El permiso que Bruno le dio a su jefe
Era viernes, casi las nueve de la noche, y Bruno llevaba tres horas peleándose con un módulo del servidor que se negaba a compilar. Tenía los auriculares puestos, el monitor a media luz y la espalda dolorida de tantas horas en la misma silla. El timbre sonó dos veces antes de que se quitara un auricular y prestara atención.
Desde la sala escuchó la voz de su madre respondiendo con esa naturalidad alegre que tenía siempre, sin importar la hora. No se levantó. Pensó que sería algún vecino o un repartidor con la dirección equivocada. Volvió al código.
Marisol abrió la puerta sin pensar en cómo iba vestida. Acababa de salir del baño y se había puesto el conjunto nuevo que se compró el sábado anterior en la tienda del centro: un sostén de encaje negro y una falda corta de satén morado que le quedaba ceñida hasta donde empezaban los muslos. Pensaba pasar el resto de la noche en su cuarto viendo la novela. No esperaba visitas. Y menos al jefe de su hijo.
—Buenas noches, señora Marisol… disculpe la hora —balbuceó don Eduardo, con la voz una octava más baja de lo habitual—. Es que Bruno no contestaba el celular y traigo unos papeles del proyecto de mañana.
Don Eduardo tenía cincuenta y cinco años, una barriga prominente y un bigote canoso que se movía cuando estaba nervioso. Esa noche se movía mucho. Sus ojos se quedaron clavados primero en el escote y después, cuando ella se giró para cerrar la puerta, bajaron sin disimulo hacia donde el satén se tensaba sobre las caderas.
—Pase, pase —dijo Marisol sin notar la mirada—. Voy a llamarlo. ¿Le sirvo un café?
—Si no es molestia, señora.
Caminó hacia la cocina y don Eduardo la siguió con el cuello rojo y la garganta seca. Cada paso de ella hacía que la falda subiera un milímetro, y cada milímetro era una tortura que el hombre soportaba con la respiración corta. Cuando se inclinó para sacar una taza del cajón inferior, el satén se ciñó tan apretado que dejó marcada hasta la línea del tanga.
Bruno apareció en el pasillo con el pendrive en la mano, listo para resolver lo que fuera y volver a su pantalla. Se detuvo dos pasos antes de la sala. Don Eduardo estaba parado junto a la mesita del café, taza en la mano, pero sus ojos no estaban en la taza. Estaban en su madre mientras ella servía el agua caliente.
Lo que vio Bruno duró menos de tres segundos. Pero fue suficiente.
El jefe levantó la vista y se cruzó con la suya. Por una fracción de segundo se quedó congelado, la cara roja como un farol. Bruno tuvo dos opciones en ese instante. La primera era armar un escándalo: gritarle, echarlo, llamar a su madre para que lo viera. La segunda era más silenciosa. Más interesante.
—Don Eduardo —dijo con una calma que lo sorprendió incluso a él—. Llegó. Perdón por no contestar, estaba en una llamada con el servidor.
Caminó tranquilo hasta donde estaba su madre, le dio un beso en la mejilla y le quitó la taza de las manos.
—Yo termino, ma. Siéntate un rato.
Marisol sonrió, se excusó con un gesto y dijo que iba al baño un minuto. Desapareció por el pasillo y el silencio se quedó pesado entre los dos hombres.
Bruno se apoyó en la encimera, fingiendo revisar el pendrive. Don Eduardo carraspeó, dejó la taza sobre la mesita y se pasó la mano por la frente. El sudor le brillaba en las sienes.
—Muchacho… perdóname, eh. No quise faltarte el respeto. Es que tu mamá… es que esa mujer… —tragó saliva ruidosamente—. No la ves todos los días.
Bruno dejó que el silencio se estirara unos segundos. Era el mismo silencio que usaba cuando revisaba un bug complicado y todavía no decidía si valía la pena perseguirlo. Levantó los ojos, sin reproche.
—Tranquilo, don Eduardo. Disfrute la vista mientras pueda.
El hombre parpadeó. La frase no encajaba en ningún libreto que tuviera preparado. Soltó una risa nerviosa que le hizo temblar la barriga.
