El verano que mi tía dejó de ser solo mi tía
La conocí cuando yo tenía doce años y ella estaba a punto de cumplir veintidós. Eduardo, el hermano menor de mi madre, la trajo a casa una tarde de domingo, todavía nervioso, presentándola como su novia. Carolina tenía entonces el pelo más corto, la voz suave y una manera de reír que me dejó callado el resto de la sobremesa.
Se casaron al año siguiente y, con el tiempo, llegaron los tres hijos, los aniversarios, las cenas de Nochebuena en mi casa y los domingos de paella en la suya. Yo iba mucho a quedarme con ellos. Era el sobrino mayor, el que se ofrecía a cuidar a los primos cuando los padres salían, el que dormía en el sofá cuando había tormenta. Carolina me trataba mitad como hijo, mitad como amigo. Y yo la veía pasar los años con esa belleza que no se gasta, sino que se asienta.
Cuando cumplí treinta, nuestra relación cambió de tono. Ya no era el sobrino al que se le explicaban las cosas; era un adulto que podía sentarse con ella a tomar café y hablar de lo que le doliera. Empecé a contarle mis problemas de pareja. Le pedía consejos sobre mujeres, sobre celos, sobre silencios que no se llenaban con nada. Ella me escuchaba sin juzgar, con esa paciencia que solo dan los años, y a veces me decía cosas que mi propia madre nunca se habría atrevido a decirme.
Por esa época, Eduardo y Carolina se mudaron a un chalet a las afueras, con piscina, parrilla y un jardín de naranjos que olía a verano todo el año. La casa se convirtió en el punto de encuentro de la familia los fines de semana de julio y agosto. Llegábamos cargados de neveras, mi madre con sus ensaladas, mis hermanos con cervezas, los primos con altavoces inalámbricos.
Después de comer, los hombres teníamos una costumbre: caminábamos hasta el bar del cruce a tomar café y echarnos unas partidas de dominó. Era un ritual que duraba dos o tres horas, lo justo para que las mujeres se quedaran solas en el jardín. Carolina aprovechaba esas tardes para hacer nudismo en la zona de césped, junto a sus cuñadas. Lo sabíamos todos, pero no se hablaba del tema. Eduardo era celoso, y mi tía evitaba siempre desnudarse cuando él estaba cerca.
Un sábado de finales de julio fingí dolor de cabeza para no ir al bar. La verdad es que llevaba semanas con insomnio por discusiones en mi casa y no me apetecía el ruido del local. Mis hermanos se fueron sin protestar. Mi madre se echó la siesta en la habitación de invitados. Mis primas se metieron en el cuarto de Carolina a ver una serie. Y yo me quedé en una colchoneta, flotando en el agua, con los ojos cerrados.
—¿Sobrino, te molesta si me baño desnuda? —escuché la voz de Carolina a mi lado.
Abrí los ojos. Estaba sentada en el borde de la piscina, con el bikini todavía atado y una toalla sobre los hombros. Me miraba sin sonreír, esperando una respuesta sincera.
—Para nada, tita —dije, intentando que no se me notara la respiración acelerada—. Yo cuando voy a la playa, si no hay gente, también me baño así.
—Haces bien. Es lo más rico del mundo. Pero te pido un favor: no se lo cuentes a tu tío. Ya sabes cómo es.
—Será un secreto —le contesté.
—Gracias, sobrino.
Tuve que girarme hacia el otro lado de la colchoneta. La idea de verla desnuda me había puesto duro en cuestión de segundos y no quería que se notara por encima del bañador. Me hundí un poco en el agua, intentando recuperar la calma.
***
Cuando se quitó el bikini, no aparté la mirada. Carolina era rubia, de pelo rizado, alta como una modelo de pasarela —siempre dijo que medía un metro ochenta y dos—, con los pechos firmes y un culo que parecía esculpido por alguien que se lo tomaba muy en serio. Se metió en el agua de espaldas, sin pose, sin coquetería, y eso lo hacía todo más perturbador.
