La tarde que mi tía me confesó todo en el cobertizo
Mercedes tenía cuarenta y dos años, era bajita, morena y de complexión corriente. Ni gorda ni delgada, ni guapa ni fea. Llevaba siempre el pelo recogido en un moño y vestía con la sobriedad de las mujeres que parecen haber nacido en otra década. A primera vista, nadie habría apostado un solo billete a que mi tía conociera otra postura que no fuera el misionero. A primera vista.
Yo era su sobrino preferido. En toda la aldea me llamaban Adrián desde niño y, según mi madre, había heredado la espalda ancha del abuelo y la maña para los trabajos del campo. Aquella mañana había ido a podarle a Mercedes las ramas del cerezo que invadían la finca de su sobrina Lucía, una rubia de veintiséis años, ojos verdes y caderas anchas, casada con un marino mercante embarcado en algún punto del Atlántico. Lucía era el reverso exacto de mi tía: alta, descarada, con una sonrisa que prometía problemas y dos años de matrimonio aburrido.
Lo que sigue lo cuento yo, en primera persona y con el detalle que da el tiempo.
Habíamos terminado de aserrar las ramas cuando Mercedes me pidió que entráramos en el cobertizo a comer algo. Nos sentamos sobre dos troncos de roble con un par de bocadillos de anchoas y una jarra de vino tinto en el suelo. Romeo, el gato amarillo de rayas marrones, nos miraba desde un montón de sacos relamiéndose los bigotes. Por la ventana lateral entraba una luz oblicua de tarde de septiembre. Los grillos, instalados entre la leña, habían vuelto a empezar su música seca apenas paramos la sierra.
Yo estaba a pecho descubierto. El sudor del trabajo todavía me corría por el esternón y, aunque no quería reconocerlo, sabía que mi tía me miraba más de lo que correspondía. Ella llevaba una camiseta blanca y una falda marrón que en otras circunstancias le habría llegado a media pantorrilla, pero al sentarse se le había trepado hasta dejarle a la vista más muslo del que el reglamento familiar permitía. La camiseta blanca, empapada por el sudor, se le pegaba al pecho y dejaba leer dos pezones que no admitían discusión. Mercedes no llevaba sujetador, y no lo llevaba por descuido.
Cerré por dentro la puerta del cobertizo con la tranca de madera. Ella sonrió como si no se hubiera dado cuenta, pero se había dado cuenta perfectamente.
—¿Puedo preguntarte algo personal? —dijo, sirviéndome vino.
—Pregunta.
—Por la aldea se dice que te lo hiciste con tu prima Lucía. ¿Es verdad?
Vacié la taza de un trago y la dejé en el suelo.
—La gente que no tiene qué hacer le da a la lengua. Lucía está casada.
Mercedes se llevó el vino a los labios. Una gota se le escapó y le cayó al lado del pezón derecho, marcando la tela. Se pasó el dedo medio por encima, lo subió hasta el pezón, lo recogió y después se lo chupó sin dejar de mirarme. No era un descuido. Era una declaración.
—Y su marido está embarcado —añadió.
Miré despacio hacia sus piernas. Las abrió un poco más, lo justo para que entendiera que no llevaba bragas. Una mata de vello negro asomaba bajo la falda. Le sostuve la mirada.
—Y el tuyo en Suiza.
Lo dije sin pensar, y ella encajó el golpe como si lo esperara.
—Por eso sé que tiene ganas. ¿Se las quitaste tú?
—No soy como Esteban. ¿Tienes una marca de nacimiento en la nalga derecha, tía?
El gesto de mujer austera se le cayó de la cara en un segundo y mutó a otra cosa.
—¡Hijo de puta!
No supe si me lo decía a mí o a Esteban, el primo bocazas. Pregunté:
—¿A quién?
—A Esteban. ¿Quién más lo sabe?
—Lucía. Y también sabe una historia muy interesante sobre tu despedida de soltera. ¿Qué historia es esa, tía?
—A esa lengua se la corto.
—¿Tan comprometedora es?
—¿No te la contó?
—No —mentí.
—Pues yo tampoco te la voy a contar.
Dejé que la curiosidad se cociera en su jugo unos segundos. Luego tiré la moneda al aire.
—Cuéntamela y yo te digo qué pasó con tu sobrina.
Mercedes se pasó la lengua por los labios.
—Vale, te cuento. Pero como te calientes y te dé por meterte conmigo, vas a tener un problema.
—Cuando lleguemos a esa fuente veremos si está seca o si echa agua.
