La noche en el club de jazz que nunca confesé
Hay cosas que una no cuenta ni a su mejor amiga. Esta es una de ellas, y la escribo solo porque me arde por dentro desde hace meses y necesito sacarla de alguna parte. Si la lees, ya somos dos los que la guardamos.
El sitio se llamaba El Pulso, aunque no tenía cartel ni dirección que pudieras encontrar en un mapa. Se entraba por una puerta de hierro al fondo de un callejón, se bajaban veintidós escalones de piedra húmeda y, al final, el saxo te recibía antes que la luz. Un sótano largo, de techo bajo, donde el humo se quedaba colgado en el aire como una niebla tibia y el jazz sonaba tan denso que se te metía en el pecho.
Yo bajé del brazo de Daniela. Mi pareja. La mujer con la que llevaba tres años y que aquella noche había decidido que íbamos a cruzar una línea de la que habíamos hablado en susurros muchas veces, siempre medio en broma, siempre con la boca seca después. Lo habíamos dicho tantas veces en la cama, después de follar, con los cuerpos todavía pegados y su semen todavía escurriéndoseme por dentro del muslo: «¿Y si alguna vez…?». Nunca terminábamos la frase. Esa noche íbamos a terminarla.
Me acuerdo de la sensación de la barandilla bajo la palma mientras bajaba. Fría, metálica, gastada por miles de manos antes que la mía. Cada escalón me alejaba un poco más de la mujer que era arriba y me acercaba a la que iba a ser abajo. No exagero cuando digo que se me había acelerado el corazón antes de que nadie me tocara siquiera, y que ya tenía las bragas empapadas de solo pensar en lo que venía.
—¿Estás segura? —me preguntó al pie de la escalera, su mano apretando la mía.
—No —le contesté. Y las dos nos reímos, nerviosas, porque las dos sabíamos que íbamos a entrar igual.
Daniela llevaba un vestido de seda color vino que se le pegaba al cuerpo como si lo hubieran pintado encima. No se había puesto nada debajo; lo supe porque, cuando se inclinó para dejar los abrigos, la tela se le marcó de una forma que no dejaba lugar a dudas: los pezones duros clavados en la seda, la raja del coño dibujada contra la tela cuando dio un paso. Yo iba con una falda corta y una blusa que de pronto me pareció demasiado, demasiado ropa, demasiado todo.
***
No habíamos terminado de acomodarnos en un rincón cuando un hombre se acercó a ella. Alto, de hombros anchos, con una sonrisa lenta que se tomaba su tiempo. No dijo gran cosa. Le puso una mano en la cintura, le habló al oído algo que no oí, y Daniela se rio con esa risa grave que yo conocía bien, la que le sale cuando ya ha decidido que sí.
La vi dejarse llevar contra la pared de ladrillo, junto a la tarima donde tocaba la banda. La vi cerrar los ojos cuando él le subió el vestido hasta la cintura y le dejó el culo desnudo al aire, blanco contra la sombra del ladrillo. La mano del tipo se le fue directo al coño, sin preámbulos, y desde donde yo estaba vi cómo los dedos de él se hundían en ella y salían brillando. Daniela abrió la boca en una O muda y le mordió el hombro para no gritar. El tipo se sacó la polla del pantalón sin dejar de meterle los dedos —una polla gruesa, oscura, con la punta ya mojada— y le hizo girarse contra la pared. Le separó las piernas con una rodilla, se la apoyó en la entrada del coño y se la clavó hasta el fondo de una sola embestida.
Y la vi morderse el labio y buscarme con la mirada por encima del hombro del desconocido, con los ojos vidriosos, mientras el tipo la follaba de pie contra el ladrillo, como diciéndome mira, esto está pasando de verdad, me la está metiendo entera.
Estaba pasando de verdad.
El saxo seguía sonando. Nadie en el club parecía sorprendido. Había otras parejas en los rincones —una chica arrodillada mamándole la polla a un hombre sentado, otra pareja follando en un sillón con una tercera mujer chupándole las tetas a la de arriba—, otras siluetas moviéndose en la penumbra, y entendí que ese era el pacto del lugar: aquí abajo nadie mira con sorpresa, nadie juzga, todo el mundo está bajando los mismos escalones que bajamos nosotras.