Nadó dos largos en silencio. Yo la miraba flotar, y por dentro me repetía que aquello era solo una imagen. Que todos los hombres, alguna vez, han tenido pensamientos así con alguien cercano. Que pensar no es actuar.
—¿En qué piensas? —me preguntó al pasar junto a la colchoneta.
—En nada —mentí.
—Pareces lejos.
—Estoy aquí, tita.
Sonrió, sin mirarme, y siguió nadando.
Aquel verano terminó como tantos otros: con el bronceado bajando, con la rutina volviendo, con la familia diluyéndose en sus vidas separadas. Pero algo en mí había quedado pendiente. Cada vez que la veía en una cena, en un cumpleaños, en una boda, mi cabeza volvía al jardín de naranjos y al cuerpo de Carolina cortando el agua sin hacer ruido.
***
A los pocos meses empecé a salir con Lucía, una chica del trabajo. Al principio iba todo bien. Al año y medio, las cosas se torcieron. Discusiones por tonterías, silencios largos, una sensación de que cada uno vivía en una habitación distinta de la misma casa. Y, lo que terminó de hundirnos, un desajuste en la cama que ninguno de los dos sabía cómo nombrar.
Decidimos darnos un tiempo. La noche que ella se fue a casa de su hermana, yo me senté en el balcón con una cerveza y le escribí a Carolina por wasap.
—Tita, ¿tienes un rato? Necesito hablar con alguien que me escuche sin sermonearme.
Respondió a los pocos minutos. Le conté lo que pude: que Lucía y yo estábamos mal, que nos faltaba aire, que llevábamos semanas durmiendo de espaldas. Le ahorré los detalles que más me dolían.
A los dos días, Carolina volvió a escribirme.
—Sobrino, te conozco. Y lo que me cuentas no me cuadra del todo. No te estoy juzgando. Solo digo que falta algo en tu historia.
Me quedé mirando el mensaje un buen rato. Era verdad. Faltaba la parte que no me atrevía a contar.
—Tita, hay cosas que cuesta decir, aunque sea por chat.
—Cuéntamelo como si fuera una amiga. De aquí no sale nada. Te lo juro por mis hijos.
Respiré hondo.
—Es por sexo. Tardo mucho en terminar. Ella se corre varias veces y yo no llego. Al final se cansa, yo me siento mal, y todo se vuelve un drama.
Pasaron unos segundos antes de su respuesta. Los suficientes para que yo me arrepintiera de haber abierto la boca.
—Sobrino, no te disculpes por eso. Es justo lo contrario de lo que solemos quejarnos las mujeres. Si tu tío durara la mitad de lo que tú dices, yo no estaría jugando al solitario tantas noches.
Sonreí en la oscuridad.
—No me imaginaba esa respuesta, tita.
—Es la verdad. De hecho, si no fueras mi sobrino, te diría que me toca un intercambio de pareja a mí.
—Solo si hubiera atracción, claro.
—Ay, sobrino. ¿Quieres que te conteste como mujer y no como tía?
—Hazlo. Quedará entre nosotros.
—Pues claro que me gustas. Siempre me has gustado. Eres guapo, atento, y ahora me cuentas que aguantas en la cama. Te juro que se me ha mojado un poco la ropa interior. Perdona, esto no debería decírtelo.
—No pidas perdón. Tú también me gustas. Llevas gustándome desde aquel verano en la piscina.
—Madre mía, sobrino. ¿Qué estamos haciendo?
—No lo sé.
—Si seguimos hablando, prométeme que cuando nos veamos en familia me trataras como siempre. Que esto será un juego entre nosotros. Después lo olvidaremos.
—Te lo prometo.
Aquella noche hablamos hasta las cuatro de la madrugada. Me dijo lo que llevaba años sin decirle a nadie. Yo le confesé las imágenes que me venían a la cabeza cuando se inclinaba para servir la comida o cuando se ataba el pareo sobre la cadera. Acabamos los dos masturbándonos en distintas ciudades, contándonos cada gesto en tiempo real, sin atrevernos a hacer videollamada por miedo a que alguien viera la pantalla.
