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Relatos Ardientes

Nunca conté lo que pasó la segunda noche con ellos

Hay cosas que una no cuenta ni a su mejor amiga, salvo que esa amiga sea la que te metió en el lío. Por eso lo escribo acá y no en otro lado: porque necesito sacármelo de adentro sin que nadie me mire a la cara mientras lo hace. Lo que pasó esa segunda noche en el departamento de Bruno todavía me despierta a las tres de la mañana, y no siempre con vergüenza.

Una semana antes había estado ahí por primera vez. No voy a entrar en todos los detalles, pero digamos que llegué curiosa y me fui distinta. Algo se había abierto en mí que ni yo conocía, una especie de hambre que no había sentido en los dos años que estuve con Martín. Con él todo era previsible, ordenado, tibio. Esa primera noche con Bruno, Darío e Iván fue lo contrario de tibio.

Pasé los días siguientes funcionando a medias. Iba al trabajo, contestaba mensajes, sonreía en las reuniones, pero la cabeza se me iba sola. Bastaba con que cerrara los ojos un segundo de más para que volviera a sentir el peso de tres cuerpos sobre el mío, las manos en lugares que nadie me había reclamado con tanta seguridad. Me daba un poco de miedo lo fácil que me resultaba volver ahí con la imaginación.

Carla me llamó un jueves a la noche. La conocía del gimnasio, era la que me había arrastrado a todo esto, la que conocía a los chicos de antes y se divertía empujándome al borde para ver si saltaba.

—¿Te animás a repetir? —preguntó, con esa voz que usaba cuando ya sabía la respuesta—. Preguntaron por vos.

Sentí el calor subirme por el cuello antes de contestar.

—¿Preguntaron qué exactamente? —dije, haciéndome la difícil.

—Que cuándo volvés. Y que esta vez quieren probar algo distinto con vos. —Hizo una pausa calculada—. Los dos a la vez. ¿Entendés lo que te digo?

Entendía perfectamente. Y lo peor, o lo mejor, fue que no necesité pensarlo. El cuerpo contestó por mí antes que la cabeza: una punzada baja, un apretón involuntario, las piernas que se juntaron solas debajo de la mesa de la cocina.

—Mandame la dirección —fue todo lo que dije.

***

Llegué un poco después de las diez. Me había puesto un vestido negro corto que normalmente guardaba para ocasiones en las que quería que me miraran, y debajo casi nada. Mientras subía en el ascensor me vi reflejada en el espejo y casi me río de los nervios: parecía otra, una versión mía que recién estaba aprendiendo a existir.

Bruno abrió la puerta. Es el más grande de los tres, ancho de hombros, con una calma que desarma. Me miró de arriba abajo sin apuro, como quien confirma algo que ya sabía.

—Sabíamos que ibas a venir —dijo, y se hizo a un lado para dejarme pasar.

Adentro estaba la luz baja de la otra vez, una lámpara en un rincón y nada más. Darío e Iván estaban en el sillón grande, descalzos, con la camisa abierta. Darío es el callado, el que observa; Iván el que habla todo el tiempo, el que rompe la tensión con un comentario y la vuelve a armar enseguida. Carla estaba en un sillón individual, a un costado, con una copa en la mano. No vino a participar. Vino a mirar, y los dos lo sabíamos.

—Tranquila —me dijo ella, leyéndome la cara—. No tenés que hacer nada que no quieras. Pero por cómo entraste, no creo que sea problema.

Tenía razón. No era problema.

Bruno me alcanzó una copa y me la tomé despacio, más para tener las manos ocupadas que por otra cosa. Iván se levantó, se paró atrás de mí y me corrió el pelo a un costado para besarme el cuello. No fue brusco. Fue lento, paciente, y eso me desarmó más que cualquier apuro. Sentí su aliento, después los labios, después el filo de los dientes, y se me escapó un sonido que no controlé.

—Esa es la idea —murmuró contra mi piel.

Darío se acercó por el frente y me sacó la copa de la mano sin decir nada. Me besó. Mientras tanto las manos de Iván me bajaban los tirantes del vestido, y entre los dos me fueron desvistiendo de a poco, sin prisa, como si tuvieran toda la noche. Que la tenían.

Bruno se quedó mirándome con esa paciencia de animal grande, esperando a que yo terminara de desnudarme sola. Me quité el vestido y lo dejé caer al piso. Después el sostén. Después la bombacha. La vergüenza duró lo que tarda en apagarse una chispa cuando ya hay demasiada gasolina. Los tres me miraban como si mi cuerpo fuera algo que querían aprender de memoria, no simplemente usar. Y esa diferencia me calentó más que cualquier otra cosa.

—Vení —dijo Bruno, con la voz baja.

Me acerqué. Me tomó de la cintura, me acercó la boca a la suya y me besó lento, profundo, con una presión firme que me hizo apoyar las manos en sus hombros para no irme para atrás. Olía a piel limpia y a alcohol caro. Le mordí apenas el labio inferior y escuché un resoplido de su parte que me dejó orgullosa.

