La abogada que cobró sus honorarios en la celda
Valeria Saldívar tenía cuarenta y dos años, una reputación impecable en derecho penal y una paciencia que se agotaba rápido cuando los clientes dejaban de mirarla a los ojos. Esa mañana, sentada frente a su escritorio con Rodrigo Fuentes al otro lado, sabía perfectamente que él no le había escuchado una sola palabra. Los ojos del hombre se deslizaban, sin ningún disimulo, hacia sus piernas cruzadas.
— El jurado ya tomó una decisión, Rodrigo. No hay otra salida —le dijo, apoyando los papeles sobre la mesa.
— Pero no me van a condenar a más de dos años, ¿verdad?
— El mínimo son tres a cinco. Lo que puedo hacer es hablar con el juez.
Se giró hacia Camila, su secretaria de veintinueve años que esa mañana llevaba un vestido blanco entallado que Valeria le había pedido, más de una vez, que guardara para otra ocasión.
— Camila, consígueme una cita con el juez Morales para esta semana.
— Por supuesto, doctora.
Sonó el teléfono. Camila lo atendió, habló un momento y se inclinó sobre el escritorio para pasarle el auricular a Valeria. Rodrigo, detrás de ella, observó con atención la curva del pantalón negro que se tensaba sobre su cadera.
Era el fiscal Herrera. Le habló de un joven de treinta y tres años llamado Marcos Guillén, detenido esa misma mañana con cuatro kilos de cocaína en su domicilio. Sin antecedentes, sin representación, sin un peso para pagarse un abogado.
— Me interesa el caso —dijo Valeria, poniéndose de pie—. Ya mismo voy para allá.
Le pidió disculpas a Rodrigo y salió. Los tacones resonaron en el pasillo. Detrás de ella, la puerta de la oficina quedó cerrada.
***
Marcos no había dormido esa noche. A las cuatro de la mañana, la puerta del dormitorio voló hacia adentro y cuatro policías entraron con chalecos antibalas y rifles apuntando a la cama. Su novia Luciana se despertó gritando. Él intentó alcanzar el cajón de la mesita de noche, pero una voz le ordenó soltar el arma antes de que llegara a abrirlo.
Lo tiraron al piso. A Luciana se la llevaron a la cocina entre empujones y gritos. En el garaje encontraron el bolso que Marcos había aceptado cuidar sin preguntar qué había adentro. Su amigo Nicolás Bravo le había dicho que era «mercadería» y le había pagado bien. Marcos necesitaba el dinero y no había querido saber más.
Lo trasladaron a la comisaría. El agente Villalba, que era el más amable del turno, le dijo que le buscarían un defensor de oficio. Su compañero, un hombre gordo con bigote al que todos llamaban el Toro, prefirió apretarle los genitales contra el respaldo de la silla hasta que Marcos no pudo hacer otra cosa que doblar la espalda y apretar los dientes.
— ¿Dónde está la droga que falta? —le preguntó al oído.
— No sé de qué me hablás.
El Toro apretó más fuerte. Marcos cerró los ojos y no dijo nada.
***
En la oficina de Valeria, mientras tanto, Rodrigo y Camila habían aprovechado la ausencia de la doctora.
Camila estaba de rodillas frente al sillón, con el vestido blanco arrugado en el suelo y la boca ocupada. Rodrigo tenía una mano enredada en su pelo oscuro y los ojos entrecerrados, con la respiración entrecortada de quien lleva rato aguantando las ganas.
— Así, no pares —murmuró él.
Ella levantó la vista un momento, lo miró con una expresión entre pícara y hambrienta, y siguió chupándola como si tuviera todo el tiempo del mundo. Le pasaba la lengua por el glande y volvía a tragársela despacio, saboreándola.
Rodrigo la levantó. La llevó hasta el escritorio de Valeria y la puso boca abajo sobre los papeles del caso. Las tetas de Camila se frotaban contra los documentos mientras él la penetraba por detrás, tomándola de las caderas. Los gemidos de ella se filtraban por debajo de la puerta. Después de un rato, ella se subió encima en el sillón, lo clavó adentro y empezó a moverse con un ritmo lento que él intentó seguir, torpe al principio, después sincronizado.
