Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La pregunta que les hice a mis dos compañeras del spa

Pasó hace unos cuantos años, en el spa de un hotel del centro de Rosario donde conseguí mi primer trabajo serio como masajista. Recién salía de la academia y todavía me temblaban un poco las manos antes de cada turno. Lo que viví ahí, sin embargo, me dejó marcado de otra manera.

Mi compañera de turnos se llamaba Lucía. Era menudita, de hombros estrechos y un par de pechos pequeños que se le adivinaban incluso bajo el uniforme blanco. Llevaba el pelo oscuro siempre recogido y se movía con esa calma de quien no le da demasiada importancia a casi nada.

Lucía era lesbiana y lo decía sin vueltas desde el primer día. Eso, lejos de poner una distancia entre nosotros, terminó siendo lo mejor que nos pudo pasar: pasábamos pegados ocho horas diarias y la complicidad creció rápido.

Teníamos un juego cada vez que entraba alguna huésped linda al sector. Nos mirábamos a través del vidrio esmerilado y apostábamos en silencio quién se iba a quedar con ella. La muy ladina siempre se llevaba a las jóvenes, las que venían en luna de miel, las que se sacaban el albornoz sin pudor.

—Me las llevás todas vos —le dije una tarde, secando aceites en la mesada—. A mí me dejás a los señores transpirados y a los empresarios con la espalda de cemento.

—Pobre flaco —se rio ella, mordiendo una manzana—. Algún día te devuelvo el favor.

—Con intereses, Lucía. Acordate.

Era una broma. Las dos partes lo sabíamos. Y siguió siendo una broma durante meses, hasta el día que el spa contrató a Camila.

Camila era una mujer hecha en todo sentido. Alta, de caderas anchas, con un pecho generoso que peleaba contra la chaqueta blanca cada vez que se inclinaba para acomodar una camilla. Llevaba el pelo castaño suelto y se reía fuerte, sin disimular nada.

El primer día que apareció en el sector, Lucía me clavó los ojos desde el otro lado de la sala. No hizo falta hablar. Las dos cabezas pensaron lo mismo al mismo tiempo: esta es la buena.

—Esta no me la sacás —le dije, casi entre dientes.

—Va a depender de ella, mi rey —respondió Lucía, encantada con la competencia.

Camila se integró sin esfuerzo. Tenía manos firmes y los huéspedes salían de sus turnos con la cara de alguien que acaba de recibir una bendición. Los tres armamos un equipo que funcionaba mejor de lo que cualquiera de nosotros hubiera esperado. Almorzábamos juntos en la cocina del personal, nos cubríamos turnos, nos contábamos pavadas en los pasillos.

Lo que no se decía, igual, se sentía. Camila se vestía con una falda gris que le quedaba ajustada y dejaba ver muslos firmes cuando se sentaba. Cuando se inclinaba para escribir las fichas, los botones de la blusa parecían a punto de saltar. Yo trataba de mirar hacia otro lado y, cuando levantaba la vista, ahí estaba Lucía, mirando exactamente lo mismo que yo.

—Te juro que la voy a hacer caer —me dijo Lucía una noche, mientras cerrábamos el sector.

—Vos hacé lo que tengas que hacer. Yo voy a esperar mi turno —contesté, sin entender todavía lo que estaba diciendo.

***

El día que entendí que iba perdiendo la batalla fue un jueves de poco movimiento. Camila arrastraba un tirón en la zona lumbar desde la mañana. Lucía, atenta como un halcón, le ofreció una sesión rápida en la cabina dos antes del próximo turno.

Pasé por la puerta entreabierta justo cuando Camila se sacaba la chaqueta, con la naturalidad de alguien que se siente cómodo en su propia piel. Quedó en corpiño, los pechos tensos apoyados contra el encaje claro. Lucía la miraba desde atrás con una sonrisa que yo conocía demasiado bien.

Fingí buscar algo en el armario para quedarme un minuto más. Camila se acostó boca abajo y Lucía empezó a trabajarle los hombros con aceite tibio. Las manos chiquitas de Lucía bajaban por la espalda y se demoraban más de la cuenta a los lados, donde nacía el costado del pecho. La piel de Camila brillaba bajo la luz cálida. La cabeza, apoyada en los brazos, se le iba ladeando con cada respiración profunda.

Cuando Lucía aflojó la presión y empezó a deslizar las palmas con caricias lentas, los suspiros de Camila dejaron de parecer alivio. Tenían otra cosa adentro. Y Lucía levantó la cara, me clavó los ojos a través de la rendija de la puerta y me guiñó.

Me fui al vestuario, cerré con traba y tuve que ocuparme yo mismo de la urgencia que se me había instalado en el pantalón. Tardé poco. Estaba demasiado entrenado de mirar lo que no me tocaba.