Iván me dio vuelta con una mano en la cadera y me pegó de espaldas contra su pecho. Sentí su erección dura contra mi culo y se me aflojaron las piernas en el acto. Darío, frente a mí, deslizó dos dedos por mi entrepierna, separándome apenas los labios del coño para ver cuánto estaba mojada. Hacía ya un rato que lo estaba; apenas rozó, me tembló todo el vientre.

—Está empapada —dijo él, más para los otros que para mí.

—Entonces no hace falta apurarse —contestó Bruno.

Me llevaron al cuarto casi sin que pudiera pensar. Carla no los siguió; se quedó en la puerta del living con su copa, sonriendo como si ya supiera el final. El dormitorio tenía la misma luz baja, la cama deshecha, una silla con ropa tirada, un espejo apoyado contra la pared. Me sentaron en el borde y se quedaron de pie alrededor mío un segundo que fue eterno. Ese segundo me hizo sentir comida antes de ser tocada.

Bruno se arrodilló delante de mí y me abrió las piernas con una mano firme en los muslos. No me habló. Metió dos dedos entre mis labios húmedos, los llevó al clítoris y empezó a frotar despacio, en círculos cortos, mientras me miraba a la cara. Me corrí el pelo hacia atrás para no perderlo de vista. Cuando metió un dedo dentro, después otro, y los movió adentro mío con una presión lenta, supe que si seguía así me iba a romper en pedazos antes de que empezara de verdad.

—Así —dijo Iván detrás de mí, y me hundió la cara en el cuello mientras una de sus manos me agarraba un pecho y lo apretaba con ganas.

Darío, a mi lado, se arrodilló y me tomó una teta en la boca. La lengua le dio de lleno al pezón, después los dientes, y mi respiración se hizo corta, despareja. Bruno siguió con los dedos hasta que me vio arquear la espalda y empezó a reírse apenas, satisfecho de verme tan al borde.

—No te nos vayas a correr tan rápido —me dijo—. Todavía ni empezamos.

Me tiraron sobre la cama con cuidado, pero sin preguntar. Quedé de espaldas, con Bruno entre mis piernas, Darío a mi derecha y Iván a la izquierda. Sentí manos deslizándose por mis costillas, por mi vientre, por los muslos abiertos. Iván me metió dos dedos en la boca y yo los chupé sin pensar, lamiéndolos como si quisiera demostrar que también podía dar, no solo recibir. Él me sonrió con la cara pegada a la mía.

—Eso —me dijo—. Así me gusta.

Bruno se acomodó entre mis piernas y apoyó la punta de la polla en la entrada mojada del coño. No entró enseguida. Me frotó despacio, tanteando, obligándome a sentir cada segundo de espera. Yo ya estaba jadeando, moviendo la cadera sola, buscando que me llenara de una vez. Cuando por fin empujó, entró con una firmeza lenta que me hizo apretar los dientes. Era grande, pesado, y la sensación de abrirme para recibirlo me dejó un cosquilleo caliente en todo el cuerpo.

—Eso es —gruñó Bruno—. Así, preciosa.

Empezó a moverse de a poco, saliendo apenas y volviendo a entrar, midiéndome. Cada embestida me arrancaba un gemido. Darío aprovechó para colocarse detrás de mí, tomarme de la cintura y levantarme un poco, lo justo para que Bruno siguiera entrando mientras él encontraba mi culo con la punta de la verga, empujando apenas, tanteando la entrada que ya me estaba ardiente de pura anticipación.

—Decime si querés que pare —me dijo Darío al oído, con una calma que me desarmó más que cualquier brutalidad.

—No pares —dije, y me salió más ronco de lo que esperaba.

Darío no me rompió de golpe. Me fue abriendo con paciencia, empujando un poco, retrocediendo, volviendo a empujar, mientras Bruno seguía clavado adentro mío por delante y me bombeaba con una cadencia cada vez más firme. La sensación de tenerlos a los dos al mismo tiempo me hizo ver blanco por un momento. Me agarré de las sábanas, después del brazo de Bruno, después del muslo de Darío, sin saber dónde sostenerme para no desarmarme entera.

Iván se arrodilló al lado de mi cabeza y me metió la polla en la boca sin ceremonia, sosteniéndome la nuca para que marcara el ritmo. Yo lo chupé con ganas, tragándomelo entero hasta la garganta, mientras el otro me abría por detrás y Bruno me hundía más y más por delante. El cuarto se llenó de sonidos húmedos, jadeos, golpes de piel contra piel, respiraciones cortadas. Me escuché a mí misma decir obscenidades que no sabía que tenía guardadas.

—Más fuerte —pedí, apretándome contra Bruno—. No aflojen, carajo.

Y no aflojaron.

