Confesión: llevo dos meses con un chico de la app
Tengo treinta y cinco años, llevo nueve casada con Ricardo y vivo en Sacramento desde que él aceptó el traslado por la empresa. Suena bien sobre el papel: casa amplia, dos sueldos, un jardín trasero con un limonero que dio fruto el otoño pasado. La verdad es otra. Mi marido sale a las seis de la mañana y vuelve cuando ya estoy en la cama, las luces apagadas y la cena envuelta en papel film sobre la encimera.
Esto que voy a contar es una confesión. No espero perdón ni busco que nadie me entienda. Necesito sacarlo porque me quema por dentro y, al mismo tiempo, no quiero que termine.
Empezó con una aplicación. La descargué un martes por la tarde después de mirarme demasiado tiempo en el espejo del baño. Treinta y cinco no son ochenta, pero hacía meses que nadie me decía nada bonito. Subí cuatro fotos: dos del verano pasado en la playa, una en la cocina con la luz de la mañana atravesando la cortina, y una en blanco y negro que mi cuñada me sacó en la boda de un primo. Puse un nombre falso y la edad real. Me dije a mí misma que era curiosidad. Que no iba a hacer nada. Que solo quería saber si todavía me miraban.
Me miraron. Y entre todos los que me escribieron, hubo uno que se llamaba Matías.
Matías tenía veintidós años. La diferencia me dio risa al principio, casi vergüenza. Le dije que era demasiado joven, que se buscara a alguien de su edad. Él me contestó con un mensaje largo, sin faltas de ortografía, sin emojis tontos. Decía que las chicas de su edad le aburrían, que le gustaban las mujeres que ya sabían lo que querían. Sonaba a frase aprendida. Aun así, la leí tres veces antes de responderle.
Hablamos cada día durante dos semanas. Al principio, cosas inofensivas: la universidad, el gimnasio al que iba seis veces por semana, su trabajo de fin de semana en una cafetería del centro. Después, cosas más íntimas. Le conté lo que no le contaba a nadie: que Ricardo y yo no follábamos desde antes del verano, que dormíamos espalda contra espalda, que algunas noches me metía dos dedos en el coño en la ducha para no gritar de rabia y que después lloraba porque ni siquiera me corría bien sola.
Matías escuchaba. Esa es la palabra exacta. Me leía hasta el final, me hacía preguntas, recordaba detalles que yo había mencionado tres mensajes atrás. La atención fue lo primero que me desarmó. Ni siquiera el deseo. La atención.
Las conversaciones subieron de tono un jueves de noche. Yo estaba sola con una copa de vino tinto y él me preguntó qué llevaba puesto. Le contesté con la verdad: una camiseta vieja de Ricardo y nada más. Me pidió una foto. Le dije que no. Insistió suave, sin presionar, y al final me hice una desde el espejo del baño con la camiseta levantada justo lo suficiente para que se me viera el coño depilado y una teta escapada por el cuello de la camiseta. Apreté enviar antes de pensarlo.
Si te arrepientes, ya no hay vuelta atrás.
—Estás para follarte hasta romperte —me escribió él—. Llevo dos semanas imaginándote y ni de coña me acercaba. Tienes un coño precioso.
A partir de ahí no hubo marcha atrás. Hablamos de todo lo que haríamos si nos veíamos. Él escribía con detalle: cómo me iba a comer el coño hasta hacerme correr dos veces antes de meterla, cómo me iba a follar por detrás agarrándome del pelo, cómo quería que le mamara la polla mirándolo a los ojos. Yo me masturbaba leyéndolo, con dos dedos dentro y el pulgar apretando el clítoris, mordiéndome el labio para no despertar a los vecinos. Me corría en cuestión de minutos. Después me sentía culpable durante quince minutos y luego volvía a leerlo y volvía a metérmelos.
Una tarde, sin pensarlo demasiado, le mandé mi dirección. Ricardo tenía turno doble el martes siguiente, no volvería hasta pasadas las once de la noche.
—Vente a las cuatro —le escribí—. Tenemos siete horas.
***
El martes me desperté con el estómago revuelto. Llamé al trabajo y dije que estaba con migraña. Me pasé la mañana limpiando una casa que ya estaba limpia. Cambié las sábanas dos veces. Me depilé el coño entero con cera caliente, delante del espejo, hasta dejarlo liso como el de una recién casada, y me pasé los dedos para comprobar que no quedaba ni un pelo. Me depilé como si fuera a una primera cita y, en cierto modo, lo era.