***

Esa misma semana, en un café cerca del hotel, Lucía me contó la verdad.

—Le tiré onda hace rato. Ella nunca estuvo con otra mujer, pero quiere probar. Me lo dijo así, con todas las letras.

Removí el café sin levantar la vista. Tenía la garganta seca.

—Está bien —dije por fin—. Te la regalo.

—No te la estoy pidiendo, che. Te estoy contando.

Solté una risa sin gracia y, antes de pensarlo demasiado, le tiré la frase que llevaba semanas dándome vueltas en la cabeza.

—Lucía. ¿Puedo mirar?

Ella se quedó con la taza a medio camino.

—¿Mirar qué cosa?

—A ustedes. Cuando lo hagan. Me quedo quieto en un rincón, te juro que no abro la boca.

Se largó a reír, fuerte, contagiosa, escandalizando a la mesa de al lado.

—Estás re loco. ¿Vos te escuchaste?

—Acordate de los huéspedes transpirados, Lucía. Algo me tenés que pagar.

Se mordió el labio. Por primera vez en mucho tiempo, no tenía respuesta inmediata.

—Dejame ver cómo se lo planteo. Si dice que no, se termina la conversación acá.

Camila dijo que sí. No me lo creí hasta que Lucía me lo confirmó al día siguiente, en el pasillo del personal, con cara de saber demasiado.

—Esta noche. En mi depto. Pero te quedás en un rincón, no opinás, no participás. Y si Camila te pide que te vayas, te vas.

—Te lo juro por mi madre.

***

El departamento de Lucía estaba en un edificio bajo, a tres cuadras del hotel. Living chico, luz cálida, una mesa redonda con una botella de vino blanco abierta. Nos sirvió a los tres y nos sentamos a charlar de cualquier cosa, como si estuviéramos por mirar una película. Camila llegó perfumada, con un vestido negro que no terminaba de tapar nada, y se sentó en el sillón con las piernas cruzadas, nerviosa pero curiosa.

Yo elegí el sillón individual, contra la pared, lo más lejos posible. Quería que las dos se olvidaran de mí.

Lucía hizo el primer movimiento. Le corrió un mechón a Camila por detrás de la oreja y se acercó despacio. Le besó el cuello, primero apenas, después con la boca abierta. Camila cerró los ojos. Yo dejé el vaso sobre la mesita para no derramarlo.

—Vení, relajate —le murmuró Lucía—. Si no te gusta, frenamos.

—No quiero frenar —contestó Camila, y se le quebró un poco la voz al decirlo.

Se besaron en la boca, sin apuro. Lucía le acariciaba el muslo por encima del vestido y Camila se apoyaba en el respaldo, dejándose hacer. Cuando Lucía le bajó un tirante y le besó el hombro, Camila respiró fuerte y miró por primera vez en mi dirección. Cruzamos la mirada un segundo. Volvió a cerrar los ojos.

—Vamos a la cama —dijo Lucía—. Acá no entramos.

La habitación tenía una cama amplia con sábanas blancas y un sillón de mimbre en una esquina. Me ubiqué ahí, como un asistente al teatro, mientras ellas se desvestían entre besos en el camino. El vestido de Camila quedó tirado al pie de la cama. El corpiño negro, después. Sus pechos, libres, eran exactamente lo que había imaginado durante meses: redondos, firmes, con los pezones oscuros y duros.

Lucía se sacó la remera y se quedó en tanga. Era flaca, casi adolescente comparada con Camila, pero su cuerpo tenía algo afilado, una belleza distinta, de líneas largas. Los dos pares de pechos se enfrentaban como un dibujo hecho a propósito.

Camila se acostó y Lucía se subió arriba. Le besó los pechos uno por uno, con la calma de quien lleva tiempo planeando cada movimiento. Le mordió suavemente los pezones y Camila arqueó la espalda con un suspiro hondo.

Yo me liberé del jean y me senté en el sillón en bóxer. La cosa estaba demasiado clara como para fingir compostura. Lucía me miró un instante, sin parar lo que hacía, y me sonrió de costado.

Camila no aguantó la pasividad. Giró a Lucía, la puso boca arriba, le bajó la tanga con los dientes y se quedó mirándole el sexo depilado un segundo, como tomando coraje. Después se zambulló sin más. La forma en que la lamía no era de alguien que estuviera empezando. Era de alguien que sabía exactamente qué se hacía a sí misma y se lo estaba haciendo a otra.

Lucía gemía con la boca contra la almohada. En un momento le agarró la cabeza con las dos manos y la guio. Y después, sin previo aviso, la dio vuelta. Se acomodaron en sesenta y nueve y ahí ya no hubo más palabras durante un rato largo, solo respiraciones y movimientos. Cada una le devolvió a la otra un par de orgasmos lentos, profundos, de los que se ven en la cara antes de oírse.