Yo me quedé apoyada en la barra, con un vaso sudando en la mano, sintiendo cómo el calor me subía por dentro de los muslos y cómo el coño se me apretaba solo cada vez que el tipo le daba un empujón fuerte a Daniela y la hacía golpear con las tetas contra el ladrillo. No podía dejar de mirarla. La forma en que arqueaba la espalda para sacarle el culo y ofrecérselo mejor, los sonidos guturales que se le escapaban —«así, más fuerte, más fuerte»— y que el jazz tapaba a medias, la manera en que sus dedos se aferraban a la nuca del hombre cuando él la giró y le levantó una pierna para follarla de frente y ella pudo verme mientras se la comía a besos. Nunca la había deseado tanto como en ese momento en que era de otro, en que otra polla que no era mi lengua ni mis dedos la estaba haciendo correrse.
Y se corrió. La vi correrse. Le tembló el labio inferior, cerró los ojos, se le abrió la boca y dejó salir un gemido largo que atravesó el blues por encima, y el tipo no paró, siguió metiéndosela hasta que él también se vació dentro de ella con la boca pegada a su cuello. Cuando la sacó, un hilo blanco espeso le cayó a Daniela por el muslo. Se lo limpió con un dedo, se lo llevó a la boca y me miró chupándoselo.
Fue una sorpresa descubrir eso de mí misma. Yo creía que verla con alguien me iba a doler, que iba a aparecer la rabia, los celos, ese nudo feo en el estómago. Y en cambio lo único que sentía era ganas. Ganas de ella, ganas de la noche, ganas de todo lo que todavía no había pasado. El miedo y el deseo se me habían vuelto la misma cosa, y ya no sabía dónde terminaba uno y empezaba el otro. Tenía el coño hinchado y latiendo debajo de la falda, y las bragas se me habían quedado pegadas a los labios de lo empapadas que estaban.
La banda cambió a algo más lento, más sucio, un blues que parecía marcar el ritmo de lo que ocurría en cada rincón del sótano. Cerré los ojos un segundo y, cuando los abrí, ya no estaba sola.
***
—No vas a quedarte ahí toda la noche.
La voz venía de mi izquierda. Dos hombres, los dos sonriendo, los dos con esa calma de quien no tiene ninguna prisa. Uno me quitó el vaso de la mano y lo dejó en la barra con cuidado, como si fuera un detalle importante. El otro me apartó el pelo de la cara y me pasó el pulgar por el labio inferior, metiéndomelo un poco en la boca. Se lo chupé sin pensarlo.
—¿Vienes? —preguntó el primero.
Miré hacia Daniela. Tenía la cabeza echada hacia atrás, ahora con otro tipo entre las piernas comiéndole el coño, y, aun así, encontró un segundo para asentirme. Permiso. Aliento. Hazlo.
Dije que sí con la cabeza porque la garganta no me daba para más.
Me llevaron a un sofá hondo, de terciopelo gastado, en una esquina donde la luz apenas llegaba. Me sentaron, me abrieron la blusa botón por botón sin prisa, me dejaron las tetas al aire y uno se agachó a chupármelas mientras el otro me subía la falda y me arrancaba las bragas empapadas de un tirón. Se las llevó a la nariz, respiró hondo y sonrió.
—Estás chorreando —me dijo, y me metió dos dedos en el coño sin avisar.
Gemí tan fuerte que me tapé la boca yo misma. El que me chupaba los pezones me apartó la mano.
—Aquí abajo se grita —me dijo—. Nadie te va a oír por encima del saxo.
Uno de ellos se arrodilló entre mis piernas y me las abrió del todo, plegándomelas contra el pecho para dejarme abierta, expuesta, con el coño ofrecido a la penumbra. Lo que hizo con la boca me hizo agarrarme al respaldo con las dos manos. Lento al principio, atento, leyéndome —lengua plana sobre el clítoris, círculos, después chupones—, hasta que dejé de pensar y empecé solo a sentir. Me metió la lengua entera dentro y me la folló con ella, y después subió al clítoris y no lo soltó, y yo empujé las caderas contra su cara buscándolo más.
El otro se sentó a mi lado y me besó como si tuviéramos toda la noche, que la teníamos. Me mordía el cuello, me hablaba bajo, me decía cosas al oído —«qué rica estás, qué bien te lo come, mira cómo mueves el culo, puta»— que no recuerdo del todo y que me hacían temblar igual. Se sacó la polla del pantalón y me la puso en la mano. Estaba dura, caliente, palpitándome contra la palma. Empecé a hacérsela a pulso mientras el otro me seguía comiendo, y a los pocos segundos me la acercó a la boca y yo abrí sin dudar. Me la metí hasta la garganta, me atraganté un poco, volví a metérmela. Sabía a piel, a sudor, a sal.