A las tres me metí en la ducha. Me sequé despacio, me puse crema con olor a vainilla en los muslos, los hombros y las tetas, y me probé tres vestidos antes de quedarme con uno verde corto que Ricardo nunca había visto. Lo compré por internet dos meses atrás y nunca encontré ocasión para estrenarlo. Debajo, nada. Ni bragas ni sujetador. Quería que lo notara en cuanto me tocara.
A las cuatro menos diez sonó el timbre.
Matías era más alto en persona. Tenía esa piel tirante de los chicos que entrenan en serio, los brazos marcados bajo una camiseta blanca, y unos ojos verdes que me sostuvieron la mirada desde el porche sin la menor timidez. Le abrí la puerta y me quedé un segundo de más mirándolo.
—¿Me invitas a pasar o me lo cuento desde aquí? —dijo con media sonrisa.
Lo dejé entrar. Le ofrecí algo de beber. Él pidió agua. Le serví un vaso y me serví otro porque tenía la boca seca y necesitaba algo en las manos. Nos sentamos en el sofá del salón, separados por un cojín, fingiendo una conversación normal sobre el tráfico desde su barrio.
—Llevo todo el día empalmado pensando en esto —dijo de repente.
Apoyó el vaso en la mesita. Me apartó el cojín que nos separaba y se inclinó sobre mí. El primer beso fue lento, casi educado, como si estuviera comprobando si yo iba en serio. El segundo no tuvo nada de educado. Me agarró la nuca con una mano y me besó con la boca abierta, la lengua metida hasta el fondo, y yo sentí cómo algo dentro de mí, algo que llevaba meses dormido, se desperezaba de golpe. Le noté la polla dura contra el muslo a través del vaquero y me temblaron las piernas.
Sus manos bajaron por mi cuello, por la clavícula, por la tela del vestido. Me estrujó las tetas por encima de la tela, buscando el sujetador que no encontró, y soltó un sonido bajo en mi oído.
—No llevas nada debajo del vestido, ¿verdad? —murmuró.
No le contesté con palabras. Le agarré la mano y se la metí debajo del dobladillo, directa al coño. Él se rió contra mi cuello cuando notó que estaba empapada. Me abrió los labios con dos dedos y los deslizó por toda la raja, arriba y abajo, sin meterlos todavía, jugando.
—Joder, ya estás chorreando —susurró—. Y todavía no te he hecho nada.
Me metió el corazón primero, hasta el nudillo, y me arqueé sobre el sofá. Luego el índice también. Los movía en gancho, buscando el punto, mientras con el pulgar me apretaba el clítoris en círculos lentos. Me corrí en el sofá con la boca abierta contra su hombro, mordiéndole la camiseta para no gritar, y él no paró hasta que le empujé la muñeca.
—Arriba —le dije, temblando—. En el sofá no.
***
Subimos al cuarto a tropezones. Yo iba delante; él me agarraba las caderas desde atrás, me levantaba el vestido en cada escalón y me pasaba la mano por el culo desnudo. En mitad de la escalera me metió un dedo por detrás, sin avisar, y me quedé sujeta al pasamanos con los ojos cerrados.
—Quieta —murmuró—. Quiero ver cómo entra.
Cuando llegamos a la habitación, le di la vuelta y le saqué la camiseta. Tenía el cuerpo que prometían sus fotos: hombros anchos, abdomen marcado, una línea fina de vello desde el ombligo. Le pasé la mano por el pecho y bajé hasta el cinturón. Lo desabroché despacio, mirándolo a los ojos.
Él me dejó hacer. Cuando le bajé los pantalones, ya estaba durísimo, la punta de la polla asomando por la cinturilla del bóxer y una mancha oscura de líquido preseminal en la tela. Me arrodillé en la alfombra y le bajé la ropa interior con los dientes. La polla le saltó a la cara, gruesa, con las venas marcadas y la punta brillante. Lo escuché soltar el aire de golpe cuando me la puse contra la mejilla.
—Qué polla tienes —le dije, y me sorprendí a mí misma diciéndolo.
Se la lamí primero desde la base hasta la punta, con la lengua plana, subiendo despacio. Le chupé los huevos uno por uno, metiéndomelos enteros en la boca. Cuando volví arriba, me la metí de golpe hasta que me tocó la garganta y me arrancó una arcada. Él me sujetó el pelo, no con fuerza, lo suficiente para guiarme. La saqué con un hilo de saliva colgando de la barbilla y volví a bajar, esta vez más lento, ahuecando los mofletes, la lengua apretada contra el frenillo.
—Así, no pares —jadeó—. Joder, cómo mamas.
