El mecánico joven y lo que pasó en su oficina
Esto pasó hace un par de años. Estábamos en la última semana antes de las vacaciones de invierno; al mes siguiente empezaba a trabajar por primera vez en un local del centro. Esa mañana mi papá me llamó desde la escalera y me pidió un favor: necesitaba que le llevara plata al mecánico del barrio, porque el tipo la necesitaba para comprar repuestos y mi mamá estaba de viaje en Córdoba por trabajo.
—¿Y no puede esperar? —pregunté.
—No puede. Necesita el auto para irse al norte la semana que viene.
Agarré el sobre. Era grueso, con dos billetes más abultados que los otros asomando por el doblez.
***
Hacía calor desde temprano. Me puse una pollera liviana, azul marino, y una musculosa blanca sin corpiño. No quería morirme caminando las diez cuadras hasta el taller. Me miré en el espejo del baño: los pezones se marcaban un poco, pero decidí que no importaba. Me até el pelo, agarré la mochilita con el sobre adentro y salí.
Nunca me habían mirado tanto en la calle. O sí me miraban siempre y ese día lo noté más. Caminé despacio, con el sol en la nuca y la sensación de que cada hombre que cruzaba dejaba la vista clavada en mí dos segundos de más. Una camioneta redujo la velocidad al pasar. No dije nada, seguí caminando.
El taller de Raúl Domínguez quedaba en la esquina de dos avenidas, el mismo que había visitado de chica con mi papá. La entrada olía a grasa quemada y aceite viejo. Adentro, dos hombres trabajaban en un auto levantado; otro soldaba algo en un rincón. Uno de ellos se paró y se me acercó limpiándose las manos en un trapo negro.
—¿En qué te puedo ayudar?
—Busco a Raúl. Vengo de parte de mi papá, Víctor Ferreyra. Tengo que dejarle algo.
—Raúl no está. Pero está su hijo, Marcos. ¿Querés que avise?
—Sí, gracias.
Subió por una escalera de metal mientras los demás me miraban sin disimulo. Volvió un rato después.
—Dice que subas.
Miré la escalera. Era alta, de rejas metálicas con diamantes de alambre. Me aferré a la pollera con una mano y subí despacio, sin atreverme a bajar la vista hacia los que quedaban abajo. Llegué arriba y golpeé el vidrio de una puerta que decía «Administración».
—Sí, pasa.
***
Marcos Domínguez era mucho más joven que su padre. Lo primero que vi fue la sonrisa: amplia, blanca, genuina. Estaba descolgando unos pósters enrollados que fue apilando sobre el escritorio de vidrio. Cuando me vio, soltó el rollo y se acomodó el pelo.
—¡Ah! La hija del gallego Ferreyra. Qué grande que estás.
Se reía. Yo no sabía bien qué decir. Me preguntó si me acordaba de él; no me acordaba. Dijo que cuando yo tenía diez u once años venía con mi papá y él me traía al despacho con papeles en blanco para que dibujara mientras los hombres hablaban de autos.
—Eras flacucha —dijo—. Ahora sos distinta.
En los antebrazos tenía un tatuaje tribal, casi borrado. La camisa con las mangas enrolladas le hacía parecer más joven todavía. Me invitó a sentarme del otro lado del escritorio y estuvimos charlando. Me preguntó qué hacía, le conté que estaba terminando el secundario y que en agosto empezaba a trabajar. Me dijo que él había hecho algo parecido a mi edad.
—Los que tienen el auto pagan los estudios —dijo, y se rió de algo que no compartí del todo pero que igual me arrancó una sonrisa.
***
Cuando el mediodía se acercó, me propuso quedarse a comer.
—Pedí algo. Te invito. Igual ya perdiste el horario del colectivo.
Dudé. Acepté.
