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Relatos Ardientes

Lo que pasó en la cabina del fondo aquel viernes

En la clínica donde trabajaba ya nadie se sorprendía cuando Carolina y yo nos quedábamos hasta tarde haciendo papeleo. Llevábamos casi un año cubriendo los mismos turnos de fisioterapia, codo a codo en consultas contiguas, y los gestos cómplices se habían vuelto parte del ruido de fondo.

Ella tenía treinta y ocho años y dos hijas pequeñas. Rubia natural, con el pelo recogido en una coleta que se le iba aflojando a lo largo de la jornada. Cuerpo trabajado por años de tratar lumbalgias ajenas, pero con esa pequeña curva en el vientre que dejaba el embarazo y que ella odiaba más que nadie. Las caderas firmes, el culo redondo apretado en los pantalones blancos del uniforme, y un pecho que se le marcaba bajo la camiseta cada vez que se inclinaba sobre un paciente.

Yo tenía treinta y dos y llevaba ocho meses intentando no mirarla cuando se inclinaba.

El juego había empezado de a poco. Un comentario suelto en la sala de descanso. Una mano que duraba un segundo de más al pasarle una toalla. Las miradas que se cruzaban en el espejo del fondo cuando los dos atendíamos a la vez. Después vinieron las bromas con doble sentido, los mensajes a deshora preguntando «cosas del trabajo», las sobremesas que se estiraban más de la cuenta.

—Algún día esto se nos va de las manos —me había dicho una tarde de marzo, mientras guardaba las sábanas limpias.

—Algún día —contesté, sin mirarla.

Los dos sabíamos que ese día no iba a tardar.

***

Aquel viernes hacía un calor pesado, de los que pegan la camiseta a la espalda apenas cruzas la puerta. La clínica estaba medio vacía: el resto del equipo había salido a una reunión con un proveedor de equipamiento, así que Carolina y yo quedamos solos cubriendo las urgencias hasta las cinco.

Habíamos comido en silencio en la salita de atrás. Ella revolvía una ensalada que no terminaba, yo masticaba un sándwich que no me entraba. La conversación estaba ahí, debajo de la mesa, mordiéndonos los pies.

A las dos y media se levantó, dejó el envase en el fregadero y se quedó parada contra la encimera, mirándome.

—Tenemos que hablar —dijo.

—Vale —contesté, dejando el sándwich a medio comer.

—Aquí no.

Caminamos hasta la cabina del fondo, la que casi nunca usábamos porque no tenía ventanas y olía un poco a humedad. Cerró la puerta a sus espaldas y se apoyó contra ella, como si necesitara sostenerse.

—Creo que tenemos que dejar este juego —dijo, mirándose las zapatillas blancas—. Cada semana es peor. No duermo, Andrés. Pienso en cosas que no debería pensar y vengo igual al trabajo y te veo y es peor.

—Lo sé —dije.

—Entonces lo sabes.

—Lo sé desde hace meses.

Levantó la cabeza. Tenía los ojos vidriosos, pero no de tristeza. Era otra cosa.

—¿Y si nos lo permitimos una sola vez? —soltó sin pausa, como si la frase llevara semanas formada en la boca—. Una. Sin promesas, sin culpas después. Aprovechemos que no hay nadie. Después se acaba y volvemos a ser lo que éramos.

Di un paso hacia ella. Ella dio otro paso hacia mí. Quedamos a un palmo, respirando el aire del otro.

—Es muy peligroso —dije.

—Es ahora o nunca.

Y pasó.

La besé primero suave, casi con miedo, como si todavía hubiera tiempo de retroceder. Ella me devolvió el beso con la boca abierta y los dedos enredados en mi pelo, y supe que no había vuelta atrás. Mi mano le bajó por la espalda hasta la cintura y la sentí estremecerse contra mí.

—Estás temblando —murmuré contra su cuello.

—Tú también.

Le pasé las manos por debajo de la camiseta del uniforme. Tenía la piel caliente, casi húmeda. Subí la tela despacio, ella levantó los brazos para que se la sacara del todo, y la dejé caer al suelo junto a mis pies. Después fue ella la que me sacó la mía, con dedos torpes que se trababan en los botones del cuello.

Se cubrió el pecho con los brazos en cuanto quedó en sostén.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—Me da cosa.

