Descubrí mi otra cara en el campamento de la sierra
Durante casi toda mi vida me había considerado un hombre completamente heterosexual. A los cuarenta y siete años, casado con una mujer que aún me parecía hermosa, padre de dos adolescentes, dueño de una vida tranquila y un trabajo estable, no había razón para imaginar otra cosa. Las mujeres siempre me habían bastado, y mi historial era largo. No tenía un tipo definido: alta, baja, delgada, llenita, casada o soltera... si era mujer y había química, me lanzaba.
Mi profesión me obligaba a salir varias veces al año a sectores apartados, en cuadrillas mixtas de jóvenes y veteranos. Solíamos pasar entre tres y cinco semanas fuera, en lugares de difícil acceso, todos bajo mi responsabilidad. La mayoría me conocía de campañas anteriores; otros eran caras nuevas. Cuando se llega a esa rutina, uno aprende a leer rápido a cada persona: quién madruga, quién se queja, quién se vuelve insoportable al tercer día.
Aquella temporada nos tocó subir a una zona muy alta de la cordillera, lejos de cualquier camino transitable. Bajamos desde la última loma a una planicie arbolada, atravesada por un arroyo de aguas claras que corría entre rocas redondas. Era uno de esos parajes que uno solo ve en postales: nadie alrededor, el silencio quebrado por el agua y el viento entre las copas. Levantamos el campamento en la orilla, y desde el primer día se volvió costumbre que, después de comer, bajáramos por turnos a bañarnos y a lavar la ropa unos metros arroyo abajo.
Aquella tarde, mientras enjuagaba mi camisa sobre una piedra, había cinco o seis muchachos chapoteando en una poza un poco más allá. Se reían como si tuvieran quince años, no veinte. Uno a uno fueron saliendo, vistiéndose, regresando hacia los toldos. Yo seguía dándole a la ropa, sin prisa. Sin darme cuenta, en cuestión de minutos solo quedábamos yo en la orilla e Iván en el agua. Tenía diecinueve años, apenas el primer año en la cuadrilla, y se quedaba siempre en el agua hasta que la piel se le arrugaba.
—¿No se va a meter, jefe? —me preguntó, recostado contra una roca—. El agua está increíble. Yo llevo un rato y todavía no me quiero salir.
—Ya casi termino —contesté—. Voy en un momento.
Cuando acabé con la ropa, me desnudé y entré. La piedra del fondo era resbalosa, el agua mordía un poco al principio. Me senté en la poza, donde el nivel apenas me cubría hasta las costillas, y me dejé enjabonar con calma. Iván seguía a unos metros, sin mirarme, charlando de cosas sin importancia: el frío de la madrugada, lo que íbamos a hacer al día siguiente, una novia que tenía en su pueblo. Terminé pronto y salí.
Me estaba secando cuando lo oí incorporarse detrás de mí. Levanté la mirada por puro reflejo, y allí lo vi salir del agua. Medía algo así como un metro ochenta y dos, era de piel muy blanca, brazos largos, abdomen plano, sin un gramo de más. Y, completamente desnudo, con la verga en flacidez, tenía un tamaño que me dejó la respiración suspendida. Le llegaba casi a media pierna. Nunca había visto algo parecido tan de cerca, y mucho menos en alguien al que tenía bajo mi cargo.
Aparta la mirada, contrólate, no seas idiota.
Me lo repetí dos o tres veces, pero no lo cumplí. Él venía caminando hacia la orilla con dificultad por la corriente, mirando el suelo para no resbalar, y cada paso le hacía bambolearse aquello. Yo me concentré en doblar la toalla con una calma fingida. Cuando ya estuvo cerca, hablé del clima como si nada y me terminé de vestir. Me fui sin mirar atrás, con una sensación rara en la boca del estómago, algo que jamás había sentido por otro hombre. Lo atribuí al sol, al cansancio, al aislamiento.
***
Esa noche dormí mal. Cerraba los ojos y volvía la imagen. Al día siguiente, cuando vi a Iván desayunar entre los demás, traté de mirarlo como a cualquier otro, pero los ojos no obedecen siempre a la cabeza. Desde entonces, sin proponérmelo, empecé a fijarme en su horario. Si él bajaba al arroyo, yo encontraba alguna excusa para bajar diez minutos después. Y siempre, siempre, me quedaba el tiempo justo para volver a verlo salir. Nunca abrí la boca. Nunca hice un comentario fuera de lugar. Era una curiosidad silenciosa, un rito privado al que no me atrevía a ponerle nombre.
Pasaron tres semanas. Una tarde, después del baño, Iván tomó sus cosas, se echó la toalla al hombro y, en lugar de regresar al campamento, se internó por la maleza arroyo abajo. Lo seguí con los ojos hasta que desapareció entre los sauces. No volvió por el camino habitual. Esperé unos minutos. Después, sin pensarlo demasiado, decidí ir a ver dónde se había metido.