***
Durante las semanas siguientes seguimos jugando por mensajes. Cada noche, cuando todos dormían en su casa y yo estaba solo en la mía, aparecía su nombre en la pantalla. Hablábamos de sitios donde podríamos vernos sin que nadie sospechara. Carolina vivía a una hora y media en coche; yo no tenía hijos ni pareja en casa por entonces. La logística era posible, pero la coartada nos faltaba.
La encontramos por casualidad. Una tarde, en su casa, delante de Eduardo, le solté la frase como quien no quiere la cosa:
—Tito, tengo unas camisas que casi no me he puesto. Si te vienen, son tuyas. Cuando paséis por la ciudad, las recogéis.
—Genial, sobrino. La próxima que vayamos a por compras, te avisamos.
Carolina ni levantó la mirada del móvil. Era una actriz mejor de lo que yo había imaginado.
Diez días después, Eduardo me llamó desde el centro comercial. Estaba con Carolina haciendo el cambio de armario de los niños. Me preguntó si estaba en casa, si podía acercarse mi tía a recoger las camisas mientras él terminaba de pagar. Le dije que sí, que no se preocupara.
Cuando ella tocó el timbre, yo llevaba dos horas dando vueltas por el salón. Le abrí intentando parecer tranquilo. Carolina entró con una bolsa de tela, dejó las llaves del coche sobre la mesa y cerró la puerta despacio. Llevaba un vestido blanco hasta la rodilla y el pelo recogido en una coleta alta. Olía a algo cítrico.
—Hola, tita —dije, sin saber muy bien dónde mirar.
—Hola, sobrino.
No hubo más palabras. Di dos pasos, la sujeté por la nuca y la besé. Ella me devolvió el beso con una urgencia que no esperaba. Las bolsas cayeron al suelo, su espalda chocó contra la pared del pasillo y los dos empezamos a reírnos por los nervios.
—Llevo tres noches sin dormir pensando en esto —susurró contra mi cuello.
—Yo llevo años, tita.
Me bajó la camiseta por los hombros y empezó a morderme la clavícula. Yo le subí el vestido despacio, hasta encontrar el borde de unas bragas de encaje que se notaban húmedas con solo rozarlas.
—Carolina —dije, llamándola por primera vez por su nombre, sin el «tita» delante—, llévame a la habitación antes de que pierda la cabeza aquí mismo.
Caminamos hacia el cuarto sin soltarnos. Ella se arrodilló frente a la cama, me bajó el pantalón sin prisa y me la metió en la boca sin previo aviso. La miraba desde arriba y me costaba creer que aquella mujer fuera la misma que llevaba años llamándome «sobrino» y trayéndome tarta de queso a los cumpleaños.
—Ven a la cama, tita —le dije cuando no pude más—. Quiero metértela.
—A cuatro patas, sobrino. Como te dije por wasap.
Se quitó las bragas y se subió a la cama sin dejar de mirarme por encima del hombro. Yo le pasé la mano entre los muslos antes que nada. Estaba empapada, tanto que casi me dio risa. Saqué un preservativo del cajón, me lo puse temblando y me coloqué detrás de ella.
—No hagas ruido —le pedí, aunque vivía solo y los vecinos estaban a kilómetros.
—Pues hazlo despacio —contestó.
Entré despacio, sintiendo cómo se abría poco a poco. No sé si pasaron diez segundos o tres minutos. Lo único que recuerdo con claridad es que Carolina se mordió la almohada para no gritar y, antes de que yo encontrara mi ritmo, se corrió la primera vez. La sentí temblar entera, desde los muslos hasta los hombros.
—No pares —dijo cuando recuperó el aire—. Por favor, no pares.
No paré. Y mientras seguía moviéndome dentro de ella, supe que aquello no sería un episodio aislado. Que las camisas de la coartada se convertirían en libros, en discos, en cualquier excusa que justificara su coche delante de mi portal.
Pero esa parte de la historia es para otro día.