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Relatos Ardientes

Fui sola al lugar del que mi amiga no paraba de hablar

Llevaba tres semanas sin dormir bien por culpa de Sonia. Desde que me lo contó con todo lujo de detalles, lo del descampado detrás de la antigua fábrica, no conseguía sacármelo de la cabeza. Sonia había vuelto allí tres viernes seguidos y cada vez llegaba a casa más rota y más radiante: moratones en las caderas, la entrepierna hinchada, una manera de caminar que la delataba durante días. Y esa sonrisa boba que le duraba hasta mitad de semana.

—Tú fuiste la que empezó a hablar de ellos —me decía siempre, muerta de risa—. Ahora te toca a ti dejar de fantasear y venir.

Porque yo, para todo el mundo, era la prudente. La recatada. Treinta y cuatro años, divorciada hacía dos, administrativa en una asesoría de barrio. Faldas de tubo hasta la rodilla y blusas abrochadas hasta el último botón. La que nunca alzaba la voz en las reuniones, la que se iba a casa temprano.

Pero por dentro me consumía. Cada noche, sola en la cama, me tocaba imaginando exactamente lo que Sonia me había descrito. Y cada mañana me prometía que aquello era una fantasía y nada más, una de esas cosas que una piensa y nunca hace.

Hasta que dejó de serlo.

***

Fue un jueves. No lo planeé, o eso me dije después. A las once de la noche estaba de pie frente al espejo del dormitorio, mirándome como si me viera por primera vez. Me quité todo. Después me puse unas medias negras hasta medio muslo y un abrigo corto de cuero que no me ponía desde antes del divorcio. Debajo, nada. Ni ropa interior, ni sujetador, ni la vergüenza que había arrastrado durante años.

Me pinté los labios de un rojo que no era mío. Me calcé unos tacones que apenas sabía caminar y, antes de pensarlo demasiado, cerré la puerta de casa y bajé a la calle.

Si lo pienso un minuto más, no salgo, me repetía mientras conducía.

Aparqué a dos calles del descampado y caminé el resto. El frío se me metía por debajo del abrigo y me recordaba a cada paso que debajo no llevaba nada. El corazón me golpeaba tan fuerte que estaba segura de que me oirían llegar antes de verme.

Allí estaban. Cuatro de ellos, junto a un coche viejo, bajo la única farola que aún funcionaba. Fumaban, bebían algo de una botella sin etiqueta, hablaban bajo. Cuando me vieron aparecer por la esquina, las voces se apagaron de golpe.

El más alto fue el primero en moverse. Dio un paso hacia la luz y me repasó de arriba abajo sin disimulo.

—Vaya, vaya —dijo, con una media sonrisa—. ¿Y tú de dónde sales, guapa? ¿Otra que se ha perdido de camino a casa?

Tragué saliva. Tenía la garganta seca y las rodillas me temblaban, pero no era miedo. O no solo. Me llevé las manos al cinturón del abrigo, lo desaté muy despacio y dejé que la prenda se abriera. Después la solté. Cayó al suelo a mis espaldas y me quedé plantada, desnuda salvo por las medias y los tacones, temblando de frío y de algo mucho más caliente.

—No me he perdido —respondí, y me sorprendió la firmeza de mi propia voz—. Me llamo Clara. Y vengo a que me hagáis lo mismo que le hacéis a Sonia. Pero yo he venido sola.

Se hizo un silencio espeso. Los cuatro se miraron entre ellos. Luego el más alto soltó una risa grave, y los demás lo siguieron.

—Joder, otra de las valientes —murmuró uno desde atrás.

El alto se acercó hasta quedar a un palmo de mí. Olía a tabaco y a cuero. Me agarró la barbilla con dos dedos y me obligó a mirarlo a los ojos.

—¿Sola y sin avisar a nadie? —preguntó en voz baja—. Eso tiene mérito, preciosa. ¿Sabes dónde te has metido?

Por toda respuesta, me arrodillé. El suelo estaba helado y áspero contra mis rodillas, pero ya no me importaba nada. Levanté la vista hacia él y abrí la boca.

—Usadme hasta que no pueda ni caminar de vuelta —dije.

No hicieron falta más palabras.

***

El alto fue el primero. Se bajó la cremallera y, cuando lo tuve delante de la cara, entendí por qué Sonia exageraba tanto al describirlos: no exageraba nada. Me agarró del pelo con una mano y empujó sin contemplaciones. Me atraganté en el primer empellón, los ojos se me llenaron de lágrimas, pero en lugar de apartarme empujé yo la cabeza hacia delante, buscando más. Lo oí soltar un gruñido de sorpresa.

—Esta no es como las otras —dijo, casi para sí mismo.

Detrás de mí, otros dos se habían colocado ya. Sentí unas manos grandes que me levantaban por las caderas hasta ponerme a cuatro patas sobre el capó tibio del coche. Alguien me separó las piernas con la rodilla. En menos de un minuto tenía una en la boca, otro abriéndose paso entre mis muslos y un tercero recorriéndome la espalda con las palmas, esperando turno.

Me corrí la primera vez antes de lo que jamás habría admitido en voz alta. Temblando entera, mordiéndome el labio para no gritar y despertar a medio barrio. Ellos se rieron al notarlo.

—¿Ya? —dijo uno—. Si todavía no hemos empezado.

Y tenían razón.