La comida llegó en bandejas de telgopor. Él preparó la mesa improvisada sobre el escritorio: dos tenedores, dos vasos con agua fría. Me sirvió primero. Comimos en silencio al principio, un silencio que no incomodaba. Hablaba de los clientes que no pagaban, del precio de los repuestos, de cómo había cambiado el barrio.
Yo cortaba la carne con cuidado porque la pollera se me subía cuando separaba las piernas. Para cortar tenía que usar las dos manos, y en esos momentos dejaba de poder bajarla. Una vez levanté la vista y lo vi mirando. No aparté los ojos cuando los nuestros se cruzaron.
—¿Cuántos novios tenés? —preguntó de repente.
Me atraganté. Tomé agua rápido; un poco se me derramó sobre la pierna. Él se paró, buscó un trapo limpio y se agachó a limpiarme. La mano rozó la tela húmeda, después rozó la piel. Se quedó quieto un momento. Yo no me moví.
—Perdón —dijo.
—No tengo novio —contesté.
Levantó las cejas como si yo le hubiera dado una información valiosa. Volvió a su silla. El silencio cambió de textura.
***
Me acordé del sobre cuando vi que los dos nos habíamos quedado sin hablar, mirando la mesa vacía.
—Te doy la plata —dije.
—Sí, como quieras.
Fui hacia el rincón, me agaché para abrir la mochila, y escuché que él hacía un sonido entre la risa y el suspiro.
—Quedate así —dijo en voz baja.
Me di cuenta de que la pollera se había levantado y que desde donde él estaba podía ver el comienzo de mi cola y el borde de la tanga. En lugar de levantarme, me quedé en cuclillas y empecé a sacar el sobre muy despacio. Escuché que se paró y caminó hacia mí.
Se agachó a mi lado. Le di el sobre. Sus dedos rozaron los míos; después rozaron algo más. Me levanté. Quedamos de pie, muy cerca. Él lo abrió sin dejar de mirarme.
—Falta la mitad —dijo.
Me temblaron las manos. Era verdad: mi papá había mandado solo la mitad.
—¿Podés empezar igual? Te lo traigo mañana, te lo juro.
—No depende de mí. El proveedor quiere la plata hoy. En una hora viene con el repuesto.
—Por favor —dije—. Mi papá lo necesita sí o sí.
Él no contestó. Yo tampoco supe qué más decir. Hubo un momento en que el aire de la habitación cambió, se hizo más espeso. Me arrodillé. No sé si fue una decisión o si simplemente pasó, pero me arrodillé en el suelo de madera frente a él y apoyé los codos en sus rodillas.
Él me miraba con el ceño fruncido. No se movió.
Deslicé las manos hacia arriba, sobre sus muslos. Sentí que algo se tensaba debajo de la tela del pantalón. Lo miré. Él bajó la vista hacia mí y vi que tragaba saliva.
—Quizás tengo algo guardado —dijo con voz diferente.
—¿Sí? —Me incliné un poco más. Apoyé la mejilla en su rodilla y lo seguí mirando con los ojos bien abiertos—. ¿Cuánto tenés?
La mano derecha se me fue sola. La mantuve a un centímetro del bulto. Solo se rozaban los calores: su cuerpo y mi palma. Exhaló despacio. Me tomó la mano con suavidad y me la acercó. Después, con la otra mano, me abrió los labios con el pulgar.
Lo recibí con la punta de la lengua.
***
Lo que pasó después lo recuerdo en fragmentos, como si la memoria hubiera decidido guardar solo los momentos más concretos. El frío del escritorio de vidrio contra las palmas de mis manos. El olor a metal y a comida que quedaba en el aire. El ruido sordo de los golpes metálicos que subían desde el taller de abajo y que a veces me hacían apretar los dientes.
Le desabroché el pantalón con cuidado, mirándolo todo el tiempo. Lo saqué despacio. Junté saliva en la lengua y se la mostré antes de acercarme. Él tiró la cabeza hacia atrás pero volvió enseguida, porque no quería perderse nada. Lo tomé con la mano y fui bajando. Movía la lengua en círculos lentos. Me enredó los dedos en el pelo pero no empujó; los dejó ahí, apoyados.
