
—Me corro —dijo él, con la voz quebrada.
—Más fuerte, joder —gritó Carolina—. ¡Más fuerte!
—Yo también… —solo me salió eso.
No sé en qué orden acabamos. Sentí varias contracciones, una detrás de otra, y noté que ella se aflojaba sobre mí mientras él se desplomaba contra su espalda. Nos quedamos los tres así un buen rato, jadeando, riéndonos un poco. Carolina se separó la primera, se giró para besar a su marido y después se dejó caer entre los dos.
—Al final no le has dado por el culo a Rafael —le dijo a Mariano—. Me he quedado con las ganas.
—Si Rafael quiere, mañana por la mañana —contestó él, mirándome con una sonrisa lenta—. Los polvos a primera hora son los mejores.
—Hace mucho que no tengo polvos mañaneros —dije, devolviéndole la sonrisa.
Y lo que pasó por la mañana, tal vez lo cuente otro día.