Yo me ocupaba con calma, frenando cada vez que sentía que se me iba. Quería durar lo más posible. Quería que ese sillón fuese mi puesto eterno.

***

Cuando Lucía se montó sobre Camila en una tijera improvisada, las dos empezaron a gritar de una manera que me obligó a parar la mano para no acabar antes de tiempo. Apreté los dientes, miré el techo, respiré. Volví a mirarlas. No había manera. Estaba a un suspiro del final.

Camila abrió los ojos en ese momento y me clavó la mirada. Algo le pasó por la cara. Frenó.

—Pará —le dijo a Lucía—. Esto no se desperdicia.

Antes de que pudiera reaccionar, Camila ya me tenía sentado al borde de la cama y la boca de ella estaba sobre mí. Me chupó con una desesperación que parecía rabia contenida, como si llevara meses preparando ese instante.

—¡Hicimos un trato! —protestó Lucía, riéndose desde el medio de la cama.

—Yo no firmé nada —contestó Camila, sin despegarse, y siguió.

Terminé en su boca con un temblor que me dejó vacío. Tragó todo. Cuando levantó la cara, tenía una sonrisa que no le había visto nunca antes.

Lucía me miró desde la cama, después miró a Camila, después se rio.

—Listo, dale. Subite. Estás adentro.

***

Lo que vino fue una hora larga, sin reloj y sin orden. Las dos lenguas en el sexo de Lucía, mientras Camila y yo nos besábamos por encima de ella. Camila arqueada de espaldas con las dos lenguas trabajando entre sus muslos. Las miradas que cruzaba con Camila mientras Lucía nos guiaba con la respiración. En algún momento le pedí permiso a Camila para entrarle por atrás y ella levantó las caderas como única respuesta. Lucía se sentó sobre la cara de Camila para que la siguiera lamiendo y yo me ocupé del resto, despacio, mirándole la nuca a una y la espalda a la otra.

Acabamos los tres casi al mismo tiempo. No por casualidad: Lucía nos venía dirigiendo el ritmo con su voz, con sus manos, con la forma en que apretaba las rodillas contra la cabeza de Camila cada vez que sentía que no iba a aguantar más.

Caímos sobre la cama, los tres mojados, agotados, riéndonos sin saber muy bien por qué. Camila se levantó, fue a la cocina y volvió con tres vasos de agua. Brindamos en silencio. Era una postal absurda, tierna y obscena al mismo tiempo.

—Tengo que confesarte algo —me dijo Lucía después de un rato largo, cuando Camila se había metido al baño—. Si me olvido por un segundo de que soy torta, me gustaría coger con vos ahora. Y no me preguntes por qué.

La miré sin terminar de creerle.

—¿Estás segura?

—Antes de que cambie de idea.

Camila salió del baño en el momento exacto y, sin decir una palabra, se prendió a la conversación con la boca. Las dos lenguas, ahora, eran para mí. Fue una experiencia distinta a todo lo anterior: dulce, sin prisa, con las dos repartiéndose mi cuerpo y robándose besos entre medio.

La acosté de espaldas y me fui metiendo despacio. Le di tiempo, le besé el cuello, le pregunté cien veces si estaba bien. Camila se sumó por el costado, lamiendo el lugar exacto donde la piel de Lucía se juntaba con la mía. Lucía empezó a gemir, primero suave, después con todo, y cuando acabó por segunda vez yo terminé adentro de ella sin sacar nada. Me lo pidió así.

***

Quedamos los tres tirados en esa cama una hora más, charlando como si nada hubiera pasado, como si fuéramos tres amigos en un bar. Camila contaba anécdotas del hotel. Lucía se reía contra mi hombro. Yo no podía dejar de mirar el techo, agradecido a un dios en el que ni siquiera creía.

Al día siguiente, en el spa, fuimos profesionales perfectos. Nadie habló del tema. No hubo gestos, ni guiños, ni complicidad de más. Adentro del hotel, éramos los tres masajistas de siempre.

Afuera, en cambio, tuvimos varios encuentros más. Algunos solo con Camila. Otros, los más raros, con Lucía. Con ella jamás repetimos, en realidad: fui su única experiencia con un hombre y la guardó como algo que decidió no volver a vivir, pero que le importaba haber atravesado. Lo entendí entonces. Lo entiendo todavía.

Camila cambió de trabajo unos meses después y la fuimos perdiendo de vista, como suele pasar con la gente que aparece y desaparece de la vida de uno. Con Lucía nos vemos de vez en cuando: un café, una cerveza, una broma vieja. Nunca volvimos a tocar el tema. No hace falta. A veces, cuando se ríe, me guiña un ojo como aquella tarde, contra el vidrio esmerilado de la cabina dos. Y yo entiendo todo, sin necesidad de una sola palabra.

Valora este relato

Comentarios

Sé el primero en comentar.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.