Le mamé la polla durante lo que me pareció una eternidad. La sacaba para lamerle la punta y volvía a metérmela hasta el fondo. Le miraba a los ojos cuando lo hacía, con la boca llena, y él aflojaba las rodillas. Llevaba años sin mamarle la polla a Ricardo. Llevaba años sin querer hacerle eso a Ricardo. Con Matías quería. Quería sentir cómo se le tensaban los huevos contra mi barbilla, quería tragarle si me lo pedía, quería verlo perder el control.
Antes de que terminara, me apartó y me levantó del suelo tirándome del pelo.
—Si sigues, me corro en tu boca ahora mismo —dijo—. Y todavía no te he follado.
Me empujó hacia la cama y me sacó el vestido por encima de la cabeza. Se quedó quieto un instante, mirándome desnuda sobre las sábanas que había cambiado dos veces esa mañana: las tetas duras, el coño depilado y brillante, las piernas abiertas sin vergüenza.
—Joder —dijo solamente—. Ábrete de piernas. Más. Enséñamelo bien.
Obedecí. Le abrí el coño con dos dedos para que lo viera. Él soltó un gemido bajo y se inclinó sin apartar los ojos. Empezó por los muslos. Me besó la cara interna de las piernas, despacio, con dientes suaves, subiendo hasta que su boca llegó donde tenía que llegar. Me la clavó de lleno, la lengua entera dentro, y luego subió al clítoris y empezó a hacerle círculos con la punta.
Yo nunca había tenido a un tío que comiera coño así. Ricardo no era de bajar; las dos veces que lo hizo en nueve años parecía que estaba pagando una multa. Matías se me quedó ahí abajo durante lo que me parecieron veinte minutos, atento, paciente, leyendo cada estremecimiento como si estuviera estudiando para un examen. Chupaba, lamía, me metía dos dedos y los curvaba, luego volvía al clítoris y lo aprisionaba entre los labios. Cuando notó que me iba a correr me sujetó las caderas contra el colchón para que no me escapara y no aflojó el ritmo.
Me corrí en su boca gritando, con los muslos apretados contra sus orejas. Él no se movió. Siguió lamiéndome despacio, más suave, aprovechando los espasmos. A los pocos minutos, cuando estaba todavía temblando, volvió a empezar. Me metió tres dedos esta vez y me hizo correrme otra. Me sentí la cara mojada de mis propios flujos cuando subió a besarme.
—Sabes de puta madre —murmuró contra mi boca.
Cuando entró dentro, me agarró las muñecas por encima de la cabeza y se quedó quieto un segundo, mirándome desde arriba. Tenía la respiración entrecortada y los músculos del cuello tensos. La punta apretando la entrada del coño, insistiendo despacio, sin acabar de meterla.
—Pídemela —dijo.
—Métemela —le contesté sin pensar—. Toda. Ya.
Empujó de una sola vez y sentí cómo se me llenaba entera. Solté un gemido largo contra su hombro. Empezó despacio, saliendo hasta la punta y volviendo a meterla del todo, mirándome a la cara cada vez. Yo le clavaba las uñas en la espalda. Cambió el ritmo cuando se lo pedí, empujando más rápido, más profundo, hasta que las patas de la cama empezaron a golpear la pared.
—Más fuerte —le dije—. No te cortes.
Me la clavó con todo. La cabecera empezó a marcar el ritmo contra el yeso. Cada embestida me sacaba un gemido de la garganta que no reconocía como mío. Me chupaba las tetas mientras me follaba, se metía un pezón entero en la boca y lo mordía justo lo suficiente. Me corrí otra vez a los pocos minutos, con él dentro, apretándole la polla con el coño en espasmos, y le oí maldecir por lo bajo.
—Date la vuelta —jadeó—. Ponte a cuatro.
Me di la vuelta. Me arrodillé sobre la cama con el culo en pompa y la mejilla pegada al colchón. Él se puso detrás y volvió a metérmela de un empujón. Me agarró con las dos manos por las caderas y empezó a follarme por detrás con la mano abierta sobre mi cintura, luego una palmada seca en el culo que me hizo apretar el coño alrededor de su polla.
—Joder, aprieta así —gruñó—. Otra vez.
Me dio otra palmada. Y otra. Me agarró del pelo y tiró hacia atrás, arqueándome la espalda, follándome a un ritmo brutal, los huevos golpeándome el clítoris con cada embestida. Yo le decía guarradas que no había dicho en mi vida: guarra suya, que me la metiera más, que me partiera, que no parara. Escucharme a mí misma me ponía todavía más.
Me hizo correrme otra vez así, con la cara contra las sábanas y sus dedos en la boca. Cuando el orgasmo se me pasó, me giró y me puso encima de él, sentada, con la polla clavada hasta la raíz. Le marqué yo el compás. Me monté despacio, subiendo hasta la punta y bajando de golpe, apoyada con las manos en su pecho. Él me miraba las tetas rebotar y me apretaba los pezones entre el pulgar y el índice.
