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Relatos Ardientes

La confesión de mi amiga me llevó hasta los muelles

Renata tenía treinta y siete años, un cuerpo que todavía hacía girar cabezas en la fila del supermercado y una curiosidad que llevaba meses quemándola por dentro. La curiosidad había empezado con una conversación que ni siquiera era suya. Había empezado con Sofía.

Fue una de esas noches en que las copas aflojan la lengua. Estaban las dos en la cocina de Sofía, descalzas, con media botella de vino vacía sobre la mesa, hablando de maridos aburridos y de todo lo que ya no pasaba en sus camas.

—Te voy a contar algo —dijo Sofía, bajando la voz como si hubiera alguien más en la casa—. Y no me mires con esa cara de santa, que nos conocemos.

—¿Qué hiciste?

—¿Conoces el astillero viejo, el de los muelles que cerraron hace años? Detrás, donde están los galpones, los viernes por la noche hay hombres. Hombres que no preguntan tu nombre, que no quieren tu número, que no te van a llamar al día siguiente. Solo quieren una cosa. Y te la dan.

Renata se rió. Una risa nerviosa, demasiado rápida.

—Estás inventando.

—Ojalá. Fui una vez. Una sola. —Sofía giró su copa sobre la mesa, sin mirarla—. Y todavía pienso en eso cuando mi marido se queda dormido a los diez minutos.

Renata no dijo nada más esa noche. Cambió de tema, se rieron de otra cosa, se fue a casa en taxi. Pero la idea se le había clavado como una astilla bajo la piel, en ese lugar exacto donde no se puede rascar.

***

Durante semanas vivió con esa astilla. La sentía en los momentos más absurdos: en la cola del banco, planchando camisas que no eran suyas, fingiendo que escuchaba a su marido contar algo del trabajo. Y la sentía, sobre todo, de madrugada, cuando él dormía dándole la espalda y ella deslizaba la mano bajo las sábanas.

Se imaginaba el galpón. La oscuridad. Manos que no conocía recorriéndola sin pedir permiso. Voces graves diciéndole lo que iban a hacerle. No había rostros en esas fantasías, y esa era justo la parte que la encendía: que fueran nadie. Que ella también pudiera ser nadie por una noche.

Se prometió a sí misma cien veces que no iría. Y cien veces se descubrió mirando el mapa en el teléfono, calculando cuánto tardaría en llegar.

El viernes que por fin se decidió, su marido se había ido de viaje hasta el domingo. Renata lo entendió como una señal, aunque no creyera en señales.

***

Se dio una ducha larga. Eligió el vestido negro más corto que tenía, el que nunca se había atrevido a estrenar, y se lo puso directamente sobre la piel: sin sujetador, sin nada debajo. Se calzó unos tacones que le costaba caminar y se miró en el espejo del recibidor.

La mujer que le devolvió la mirada no parecía ella. Parecía alguien capaz de cualquier cosa.

Solo voy a mirar, se dijo. Si veo algo raro, me doy media vuelta.

No se creyó ni una palabra.

El taxi la dejó a tres calles del astillero, porque el conductor no quiso meterse más adentro. Renata caminó el resto sobre los adoquines rotos, escuchando el eco de sus propios tacones, el rumor del agua negra contra el muelle, el viento metiéndose entre las chapas oxidadas de los galpones.

Tuvo miedo. Un miedo real, frío, que le subía por las piernas. Pero debajo del miedo había otra cosa, algo más antiguo y más fuerte, que la empujaba a seguir poniendo un pie delante del otro.

Entonces los oyó. Voces de hombres, graves, una risa, el chasquido de un mechero. Olor a tabaco y a sal. Dobló la esquina del último galpón y los vio.

Eran cuatro. Grandes, anchos, con la ropa de trabajo de quien se gana la vida con el cuerpo. Estaban apoyados contra un contenedor, bajo la única luz que funcionaba, una bombilla amarilla que zumbaba como un insecto. Cuando ella apareció, las voces se apagaron de golpe.

El silencio duró demasiado. Renata sintió cuatro pares de ojos recorriéndola de arriba abajo, deteniéndose donde el vestido terminaba.

—Te perdiste, guapa —dijo uno. No era una pregunta.

—No —respondió ella. Le tembló la voz, pero no dio un paso atrás—. Sé exactamente dónde estoy.

Vio cómo cambiaban las caras. Cómo entendían.

***

El primero se separó del contenedor sin prisa, como quien tiene todo el tiempo del mundo. Era el más alto. Se plantó delante de ella, tan cerca que Renata tuvo que levantar la barbilla para sostenerle la mirada.

—¿Y qué viniste a buscar exactamente? —preguntó, con la voz baja, rozándole la oreja.

—Lo que ustedes quieran darme.

Fue todo lo que necesitaron oír.

La mano del hombre subió por el muslo, lenta, despacio, como probando hasta dónde la dejaba llegar. Cuando descubrió que debajo del vestido no había nada, soltó un gruñido grave que los otros entendieron como una invitación.