Rodrigo acabó sobre la espalda de ella con un quejido ahogado. Firmó los papeles que necesitaba y se fue. Camila limpió el escritorio antes de que volviera la doctora.
***
Valeria llegó a la comisaría con quince minutos de retraso. Llevaba una falda negra ajustada, una camisa blanca con dos botones abiertos y unos tacones que hacían eco en el pasillo. El comisario Sandoval la recibió sin disimular que le costaba mantener la vista alta.
Cuando se quedó a solas con Marcos en la sala de interrogatorio, fue directa.
— Entre vos y yo no puede haber secretos. Contame todo.
Él le contó. Las deudas, el trabajo que había perdido, el amigo que le ofreció una salida rápida. Valeria lo escuchó sin interrumpirlo y cuando terminó, asintió despacio.
— Lo más probable es que tu amigo ya estaba marcado y vos apareciste en el momento equivocado. Lo que puedo hacer es negociar tu colaboración a cambio de una pena menor.
— ¿Eso funciona?
— Funciona si me das el nombre y la dirección de Nicolás Bravo.
Marcos se los dio. También le dio el número de teléfono de Luciana.
— Flor puede correr peligro si Nicolás la conoce —explicó Valeria—. Necesito que ella me ayude.
— Sí, lo que sea, con tal de salir de acá.
Valeria le apretó el hombro brevemente y se fue. En el pasillo, se cruzó con el fiscal Herrera.
***
El director del penal, Héctor Maldonado, tenía cincuenta y cuatro años, el pelo grisáceo bien peinado y la costumbre de llevarse a su secretaria Natalia a un albergue transitorio los jueves por la tarde.
Esa tarde, Natalia estaba tendida de costado en la cama cuando él terminó de quitarse la ropa. Ella llevaba solo la ropa interior y le pasó la mano por el muslo mientras se acercaba.
Empezaron. Él la penetró de costado, despacio, con una pierna de ella alzada sobre su cadera. Después aceleró hasta que los resortes de la cama empezaron a quejarse y los gemidos de Natalia llenaron la habitación sin ventanas. Él le metía los dedos cuando hacían el sesenta y nueve, y la vagina de ella chorreaba de tanto placer. Se corrió adentro del orto de Natalia después de un rato largo, llenándoselo de leche, y cayeron rendidos sobre las sábanas.
Sonó el celular de Héctor.
— ¿Qué pasa? —contestó, todavía sin aliento.
Era uno de sus guardias. Un detenido nuevo, Marcos Guillén, con cuatro kilos de cocaína, y la abogada que lo representaba era Valeria Saldívar.
Héctor conocía bien ese nombre.
— Dale la celda doce. Y tratalo bien —dijo, y colgó.
— ¿Problemas? —preguntó Natalia desde la almohada.
— Al contrario. Pero hay que manejarlo con cuidado si no queremos que esa mujer nos meta en un problema.
— Si está Castillo y Salcedo en la doce, el chico va a estar protegido —dijo ella—. Después yo arreglo con ellos.
***
Luciana fue al penal el miércoles, sin avisar. Llevaba una remera blanca y un jean muy ajustado, y cuando llegó a la entrada, el guardia le dijo que los detenidos de primera semana no podían recibir visitas de familiares.
Ella discutió. Él se puso firme. Natalia apareció en el momento justo, se presentó y la invitó a hablar con el director.
Héctor la miró durante toda la conversación con una atención que iba mucho más allá de lo profesional. Cuando Luciana le rogó que la dejara ver a Marcos, él negó con la cabeza con fingida lástima, después despidió a Natalia con un pretexto y se acercó a ella por detrás.
— Sos muy hermosa —le dijo, poniéndole las manos en los hombros—. Ese chico tiene suerte.
Luciana no resistió. Entendió, sin que nadie se lo explicara, cuál era el precio de esa visita. Los dedos de Héctor le recorrieron la espalda, la cintura, le abrieron el pantalón. Ella cerró los ojos. Empezaron a besarse. Él le chupó las tetas con locura y le metió los dedos en la concha hasta que ella empezó a gemir sin quererlo. Después ella le bajó el pantalón, le tomó la verga y se la chupó de rodillas mientras él le agarraba la cabeza.