Se paró de golpe. Me levantó por los hombros, me dio vuelta y me empezó a besar el cuello. Las manos le iban a todos lados: la pollera, la musculosa, la tanga. Sentí sus dedos pasarme por los labios de la vagina y me temblaron las rodillas. Gemí contra la ventana.
Me acomodó contra el escritorio. La espalda hacia él, los brazos apoyados en el vidrio frío. Me subió la pollera, me corrió la tanga a un lado. Empezó desde abajo, con la boca. Metió la lengua y los dedos al mismo tiempo, y yo tuve que morderme el labio para no hacer ruido, porque la gente del taller seguía ahí abajo.
—Cogeme ya —pedí, y me salió más suplicante de lo que quería.
Se paró. Me giró. Me apoyó contra el vidrio de frente; los pezones se me pusieron duros con el frío. Nos besamos y sentí el peso de su cuerpo entrar en mí de golpe, sin aviso. Los tejidos se abrieron, el calor fue subiendo despacio desde la pelvis hasta el pecho. Encontramos el ritmo sin hablarlo.
***
En un momento me levantó con los brazos agarrándome por debajo de la cola y me sentó en el escritorio. Estuvimos así un buen rato, frente a frente, con sus manos en mi cintura marcando el ritmo y yo aferrada a su cuello. Me chupó los pechos. Me puso la mano en la boca y chupé su dedo sin que me lo pidiera.
Después me dio una cachetada suave en la mejilla.
—Más —le dije, y él lo hizo de nuevo, un poco más fuerte.
Empujó la silla para atrás, me paró, me dio vuelta. Otra vez el frío del escritorio contra los pechos.
—Pará —dije.
—Callate —contestó, y se arrodilló detrás de mí.
Lo que hizo entonces fue violento y húmedo y necesario. Me abrió con ambas manos y usó la boca sin pedir permiso. Me temblaban las piernas. Cuando se paró, escuché que se escupía la mano y sentí que volvía a entrar por delante mientras un dedo empezaba a bordear el ano. Intenté agarrarle el brazo con el mío; lo sujetó y lo llevó hacia adelante.
El dedo entró despacio. Dolía. Pero no quería que parara.
Fui subiendo el volumen del gemido a medida que el dolor se convertía en otra cosa. Los movimientos se sincronizaron. Escuchaba su respiración acelerarse al mismo ritmo que la mía. El agua se me caía por la espalda. Apoyé la mejilla contra el vidrio frío y cerré los ojos.
Cuando lo escuché llegar al límite, me tomó del pelo. Entendí. Me puse de rodillas.
Se terminó sobre mi cara. Lo limpié con los dedos. Lo miré desde abajo y sonreí.
***
Nos quedamos en silencio unos minutos. Él me buscó una toalla de papel. Yo encontré la tanga, me la puse, acomodé la musculosa. El cuarto olía a sexo y a comida fría.
—¿La gente de abajo...? —pregunté.
—Están en la oficina de abajo. No escucharon nada.
No supe si creerle.
Busqué el celular en la mochila. Eran las dos y media. Vi el sobre, con la bandita elástica rota al lado.
—No me animo a salir —dije.
—Salís tranquila. Y la plata no importa; decile a tu papá que lo empezamos igual. Que venga cuando pueda.
Le di un beso corto en la boca. Agarré la mochila y salí.
Todos levantaron la vista cuando bajé. Uno le dijo algo al oído a otro. Alguien soltó una risa corta. Miré los diamantes de alambre de la escalera mientras descendía y un tipo que estaba debajo apartó los ojos con lentitud. Pensé en taparme la cara con la mochila. Decidí no hacerlo.
Salí a la calle. El sol seguía igual de fuerte. Me puse los anteojos y volví a casa caminando despacio, con las piernas cansadas y el calor subiéndome desde los pies.