Caminé entre los arbustos, pisando con cuidado para no hacer ruido. A unos trescientos metros, la vegetación se abría en un pequeño claro arenoso. Me detuve detrás de un tronco caído, agachado. Allí estaba él, tendido sobre su toalla, completamente desnudo, las rodillas flexionadas y los pies plantados en la arena. Sostenía el celular en alto con una mano, y con la otra se masajeaba la verga, lentamente, con la calma de quien sabe que tiene tiempo. Subía y bajaba, se apretaba la cabeza, volvía a bajar. Ningún gesto era apresurado.
Me quedé sin aire. Era evidente lo que estaba haciendo, y era evidente que no me había visto. Desde mi escondite distinguía con claridad los veintidós centímetros de carne dura recorriendo su mano. Sentí esa misma extrañeza de la otra tarde, pero ahora más fuerte, una corriente que me empujaba desde el ombligo hacia abajo. Mi propia verga empezó a engrosarse contra el pantalón. La toqué por encima de la tela, sin pensarlo, y casi me corro de inmediato. La solté como si quemara.
Y entonces pisé una rama seca.
El chasquido cortó el aire. Iván bajó el celular de un golpe, juntó las piernas y giró la cara. No me quedó más remedio que dar dos pasos al frente, salir de la maleza y fingir sorpresa.
—No sabía que estabas aquí —dije, intentando sonar natural—. Salí a caminar un poco, a despejarme.
—Yo también, jefe —contestó, con una sonrisa apenas tensa—. Perdón por lo que vio. Llevo más de veinte días sin nada y, pues, uno necesita aliviarse. Me da pena.
—No te disculpes. Yo también fui joven. Es lo más normal del mundo. Y se nota que lo estabas disfrutando.
Lo dije con un tono que pretendía ser paternal, pero la voz me salió más ronca de lo que esperaba. Iván se rio, encogió los hombros y, en lugar de cubrirse, volvió a tomar su miembro y siguió donde lo había dejado. Yo me quedé de pie a dos metros, con el pulso en las sienes, con el pantalón apretándome como si fuera dos tallas más chico.
—Si quiere, me hace segunda —dijo, sin dejar de moverse—. Se ve que también le hace falta.
—Creo que sí —contesté, casi sin reconocer mi propia voz—. La verdad es que sí.
Me desabroché el cinturón. Bajé el pantalón y el bóxer hasta las rodillas. Mi verga saltó hacia adelante, dura como hacía años no la sentía. La tomé sin dejar de mirarlo y empecé a moverme, pero no aguanté ni veinte segundos. El cuerpo entero se me arqueó hacia atrás, los ojos se me cerraron solos, las rodillas me fallaron y caí sobre la arena de espaldas, vaciándome en chorros largos sobre mi propia camisa.
—Se vino bien rápido —dijo Iván, con media sonrisa—. Estaba excitadísimo, ¿no? O no aguanta tanto. Yo siempre tardo más.
No supe qué responder. La extrañeza de antes no se iba: seguía sintiéndola en el abdomen, espesa, caliente. Iván se incorporó, dio dos pasos hacia mí y se plantó a centímetros de mi cara, blandiendo aquello a la altura de mis ojos. Yo seguía arrodillado, con la respiración descompuesta. No lo pensé, no medí nada. Abrí la boca, le pasé las manos por la cintura y me lo metí.
Apenas alcancé a cubrir la cabeza. El sabor era nuevo, raro, ligeramente salado. Tiré de él por las nalgas, lo atraje, y casi de inmediato sentí arcadas: el fondo de mi boca no daba para más. Lo solté un poco. Con una mano le acaricié los testículos; con la otra, sostuve la base. Lengua, labios, saliva, todo lo que se me ocurrió. Era la primera vez que hacía algo así, y lo hacía sin pensar, sin permitirme pensar. Él me tomó por la nuca y, cada cierto tiempo, me empujaba contra él para introducirse lo más que podía. Yo me ahogaba, pero no me apartaba.
Pasaron varios minutos. La mandíbula empezó a entumirse. Él seguía sin venirse.
***
Iván se separó sin previo aviso y caminó hasta la toalla. Yo me incorporé como pude, todavía con el pantalón a la altura de los tobillos. La verga se me había puesto dura otra vez.
—Quítese todo y póngase en cuatro, sobre la toalla —dijo, sin tono de pregunta.
—Está bien —respondí.
Me saqué pantalón y calzón. Me arrodillé dándole la espalda, apoyé las manos en la arena. Tomó el jabón, lo mojó en el arroyo y empezó a pasármelo entre las nalgas. Con paciencia. Más agua, más jabón, los dedos enjabonándose, untándome. Después metió un dedo. Por la humedad y el jabón no le costó. Lo movía despacio, lo sacaba, lo volvía a meter. Para mi sorpresa, no me dolió. Al revés: la sensación era extraña pero placentera. Mi propia verga, que un minuto antes estaba dura, se aflojó. El cuerpo entero parecía haberse soltado.
