Nunca confesé lo que hice en el cine aquella noche
Lo voy a contar como pasó, sin adornos, porque llevo demasiado tiempo guardándomelo y creo que escribirlo es la única forma de soltarlo. Nunca se lo dije a nadie. Ni a mi pareja de entonces, ni a mis amigas, ni a la psicóloga a la que fui durante un año entero. Pero sucedió, y todavía hay noches en que lo recuerdo y se me corta la respiración como si volviera a estar ahí, con el coño mojado y el semen de dos desconocidos resbalándome por los muslos.
Era un martes de invierno. Yo tenía veintipocos y trabajaba en una agencia que me dejaba seca por dentro. Esa noche había discutido con Damián, mi novio, por una tontería que ya ni recuerdo, y en vez de volver a casa me metí en el primer cine que encontré abierto. Uno de esos viejos, de los que quedan pocos, con butacas de terciopelo gastado y un olor a humedad que se te pega a la ropa.
La última función ya había empezado. Compré la entrada sin mirar siquiera qué proyectaban. Quería oscuridad y silencio, nada más.
La sala estaba prácticamente vacía. Conté tres personas, quizá cuatro, repartidas en las primeras filas. Yo subí hasta el fondo, a la última hilera, y me dejé caer en el centro. Crucé las piernas sobre el reposabrazos, cerré los ojos y dejé que la pantalla me lavara la cabeza.
No sé en qué momento llegaron ellos.
***
Cuando abrí los ojos, dos hombres se habían sentado en mi misma fila. Uno a mi derecha, dejando una butaca de por medio; el otro un poco más allá, a la izquierda. No los había oído entrar. La luz roja de las salidas de emergencia los teñía de un color extraño, irreal, y por un segundo pensé que lo estaba soñando.
El de la derecha me miró. No con descaro, sino con una calma que me desarmó más que cualquier piropo. Yo debería haberme levantado. Debería haber cambiado de sitio, haber bajado, haber hecho cualquiera de las mil cosas sensatas que se hacen. No hice ninguna.
—Está vacío esto —dijo él en voz baja, casi un susurro, como si no quisiera romper algo.
—Me gusta así —respondí. Y noté que mi voz salía más ronca de lo que esperaba.
Qué estás haciendo, me pregunté. Qué demonios estás haciendo.
No me moví. Esa fue toda mi respuesta, y los dos la entendieron.
El de la derecha se cambió a la butaca de al lado. Olía a algo limpio, a madera y a algo cálido por debajo. Apoyó el brazo en el reposabrazos que compartíamos y, muy despacio, dejó que el dorso de su mano rozara la mía. Solo eso. Un roce. Y yo, que esa misma tarde había estado discutiendo por nada, sentí que toda la rabia se me convertía de golpe en un calor espeso entre las piernas, en unas ganas absurdas de que ese hombre al que no conocía me metiera la mano por debajo de la falda.
***
Los dedos del de la izquierda fueron los primeros en atreverse de verdad. Llegó hasta mi tobillo y empezó a subir por la pantorrilla con una lentitud que era casi una tortura. Cada centímetro me robaba un poco más de aire. Yo clavé las uñas en el antebrazo del que tenía al lado, no para frenarlo, sino para sostenerme de algo.
El de la derecha inclinó la cabeza y rozó con los labios la curva de mi cuello, justo donde empieza el hombro. Su aliento estaba tibio y el aire de la sala helado, y ese contraste me erizó la piel entera. Bajó por la clavícula, hasta el borde del escote, sin prisa, como si tuviéramos la noche entera. Y la teníamos.
Giré la cara y lo besé. Yo. Fui yo la que dio ese paso, y quiero dejarlo claro porque durante años traté de convencerme de que me dejé llevar, de que fueron ellos. No. Fui yo la que buscó su boca primero. Un beso lento, profundo, de esos que se sienten en la nuca, con la lengua metida hasta el fondo y los dientes mordiéndole el labio de abajo cuando me separé para respirar.
Mientras tanto, la mano del otro había llegado a la cara interna de mi muslo. La falda se me había subido sola y él trazaba círculos con el pulgar sobre la tela fina de mis bragas, sin entrar todavía, esperando. Notaba cómo la humedad me traspasaba el algodón y le mojaba los dedos, y él lo notaba también, porque soltó una risa muy baja contra mi rodilla. Apartó la tela hacia un lado con dos dedos y me tocó por fin, directo, piel contra piel, resbalando por unos labios que ya chorreaban. Un sonido se me escapó de la garganta y se perdió dentro del beso del primero.
—Estás empapada —murmuró el de abajo, y hundió el dedo del corazón dentro de mí hasta el nudillo, sacándolo brillante para volver a metérmelo, esta vez con dos.
