La transexual que me hizo perder todos los miedos
Siempre me atrajeron las mujeres con curvas pronunciadas. Desde muy chico, las que me llamaban la atención eran las de cuerpos generosos: senos grandes, caderas anchas, ese tipo de figura que parece diseñada para ocupar espacio. A los dieciséis años me topé por accidente con material de mujeres trans en internet, y algo se detuvo en mí. El cuerpo femenino llevado a un extremo que ninguna mujer que yo hubiera visto igualaba, más un elemento que no supe nombrar entonces pero que me generó algo intenso y confuso.
Con los años entendí que no era tan raro. Que el deseo tiene sus propias lógicas, independientes de lo que uno se dice a sí mismo antes de dormirse. Que podés pasarte años fantaseando con algo y seguir convenciéndote de que no vas a actuar, hasta que una noche de verano, con el alcohol justo y la guardia baja, la oportunidad aparece en la esquina correcta.
Valentina estaba parada en esa esquina.
***
Tenía veintiún años. Había salido con amigos y cuando quise darme cuenta ya estaba solo en una calle que no era la del bar. La vi de lejos: alta, con una melena oscura hasta la cintura y un enterizo ajustado que no dejaba nada a la imaginación. Llevaba sandalias de plataforma que la hacían casi de mi altura, y sus caderas se movían al caminar con esa precisión que cuesta fingir. Treinta y cuatro años, aunque yo no lo sabía todavía.
Me detuve en la vereda. Me la había imaginado muchas veces y nunca pensé que iba a actuar.
Me acerqué porque el cuerpo me llevó antes que la cabeza.
—Hola —dije—. Disculpá que te moleste. Sos la mujer más hermosa que vi en mucho tiempo.
Ella me miró de arriba abajo sin prisa. Ojos oscuros, una sonrisa que sabía exactamente qué estaba haciendo.
—Qué lindo —dijo—. ¿Cuántos años tenés?
—Veintiuno.
—Ay, bebé. —La sonrisa se hizo más amplia—. Estoy trabajando ahora, pero si en serio querés conocerme, anotá mi número y coordinamos.
Anoté. Le agradecí. Y cuando me alejé caminando como si nada, el corazón me golpeaba en el pecho a un ritmo que no era normal.
***
Al día siguiente la llamé. Colgué dos veces antes de que sonara. A la tercera dejé que sonara hasta que contestó.
—Hola, ¿quién es?
—El de anoche. El de la esquina.
—Ah. —Hubo una pausa breve—. Pensé que no ibas a llamar.
Charlamos casi media hora. Me preguntó qué buscaba. Le dije la verdad: que era la primera vez que llamaba a alguien así, que me había atraído desde el primer segundo y que tenía miedo pero quería conocerla igual. Ella escuchó sin interrumpirme.
—¿Querés venir ahora? —dijo cuando terminé—. Estoy libre.
Fui.
***
Su departamento quedaba a veinte minutos. Toqué el portero eléctrico con los dedos que no terminaban de obedecerme. La puerta se abrió antes de que llegara al tercer piso.
Valentina estaba en el umbral con un camisón de seda blanca: escote profundo, tirantes finos, la tela cayendo apenas por la mitad del muslo. Los senos se marcaban contra la tela con una claridad que no dejaba margen para la imaginación. Llevaba sandalias bajas y tenía las uñas pintadas de rojo intenso, los mismos de la noche anterior.
—Pasá —dijo—. Cerrá la puerta.
Me senté en el borde del sillón porque no supe dónde más sentarme. Ella se apoyó en el mueble frente a mí y me estudió con calma, sin ningún apuro.
—¿Nunca estuviste con alguien como yo?
—No.
—Y eso no te asusta.
No era una pregunta. Era una observación precisa.
—Un poco —dije—. Pero pensé que me iba a arrepentir más de no venir que de venir.
