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Relatos Ardientes

El sábado que Mateo descubrió mi cajón secreto

Habían pasado unas semanas desde aquella tarde en la que Mateo y yo cruzamos la línea que llevábamos meses rondando. Lo que empezó como una conversación más en su cocina terminó en mi cama, sin promesas ni etiquetas. Después de tantos meses de confesiones largas a través del teléfono, alguno de los dos se atrevió a dar el paso. Todavía no sé quién fue el primero, ni me importa demasiado. Aquel encuentro no fue un polvo cualquiera entre dos amigos: fue el principio de algo distinto, una puerta que se abrió a un territorio nuevo.

Los dos llevábamos años aprendiendo a desordenarnos en la cama. Sabíamos que el sexo entre adultos consentidos no necesita reglas escritas, solo honestidad, ganas y la capacidad de escuchar al otro. Hay pocas cosas en la vida que te enseñen tanto sobre ti misma como decidir, en cada momento, hasta dónde quieres llegar y con quién.

Habíamos vuelto a vernos varias veces, casi siempre en su loft cerca del muelle viejo. No habíamos repetido en mi casa: vivir con una hija a la que recuperaste hace pocos años hace que metas el freno. Aunque sé que ella, que siempre fue más madura que yo, lo entendería sin pestañear. Hay cosas que prefiero no compartir todavía.

Esa noche el plan se alineó. Mi hija se iba con sus amigas a un cumpleaños y dormía en casa de Lucía. Mateo y yo teníamos el fin de semana libre. Le dije que viniera. Piscina, parrilla, siestas debajo de la sombrilla, dormir juntos sin reloj. ¿No suena perfecto?

***

Cenamos en el patio. Pedimos pizza de una trattoria del barrio que pone albahaca de la huerta y deja la masa reposar dos días. Abrimos cervezas, una detrás de otra. Él en bañador, yo solo con la braga del bikini y un pareo atado a la cadera. Los dos descalzos sobre las baldosas todavía tibias. Hacía un siglo que no me sentía así. Como cuando era adolescente y mis padres se iban un fin de semana al campo y yo invitaba al noviete de turno con la excusa de estudiar.

Roces. Besos furtivos entre porciones de pizza. La mano de Mateo en mi rodilla bajo la mesa. Cervezas. La excitación hizo el resto. Dejamos los restos de la cena sobre la mesa de plástico del jardín y terminamos haciendo el amor en mi habitación, desnudos, riéndonos como dos chicos en una primera vez.

El alcohol, el haber aflojado tensiones y el cansancio del calor hicieron lo suyo. Caímos rendidos. Dormimos como si nos hubieran tirado desde una azotea, ocupando el lado del otro, con brazos y piernas cruzados sin orden ni concierto.

***

Nos despertamos juguetones. Habíamos dormido a pierna suelta y arrastrábamos esa tontería de las relaciones recién empezadas, cuando todo te causa gracia y todo te calienta. Estaba claro que lo nuestro, llegara hasta donde llegara, no iba a terminar en boda ni en una historia de domingo por la tarde con perro y casa con jardín. Somos dos adultos que sabemos lo que queremos y, sobre todo, lo que no queremos.

Me costó muchísimo despedirme de mis fantasmas. No pienso atarme a otra pareja con esa lógica del «para siempre». Quiero un amigo, un cómplice, un compañero de juegos. Y eso era lo que nos decíamos, sin decirnos nada, con esas primeras caricias del sábado por la mañana. La habitación estaba inundada de luz aunque tuviéramos las persianas bajas. El verano ya empujaba con fuerza desde temprano.

Cualquiera que se haya levantado un sábado de verano después de una noche de cervezas sabe que la mañana no es lo más glamuroso del mundo. Besos con sabor a noche, pelo desordenado, los dedos pegajosos. Pero cuando hay confianza nada de eso pesa. Como dice el meme, y lo sabes.

Me desperecé estirando los brazos por encima de la cabeza, curvando la espalda hacia atrás, intentando ganar esos centímetros que la genética nunca me regaló. Mateo, atento como siempre, no necesitó más. En las pocas veces que habíamos compartido cama ya había mapeado mis puntos débiles. Se incorporó de rodillas y empezó a lamerme los pezones despacio, jugando con mis pechos como un domador que ya conoce a sus animales. Sabía exactamente qué hacer en cada momento para que yo empezara a derretirme.