***
A partir de ahí dejé de pensar.
Mis manos no sabían a quién pertenecer. Una se enredó en el pelo del de la derecha; la otra bajó por el pecho del de la izquierda, buscó la hebilla del cinturón y la abrió a tientas. Le bajé la cremallera y metí la mano dentro. La tenía dura, gruesa, latiéndole contra la palma. Se la saqué del pantalón y empecé a bajarle la piel despacio, sintiendo cómo un hilo de humedad le brotaba de la punta. Él soltó un gruñido apagado y me embistió la mano. Ellos se movían como si llevaran años haciéndolo, como si yo fuera una conversación que ya conocían de memoria.
Uno me deslizó el tirante por el hombro, me bajó el sujetador de un tirón y la boca le siguió de inmediato, cálida, húmeda, cerrándose sobre el pezón hasta chuparlo con fuerza, mordiéndolo justo cuando yo pensaba que iba a soltarlo. El otro apartó por fin la tela que le estorbaba y empezó a frotarme el clítoris en círculos apretados, con una precisión que me hizo arquear la espalda contra el respaldo de la butaca. Dos dedos entraban y salían al mismo ritmo, curvándose adentro hasta encontrar un punto que me hacía apretar los muslos alrededor de su muñeca.
Yo jadeaba. Trataba de hacerlo bajito, por miedo a las cuatro siluetas de las primeras filas, pero el miedo era parte de todo, era leña. Pensar que en cualquier momento alguien podía girarse, que estábamos a oscuras pero no invisibles, que a lo mejor alguno ya nos oía y se la estaba pelando en su butaca escuchando cómo me follaban con los dedos, me ponía de una forma que no sabía que existía dentro de mí.
—Más despacio —pedí, y los dos me ignoraron a propósito, y eso me gustó todavía más.
***
El de la derecha me levantó sin esfuerzo y me sentó a horcajadas sobre él. La falda ya era solo un trozo de tela arrugada en mi cintura, inútil. Las bragas habían acabado colgando de un tobillo. El otro se arrodilló en el suelo, entre las butacas de delante, y me abrió los muslos con las dos manos, tan abiertos que sentí el frío de la sala golpeándome el coño hinchado.
El primer roce de su lengua me arrancó un gemido tan largo que reverberó por toda la sala como un eco. Me asusté de mi propio sonido. Él no paró: pegó la boca entera, chupó, lamió de abajo hacia arriba, se demoró en el clítoris haciéndolo girar entre los labios, y volvió a bajar para meterme la lengua dentro. Arriba, el otro me sujetó la nuca y me besó con hambre, tragándose todo lo que yo no lograba callar, mientras con la otra mano me pellizcaba los pezones uno tras otro.
Yo le había sacado la polla y la tenía atrapada entre nosotros, resbalando contra mi vientre cada vez que él empujaba las caderas hacia arriba. Bajé la cabeza y le escupí encima antes de rodearla con la mano y empezar a masturbarlo con el puño cerrado, apretando fuerte, torciendo la muñeca en la punta como me gustaba a mí que me lamieran. Él echó la cabeza para atrás y susurró algo que no entendí, alguna guarrada que se le escapó y que me hizo apretar más los muslos alrededor de la cara del otro.
Mis caderas empezaron a moverse solas, buscando más. El que estaba abajo obedeció sin que yo dijera nada: su lengua se volvió más rápida, dos dedos se deslizaron dentro de mí con una lentitud que me hizo temblar de la cabeza a los pies. Cada movimiento coincidía exacto con el otro, como si se hubieran puesto de acuerdo en silencio.
Me rompí por primera vez ahí, apretándole la cabeza con los muslos, ahogando el grito contra la boca del que tenía delante. Fue tan intenso que se me nubló la vista y sentí cómo me corría en la lengua del desconocido, empapándole la barbilla. Y aun así, ninguno me dio tregua. El de abajo siguió lamiendo mientras yo temblaba, sacándome un segundo espasmo casi encima del primero, hasta que tuve que empujarle la frente porque no aguantaba más.
***
Todavía temblaba cuando me giraron. Quedé de rodillas sobre la butaca, agarrada al respaldo, la tela definitivamente olvidada en algún rincón del suelo pegajoso. El culo levantado, la espalda arqueada, el coño abierto y goteando para el que estuviera detrás. El de la izquierda se puso ahí, se abrió el pantalón, y frotó la punta de su polla arriba y abajo entre mis labios, mojándose bien, dándome dos o tres palmadas suaves con la verga en el clítoris que me hicieron gemir de pura impaciencia.
—Sí —dije, cuando volvió a apoyarla en la entrada. Una sola palabra, y entró.