Ella se acercó despacio. Se sentó a mi lado y me tomó la cara con las dos manos. Sus dedos eran largos, las uñas del rojo de siempre.
—Vamos de a poco —dijo—. Y si en algún momento no querés seguir, me lo decís y paramos. ¿De acuerdo?
Asentí.
Y entonces me besó.
***
El beso fue largo y profundo y borró cualquier pensamiento que me quedara. Le puse las manos en la cintura y la acerqué. Ella se dejó llevar y empezó a desabrocharme la camisa botón por botón, sin prisa, sin apuro.
Le corrí los tirantes del camisón. La tela cayó al piso.
Valentina desnuda era exactamente lo que había imaginado y más. Los senos grandes y firmes, los pezones oscuros, la cintura angosta que contrastaba con la anchura de las caderas y los glúteos. El vientre liso. Las piernas largas y bien formadas. Y abajo, pequeña y completamente depilada, la parte que confirmaba lo que ella era.
La miré. Ella me miró a mí. Ninguno de los dos desvió la vista.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Estoy muy bien —dije. Y era verdad.
Me levanté, la abracé, metí la cara en su cuello. Olía a algo dulce y cálido. Bajé por sus hombros, por el escote, empecé a besar los senos. Valentina dejó escapar un sonido bajo y continuo. Tomé un pezón en la boca y respondió de inmediato, endureciéndose contra mi lengua. Me agarró el pelo con una mano.
—Así —dijo—. Despacio.
Pasé al otro pezón, luego bajé por el vientre. Antes de que llegara más abajo, ella me tomó de los hombros y me indicó que me sentara en el sillón.
***
Se arrodilló frente a mí y me sacó el pantalón con movimientos precisos. Tomó el tiempo que hizo falta. Empezó con la boca y trabajó con una destreza que yo no había experimentado antes: la lengua moviéndose en espiral, la presión exacta en el momento exacto, el ritmo cambiando de lento a decidido sin aviso. De vez en cuando levantaba la vista hacia mí, y esa mirada era difícil de sostener.
—Relájate —murmuró, y la vibración de su voz me recorrió entero.
Cuando se detuvo, no era porque yo hubiera llegado al límite. Se detuvo porque eligió hacerlo. Se levantó, me tomó de las manos y me hizo acostar en el sillón con las piernas alzadas.
Lo que siguió fue algo que yo ya había vivido, pero nunca con esa intensidad. Valentina usó la lengua con una paciencia que convertía cada segundo en algo que no sabía cómo procesar. Cambiaba de ritmo, variaba la presión, incorporaba los dedos de a uno con una suavidad tal que en ningún momento me incomodé. Entre una pausa y otra levantaba la cabeza.
—Qué rico estás —decía, y volvía.
No sabía cómo procesar lo que sentía. Solo sabía que no quería que parara.
***
Cuando me preguntó si quería devolverle el favor, respondí que sí antes de terminar de pensar.
Se recostó boca abajo en el sillón con las piernas separadas. Sus glúteos desde ese ángulo eran una exageración perfecta: grandes, redondos, sin tensión. Me acerqué, la tomé de la cintura y me agaché.
Hay cosas que uno imagina muchas veces antes de hacerlas. Esta era una de ellas. El olor, la textura de la piel, la respuesta inmediata de su cuerpo. Valentina se apoyó contra el respaldo del sillón y empujó hacia atrás con una firmeza tranquila. No paraba de hablar en voz baja, frases que se convertían en sonidos antes de terminar de formarse.
En algún momento se dio vuelta y me tomó la cara entre las manos.
—Quiero que me pruebes —dijo—. ¿Querés intentarlo?
Entendí a qué se refería. Le sostuve la mirada un momento.
—Sí —dije.
Se sentó en el borde del sillón. Empecé con un beso suave, cerrado. Luego abrí la boca, tomé el glande entre los labios y dejé que la lengua hiciera lo que le pareció natural. Valentina no me apuró. Puso la mano en mi cabeza pero no presionó.