Entró el segundo dedo. Más jabón, más movimiento. Cuando los dos dedos ya pasaban sin problemas, me empujó la cara contra la toalla con la palma abierta sobre la nuca. Doblé los brazos, arqueé la cintura, abrí más las piernas. Sentí en ese momento, con una claridad rara, que estaba completamente expuesto, y que ya había cruzado un umbral del que no se vuelve.
Se arrodilló detrás. Apoyó la cabeza de su verga, presionó. La piel se me abrió a la fuerza. Quise apartarme, pero estaba sujeto. Él paró, dejó que el dolor cediera, empujó un poco más. Sentí una punzada eléctrica y, de pronto, supe que ya había entrado la cabeza. Se contuvo. No se movió en varios segundos. Cuando el ardor cedió, fue avanzando despacio, milímetro a milímetro, con una mano en mi espalda y la otra en mi cadera, hasta meterse entero.
El dolor era intenso, pero soportable. Mi verga estaba completamente caída, y aun así por dentro me recorría una corriente continua, un hormigueo que iba del coxis hasta la nuca. Salió un poco sin dejar la cabeza dentro y volvió a empujar. Lo hizo primero despacio, después con más ritmo. Yo apreté los dientes para no gritar, y solo me salieron unos gemidos apretados. Él me sujetaba por la cintura con las dos manos y me jalaba contra él para entrar lo más profundo posible.
Y entonces, sin haber notado nada, abrí los ojos y vi otro par de piernas frente a mí.
***
Levanté la cara. Era Mateo, otro muchacho del equipo, dieciocho años recién cumplidos. Lo conocía desde el primer día de campaña. Estaba completamente desnudo, con la verga erecta, no como la de Iván —la suya era más corta, quizá quince centímetros— pero también gruesa. Se arrodilló frente a mi cara y me la acercó a los labios sin decir una palabra. No miré atrás. No pensé. Abrí la boca y se la metí.
Iván no paró. Cada embestida suya me empujaba hacia adelante, y ese mismo empujón terminaba metiéndome a Mateo entero. Estuvimos así dos o tres minutos. De pronto Mateo me sujetó la cabeza con las dos manos, me tiró contra él con fuerza, y descargó. Sentí el chorro caliente en la garganta, espeso, abundante. Me ahogué un instante; instintivamente apreté el culo, y ese apretón le arrancó a Iván su propia venida. Se aferró a mi cadera, se quedó quieto, y sentí el segundo chorro, esta vez por dentro.
Los dos se separaron casi al mismo tiempo. Yo me dejé caer sobre la toalla, boca abajo, con la respiración descompuesta, el sabor ácido en la lengua, el ano ardiendo y un hilo tibio escurriéndose por la cara interior del muslo. No podía moverme. Tampoco quería.
Se lavaron en silencio. Se vistieron. Yo seguía en la toalla, en una mezcla de estupor y agotamiento.
—Por favor —les pedí cuando logré sentarme—. Que esto quede entre nosotros. Nadie puede enterarse.
—Tranquilo, jefe —dijo Iván, atándose la bota—. Aquí no pasó nada.
—Se los pido en serio. Para mí sería un problema enorme.
—Por mi parte no diré nada —añadió, con una sonrisa que ya no era inocente—. Es bueno tener un culito a mano cuando uno lo necesita. Hasta hoy no había encontrado a alguien que me aguantara entero.
—Yo tampoco —remató Mateo, terminando de abrocharse el pantalón—. Y ya me tocará a mí llenar ese culo en otra ocasión.
—Confío en ustedes —dije, sin saber si era una súplica o un pacto.
Me levanté con dificultad, caminé hasta el arroyo y me senté en el agua. Ellos tomaron sus cosas y se fueron sin esperar respuesta. El agua fría me alivió un poco el ardor. Pasó un buen rato hasta que sentí una urgencia rara, una presión interna que me obligó a salir, ir hasta una orilla discreta y ponerme en cuclillas. Cuando aflojé el esfínter, salió todo: semen, sangre y algo más. Me lavé con calma. Cuando llegué al campamento, ya con la ropa puesta, nadie levantó la mirada. Todo continuaba como cualquier otra tarde.
***
A partir de ese día, mi vida en las campañas cambió en silencio. Cada vez que alguno de ellos quería desahogarse, me dejaba un papel doblado en el bolsillo del chaleco o sobre mi catre. Me hacían una seña discreta cuando lo había encontrado, y yo, en algún momento de la tarde, terminaba bajando al claro junto al arroyo, sometiéndome a lo que me pidieran. No podía negarme. Bastaba con que abrieran la boca para hundirme la carrera, la familia, todo lo que había construido.
Con el tiempo, sin embargo, empecé a esperar los papelitos. Esa es la parte que más me cuesta confesar. En casa sigo siendo el mismo: marido, padre, jefe respetable, hombre de palabra. Pero hay un yo distinto que solo aparece arroyo abajo, en sierra cerrada, lejos del mundo que conozco. Un yo que no sabía que existía hasta aquella tarde en que vi a un compañero salir del agua y entendí que llevaba cuarenta y siete años creyéndome alguien que no era.