Me dejé hacer. Giré la cabeza y entreabrí los ojos. El sol entraba por las rendijas de la persiana y me daba justo en la cara. A contraluz lo vi a él, arrodillado, apoyado en una sola mano, y entre sus piernas su sexo bamboleándose en cámara lenta sobre un manojo de pelo negro y rizado. Lo miré como hipnotizada.

Mateo no tiene una herramienta extraordinariamente larga, pero sí gruesa. Y, como cualquier mujer que haya pasado por algunas camas sabe, el tamaño importa, sí, pero saber qué hacer con eso importa el doble.

***

Mientras él seguía con mis pechos, yo veía cómo aquel péndulo crecía y crecía, como si tuviera vida propia. La piel se iba estirando, el glande iba asomando hasta quedar completamente afuera. La crisálida se estaba transformando en mariposa, y yo no podía dejar de mirar.

Estaba tomando el control, y yo necesito tener al menos una parte del timón en mis manos. Me zafé suavemente y, con un movimiento rápido, lo empujé sobre la cama de espaldas. Ahora podía mirarlo sin el sol pegándome en la cara. Su sexo, todo erguido, me esperaba.

No soy una gran fan del sexo oral, lo confieso. Mucho menos cuando intentan agarrarme la cabeza: esa dominación me corta el deseo de cuajo. Pero hacerle una felación a alguien con quien tengo confianza me da una satisfacción rara, parecida al poder. Sentir que su placer depende, en ese momento, de mis manos, de mi boca, de mi paciencia. Es el vals del sexo, y vinimos a bailarlo.

Deslicé la piel hacia la base con la mano y envolví el glande con los labios. Mi lengua jugó con la punta mientras la otra mano subía y bajaba por el tronco. Él se retorcía sobre la sábana arrugada, mordiéndose el labio, sin saber qué hacer con sus manos. Lo lamí como si fuera un caramelo barato del quiosco, y de tanto en tanto cerraba los dientes muy suaves para que sintiera el filo. Lo tenía a mi merced, y me estaba gustando.

Bajé la mano hasta sus testículos y los acaricié despacio. Sentí la suya en mi pelo, sin tirar, solo rozándome la nuca. Esta situación me había encendido a mí también. Él, calmando su hambre con mis pechos, había logrado que yo me abriera por completo, y ahora aprovechaba el ángulo para meter dos dedos en la entrada de mi sexo, ya hinchado y mojado.

***

Solté su sexo. Subí hasta su boca y nos besamos largo. Mateo aprende rápido. Estiró el brazo hacia el cajón de la mesita y sacó un lubricante con sabor a caramelo y una caja de preservativos estriados. Sonreí. Eso quería decir que él había estado curioseando entre mis cosas mientras yo me duchaba.

Me arrodillé en la cama, hundí la cabeza entre mis brazos y le ofrecí la espalda. Cerré los ojos y me dejé llevar. Sentí sus dedos gruesos untados en aquel lubricante dulzón, recorriéndome la entrada despacio. Después sus manos en mis muslos, separándolos un poco más.

Me abrió con cuidado y noté su aliento cálido y húmedo. La lengua llegó después, lamiendo en círculos. Mis labios se hinchaban con cada pasada. Cuando dejó de rodear y se metió adentro, sentí que era la lengua la que me penetraba, rápida, viva, con una voluntad propia. Empecé a gemir contra la almohada.

No sé cuánto duró eso. Yo había entrado en una especie de trance del que no quería salir. De golpe, él se separó. Lo sentí alejarse y casi se me escapa un reproche.

—No pares —pedí, casi rogando.

Sentí sus manos en mis caderas y, un segundo después, todo su cuerpo dentro del mío. Las estrías del preservativo me recorrieron milímetro a milímetro. El ritmo era firme, sin avisar, sin pedir permiso. Sus caderas chocaban contra las mías. Yo seguía con la cabeza enterrada entre los brazos, como un avestruz que no quiere mirar el peligro. Estaba cerca, muy cerca.

Y de repente, paró. Se retiró. Sentí en mi vientre algo cálido, escurriéndose hacia el costado, y un grito ahogado de él. Había terminado. Yo estaba a un latido del orgasmo, y él se había bajado del tren justo antes de la estación.

***

Quise incorporarme para terminar yo misma con los dedos, sin pensar demasiado en él. Me había quedado a mitad de camino y necesitaba llegar.

—No te muevas, no te muevas —oí, con la voz entrecortada.

No sé por qué le hice caso. Esperé, pensando que iba a hacerme un cunnilingus o que me terminaría con los dedos.