—Eso es —dijo—. Despacio. Sentís cómo responde, ¿verdad?
Sí. Lo sentía. Y en vez de asustarme, me generaba algo que no supe nombrar en ese momento pero que era, claramente, excitación.
Estuve así varios minutos. Cuando me levanté, ella me besó despacio y largo.
—Sos increíble —dijo.
***
Me puse el preservativo. Valentina se recostó en la alfombra con las piernas al hombro y los ojos fijos en mí. Entré despacio, centímetro a centímetro, controlando el impulso de ir más rápido. La sensación era difícil de describir: calor, presión, su cuerpo acompañando cada movimiento con una precisión que parecía ensayada.
—Sin miedo —dijo—. Así.
Me dejé llevar.
Se agarraba los senos con las manos, echaba la cabeza hacia atrás, modulaba los gemidos con una naturalidad que hacía todo más intenso. En algún punto se incorporó, me hizo sentar y se sentó encima dándome la espalda. La imagen desde atrás era irreal: esa espalda ancha y suave, los glúteos moviéndose arriba y abajo con su propio ritmo, sus manos apoyadas en mis rodillas para equilibrarse. Me quedé quieto unos segundos para no terminar antes de tiempo.
Luego se dio vuelta. De frente, con las rodillas a los lados de mis muslos. Desde esa posición podía verla completa: la cara concentrada, los senos moviéndose con cada empuje, la cadera encontrándose con la mía en un ritmo que fuimos construyendo juntos. La tomé de la cintura y la ayudé a moverse.
—Así es como me gusta —dijo, y cerró los ojos.
Llegué al límite con esa imagen. Le dije que no aguantaba más. Ella se levantó despacio, me sacó el preservativo y terminó con la boca lo que había empezado con el cuerpo. Fue rápido e intenso, y cuando terminé, ella levantó la cabeza y me sonrió.
—Todo —dijo, y subió a besarme.
El beso me tomó de sorpresa. El sabor era extraño y propio al mismo tiempo. No me aparté.
***
Quedamos un rato en silencio, ella apoyada contra mi pecho, yo con la mano en su espalda. La habitación estaba quieta. Afuera seguía la noche.
—¿Querés quedarte un rato más? —preguntó.
—Sí.
Se levantó para ir al baño. La seguí sin saber exactamente por qué. Había algo en ella que no me dejaba parar. Cuando ya debería haberme vestido y despedido, me arrodillé detrás de ella y volví a empezar. Valentina se apoyó en la pared con la palma y dejó escapar algo que era mitad risa, mitad otra cosa.
—Estás loco —dijo.
—Lo sé.
Le tomé las caderas con ambas manos y continué. Ella bajó la cabeza y me guió con el cuerpo, inclinándose hacia adelante, abriéndome más acceso. En algún momento la tomé con la boca y la trabajé con calma, sin prisa, hasta sentirla responder del todo. La masturbé despacio hasta que terminó. Fue silencioso y concentrado. Casi íntimo.
Nos duchamos juntos. Ella me jabonó la espalda. Yo le apliqué champú en el pelo. No hablamos de nada importante. Había algo raro en ese momento, una proximidad que no había anticipado y que no supe cómo clasificar pero que tampoco quise interrumpir.
***
Antes de irme me preguntó si iba a volver.
—La mayoría no vuelve —dijo, sin amargura. Como si fuera un dato estadístico que había aprendido a aceptar.
—Yo sí —dije.
Y cumplí. Tardé tres días en llamarla. Después de esa segunda vez ya no había miedos que nombrar ni barreras que cruzar. Solo quedaba seguir descubriendo qué otras cosas quería aprender, y hasta dónde me llevaba ese deseo que siempre había estado ahí, esperando que yo tuviera el valor de seguirlo.
Y Valentina, con esa paciencia tranquila que nunca terminé de entender del todo cómo podía tener, siempre estuvo dispuesta a enseñarme.