—Fue hace muchos años. Salimos al monte tres amigas a celebrar mi despedida. Carmela, Pilar y yo. La luna llena permitía ver bastante bien. Llevábamos tres botellas de blanco y nos las habíamos bebido por la mitad. Estábamos contentas, contábamos chistes verdes y nos hacíamos cosquillas que ya no eran cosquillas. Las manos se nos iban donde no debían. Apareció Tomás con un garrote, un cuarentón del montón que andaba siempre con un pelotazo encima. Al vernos toquetearnos, dijo que lo que nos hacía falta no eran cosquillas.
—Cuéntame más.
—Nos miramos las tres, nos levantamos a la vez y al grito de «¡a desabrocharle el pantalón!» corrimos hacia él. Tomás era flacucho de joven, y cuando Pilar chocó con todo su pecho contra el suyo, lo tumbamos en la hierba. Carmela le sujetó los hombros, Pilar le bajó el pantalón y los calzoncillos, y a mí me tocó la peor parte: agarrarle la cosa con la mano abierta y frotársela con hierba y tierra. Lo hicimos por joder. Pensábamos que iba tan borracho que ni se enteraría.
—¿Y se enteró?
—Se enteró tanto que aquello me creció en la mano hasta convertirse en algo que ya no parecía humano. Las tres nos apartamos como si lo hubiera mordido un perro rabioso. Tomás se sentó, se rió y nos dijo: «¿Nunca habíais visto una en condiciones?». Te lo juro, Adrián, aquella picha imponía respeto.
Le serví más vino. Mercedes bebió sin dejar de mirarme.
—Sigue.
—Se hizo el chulo. Nos propuso un trato: si nos hacíamos un dedo delante de él y le dábamos vino, no le contaba a nadie del pueblo el ridículo del garrote. Yo no entendía qué era hacerse un dedo. Le pregunté como una idiota: «¿un dedo de qué?». Las otras se rieron y él me explicó con paciencia que era tocarse para correrse. Yo iba virgen al matrimonio. Lo más atrevido que había hecho con mi novio entonces era darle la mano y un beso seco en la mejilla. Le dije que no sabía.
—¿Y?
—Carmela, que ya estaba caliente como una sartén, le soltó: «Pues enséñale tú, y luego ella nos enseña a nosotras». Tomás se acercó y me preguntó si quería correrme «como un hombre». Le dije que sí sin saber muy bien qué estaba aceptando. Aquella noche estaba afeitado, olía a colonia de las baratas y bajo la luz de la luna lo encontré, no sé, casi guapo. Me besó con lengua y se me cerraron las rodillas solas. Después me dijo que tenía que dejarle jugar con mis tetas. Me desabotonó la blusa, me subió el sujetador y mamó como si llevara siglos sin hacerlo. Yo notaba un calor que me subía desde las pantorrillas y un manantial empapándome las bragas. Quiso comerme el coño, pero le dio vergüenza insistir. Me metió la mano por debajo de la falda, pasó dos dedos por el coño, los subió mojados al clítoris y me lo frotó mientras me seguía besando. Fue mi primera corrida, Adrián, y duró tanto que pensé que me iba a quedar ciega.
Mercedes había vuelto a abrir las piernas. Yo llevaba un buen rato con el pantalón apretándome. Ella vio el bulto, le brillaron los ojos y se mordió el labio.
—Y por eso me casé con Tomás —cerró—. Después le aprendí muchas cosas a Carmela y a Pilar, pero esa es otra historia. Ahora cuenta tú lo de Lucía. Con detalles.
Me arrodillé delante de ella en lugar de contestar. Le cogí un pie.
—¿Qué vas a hacer?
—Mirar si la fuente está seca o si echa agua.
—Echa agua. Y soy insaciable, ya te aviso.
Le quité una zapatilla. Le besé la pantorrilla, el hueco de la rodilla, subí por la parte interna del muslo hasta que la falda me obligó a detenerme. Repetí con la otra pierna. Después la hice levantarse, me senté yo en el tronco y le pedí que se echara sobre mi regazo. Lo hizo sin decir palabra. Le subí la falda y le dejé el culo a la altura de mis manos. Mercedes tenía un culo blanco, generoso, con una mancha de nacimiento del tamaño de una mariposa en la nalga derecha. Esteban no me había mentido.
—¿A la guapita de cara le gusta que le den en el culo? —pregunté, dándole una palmada.
—Le encanta.
Le di dos azotes más, después dos dedos al coño. Lo encontré todo encharcado y muy estrecho. Llevaba meses sin follar y se notaba.
—Lucía es una guarra —susurró, hablando de su sobrina como si no fuera ella la que estaba con el culo al aire.