—¿De qué?

—Después de las niñas no me veo igual. Tengo cicatrices, marcas, cosas.

Le toqué los dedos de las manos, despacio, hasta que aflojó los brazos.

—¿Puedo? —le dije, con los pulgares debajo de los tirantes del sostén.

—Sí.

Le bajé los tirantes, le desabroché el broche de la espalda con una mano y la otra le sostuvo el pecho a medida que la tela cedía. Los senos le cayeron pesados, plenos, con esa redondez ancha que solo tienen los pechos que amamantaron. Los pezones se le habían puesto duros, oscuros, casi violetas en el centro.

—Son hermosos —le dije, acariciándolos de abajo hacia arriba—. No tienes idea de cuántas veces pensé en esto.

Suspiró largo, con los ojos cerrados, y se dejó tocar.

***

Seguimos besándonos contra la puerta cerrada, ahora más despacio, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo y ninguno a la vez. Le desabroché el botón del pantalón blanco, le bajé el cierre, y la tela resbaló sola por sus muslos hasta el suelo. Se sacó las zapatillas con un puntapié al costado.

Quedó en braga negra contra la puerta. Le pasé los nudillos por el costado del muslo y la sentí apretar los labios para no hacer ruido.

—No tenemos que apurarnos —le dije.

—Sí tenemos —respondió—. En cualquier momento vuelven.

La empujé suave hacia la camilla del medio. Se sentó primero, después se acostó boca arriba, y yo le tomé las rodillas y le doblé las piernas. La braga negra se le marcaba mojada en el centro. Le pasé los dedos por encima de la tela, despacio, y la sentí arquearse.

—Por favor —dijo.

Le bajé la braga hasta los tobillos, se la quité del todo, y me arrodillé al pie de la camilla. Le abrí las piernas con las dos manos. Tenía el pubis depilado, limpio, los labios hinchados, brillantes. Acerqué la boca despacio y le pasé la lengua entera, de abajo hasta arriba, una sola vez.

El gemido que se le escapó fue grave, ronco, como si lo hubiera estado conteniendo desde hacía meses.

Le lamí el clítoris en círculos lentos primero, después con la punta de la lengua firme, después con los labios apretados alrededor, succionando. Le metí dos dedos despacio, los curvé hacia arriba y empecé a buscar ese punto interno que tensa los muslos. Lo encontré rápido. Lo sentí cuando ella cerró las piernas de golpe contra mi cara y me agarró el pelo con una fuerza que no esperaba.

—Para, para, me voy a correr —dijo entrecortada.

No paré. Seguí. Quería sentirlo en la boca, quería notar cómo se le contraía todo por dentro.

—Ay, no, no, no… —empezó a decir, y la frase se le cortó en un gemido seco que le subió desde el vientre.

Se corrió contra mi boca con un temblor que le recorrió las piernas, los muslos, hasta los pies, que se le pusieron tensos en el aire. Yo seguí lamiéndola despacio mientras bajaba, hasta que me empujó con la mano para que parara.

—Dame un segundo —dijo, riéndose bajito—. Dios mío.

***

Se incorporó en la camilla, todavía con la respiración rota, y me agarró del cinturón del pantalón. Me lo desabrochó con las dos manos, me bajó el bóxer hasta los muslos, y me agarró con la mano derecha. Empezó a moverla despacio, mirándome.

—Hace meses que pienso en esto —dijo—. No quería pensarlo. Pero pensaba.

Se inclinó hacia adelante y me la metió en la boca sin avisar. La sentí caliente, mojada, apretada alrededor. Me chupó con movimientos largos, de la base hasta la punta, y se demoraba arriba succionando con los labios cerrados antes de volver a bajar.

Le agarré la nuca con la mano abierta, sin empujar, solo apoyada. Cerré los ojos. Sabía que si la dejaba seguir un minuto más iba a terminar todo demasiado pronto.

—Ven —le dije.

Se levantó. Se acostó boca arriba en la camilla y abrió las piernas. Yo me acerqué, le pasé la mano por el muslo, me posicioné en la entrada y empujé despacio. Estaba tan mojada que entró toda de una vez. Ella soltó un quejido bajo y me clavó las uñas en los antebrazos.

