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Relatos Ardientes

Encontré su consolador y la curiosidad me ganó

Me llamo Martín, tengo treinta y cinco años y trabajo en seguridad. Vivo en una ciudad grande con mi mujer y mi hijo, que todavía es muy chico. Hace ocho meses la fuerza me notificó un traslado obligatorio a un pueblo del interior, un lugar de calles polvorientas donde el termómetro no bajaba de los cuarenta grados ni de noche. No podía negarme. Mi mujer se quedó en la ciudad con el nene, porque no había forma de meter a una criatura de tres años en semejante horno.

Llegué un sábado por la mañana, con dos bolsos y la cabeza llena de bronca. En el trabajo me dieron cuarenta y ocho horas para encontrar dónde dormir y una lista escrita a mano con direcciones de casas que alquilaban habitaciones. Salí a caminar bajo un sol que rajaba la tierra. La mayoría de las puertas estaban cerradas o nadie atendía. La última de la lista era una casa de paredes blancas con un patio adelante. Toqué timbre sin demasiada esperanza.

Abrió un hombre de unos cuarenta y ocho, alto, canoso, con la camisa abierta hasta la mitad del pecho. Se llamaba Andrés. Me hizo pasar al living, me ofreció un vaso de jugo con hielo y me preguntó las cosas habituales: de dónde venía, a qué me dedicaba, cuánto tiempo me iba a quedar. Hablaba despacio, mirándome a los ojos más de la cuenta. No le di importancia. Acordamos el precio y le avisé que iba a buscar mis cosas al trabajo y volvía.

Cuando regresé, ya había preparado la pieza: una cama de dos plazas, un ventilador de techo, un placard amplio y una mesita con una lámpara. Me dijo que se iba a hacer unas compras y que me instalara tranquilo. Desempaqué, me metí a la ducha y salí envuelto en una toalla. Me tiré boca abajo en la cama a mandarle mensajes a mi mujer.

Golpearon la puerta. Era él. Me preguntó si quería bajar a charlar y tomar unos mates. Le dije que me ponía algo y bajaba.

Charlamos hasta tarde. Me contó que se había separado hacía cuatro años, que sus dos hijos vivían en otra provincia con la madre, que la casa le quedaba demasiado grande y que por eso alquilaba la habitación. Después, mientras revolvía la salsa de la cena, me dijo sin levantar la vista de la olla:

—Hay algo que quiero que sepas antes de que esto se haga muy largo.

Lo miré esperando lo peor.

—Soy bisexual. Mi mujer me dejó cuando me encontró con un tipo en este living. A veces traigo hombres a la casa. Si te molesta, decímelo ahora.

Me quedé callado unos segundos. La verdad es que no sabía qué contestar. Le dije que era su casa, que yo no tenía nada que opinar. Sonrió, asintió y siguió cocinando como si nada.

Esa noche le escribí a mi mujer hasta que se me cayó el celular en la cara.

***

Al día siguiente, después de doce horas firmando expedientes en la comisaría, llegué a la casa cerca de las diez. Había una nota sobre la mesada: «La cena está en la heladera. Estoy ocupado en mi pieza. A». Agarré el plato y, mientras caminaba por el pasillo, escuché unos gemidos amortiguados detrás de su puerta. Dos voces. Una grave, ronca, evidentemente la de él. La otra también de hombre, más aguda, casi quejándose.

Aceleré el paso, cerré la puerta de mi cuarto y me senté en la cama con el plato sobre las piernas. No podía concentrarme en la milanesa. Los gemidos seguían filtrándose por las paredes finas. Me dio asco, o eso me dije. Subí el volumen del televisor y traté de no escuchar nada.

Pasaron los meses. La rutina era siempre la misma: ir al trabajo, volver, ducharme, cenar solo, mirar el techo. Mi mujer me mandaba fotos cada vez más subidas de tono. Yo me hacía la paja en la ducha, en la cama, con auriculares puestos. Llegué a un punto en que ya no me alcanzaba con eso. La calentura era de otro nivel, una cosa que me corría por dentro todo el día.

Una noche, sin terminar de entender por qué, recordé los gemidos de Andrés con aquel tipo. Busqué porno entre hombres en la página que solía usar. Aguanté tres minutos antes de cerrarlo, con una mezcla de incomodidad y algo más que todavía no me animaba a nombrar.

***

A los ocho meses de estar viviendo ahí, me llegó un mensaje suyo en pleno turno.

—Tengo que viajar. Una urgencia. Te queda la casa para vos solo.

—Espero que no sea nada grave.

—Voy a firmar los papeles del divorcio. Y a ver a mi nene, que está con anginas.

Esa noche, después de cenar, me planté frente a la puerta cerrada de su pieza. Era la primera vez que la casa estaba completamente sola. Me dije que solo iba a echar un vistazo, que era curiosidad de pendejo. Empujé la puerta.

El cuarto era distinto al resto de la casa. Tenía dos lámparas con tulipas rojas, un espejo grande pegado a la pared frente a la cama y un perfume dulzón flotando en el aire. Parecía un albergue transitorio de los baratos. Caminé despacio, como si alguien pudiera descubrirme. Abrí el cajón de la mesita de luz solo para chusmear.

Adentro había un consolador rojo, de unos dieciocho centímetros, con una base de ventosa. Me quedé mirándolo unos segundos. Sonreí, lo dejé donde estaba y cerré el cajón. Me fui a mi pieza con las manos sudadas.

No pude dormir. Puse porno y, sin querer, terminé en la sección de tríos. Una escena en particular me agarró fuerte: dos tipos chupándose entre sí mientras una mujer los acompañaba. Sentí mi pija más dura que en meses. Cambié a una categoría que nunca había tocado: sexo entre hombres, sin mujer. Me hice una paja larguísima mirando cómo uno se la metía a otro hasta el fondo. Acabé con un grito que ahogué en la almohada.