La hicieron retroceder hasta la pared de chapa, fría contra su espalda. Cuatro cuerpos la rodearon, le quitaron el espacio, el aire, la posibilidad de pensar. Unas manos le bajaron los tirantes del vestido. Otras le abrieron las piernas. Una boca encontró su cuello y mordió justo donde ella no sabía que quería que la mordieran.

Renata cerró los ojos y dejó de fingir miedo, porque ya no quedaba ninguno. Solo deseo, en estado puro, sin nombre, sin culpa.

El más alto le tomó la cara con una mano y le hizo abrir la boca. Ella obedeció. Lo recibió entero, despacio primero y luego sin tregua, mientras otro de ellos se arrodillaba entre sus piernas y descubría con la lengua lo empapada que estaba.

—Está más que lista —dijo el que estaba abajo, y los demás se rieron.

La levantaron entre dos. Renata se aferró a unos hombros que no conocía mientras la sujetaban en el aire, y el primero la penetró de una sola embestida que la hizo gritar contra la chapa. Fue un grito que no sonó a súplica. Sonó a victoria.

La usaron por turnos y la usaron a la vez. La pusieron de rodillas sobre una manta que alguien tiró al suelo y la rodearon, y ella aprendió a no dejar nunca una boca ni una mano vacías. La doblaron sobre el contenedor. La sentaron a horcajadas. Le dieron la vuelta y volvieron a empezar.

Ninguno preguntó su nombre. Ninguno le habló de mañana. Solo había presente: piel, sudor, el zumbido de la bombilla amarilla, el agua golpeando el muelle y su propia respiración entrecortada, perdiéndose entre las chapas.

Renata se corrió antes de poder contar las veces. La primera la tomó por sorpresa y la dejó temblando; las siguientes vinieron en oleadas, una detrás de otra, hasta que ya no supo dónde terminaba un orgasmo y empezaba el próximo. Cuando las piernas dejaron de sostenerla, alguien la sostuvo. Cuando creyó que no podía más, descubrió que sí podía.

***

Después vino el silencio. Ese silencio extraño de cuando todo termina, en que los cuerpos se separan y vuelven a ser desconocidos.

Renata estaba sentada en el suelo, apoyada contra el contenedor, con las piernas que no le respondían y el vestido convertido en un trapo a su lado. Le ardía todo. Le ardía de la mejor manera que conocía.

Uno de los hombres le ofreció un cigarrillo encendido. Ella lo tomó con dedos que todavía temblaban, dio una calada larga y soltó el humo hacia la bombilla, mirándolo subir.

—Gracias —dijo, y se rió bajito de lo absurdo de la palabra.

El más alto le alcanzó una camiseta de trabajo, vieja y enorme, para que se cubriera.

—Ponte esto. Hace frío para volver así.

Ella se la pasó por la cabeza. Le llegaba casi a las rodillas y olía a tabaco y a sal, igual que toda aquella noche.

Se levantó con esfuerzo, recogió los tacones del suelo y prefirió caminar descalza sobre los adoquines. Antes de doblar la esquina del galpón, se giró una última vez. Ellos ya habían vuelto a sus voces, a sus risas, al mechero pasando de mano en mano, como si ella nunca hubiera estado allí.

Renata sonrió en la oscuridad.

***

Caminó hasta encontrar la avenida y un taxi. En el asiento trasero, con la camiseta robada puesta y el cuerpo todavía latiéndole entero, sacó el teléfono y le escribió a Sofía un único mensaje.

«Tenías toda la razón.»

La respuesta llegó casi al instante, como si su amiga hubiera estado despierta esperándola.

«Lo sé. ¿Y ahora qué?»

Renata miró por la ventanilla las luces de la ciudad pasar, borrosas. Pensó en su marido volviendo el domingo, en las camisas que tendría que planchar, en la vida ordenada que la esperaba como si nada.

Y pensó en el viernes siguiente.

Escribió: «Ahora ya sé el camino.»

Guardó el teléfono, cerró los ojos y, por primera vez en mucho tiempo, no sintió ni una sola astilla bajo la piel.

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Comentarios (6)

Carla_Noc

Que relato!!! me quede pegada leyendo, increible la atmosfera que le diste. Muy bueno.

SantiRiver14

Me engancho desde el titulo y no pude parar hasta el final. Por favor que haya segunda parte!

MiguelSJ_85

Me recordo a algo que me conto una amiga hace anos, esas confesiones que uno guarda y de golpe salen. Muy buen relato, gracias por compartirlo.

RocioKT

excelente!!!

Curioso_Lect

Suena muy autobiografico, se siente autentico. El ambiente del astillero le da algo especial, pocas veces lei algo con esa ambientacion. Saludos!

PabloMX77

El titulo me llamo mucho la atencion y el relato cumplio con creces. Buen trabajo.

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