—Despacio —dijo.

Me quedé quieto unos segundos, sintiéndola apretada alrededor, sintiendo cómo se ajustaba. Después empecé a moverme con embates lentos, profundos. Ella tenía los ojos cerrados, una mano se acariciaba el pecho y la otra me apretaba la cintura. Cada vez que entraba hasta el fondo, se le escapaba un sonido del fondo de la garganta.

—Más —dijo después de un rato—. Más rápido.

La agarré por debajo de las rodillas, le levanté las piernas hasta los hombros, y empecé a embestirla más fuerte. La camilla crujía debajo de nosotros. La piel se nos pegaba con el calor de la cabina sin ventanas. Ella se mordía el dorso de la mano para no hacer ruido.

—No puedo más —dije casi al oído.

—Córrete dentro —contestó—. Quiero sentirlo caliente.

Esas palabras me terminaron de soltar. Empujé tres veces más, profundo, y me corrí dentro de ella con una descarga que me hizo apretar los dientes. Sentí el latido de mi propio cuerpo dentro del suyo. Ella me agarró la espalda con las dos manos y me apretó contra ella, sin soltarme.

—No salgas todavía —murmuró—. Quédate.

Me quedé. Apoyé la frente en su cuello, ella me acarició el pelo de la nuca, los dos respirando fuerte contra el techo bajo de la cabina.

—Chúpame los pechos —dijo después de un rato, casi en un susurro.

Le bajé la cara a uno de los senos, le tomé el pezón con la boca y empecé a chuparlo despacio. Ella se movió debajo de mí, primero suave, después insistente, frotándose contra mi pelvis. Yo todavía estaba duro, todavía dentro. Empecé a moverme otra vez.

Le dio rápido. La sentí tensarse en menos de un minuto, las piernas cerrándose otra vez sobre mí, los talones clavados en mis nalgas, y un gemido seco, ahogado en su propia boca, que terminó todo.

Quedamos los dos extasiados, tirados en la camilla, escuchando el zumbido del aire acondicionado del pasillo.

***

Nos vestimos despacio, sin mirarnos demasiado. Ella se ató el pelo otra vez, se acomodó el uniforme, se pasó la mano por las mejillas para quitarse el rubor. Yo me abroché la camiseta y me agaché a buscar las zapatillas que había pateado debajo de la camilla.

Antes de salir, me agarró la cara con las dos manos y me dio un beso largo, profundo, con los ojos cerrados. Un beso de despedida.

—Valió la pena —dijo.

—Valió la pena —repetí.

—Pero hasta aquí.

—Hasta aquí.

Abrió la puerta, miró el pasillo para asegurarse de que no hubiera nadie y salió primero. Yo esperé un minuto largo, me lavé las manos en el lavabo de la cabina, me miré en el espejo. Tenía la marca de su pintalabios al costado del labio. Me la limpié con el pulgar.

Cuando salí, ella ya estaba en su consulta atendiendo un turno tardío. Pasé por la puerta y la miré. Levantó los ojos un segundo, me sonrió como me sonreía siempre, y volvió a lo suyo.

El lunes vinimos los dos al trabajo como cualquier lunes. Nadie notó nada. No hubo más mensajes a deshora, ni manos que se quedaban un segundo de más, ni miradas en el espejo del fondo. Volvimos a ser exactamente lo que éramos antes, solo que ahora cargábamos el mismo secreto entre los dos.

A veces, todavía hoy, cuando me cruzo con ella en el pasillo y me saluda con su buenos días tranquilo, pienso en aquella tarde de viernes en la cabina del fondo y entiendo lo que quiso decir cuando dijo que había valido la pena.

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Comentarios (4)

PabloSur_99

Tremendo relato, se siente demasiado real para ser inventado. Mas asi porfavor!!!

Nico_BA

¿Hay segunda parte? Quede con muchisimas ganas de saber como siguio todo despues de ese viernes...

AndreaBaires

Me trajo recuerdos de una situacion parecida que vivi hace años. Esa tension de meses que se acumula en los pasillos, en los ascensores... cuando explota explota de verdad. Muy bien contado.

noche_eterna88

Lo que mas me gusto fue la descripcion de esa espera previa. Eso es lo que diferencia un buen relato de uno del monton.

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