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Relatos Ardientes

Fingí ser su profesora aquella mañana de invierno

Han pasado casi tres semanas desde aquella Nochebuena en la que todo se torció dentro de mí. Damián entró en mi vida sin pedir permiso, y desde entonces me cuesta reconocer a la mujer que me devuelve el espejo cada mañana.

Mi marido sigue de viaje. Otra ronda de reuniones, otra semana lejos de casa. Y yo, cada noche, pensando en el muchacho de veintitrés años que me llama «señora» con sorna y me deja temblando sobre las sábanas.

Aquel martes 13 de enero amaneció gris y frío. Me desperté sola en la cama matrimonial, con la almohada todavía con el olor del encuentro del día anterior. Treinta y dos años, dos hijos en el colegio, una vida ordenada por fuera y un caos absoluto por dentro. La noche previa me había llegado un mensaje al teléfono que guardo escondido:

—Mañana a las diez. Quiero a la profesora. Busca un uniforme o improvisa. No me hagas esperar.

No firmaba. No hacía falta.

Releí el mensaje cinco veces antes de dormirme. La idea me había seguido toda la noche en sueños fragmentados: yo, severa, con el pelo recogido y la voz firme, rendida ante un alumno que no acepta un no por respuesta.

Bajé de la cama todavía con el cuerpo blando del recuerdo. Abrí el armario y empecé a buscar. Encontré una blusa blanca de botones que apenas me cerraba, una falda lápiz negra hasta la rodilla, medias finas y unos tacones que llevaba años sin usar. Debajo, nada. Me maquillé con cuidado: labios rojos, raya negra en los ojos, el pelo recogido en un rodete tirante. Cuando me miré al espejo, sentí un calor incómodo entre las piernas. La mujer que me devolvía la mirada parecía una directora de instituto a punto de perder los papeles.

A las diez en punto sonó el timbre.

Abrí la puerta sin terminar de respirar. Damián estaba apoyado contra el marco, sudadera gris, vaqueros bajos, una mochila colgada del hombro. Me recorrió de arriba abajo con esa lentitud suya que me derrite, y cuando llegó a mis labios sonrió de costado.

—Buen día, profesora —dijo, y entró sin esperar invitación.

—Pasa —murmuré, aunque ya estaba dentro.

Cerró la puerta con el pie y me empujó contra la pared del recibidor. La mochila cayó al suelo. Su mano subió por mi cintura hasta apoyarse, posesiva, sobre la curva de mi cadera.

—Damián, no —dije, entrando en el juego—. Soy tu profesora. No puedes hacer esto.

—¿Ah, no? —Su nariz rozó mi cuello—. ¿Y por qué me abriste la puerta vestida así, entonces?

—Porque… —Tragué saliva. Mi voz salió temblando—. Porque iba a clase.

—Mentira. Tú también lo quieres. Te he visto mirarme cada vez que paso a tu lado.

Mi cuerpo respondió antes que mi cabeza. Sus dedos subieron bajo la falda y se encontraron con el muslo desnudo. Mis caderas empujaron, traidoras, contra su mano.

—Así me gusta, profe —susurró—. Demuéstrame que estás lista.

***

Me agarró del brazo y me llevó hasta el comedor. Había preparado la escena con anticipación: la mesa rectangular cubierta con un mantel oscuro, dos libros viejos abiertos, una silla del lado opuesto. Él se acomodó en la silla del «alumno», recostado contra el respaldo, separando las piernas como si esperara una explicación.

—Empieza la clase, profesora.

—Hoy… —Carraspeé, agarrando el primer libro que vi—. Hoy vamos a repasar fisiología.

—Fisiología —repitió, mordiéndose el labio—. Buen tema. ¿Y qué órgano vamos a estudiar?

Levanté la vista del libro. Sus ojos brillaban. Tenía las manos apoyadas en los muslos, una sonrisa torcida y una hinchazón evidente bajo el vaquero.

—Damián, esto es serio —protesté, fingiendo enfado.

—Es muy serio, profe. Acércate y míralo bien. Es para una buena nota.

Cerré el libro despacio. Caminé alrededor de la mesa con los tacones repiqueteando contra el parquet. Cuando llegué a su lado, él me agarró de la falda y me tiró sobre su regazo. El rodete se aflojó. Una mecha rubia me cayó sobre el ojo.

—Siéntelo —ordenó, presionando mi cadera contra su entrepierna—. Esto es lo que provocas cada vez que pasas a mi lado.

—Por favor… —jadeé—. Soy tu profesora.

—Eres mi puta —dijo bajito, con la boca pegada a mi oreja—. Y hoy lo vas a aceptar en voz alta.

—No.

—Dilo.

—No puedo.

Sus dedos se metieron en el rodete y tiraron hacia atrás, obligándome a mirarlo de frente. La presión en el cuero cabelludo me arrancó un gemido grave.

—Dilo, profesora.

—Soy… soy tu puta —susurré, y al decirlo, mi sexo se contrajo con un pulso que me dejó húmeda hasta las medias.

***

Se levantó conmigo encima, me dio la vuelta y me apoyó sobre la mesa. La madera estaba fría contra los pechos y la mejilla. Sentí cómo subía la falda hasta dejar la cintura desnuda.

—Mira lo que hace una buena profesora —dijo, y escuché el ruido del cinturón.