Cogí una de sus zapatillas y le di un par de veces en cada nalga con la suela de goma. Mercedes se quejaba y gemía a partes iguales, con esa mezcla que pone la sangre a hervir. Le pasé un dedo por el ano. Lo lubriqué con su propio jugo y le metí la mitad. Empujó hacia atrás.
—¿Quieres que pare?
—No. Hazle lo que le hiciste a ella.
Le saqué el dedo y se lo puse bajo la nariz. Lo olió. Por un instante volvió a su cara de mujer austera. Después lo lamió como si llevara años queriendo hacerlo.
—¿Te gusta el sexo guarro? —preguntó.
—Más que a un crío un caramelo.
La saqué del regazo, la puse de pie y le quité la falda. De su coño caían gotas. Olía a jabón casero y a pan recién horneado. La cogí por la cintura y se lo lamí entero, abriéndole los labios con la punta de la lengua. Se aferró a mis hombros y empezó a temblar enseguida.
—¡No, no! ¡Me corro si sigues!
Paré, pero ya era tarde. Sus manos se me clavaron en la nuca apretándome contra ella. La pelvis le subía y bajaba sola. Soltó un río de jugos templados que me cubrió la boca y la barbilla.
Cuando recobró el aliento, me quitó el cinturón y me bajó el pantalón. Sus tetas, libres por fin, estaban algo caídas pero gruesas, con areolas grandes color carne y pezones duros como canicas. Me besó con la boca llena de su propio sabor. Después se puso en cuclillas y la mamó como una mujer que sabe lo que hace: lamió los huevos, los chupó, recorrió la longitud entera con la lengua, me masturbó con la mano libre. Cuando me corrí en su boca, no perdió una gota. Tragó y se relamió.
—Estabas sabroso, cabronazo.
Romeo seguía mirándonos desde su trono de sacos. Los grillos no habían parado. Mercedes se incorporó, fue a una esquina y empezó a tender media docena de sacos en el suelo para hacernos una cama. Mientras se agachaba, le vi el coño peludo y el ano, un ano marcado por el uso. Cuando terminó, se tumbó y palmeó el saco a su lado.
—Ven y dime qué más le gusta a Lucía.
—¿Quieres detalles?
—Quiero detalles y quiero que me hagas lo mismo.
Me tumbé sobre ella. Le di la vuelta, le besé las nalgas, le abrí el coño con dos dedos y se los follé. Después la puse a cuatro patas y le pasé la lengua del ano al clítoris, una y otra vez, hasta que la sentí volver a temblar. Entonces me la metí por el culo, despacio, milímetro a milímetro, sujetándole las caderas para que no se moviera. Mercedes mordió el saco para no gritar.
—Así, exactamente así, se lo hice a tu sobrina —dije, empezando a moverme—. Hasta que me pidió que se la metiera por delante.
—¿No tenía miedo de quedarse preñada?
—Le daba igual. Se corrió como una perra dos veces. La segunda con mi semen saliéndole del coño y mi lengua dentro.
—¡Cerdo!
—Y yo me lo tragué.
—¡Eres un puerco asqueroso!
—Soy así. Me gusta darle gusto a las mujeres.
Saqué la polla de su culo y se la pasé por la raja del coño sin meterla. Mercedes empezó a empujar hacia atrás, buscándola.
—¿Sabes lo último que me dijo Lucía antes de correrse, tía?
—¿Qué te dijo la enferma de tu prima?
—«Quiero correrme en tu boca, Mercedes».
—Mientes.
—No miento. Tu sobrina estaba conmigo y pensaba en ti.
Hubo un silencio largo. Después un susurro:
—Me encantaría comerle la almeja. Nunca lo hice con otra mujer.
Le metí media polla en el coño. Ella empujó y se la tragó entera. Mercedes empezó a follar con un ritmo lento, casi tímido, y enseguida se volvió mucho más sucio. Le agarré los pezones con los dedos y se los apreté. Mis huevos chocaban contra su clítoris en cada estocada.
—¡Me corro, Adrián, me corrooo!
Su coño me apretó la polla como una mano cerrada y la bañó de jugos calientes. Cuando me sentí venir, no salí. Me corrí dentro, hasta la última gota. Sus gemidos se volvieron suaves, casi dulces.
Después se tumbó boca arriba sobre los sacos. Metió dos dedos en el surco de su coño, recogió mi semen mezclado con el suyo y se los chupó sin dejar de mirarme. Esta mujer no es la misma que se sentaba a rezar el rosario los domingos, pensé.
—Un buen pellizco si me comes el coño hasta que me vuelva a correr.
¿Qué pensáis que hice?
Adrián.