La puso en cuatro sobre el sillón y la cogió desde atrás con ganas de toro, tomándola de las caderas, metiéndole el dedo pulgar en el orto para que gritara más. Natalia entró a la mitad del encuentro sin llamar, se desnudó como si fuera lo más natural del mundo y se unió a los dos. Los tres terminaron en el sillón, sin aliento, con el olor a sudor y a sexo impregnado en las paredes de la oficina.
Al tercer día, Luciana pudo ver a Marcos en la sala de visitas íntimas.
***
Se abrazaron largo rato sin decir nada.
— ¿Tuviste problemas para entrar? —preguntó él.
— Me ayudó el fiscal, un amigo de Valeria —mintió ella, sin vacilar.
Marcos asintió. Se la quedó mirando con esa mezcla de alivio y culpa que llevaba encima desde el allanamiento. Después señaló hacia abajo, con una sonrisa que era casi una disculpa.
— Tengo un problema.
Luciana se quitó el vestido floreado. Se arrodilló frente a él, le bajó el pantalón despacio y se la tomó en la boca con una delicadeza que no tenía nada que ver con el lugar. Él le puso las manos en la cabeza y cerró los ojos. Ella pasaba la lengua por el glande, lo miraba de abajo hacia arriba con sus ojos claros y volvía a tragárselo despacio.
Subieron a la cucheta. Ella se quitó la tanga negra bailando un poco frente a él y se subió encima, se la colocó sola en la concha y empezó a cabalgar con un ritmo lento que lo mantenía al borde. Él le chupaba las tetas, le mordía los pezones, le cacheteaba el culo. El catre se movía con el típico golpe metálico contra la pared.
Después ella se puso en cuatro y él le comió el orto con ganas, escupiéndolo, metiéndole la lengua adentro. Cuando la penetró por atrás, tomándola del pelo, los dos gimieron al mismo tiempo.
Golpearon la puerta.
— Dale, pibe, que el tiempo se terminó —dijo el guardia desde afuera, con una voz que dejaba claro que había estado escuchando todo.
Marcos apretó los dientes. Luciana lo agarró del brazo antes de que se levantara, se arrodilló de nuevo y lo hizo acabar en su boca.
Se vistieron deprisa. Él salió mirando al guardia con una cara que podría haberlo matado.
***
Esa misma noche, en el departamento de Valeria, el fiscal Herrera y su amigo Sebastián, un colombiano con una risa fácil que Camila había traído sin avisar, terminaron la segunda botella de vino mientras las dos mujeres bailaban solas en el centro del salón.
Valeria llevaba un vestido plateado corto. Camila, uno negro que tampoco llegaba a las rodillas. Las dos se miraban con esa complicidad específica de quien ha hecho esto antes y sabe cómo termina.
— Queremos show —dijo Herrera, acomodándose en el sillón.
— A bancárselo entonces —respondió Valeria.
Se besaron frente a ellos con lengua y sin apuro. Las manos de Valeria bajaban por la cintura de Camila. Las caderas de Camila se movían al compás de una música que nadie más escuchaba. Sebastián llenó su copa sin dejar de mirar. Poco a poco, Valeria le desprendió el vestido a su secretaria y liberó sus tetas. Camila hizo lo mismo con ella.
Los hombres liberaron sus vergas. Camila se arrodilló frente al colombiano, lo agarró con las dos manos y se lo metió en la boca con dificultad por el grosor. Valeria hizo lo mismo con Herrera, tragándosela hasta el fondo sin esfuerzo, mirándolo a los ojos. Golpeaban esas vergas contra sus tetas. Se pasaban la lengua por el glande, por los huevos.
Cuando ya no pudieron más, Valeria se sentó encima de Herrera en el sillón y lo recibió adentro con un quejido largo. Sus tetas enormes se movían en cada sentón y él las comía con locura. Camila quedó inclinada sobre la mesa del salón, con el colombiano penetrándola desde atrás, tomándola del pelo y tirándoselo para montarla con fuerza.
Cambiaron de pareja. Valeria con el colombiano, boca arriba con las piernas en sus hombros, recibiendo embestidas profundas que la hacían gritar. Camila con Herrera en la escalera, sosteniéndose del pasamanos, sin dejar de gemir. Cambiaron de posición. La casa entera olía a sexo y a vino.
