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Relatos Ardientes

El sábado que el casero tocó mi puerta

Aquella tarde de febrero el calor todavía pegaba fuerte contra los cristales del piso, como si el verano no quisiera entregar la ciudad sin pelea. Me llamo Marina, tengo treinta y ocho años, soy morena clara, de ojos castaños y melena negra hasta media espalda. Llevo bien la edad, eso me dicen. Aunque ya nadie me confunde con una veinteañera, todavía conservo el cuerpo firme y el trasero por el que mi marido se casó conmigo.

Esta es una confesión que no le he contado a nadie. Ni a mi mejor amiga, ni a mi terapeuta y mucho menos a Damián, mi marido.

Damián se había marchado el lunes a una feria comercial en otra ciudad. Diez días, me dijo en la puerta, y me dio un beso apurado antes de bajar al taxi. Diez días son una eternidad cuando una está acostumbrada a dormir abrazada y a follar al menos tres veces por semana. Para el sábado yo era ya un manojo de nervios y deseo. Mi sexo protestaba cada noche, mojaba las sábanas mientras yo soñaba con cosas que no le contaría ni al confesor.

Decidí, entonces, regalarme una tarde para mí. Bajé al súper, subí con una botella de tinto reserva, encendí el aire del salón —que ya casi no enfriaba— y me puse cómoda. Y por cómoda entiéndase: una camiseta de algodón color marfil, tan fina que se transparentaba todo, y una tanga del mismo tono. Nada más. Depilada como me gusta, con apenas una franja en el centro. Casi en pelotas, vaya.

Eran las seis pasadas cuando puse en la portátil uno de esos videos que guardo en una carpeta sin nombre. No recuerdo bien la trama, ni siquiera sé si la tenía. Solo sé que había una chica menuda y un hombre enorme detrás de ella, y que a los tres minutos yo ya tenía la mano por debajo de la tanga y dos dedos hundidos en mí.

Estaba a punto. Lo notaba en los muslos, en el latido del cuello. Iba a correrme en cualquier momento.

Y entonces sonó el timbre.

—¡Mierda! —dije en voz alta, contra nadie.

Pensé en ignorarlo, pero insistieron. Una, dos, tres veces. Después golpes en la madera, firmes, sin disimulo. Quien fuera no se iba a marchar. Me limpié la mano en una servilleta, la única que tenía cerca, y caminé hasta la puerta tratando de recomponer la cara. Me asomé por la mirilla y se me cayó el alma a los pies.

Era don Reynaldo, el dueño del edificio.

Don Reynaldo es un hombre alto, esbelto, de unos sesenta y dos años. Lleva el pelo gris peinado hacia atrás y se viste como si fuera un domingo cualquiera a misa: camisa planchada, pantalón con raya, zapatos lustrados. Tez clara, ojos color avellana con esa mirada de ave de rapiña que parece radiografiar. Vive en planta baja con su esposa, una señora muy devota que toca el timbre del cielo cada domingo.

Lo malo es que llevábamos tres meses atrasados con el alquiler. Damián no quería que el viejo me encontrara sola. «No le abras —me había dicho antes de irse—, dile que ya hablamos el lunes». Pero era sábado, y los golpes seguían.

Abrí.

—Buenas tardes, señora —dijo, y entró sin esperar a que lo invitara.

Cruzó el recibidor con paso firme y se sentó en el sillón como si fuera suyo. Sin mirarme. Empezó con el sermón antes de que yo terminara de cerrar la puerta: que tres meses ya era demasiado, que él era un hombre paciente pero que su paciencia también pagaba facturas, que su esposa le exigía firmeza, que estaba a un paso de iniciar el trámite de desalojo.

A mitad del discurso enmudeció. Levantó la vista por primera vez y se le subieron los colores. Yo recordé entonces lo que llevaba puesto.

La camiseta no tapaba nada. Los pezones se marcaban como dos puntas duras a través del algodón. La tanga estaba húmeda, y no precisamente por el sudor, y se notaba. Para rematar, en la portátil que había dejado abierta sobre la mesa baja seguía corriendo el video, con audio incluido.