—Damián, espera.

—¿Que espere qué?

No supe responder. Sus manos me separaron las piernas con autoridad, los tacones todavía clavados al suelo. Cuando lo sentí entrar, lo hizo despacio, con una crueldad calculada, mientras yo apretaba los puños contra el mantel.

—Repite la lección, profe.

—Soy tu puta —dije con la voz quebrada—. Soy tu puta.

—Más fuerte.

Lo repetí. Él empezó a moverse en serio, agarrándome de la cintura, golpeándome contra la mesa con un ritmo que me sacaba el aire del cuerpo. Las páginas de los libros se arrugaban bajo mi cara. La blusa se abrió de un tirón cuando él metió la mano por debajo y arrancó dos botones de un manotazo.

—Piensa en tus alumnos —se burló—. Piensa en lo que dirían si entraran ahora.

Esa frase me rompió por dentro. Me imaginé el aula imaginaria, la puerta abriéndose, las miradas. El cuerpo me convulsionó por completo, y me corrí por primera vez sin avisar, mordiéndome la lengua para no gritar. Él no se detuvo. Siguió un poco más, y cuando me sentí incapaz de soportarlo, salió y me obligó a darme la vuelta.

—Arrodíllate.

Bajé al suelo con los tacones doblándome los pies. Le besé el cuello, el pecho a través de la sudadera, la línea oscura del estómago. Me agarró del pelo y me guio hasta donde quería tenerme.

—Buena profesora —dijo, casi tierno—. Califica.

Le obedecí con la boca abierta y los ojos llorosos. Aprendí su ritmo. Aprendí cuándo le gustaba que retrocediera. Aprendí, sobre todo, a obedecer sin resistirme.

***

Subimos al dormitorio cuando el primer asalto terminó. Yo era una colección de marcas: la blusa hecha jirones, el rodete deshecho, el labial corrido, las medias rotas a la altura del muslo. Él, en cambio, parecía recién duchado.

—Ahora la profesora se acuesta —ordenó.

Me dejé caer sobre el edredón. Damián se sacó la sudadera. Tenía el cuerpo de quien va al gimnasio sin obsesión, hombros marcados, cintura estrecha. Se subió encima de mí y me besó por primera vez en toda la mañana. Fue un beso lento, casi cariñoso, que me confundió más que cualquier orden anterior.

—Te corregí mal —murmuró contra mi boca—. Tienes un diez.

—¿Por qué?

—Porque te entregaste sin discutir.

Me corrí otra vez con esa sola frase, sin que me tocara. Él se rio bajito y me hizo girar sobre la cama. La segunda parte fue distinta: más larga, más cruel, más íntima. Me hizo cabalgarlo, mirarlo a los ojos, decirle todas las cosas que nunca le había dicho ni a mi marido. Me hizo confesar fantasías que tenía guardadas desde la adolescencia. Me hizo prometer que volvería a abrir la puerta cada vez que sonara el timbre.

Cuando todo acabó, él se durmió diez minutos, abrazándome desde atrás como si fuéramos una pareja cualquiera. Yo no me moví. Tenía miedo de despertarlo y miedo de que se fuera.

A las dos de la tarde se vistió en silencio. Recogió la mochila del recibidor, se peinó frente al espejo de la entrada y me dio un beso en la frente.

—Buena clase, profe.

—¿Volverás? —pregunté antes de poder controlarme.

—Cuando me dé la gana.

***

Esa misma noche entendí algo que llevaba semanas evitando: ya no era una mujer a la que un amante visitaba de vez en cuando. Era una mujer que organizaba su vida alrededor de un mensaje de texto. Que aprendía papeles. Que se vestía para gustarle. Que esperaba el timbre.

Llamé a mi marido para darle las buenas noches, le pregunté por el frío del viaje, le mentí con la voz más serena del mundo. Cuando colgué, me senté en el filo de la cama, todavía con las medias rotas. La marca de un mordisco me ardía en la clavícula. Me toqué con la punta del dedo y respiré hondo.

Antes pensaba que era yo quien decidía cuándo terminaba este juego. Ahora sé que fue Damián quien lo decidió por los dos esa misma mañana, el día que entró en mi recibidor y me dijo «buen día, profesora».

Y todavía no sé cómo decirle que sí. Tampoco cómo decirle que no. Solo sé que vivo entre martes y martes, esperando otro mensaje.

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Comentarios (8)

Ciro_BA

y la segunda parte?? me dejo con ganas de saber como termino todo eso jaja

Fernanda_Lect

Que arranque!! desde el primer parrafo ya te mete adentro. Increible como transmitis la tension con tan pocas palabras

MiriamCba

jajaja los tacones y la blusa de botones, me imagine toda la escena al instante. Muy bueno!

PatoGdl

Se hace corto, queremos mas :)

Valeria_sur

Se siente tan real... como una confesion de verdad. Me gusto mucho la manera en que lo contaste, sin apuro

LuciaMar91

Me recordo a algo parecido que vivi hace tiempo jajaja. Que buenos recuerdos me trajo esto, gracias!

FedeMdq89

Uno de los mejores de esta categoria ultimamente. Felicitaciones y sigue asi!!

DanielaRos

Espero ansiosa tu proximo relato. Desde que lei este no paro de pensar en como continua la historia... Saludos!

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