Acabaron todos juntos, las dos mujeres de rodillas, recibiendo en la cara la leche de sus machos. Se besaron un rato más, con los labios mojados, antes de que los hombres se fueran pasada la una de la mañana.
***
Una semana después, Valeria fue al penal con buenas noticias: habían detenido a Nicolás Bravo. Fue con un vestido veraniego rojo, bien maquillada, y el guardia de la entrada la miró de arriba a abajo sin disimulo.
No la dejaron pasar. Un incidente en el patio había dejado a Marcos incomunicado.
Valeria pidió hablar con el director.
— Entorpecer la comunicación entre un detenido y su defensa puede complicarle el expediente, Héctor —dijo, usando el nombre de pila sin pedirle permiso.
— Solo es por su seguridad, doctora.
— El juez va a tener otra opinión.
Héctor la miró un momento, calculando. Después llamó a Natalia y le pidió que la escoltara hasta la celda doce. El pasillo era largo. Los internos silbaron. Uno se abrió la ropa desde detrás de los barrotes. Natalia caminó sin girar la cabeza. Valeria la siguió con la espalda recta y la mandíbula apretada.
Cuando la puerta de la celda se cerró detrás de ella, Marcos se levantó de un salto.
— Atraparon a Nicolás —dijo Valeria.
— ¿En serio?
— Sí. El juez tiene toda la documentación. Lo más probable es que salgas en cuarenta y ocho horas, en prisión domiciliaria. Es lo mejor que pude conseguir.
Él se quedó inmóvil un segundo. Después la abrazó.
Valeria lo dejó hacer. Sintió el peso de ese cuerpo que llevaba semanas sin tocarse, la tensión acumulada en los hombros, el calor de la piel a través de la camisa. Cuando él la besó, ella no retrocedió.
La llevó hacia la pared. Le levantó el vestido. Ella metió la mano entre los dos y empezó a frotarse el clítoris por fuera de la tanga mientras sentía cómo él le mordía el cuello y le apretaba los pechos sin corpiño debajo de la tela.
Se fueron corriendo la ropa. Valeria se arrodilló, le bajó el pantalón junto con el calzoncillo y le tomó la verga con las dos manos. La miró un momento antes de metérsela en la boca. La chupó despacio, con esa misma precisión metódica con la que revisaba un expediente: sin apuro, sin desperdicio, sabiendo exactamente lo que hacía. Le pasaba la lengua por el glande, le chupaba los huevos, le metía la pija hasta la garganta. Él tenía los dedos enredados en su pelo y los ojos cerrados.
Después ella se apoyó en la cucheta, con una pierna sobre el colchón y la otra en el suelo, y lo guió adentro.
— Despacio —dijo.
Él entró de golpe.
— Perdoná.
— Seguí.
Siguió. El catre se movía y el ruido metálico del marco contra la pared llenó la celda. La tomó de las caderas y bombeó con todo, cachetéandole las nalgas, enterrándose hasta el fondo en cada embestida. Ella apoyó la cara contra el colchón y se mordió el labio para no gritar. Cambiaron de posición. Ella quedó boca arriba con las piernas cruzadas sobre su espalda y él se hundió en su concha con una gana que venía de semanas de encierro.
Después Denis se la metió en el orto, despacio, y ella aferró los barrotes del catre con los dos puños.
Acabó sobre sus tetas, pajeándose encima de ella. Valeria se limpió como pudo, se arregló el vestido en silencio y recogió los papeles que habían caído al suelo.
— El lunes deberías estar en tu casa —dijo, sin mirarlo, mientras llamaba a la puerta.
***
Cuarenta y ocho horas más tarde, Marcos Guillén salía de la penitenciaría con una tobillera electrónica y una bolsa de plástico con sus cosas. Luciana lo esperaba en la vereda con los ojos brillantes y las manos cruzadas sobre el pecho.
En su oficina, Valeria atendió una llamada del fiscal Herrera.
— Otro caso —dijo él—. Una mujer que mató a su pareja. Legítima defensa, o eso dice ella.
— Interesante. Mandame los detalles por mensaje.
Colgó. Se sirvió un café. Miró los papeles sobre el escritorio, los mismos papeles que Camila había limpiado diez días atrás, y pensó que había formas peores de cobrar los honorarios.
Abrió el siguiente expediente.