—Eres un buen chico, Bruno. No sé qué decir.
—No diga nada todavía.
***
Marisol volvió por el pasillo con la misma lencería, ajena al cambio de temperatura en la cocina. Bruno la recibió con naturalidad, como si nada hubiera pasado.
—Ma, ¿me pasas el cargador del celular? Creo que lo dejé en el cajón de los cables, el de la derecha.
Ella se acercó a la encimera y se inclinó hacia adelante para abrir el cajón. La falda se levantó por completo. Don Eduardo, que estaba en el ángulo correcto, dejó de respirar. Bruno fingió mirar su teléfono, pero de reojo vio cómo a su jefe se le marcaba el pulso en el cuello.
—Está hecho un desastre este cajón, ma. Déjame ayudarte.
Bruno estiró el brazo por encima de ella, y al hacerlo su mano rozó el borde de la tela y la subió un centímetro más. Casual. Como quien acomoda un cojín al pasar. Marisol no se movió, concentrada en rebuscar entre los cables.
—¡Lo encontré! —exclamó Bruno, sacando el cargador como si nada hubiera ocurrido.
Su madre se enderezó con una sonrisa agradecida, completamente ajena. Don Eduardo bebió el último sorbo del café con la mano temblando.
—Bueno, chicos, los dejo —dijo Marisol bostezando—. Me voy al cuarto a ver mi novela. Bruno, compórtate que hay visitas.
Bruno se levantó, la besó en la mejilla y, al despedirse, le dio una palmada ligera en la curva inferior de una nalga. Un gesto cotidiano, de esos que entre ellos eran cariño viejo. Marisol soltó una risita resignada.
—Hijo, en serio. Hay gente.
Bruno miró a don Eduardo de reojo y le guiñó un ojo. Su mano se demoró un segundo más de lo necesario en el lugar del golpe. Después se apartó.
Marisol se fue por el pasillo dándole las buenas noches al jefe sin notar nada. La puerta del cuarto se cerró con un clic suave.
***
Bruno volvió al sofá, conectó el pendrive a su laptop y abrió el reporte del proyecto. Don Eduardo seguía clavado en el sillón, con las piernas cruzadas y la respiración entrecortada.
—El bug del módulo de pagos debería estar parchado con la versión que subí esta tarde —dijo Bruno deslizando el dedo por el touchpad—. ¿Usted alcanzó a ver el reporte final?
—Lo vi, muchacho, lo vi… buen trabajo —la voz del jefe era ronca, opaca, como si estuviera respondiendo otra pregunta—. Carajo. Con todo esto del estrés uno no duerme ni mierda.
Bruno sonrió de lado, sin mirarlo. El silencio se estiró otros diez segundos. Solo se oía el zumbido del ventilador y el tic del reloj de la pared. Don Eduardo se removió en el sofá buscando una postura que disimulara lo evidente. Después, en voz baja, casi un susurro, soltó la pregunta:
—¿Tu mamá tiene novio?
—¿Por qué pregunta, don Eduardo?
El jefe se pasó la lengua por los labios resecos. Miró un punto fijo en la alfombra, como si estuviera ensayando las palabras antes de soltarlas.
—Bruno, escúchame bien. No quiero embarrarla. No quiero que mañana en la oficina me mires raro o que esto se vuelva un problema. Por eso te lo pregunto directo —tomó aire—. ¿Me das permiso?
—¿Permiso de qué?
—De acercarme. Despacio. No como un animal. Empezar por ponerle la mano en la cintura mientras le ayudo a alcanzar algo en la cocina. Abrazarla por detrás y dejar que sienta. Si ella se aparta, me detengo y me voy. Pero si se ríe, si se queda quieta como si fuera juego… ¿me dejas seguir? ¿Me das tu bendición para intentarlo?
Bruno lo miró largo. Los ojos del jefe brillaban con algo que no había visto nunca en una sala de reuniones: hambre vieja, contenida durante años.
—Permiso concedido —dijo al fin—. Pero no hoy. Guárdelo para otro día.
Don Eduardo cerró los ojos un segundo, como si acabara de recibir una noticia que llevaba semanas esperando.