***

Lo que vino después lo recuerdo a trozos, como si el frío y el deseo me hubieran borrado el orden de las cosas. Me cambiaban de postura entre dos, levantándome como si no pesara, riéndose de mi cara de aturdimiento. Uno me follaba de frente mientras me sujetaba contra el coche; otro me obligaba a girar la cabeza para llenarme la boca. Las manos estaban en todas partes: en el pelo, en el cuello, en las caderas que ya empezaban a marcarse de moratones, igual que los de Sonia.

—Mírala —dijo el alto, agarrándome de la mandíbula para que lo mirara—. Mírala cómo disfruta la mosquita muerta.

Y yo asentí. Asentí con su mano sujetándome la cara, porque era verdad y porque por primera vez en años no me daba ninguna vergüenza que lo fuera.

Me pusieron de nuevo a cuatro patas y empezó lo que Sonia llamaba «el verdadero festival». Uno tras otro, sin pausas, sin preguntar. Cuando uno terminaba, otro ocupaba su sitio antes de que me diera tiempo a recuperar el aliento. Perdí la cuenta de las veces que me corrí; en algún momento dejé de contarlas y simplemente me dejé llevar por aquella corriente que me arrastraba.

—Aguanta un poco más, preciosa —me decía el que tenía detrás, mientras otro me sujetaba las muñecas a la espalda—. Estás aguantando como una campeona.

Esas palabras, dichas con la voz ronca y entrecortada, me hacían más efecto que cualquier caricia. Yo, que me había pasado la vida queriendo ser invisible, que me derretía por dentro precisamente por dejar de serlo.

***

Cuando creyeron que ya no me quedaba nada, me equivocaron. Me tumbaron de espaldas sobre una manta vieja que sacaron del maletero, una concesión de ternura que no esperaba, y me abrieron las piernas. El alto se colocó encima y me miró a los ojos un segundo antes de empujar, como dándome la última oportunidad de echarme atrás.

No me eché atrás. Le clavé los talones en la espalda y lo empujé hacia mí.

Grité. Esta vez sí, grité tan fuerte que se me quebró la voz, y nadie me mandó callar. Otro se arrodilló junto a mi cabeza y giré la cara para buscarlo sin que me lo pidieran. Las estrellas se veían entre las nubes, allá arriba, por encima de la farola muerta y de los rostros sudorosos que se inclinaban sobre mí, y por un instante absurdo pensé que nunca había visto el cielo tan claro.

Terminaron casi a la vez, o eso me pareció. Uno detrás de otro, encima de mí, sobre mi vientre, en mi boca. Me dejaron temblando sobre la manta, jadeando, con las medias rotas a la altura de las rodillas y un tacón perdido en algún rincón del descampado que no me molesté en buscar.

El alto se sentó a mi lado en el suelo, sacó un cigarro, lo encendió y me lo tendió. Lo cogí con dedos que todavía no me obedecían del todo. Di una calada larga y solté el humo hacia el cielo con una sonrisa que sentía rota y entera a la vez.

—¿Y bien? —preguntó él, sin mirarme, observando la brasa—. ¿Era como te lo contaba tu amiga?

—Mejor —dije—. Decidle a Sonia… que el próximo viernes venimos las dos.

Los cuatro se miraron. Esta vez la risa fue distinta, más suave, casi cómplice.

—Trato hecho, Clara —dijo el alto.

Me incorporé como pude, recogí el abrigo del suelo y no me molesté en ponérmelo. Caminé descalza de un pie hacia la salida del descampado, con el cuero colgando de la mano y el frío de la madrugada lamiéndome la piel sudada. Sentía el cuerpo deshecho y, sin embargo, no recordaba haberme sentido nunca tan ligera.

***

Llegué a casa cuando empezaba a clarear. Me metí en la ducha y dejé que el agua caliente me cayera encima hasta que se enfrió. Mientras me secaba frente al mismo espejo donde unas horas antes había tomado la decisión, me quedé mirando los moratones que empezaban a florecerme en las caderas. Los mismos que durante semanas había visto en Sonia y había envidiado en secreto.

Ya no era la prudente. No del todo, al menos. El lunes volvería a la asesoría con mi falda de tubo y mi blusa abrochada hasta arriba, y nadie sospecharía nada. Esa idea, la del secreto guardado bajo la ropa formal, me gustó casi tanto como la propia noche.

Le escribí un mensaje a Sonia antes de dormir. Tres palabras: «Fui. Sola. Cuéntate.»

Respondió a los dos minutos, aunque eran las seis de la mañana, con una sola carcajada escrita y un «por fin».

Me dormí enseguida, por primera vez en tres semanas, con una sonrisa idéntica a la que tantas veces le había visto a ella.

Y el viernes siguiente, cuando le dije que esa vez iríamos juntas y que quizás no nos conformaríamos con cuatro, ninguna de las dos se rió. Solo nos miramos, y supimos que lo decíamos en serio.

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Comentarios (5)

Valentina22

Dios mio!!! que bueno estuvo, no queria que terminara

LaraM91

Por favor sigue contando, me quede con muchisimas ganas de mas

Sofi_Cba

Me recordo a una aventura que tuve yo hace un par de años, nunca me arrepenti de haberme animado. Muy buena confesion

Marce_libre

Yo jamas hubiera tenido agallas de ir sola jajaja, eso ya te pone en otra categoria. Excelente relato

Tobias_Eze

Como te enteraste de ese lugar? pregunto en serio porque suena muy interesante

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