—Permiso —dije, y crucé el salón a paso veloz para cerrar la tapa.

Don Reynaldo carraspeó. Me sentí desnuda como nunca y, al mismo tiempo, no me preguntéis por qué, me empezó a calentar.

—Como decía —siguió él, con la voz medio tomada—, este mes era la última oportunidad. Mi señora dice que…

—Don Reynaldo —lo corté—. Mi marido está fuera diez días. No tengo dinero en este momento. Le seré franca: haga conmigo lo que quiera, con tal de que rebaje algo de la deuda.

Lo dije sin pestañear. Apoyé una rodilla en el sillón a su lado y me incliné apenas, lo justo para que la camiseta se abriera un poco más por el escote.

***

Yo conocía a don Reynaldo desde hacía años. Sabía que era un mojigato, un caballero de iglesia, de los que se quitan el sombrero al cruzarse con la portera. Pensé, ingenua, que mi propuesta lo iba a escandalizar tanto que saldría por la puerta tartamudeando, y que para el lunes ya estaría discutiendo con Damián una refinanciación más blanda. Calculaba mal.

—No diga sandeces —respondió, levantándose del sillón—. Yo no soy un degenerado. Tengo esposa. Tengo cuarenta años de matrimonio. ¿Qué clase de…?

Pero no se fue. Se quedó de pie en medio del salón, las manos a la espalda, mirándome.

Le aguanté la mirada. Y entonces, casi por jugar, hice lo que no debía haber hecho. Apoyé la palma sobre su pantalón, a la altura de la bragueta. La tenía dura como un poste.

Don Reynaldo dio un paso atrás. Yo di otro hacia adelante.

—Señora, por favor —murmuró, y la voz se le quebró a la mitad.

—Marina —corregí—. Y no me hable de usted.

Le solté el cinturón despacio, sin que él me apartara la mano. Le abrí el botón del pantalón. Le bajé la cremallera. Su «por favor» se volvió un suspiro corto y ya no protestó más. Metí la mano dentro del calzoncillo. Estaba caliente, tenso, más grande de lo que habría apostado a sus años.

Cuando se la saqué, soltó un quejido bajo. Le miré la cara: tenía los ojos cerrados y los labios apretados, como si librara una batalla privada con su Dios. La perdió en cuestión de segundos. Me sujetó la nuca con una mano firme y empujó mi cabeza hacia abajo.

Me arrodillé en la alfombra. Lo tomé despacio, primero con la lengua, después entero. El viejo cargaba semejante polla que tuve que respirar por la nariz para no atragantarme. Le dediqué tiempo, paciencia, todo lo que sabía hacer con la boca. Pensé en la cara que pondría su esposa si lo viera, en la deuda que se evaporaba con cada chupada, y le dediqué todavía un poco más.

Él me sostenía la cabeza, me dirigía el ritmo, me empujaba hasta el fondo y me dejaba retirarme apenas. Gemía bajito, como si todavía no quisiera reconocer del todo lo que estaba haciendo. Hacía tiempo, supuse, que nadie se la chupaba así. Yo estaba decidida a que tampoco nadie volviera a hacerlo igual.

***

Después de un buen rato me obligó a levantarme. Sin decir nada, me giró y me inclinó sobre el respaldo del sillón. Me apartó la tanga a un lado con dos dedos y se hundió en mí de una sola embestida. Yo seguía mojada de antes, así que entró limpio, hasta el fondo. Apreté los dientes y me agarré al cuero del respaldo.

—Así, así —le oí decir, ya sin pudor.

Me sujetaba la cadera con una mano y con la otra me daba palmadas firmes en la nalga. Aquel era un don Reynaldo que yo no conocía, ni quería conocer, y al mismo tiempo me estaba volviendo loca. Cada embestida me golpeaba el fondo del vientre. Yo gemía contra el cojín para no oírme a mí misma.

Después paró en seco. Salió de mí, me besó la nalga derecha —un beso largo, casi tierno, que no encajaba con todo lo demás— y bajó la lengua. Me lamió de atrás hacia adelante, despacio, una y otra vez. El viejo sabía. Vaya si sabía.