Me la metió entera de un solo empujón, hasta el fondo, y el placer fue tan brusco que se me doblaron los brazos y caí hacia delante, contra el pecho del otro, que ya estaba ahí, esperando, con la polla dura y palpitante frente a mi cara, guiándome la boca hacia él. La tomé sin dudar. Se la metí hasta la garganta, apretando los labios en el tronco, y él soltó un gruñido y me agarró del pelo para marcarme el ritmo. Cada embestida del de atrás me empujaba más adelante, y esa fuerza era la que hundía la polla del de delante en mi boca. Me follaban al mismo tiempo, por los dos lados, sin que yo tuviera que hacer nada más que dejarme.
Gemía alrededor de él cada vez que la embestida de atrás me arrancaba un jadeo, y el sonido salía ahogado, gutural, como el ronroneo de un animal. Se me caía la saliva por la barbilla, me manchaba las tetas colgando, y a mí me daba igual. Los tres encontramos un ritmo que no parecía nuestro, que parecía de otra persona más sabia y más perdida.
Los sonidos eran obscenos y, en aquel momento, perfectos: piel contra piel, el chapoteo húmedo de mi coño cada vez que la polla salía y volvía a entrar, mis quejidos ahogados alrededor de la que tenía en la boca, los gruñidos roncos de los dos al borde del control. El aire olía a sudor, a sexo, a semen a punto de reventar. Yo no era yo. Yo era solo un cuerpo abierto entre dos hombres, un agujero por cada extremo, y no había en el mundo nada más urgente que aquello.
***
Cuando el de atrás aceleró, los dedos clavándose en mi cadera hasta dejarme marcas que descubriría al día siguiente, sentí subir el segundo orgasmo como una ola que no se podía frenar. Le apreté con el coño, apretando cada músculo alrededor de su polla, y él me siguió casi al instante, hundiéndose hasta el fondo con un sonido gutural que todavía recuerdo, corriéndose dentro de mí en chorros calientes que sentí golpear muy adentro. Se quedó ahí unos segundos, quieto, respirando contra mi espalda, hasta que salió despacio y una mezcla espesa de él y de mí me resbaló por la cara interna del muslo.
No había terminado de temblar cuando el otro me giró con una suavidad que contrastaba con todo lo anterior y me sentó de nuevo sobre él, ahora frente a frente. Se agarró la polla con una mano y me abrió con la otra, y me llenó de una sola vez, despacio, sin apartar los ojos de los míos. Sentí cómo entraba resbalando por lo que el otro había dejado dentro, y él lo sintió también, porque cerró los ojos un instante y murmuró un «joder» apretado entre los dientes. Y eso, esa mirada cuando los volvió a abrir, fue lo más íntimo de toda la noche. Más que cualquier otra cosa.
Empecé a moverme yo, subiendo y bajando encima suyo, con las manos apoyadas en su pecho para tomar impulso. Él me agarraba el culo con las dos manos, abriéndomelo, guiándome, dejando que un dedo mojado se me colara donde nadie había entrado esa noche todavía. Grité bajito contra su boca cuando lo hizo, y él lo tomó como un permiso para hundirlo más. Nos besamos sucio, desesperado, con lengua y con dientes, mientras yo me follaba a mí misma sobre su polla y sentía cómo el tercer orgasmo se me juntaba con lo que quedaba del segundo. Cuando reventó, me quedé pegada a él, temblando entera, y él se corrió dentro pocos segundos después, agarrándome tan fuerte que oí crujir la butaca. Terminamos los tres deshechos, sudados, respirando como si hubiéramos corrido kilómetros, enredados en aquella última fila de un cine que el mundo había olvidado.
***
No hubo nombres. No los pedí ni los di. Cuando se encendieron las luces de mínimos, recogí mi ropa con las manos temblando, me arreglé como pude, me guardé las bragas empapadas en el bolso porque no había forma de volver a ponérmelas, y salí sin mirar atrás sintiendo cómo el semen de los dos me seguía bajando por dentro de los muslos a cada paso. Ellos tampoco me siguieron. Fue un pacto que firmamos sin hablar: lo que pasó ahí se quedaba ahí.
Volví con Damián. Seguí mi vida. Me casé, no con él, con otro, años después. Tengo una existencia normal, aburrida incluso, y nadie que me conozca sospecharía jamás esta historia.
Pero a veces paso por delante de aquel cine —ahora es un local cerrado, con las persianas bajadas y un cartel de «se alquila» despintado— y se me corta la respiración igual que aquella noche. Y entonces sé que no me arrepiento. Que de todas las cosas que callo, esta es la única que volvería a hacer sin pensarlo, en cuanto las luces volvieran a apagarse.