—Trato, muchacho. Trato. Carajo, eres un diablo calculador. Pero me caes bien.
—Mañana hablamos en la oficina.
***
El jefe se levantó pesado y se dirigió a la puerta. Bruno lo detuvo con una mano en el hombro antes de que llegara al pasillo.
—Espere. Antes de irse le voy a dar una pruebita. Nada fuerte. Solo para que vea cómo reacciona.
—¿Una pruebita?
—Vaya al cuarto de mi mamá a despedirse. Dígale que se va, que gracias por la hospitalidad, y abrácela. Un abrazo de esos que da un amigo de la familia. Si se deja, si se queda quieta o se ríe como siempre, le da una palmada ligera al despedirse. Igual a la que le doy yo. Si se aparta o se molesta, se disculpa y sale.
Don Eduardo se quedó parado en mitad de la sala, mirándolo como si lo estuvieran probando a él.
—¿Y si me manda al carajo?
—No lo va a hacer. Para ella esas cosas son cariño. Vaya tranquilo. Yo me quedo aquí escuchando. Si algo sale mal, entro y lo arreglo.
El hombre asintió despacio, como sonámbulo. Caminó por el pasillo con pasos cuidadosos. Bruno se sentó en el sofá y subió el volumen del televisor lo suficiente para taparles el rumor de las voces sin perdérselas del todo.
Don Eduardo golpeó suave la puerta entreabierta.
—¿Señora Marisol? Soy yo. Vine a despedirme.
Desde adentro se oyó la voz dulce de ella, con el sonido de la novela bajito de fondo.
—Pase, don Eduardo. ¿Ya se va? Qué pena, tan temprano.
Empujó la puerta. Marisol estaba sentada en la cama, recostada contra las almohadas, el control remoto en la mano y la lencería todavía puesta. La lámpara de noche le iluminaba apenas la mitad de la cara, dejando el resto en penumbra. Le sonrió con esa calidez de siempre.
—Gracias por todo, señora Marisol. Por el café, por recibirme tan tarde. Es usted un encanto.
—No hay de qué, don Eduardo. Venga, un abrazo de despedida.
Ella se levantó y lo abrazó primero, rodeándole el cuello con los brazos. Don Eduardo la envolvió con los suyos, sintió el calor del cuerpo a través del satén, el perfume con olor a vainilla, los senos rozándole el pecho. Tuvo que cerrar los ojos para no jadear. El abrazo duró dos segundos más de lo que un abrazo de despedida normal dura.
Al separarse, antes de girarse hacia la puerta, levantó la mano e imitó exactamente el gesto de Bruno. Una palmada ligera, firme, sobre la curva inferior expuesta por la falda corta. El sonido fue seco. El satén tembló un instante.
Marisol soltó una risita sorprendida y se llevó la mano al lugar del contacto. Las mejillas se le pusieron del color del satén.
—Ay, don Eduardo…
No había enojo. Solo esa diversión dulce, casi infantil, como si fuera una broma entre amigos viejos.
—Perdón, señora… es que… buena noche, ¿eh? Gracias de nuevo.
Salió rápido. Cerró la puerta con cuidado.
***
En la sala, Bruno lo esperaba con los brazos cruzados y una sonrisa apenas dibujada.
—¿Y? ¿Cómo fue?
Don Eduardo se limpió el sudor con el dorso de la mano. Todavía temblaba.
—Se rio, muchacho. Carajo, se rio y dijo que era igualito a ti. No se molestó. Ni un poquito.
Bruno asintió, apagó la luz de la sala y le abrió la puerta principal.
—Bien. Eso era lo que quería ver. Ahora váyase tranquilo, don Eduardo. La próxima vez será más que una palmada.
El jefe salió a la calle con las piernas todavía flojas. Bruno cerró la puerta, le puso el seguro y se quedó un momento apoyado contra ella, escuchando el motor del auto alejándose. Después caminó hasta su cuarto, se sentó frente al monitor y volvió al código.
El bug del módulo de pagos podía esperar hasta el lunes. Tenía cosas más interesantes en las que pensar.