Me dio la vuelta sobre el sillón, me levantó las dos piernas, me las apoyó sobre sus hombros y se acomodó entre ellas. Me lamió el clítoris con la punta de la lengua, en círculos, sin prisa, mientras dos dedos entraban y salían a un ritmo constante. Yo cerré los ojos, eché la cabeza hacia atrás y dejé que ocurriera.

Que no pare. Que no pare nunca.

Me corrí con un grito largo que se me quedó atascado en la garganta. Los muslos me temblaban. No me dio tregua: en el mismo momento en que las contracciones todavía me sacudían, volvió a metérmela y empezó a follarme con un ritmo brutal, prolongando el orgasmo hasta el límite de lo soportable. Yo gritaba, juraba, decía cosas que jamás me había oído decir.

Cuando estuvo a punto, se retiró, se incorporó sobre las rodillas y soltó dos chorros gruesos y blancos sobre mi vientre, hasta el inicio de los pechos. Se quedó respirando fuerte un segundo, los ojos cerrados, y luego se dejó caer de espaldas al borde del sillón.

***

Yo todavía estaba recomponiéndome, con los muslos abiertos y un brillo pegajoso por toda la barriga, cuando lo vi levantarse y empezar a vestirse. No me dijo nada. Sacó un pañuelo blanco del bolsillo, se limpió, se guardó la polla y se cerró la cremallera con esa precisión de hombre que ha repetido el gesto durante cuarenta años.

—Te perdono un mes —dijo por fin, sin mirarme.

—¿Un mes? —respingué, incorporándome de golpe—. ¿Solo un mes?

—Solo un mes —contestó—. ¿Qué pensabas? Considéralo una caridad. Me sedujiste y tuve que ceder por debilidad. Qué pena por tu marido. Seguro que ni se imagina la clase de mujer con la que duerme.

Caminó hasta la puerta sin esperar respuesta. Antes de salir se giró un instante y me dedicó una sonrisa pequeña, casi infantil, que me dejó más fría que todo lo anterior. Cerró la puerta con cuidado, como si no quisiera molestar a los vecinos.

Yo me quedé sentada en el sillón, con el video aún pausado en la pantalla y un nudo entre la rabia y el placer que me costó deshacer.

***

Damián volvió el martes siguiente. Estaba cansado del viaje, pero yo no le di tregua. Me lo monté esa misma noche, y la siguiente, y la otra. Le hice tres veces lo mismo que le había hecho al viejo, y mejor. Damián, encantado, no preguntó nada. Solo me decía que me había echado de menos y se reía cada vez que yo le exigía más.

A la semana siguiente nos llegó el recibo del alquiler con el descuento. Damián frunció el ceño, lo miró dos veces, llamó por el portero automático a la conserjería para confirmar que no era un error.

—¿Te ha rebajado un mes el viejo Reynaldo? —me preguntó después, incrédulo—. ¿A nosotros? Si ese hombre es más tacaño que el hambre.

Yo me encogí de hombros desde la cocina, sin levantar la vista de la sartén.

—Le habré caído en gracia —dije—. A veces pasa.

Damián se rio. Yo también, por dentro y un poco a mi pesar.

A don Reynaldo lo crucé un par de veces más en el portal. Las dos me saludó con un seco «buenos días, señora», con esa cortesía meticulosa de hombre intachable, sin la menor sombra de complicidad en los ojos. Y las dos veces yo sentí, por debajo del vestido, la misma humedad estúpida que había arruinado mi tarde de tinto y porno.

Esta es mi confesión. Y, lo juro, hasta hoy no se la había contado a nadie.

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Comentarios (4)

GabiMza

increible!! me dejo sin palabras jajaja

juancho88

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como termino todo esto

StellaK_22

Me encanto como lo contaste. Se siente real, no exagerado ni burdo. Sigue escribiendo!!

PatriciaMdp

jajaja esa situacion es de las que no olvidás nunca. Muy bien contado, me tuvo pegada hasta el final sin poder soltar el cel

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