Abrí los ojos como platos cuando sentí algo grueso, vibrando, deslizándose dentro de mí con seguridad. No me dolió: estaba completamente lubricada y aquel juguete entró suave pero rápido. Estaba claro: mientras yo dormía, él había hecho un inventario de mi cajón de la mesita. Había secuestrado uno de mis amiguitos de látex y lo manejaba con maestría, como si llevara años haciéndolo.

La vibración del juguete, sumada al juego de muñeca de Mateo, me devolvió al trance del que me había sacado segundos antes.

—¿Lo hago bien? ¿Te gusta? ¿Más rápido? —preguntó, jadeando todavía.

—Sí, así, no pares. Vaya sorpresa.

Estaba arrodillado a mi lado, con una mano apoyada en mi cadera para no perder el ángulo y la otra moviendo el dildo con un ritmo que parecía aprendido. No era la primera vez que jugaba con uno, eso quedó claro. Y esa mañana todavía me tenía una sorpresa más.

Yo concentraba todas mis energías en mi sexo, casi al borde, cuando sentí su lengua recorriéndome el vientre. Estaba lamiendo su propia eyaculación, su propia marca, mientras seguía moviendo el vibrador con la otra mano. Algo en ese gesto, tan poco protocolar, tan suyo, me terminó de quemar la cabeza.

Mis piernas empezaron a temblar. Me venía encima la ola.

—Para, para, por favor —le dije.

Sacó el dildo, supongo que empapado, mientras yo recibía las primeras sacudidas eléctricas del orgasmo. Fueron varias, fuertes al principio, después más sutiles, hasta que se apagaron como olas que se retiran de la orilla.

Me derrumbé sobre la cama. Él se tumbó al lado, con la respiración todavía agitada.

***

—Vaya sorpresa —le dije cuando recuperé el aire—. No sabía que tuvieras estas perversiones.

—Y yo no sabía que tenías ese arsenal. Tu cajón es la cueva de Alí Babá.

Me reí.

—Si quieres, podemos ir probando todos. Uno por uno.

—Me encantaría —contestó, y se incorporó sobre el codo—. Y podríamos comprar otros tipos de preservativos, y…

Le tapé la boca con la mano.

—Me encanta compartir esto contigo, y quiero seguir follando y disfrutando todo lo que pueda. Pero no nos podemos arriesgar a pillar nada raro. Esto continúa con cabeza, o no continúa.

Asintió. Nos besamos despacio, y en los labios del otro saboreamos nuestros propios olores, mezclados.

***

Desayunamos en la cocina, los dos en bata, descalzos sobre las baldosas frescas. Hablamos sin prisa de cómo seguíamos. Ese fin de semana casi no salimos del cuarto, salvo para meternos en la piscina o picotear lo que iba quedando en la nevera. Hablamos de lo divino y de lo terrenal, de nuestras filias y nuestras fobias, de las cicatrices viejas y de las que aún no terminan de cerrar.

El lunes pedí cita con mi ginecóloga. Sabía que era una mujer activa sexualmente, y siempre tuve los controles al día, pero me gusta hablar de estas cosas con quien me conoce hace años. Mateo también pidió cita y se hizo análisis. Esa misma semana firmamos, sin papel ni testigos, un acuerdo en serio: no éramos pareja, podíamos acostarnos con quien quisiéramos, pero las enfermedades de transmisión sexual quedaban fuera de nuestro círculo. Sin preservativo, ni una sola vez. Con quien fuera.

Esa fue la única regla que escribimos. La cumplimos los dos. Y, como suele pasar cuando dos adultos se hablan claro, todo lo demás se volvió mucho más fácil.

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Comentarios (7)

NicolasMdq

jajaja el titulo ya me engancho, tuve que leerlo entero de un tiron sin parar

LunaNocturna

Dios mio, necesito una segunda parte!!! no podes dejarnos con esa intriga al final

FlordePampa

Se nota que es real, eso es lo que mas engancha de estas confesiones. Muy buen relato!

PatricioMza

Tremendo jajaja. Me imagine toda la escena y no pude parar de leer. Sigan publicando asi!

Valeria_77

Me encanto como esta narrado, fluye solo y te lleva al final sin darte cuenta. 10/10

RamiroPlata

Buenisimo!! uno llega con cervezas sin saber lo que le espera y mira como termina la tarde jeje

AnaBel22

Excelente relato, se siente muy autentico. Ojala haya continuacion porque quede con ganas de saber como siguio todo

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