Bruno me agarró de las caderas y empezó a embestir con más fuerza, haciendo temblar la cama. Darío, detrás, encontró un ritmo brutal que me hizo arquear la espalda y gemir tan alto que me sorprendió el sonido. Iván me sostuvo la mandíbula con una mano y siguió follándome la boca, lento y duro, hasta que los ojos se me llenaron de lágrimas del esfuerzo y del placer mezclados. Sentí el orgasmo acercarse como una ola enorme, inevitable, subiendo desde el vientre hasta la garganta.

—No te corrás todavía —dijo Bruno, viendo cómo me tensaba.

—No puedo aguantar —contesté, casi llorando.

—Sí podés —dijo Darío, clavándome más hondo—. Aguantá un poco más.

Me hicieron aguantar. Me tuvieron ahí, temblando, con el coño latiéndome alrededor de la polla de Bruno y el culo lleno de Darío, mientras Iván seguía llevándome al límite con la boca. Después Bruno cambió el ángulo de golpe, hundiéndose más hondo, y todo se me quebró. El primer orgasmo me arrancó un grito que me dejó sin aire. Me corrí con violencia, y no terminó ahí: apenas se me aflojaron las piernas, me llevaron directo a otro. Y otro. Cada vez que parecía que iba a caer, uno de los tres me agarraba, me apretaba, me obligaba a seguir sintiendo.

—Eso, eso —murmuraba Iván, casi riéndose—. Mirate cómo te ponés.

—Estás hermosa así —dijo Darío, con la voz rota.

Bruno me sostuvo la mirada mientras seguía metiéndomela hasta el fondo y yo ya no era capaz de pensar en nada más que en el siguiente empuje. Me corrí otra vez, y otra, hasta que el cuerpo entero me quedó hecho un temblor húmedo, sensible, casi doloroso de tanto placer. Sentí que me iba a desmayar y, al mismo tiempo, que nunca había estado tan despierta.

Bruno fue el primero en terminar. Lo sentí tensarse adentro mío, apretarme fuerte de las caderas y largarse con un gemido grave que le salió desde el pecho. Darío siguió poco después, hundido hasta el final, soltando la respiración de golpe como si le hubieran vaciado el aire de los pulmones. Iván se corrió al final, en mi boca, con la mano firme en la nuca y la cara crispada de placer, y yo tragué por reflejo, aunque ya estaba demasiado ida para registrar nada con claridad.

Quedé hecha un desastre sobre las sábanas, con el pelo pegado a la cara, las piernas abiertas, el cuerpo vibrando todavía por las últimas corridas. Uno me pasó una mano por la espalda. Otro me besó el hombro. Otro me limpió con un gesto lento el sudor de la mejilla. No fue brusco ni frío como una se imagina que son estas cosas; fue casi tierno, y eso me confundió todavía más.

Carla apareció en la puerta del cuarto con una sonrisa que conocía bien, la de quien ganó una apuesta privada consigo misma.

—Bienvenida al siguiente nivel, amiga —dijo, levantando la copa hacia mí—. Ahora sí sabés de qué se trata.

Quise contestarle algo ingenioso y no me salió nada. Apenas pude sonreír, todavía agitada, con el cuerpo latiéndome entero. Me vestí despacio, con los movimientos torpes de alguien que recién aprende a habitar de nuevo su propia piel, y me fui antes de que el silencio se volviera incómodo.

En el taxi de vuelta miré la ciudad pasar por la ventana y traté de entender quién era yo ahora. No me reconocía, y a la vez nunca me había sentido tan yo. Sabía dos cosas con certeza absoluta. La primera, que no se lo iba a contar a nadie. La segunda, que cuando Carla volviera a llamar, yo iba a volver a decir que sí.

Por eso lo escribo acá, donde nadie me ve. Es la única confesión que me voy a permitir. Lo demás me lo guardo para las tres de la mañana, cuando me despierto sola y, en vez de vergüenza, lo que siento es que volvería a hacerlo todo otra vez.

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Comentarios(8)

Tere_nocturna

excelente!!! me dejo sin palabras

RubenBA_lector

Por favor que haya una tercera parte tambien. No podes dejarnos asi justo ahi

MarisolCba_ok

Me recordo tanto a algo que me paso hace unos años... esas noches que sabes que van a cambiar algo pero igual te lanzas. Buenisimo relato

NachoPzMar

Y Carla sabia lo que ibas a hacer o fue todo una sorpresa para ella tambien? Quede con esa duda

LuchoVdS

Tremendo!!! Sigue escribiendo asi

PatriLect

Me encanto el tono, se siente real y sin artificios. Esas confesiones que uno guarda son las que mas pesan

GabiN_23

el titulo me engancho desde el principio y el relato no defraudo para nada. mas asi por favor!

OscarDeMza

Hay algo muy autentico en como esta escrito. No es solo el morbo, es que uno puede imaginar exactamente ese momento de duda y de entrega al mismo tiempo. De lo mejor que lei en mucho tiempo

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