—Así, cabálgamela —dijo—. Enséñame cómo te la follas tú.
Me la follé yo un rato largo, con los ojos cerrados, moliéndole las caderas contra las mías, moviendo el clítoris contra el hueso de su pubis. Después, otra vez bocarriba, con sus dedos enredados en mi pelo y las piernas abiertas sobre sus hombros. En esa postura llegó más adentro que nunca. Me tocó algo por dentro que me dejó sin aire.
En ningún momento de esas dos horas me acordé de Ricardo. Ni de la casa, ni del jardín, ni del traslado, ni de los nueve años de espalda contra espalda. Solo estábamos Matías y yo, la cama chirriando, la luz de la tarde entrando por la persiana entreabierta, y su polla entrando y saliendo de mi coño empapado.
Cuando le noté los músculos tensarse y el ritmo entrecortarse, se lo dije al oído:
—Córrete dentro.
—¿Segura? —jadeó, aflojando la embestida.
—Sí. Dentro. Vacíamela entera.
Me preguntó tres veces si estaba segura entre embestidas. Le dije que sí cada vez, cada vez más fuerte, arañándole la espalda. La cuarta empujó hasta el fondo, se quedó ahí quieto y sentí cómo la polla le latía dentro. Cada latido era un chorro caliente contra mi cérvix. Se corrió largo, jadeando sobre mi cuello, y yo me corrí otra vez sintiéndolo terminar dentro, agotado, temblando encima de mí. Fue lo más parecido a una venganza que había sentido en mi vida adulta.
Se dejó caer a mi lado. La polla salió despacio y noté cómo el semen empezaba a chorrearme por dentro del muslo. Ni siquiera me limpié. Me quedé así, con las piernas abiertas y su corrida saliéndoseme, mirando el ventilador del techo. Él me acariciaba la espalda con la yema de los dedos. Yo miraba el ventilador del techo. No hablamos. No hacía falta.
A la media hora se me subió encima otra vez, dura de nuevo, y me la metió despacio, ya con todo el semen dentro haciendo de lubricante. Esa segunda vez fue distinta: más lenta, más quieta, más pegada. Me mordía el cuello mientras se movía apenas, y yo le agarraba el culo con las dos manos para marcarle un ritmo mínimo. Se corrió por segunda vez dentro de mí sin sacarla, sin ruido, con la frente apoyada en la mía.
A las seis se duchó. Le presté una toalla limpia. A las siete se vistió y bajamos juntos a la puerta. Antes de irse, me besó en el umbral, sin prisa, con la mano metida por debajo del vestido, pasándome dos dedos por el coño lleno todavía de él, como si volviéramos a estar empezando.
—¿Mañana? —me preguntó, chupándose los dedos.
Le dije que sí.
***
Ricardo llegó a las once y veinte. Le calenté la cena en el microondas, le pregunté por el día y le escuché hablar de un cliente difícil. Asentí en los momentos correctos. Me reí cuando hizo su chiste habitual. Me besó en la coronilla antes de subir a ducharse y yo me quedé en la cocina mirando el plato vacío, todavía notando la corrida seca en la cara interna de los muslos.
Esa noche, en la cama, me apoyé contra su espalda. Él se removió en sueños. No se giró. Yo no esperaba que se girara. Metí una mano entre mis piernas por debajo del camisón, todavía sensible, y me toqué despacio pensando en Matías hasta correrme por quinta vez en el día, sin hacer un solo ruido, con la respiración de mi marido a diez centímetros de mi cara.
Han pasado dos meses. Matías y yo nos vemos los martes y, a veces, los sábados por la mañana cuando Ricardo juega al golf. Hemos discutido tres veces y nos hemos reconciliado otras tantas, siempre follando. Le he prometido que esto es solo sexo y me lo he creído yo misma, hasta que él me manda un mensaje a media tarde diciéndome lo que me va a hacer y vuelvo a sonreírle al teléfono como una adolescente, con las bragas mojadas en mitad del supermercado.
Esto no va a terminar bien. Lo sé. Y aun así, sigo abriendo la puerta con el coño empapado antes de que él llegue.
No sé cómo termina esta historia. Sé que mi marido sigue sin sospechar nada y que yo sigo siendo, para el resto del mundo, la mujer perfecta que vive en la casa con el limonero del jardín. Sé también que hace meses que no me sentía tan viva, tan follada, tan mía. No sé si eso me convierte en una cualquiera o en una persona que, simplemente, dejó de esperar a que alguien la mirara.
De momento, es lo único que tengo. Y, por ahora, es suficiente.