No puede ser. No puede ser que me esté pasando esto.

Al día siguiente, en la guardia, no me podía sacar el consolador de la cabeza.

***

Volví a la casa con una decisión tomada y la pija dura desde el viaje en moto. Me duché rápido, salí envuelto en la toalla y caminé directo a la habitación de Andrés. Saqué el consolador del cajón y me lo llevé a la mía.

Lo apoyé sobre la cama y lo miré como si fuera un animal raro. Puse un video, agarré el consolador con las dos manos y, casi sin pensar, me lo metí en la boca. Era de silicona blanda, tibia por el roce. Cerré los ojos y dejé que se me deslizara hasta donde podía aguantar sin dar arcadas.

Imaginá que es de verdad. Imaginá que hay alguien del otro lado.

Me hice la paja con la otra mano hasta que acabé sobre la sábana. Después de limpiar todo, llevé el consolador a su cajón, lo dejé exactamente en la misma posición y volví a mi pieza jurándome que nunca jamás iba a contarle a nadie lo que acababa de hacer.

***

Dos días después, Andrés volvió. Me lo crucé en el living, mirando un partido viejo. Lo saludé como siempre, me fui a bañar y bajé un rato más tarde. Cebamos mate. Hablamos del viaje, del hijo, del divorcio que por fin se había firmado. Todo bien, hasta que dejó la bombilla en la mesa y me dijo:

—Te quiero mostrar algo.

—Dale.

Sacó el teléfono, manoteó la pantalla con calma y me lo dio. Era un video. Yo. Entrando a su habitación. Mirando el cajón. Sacando el consolador. Saliendo con él escondido bajo la toalla. Había una segunda escena, en mi cuarto: yo en la cama, con el consolador en la boca, los ojos cerrados, la mano en la pija.

Me quedé sin aire. Sentí la cara prendida fuego. Empecé a balbucear una explicación que ni yo me creía. Que había sido curiosidad. Que no sabía qué me había pasado. Que al día siguiente mismo me buscaba otro lugar para vivir.

Andrés se reía. No estaba enojado. Estaba divertido. Me cortó con un gesto de la mano.

—Tranquilo. ¿Te lo metiste en el culo?

—No, no, te juro que no. Solo… solo en la boca.

Se quedó mirándome unos segundos largos. Después asintió, se levantó y se fue a su cuarto sin decir más. Yo me encerré en mi pieza con el estómago hecho un nudo. Pasé horas dando vueltas, pensando qué le iba a decir a mi mujer si tenía que mudarme de golpe, hasta que el cansancio pudo más y me dormí encima de la colcha, todavía vestido.

***

Me desperté con algo tibio y húmedo apoyado en los labios.

Abrí los ojos despacio. Andrés estaba parado al lado de la cama, en calzoncillos, con la pija afuera. Era larga, gruesa, venosa, con la cabeza brillosa. Diecinueve centímetros, calculé sin querer. Y la tenía apoyada justo contra mi boca.

Giré la cara por reflejo.

—Quedé caliente todo el viaje pensando en el video —dijo, despacio, casi en un susurro—. Mirá cómo me tenés.

—Andrés, te pido por favor… fue una boludez. Mañana me voy.

—Nadie te está echando.

Me senté en la cama. Él no se movió. Tenía la pija a la altura de mi cara y, por mucho que tratara de no mirarla, la veía igual. Y la mía, la mía estaba haciendo cosas raras dentro del bóxer.

—Contame qué hiciste con mi consolador —me pidió—. Contame y yo me hago una paja acá, parado, y vos hacés lo que tengas ganas.

No sé en qué momento empecé a hablar. Le conté todo, con detalle, mientras él se la agarraba con la mano derecha y se la sacudía despacio. Le dije cómo lo había chupado, cómo había imaginado que era de verdad, cómo había acabado sobre la sábana. Cuando llegué a esa parte, gimió bajito y se vino. Un chorro caliente me cruzó el cachete y me llegó al borde del labio.

Me limpié con el dorso de la mano. Cuando levanté la vista, su pija seguía dura. La tenía a centímetros de mi boca.

—Chupala —dijo—. Hacé de cuenta que es el consolador. Cerrá los ojos si querés.

Estiró la otra mano y me apretó la pija por encima del bóxer. Estaba durísima. Él se rio bajito.

—¿Ves? Ya sabés que te gusta.

La agarré con las dos manos. La piel estaba caliente, áspera en algunos lugares y suave en la cabeza. Tenía un olor fuerte, raro, distinto a cualquier cosa que hubiera olido antes. No me dio asco. Me dio algo parecido al hambre.

Abrí la boca y se la metí entera, todo lo que pude. Sentí cómo me apretaba el fondo de la garganta y tuve que volver atrás. Probé de nuevo, más despacio, marcando el ritmo. Andrés me agarró del pelo, no muy fuerte, y empezó a guiarme. A los pocos minutos ya no me hacía falta su mano: me la había acomodado solo en la garganta y subía y bajaba como si llevara toda la vida haciéndolo.

—Chupás como un putito caliente —dijo, con la voz rota—. Te voy a dar tu premio.

Me sujetó la cabeza con las dos manos, dejó la mitad de la pija dentro de mi boca y se vino. Caliente, espeso, abundante. Me llenó hasta que se me escapó por las comisuras. Tragué lo que pude. Lo otro me cayó por el cuello hasta el pecho.

Cuando me soltó y se sentó en el borde de la cama a recuperar el aire, no me sentí culpable. No todavía. Me sentí, por primera vez en mucho tiempo, despierto.

Lo que pasó después, cuando me deshizo el culo por primera vez, es una historia para otra noche.

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