Entre los dos me llevaron al borde una vez —el de abajo notó cómo se me contraía todo y me chupó el clítoris con más fuerza, y yo estaba a un segundo de correrme—, y otra —esta vez con el de arriba metiéndome dos dedos en la boca a la vez que la polla, mientras el otro me penetraba con tres dedos y me buscaba el punto por dentro—, y cuando creí que ya no aguantaba más, pararon. A propósito. Para que el deseo se acumulara.
—Todavía no —dijo uno, y la palabra «todavía» me dejó vibrando, con el coño abriéndose y cerrándose solo, vacío, pidiendo.
El que había estado entre mis piernas se puso de pie, se bajó los pantalones del todo y me hizo girarme en el sofá. Me puso de rodillas sobre el terciopelo, con el culo alto y la cara hundida en el respaldo. Sentí la punta de su polla pasearse por la raja del coño, mojándose en mí, resbalando entre los labios sin entrar todavía. Me estaba volviendo loca.
—Pídemela —me dijo.
—Métemela —dije yo, y la voz me salió rota—. Métemela ya, por favor, métemela.
Se me hundió entero de una sola embestida y me sacó un gemido que sí, que no lo tapó el saxo. Empezó a follarme por detrás, sujetándome de las caderas, sacándomela casi entera para volver a clavármela hasta el fondo, y el sofá crujía y yo tenía las tetas rebotando contra el terciopelo. El otro se puso de rodillas en el sofá frente a mí y me acercó la polla a la boca otra vez. Abrí sin que me lo pidiera. Los dos me follaban a la vez, uno por delante y otro por detrás, y yo me había convertido en un instrumento entre los dos, con la boca y el coño llenos al mismo tiempo, gimiendo contra la polla del de arriba cada vez que el de atrás me empujaba fuerte.
***
No sé cuánto tiempo pasó. En ese sótano el tiempo se medía por canciones, no por relojes. Sé que en algún momento Daniela apareció a mi lado, sudada, despeinada, con los ojos brillantes y una sonrisa de gata, y con el vestido bajado hasta la cintura, las tetas al aire, marcadas de mordiscos. Se acostó junto a mí en el terciopelo y me besó con todo el sabor de la noche encima —un sabor a semen ajeno que la reconocí sin pensarlo y que me puso más cachonda todavía.
—¿La estás pasando bien? —me preguntó contra la boca, mientras me metía una mano entre las piernas y comprobaba con los dedos lo empapada y lo abierta que estaba.
No le contesté con palabras. Le mordí el labio inferior y le empujé la cabeza hacia abajo.
Lo que vino después se me mezcla en la memoria como las notas de aquel saxo: pieles, manos que no sabía de quién eran, su lengua bajando por mi vientre y clavándoseme en el coño con esa precisión que solo tres años de práctica dan, mientras uno de los hombres la tomaba a ella por detrás, con la polla entrándole en el culo despacito, y los dos gemíamos a destiempo. Ella me comía el coño y a la vez la estaban sodomizando, y cada empujón que él le daba lo transmitía a su lengua contra mi clítoris, y yo veía la escena desde arriba y no me podía creer que fuera yo la que estaba ahí.
En algún momento fui yo quien estuvo entre sus piernas, con la cara pegada a su coño, chupándoselo mientras otro hombre me embestía por detrás, y la oí decir mi nombre de una manera que no le había oído nunca en tres años de cama compartida —quebrada, aguda, obscena. Se corrió en mi boca. Me lo grité contra los labios: «me corro, me corro en tu boca, chúpame», y yo le chupé el clítoris hasta que le temblaron los muslos y me apretó la cabeza con las dos manos.
Hubo un instante en que uno de ellos me pidió permiso para algo que yo no había hecho jamás. Lo pidió en voz baja, contra mi nuca, con la punta de la polla ya apoyada en el agujero de mi culo. Esperó mi respuesta. Yo asentí despacio y él fue despacio: se escupió en la mano, me embadurnó bien, empujó con paciencia la punta hasta que el anillo cedió, y siguió metiéndomela milímetro a milímetro. Dolió y dejó de doler, y se convirtió en una cosa nueva que me partió en dos de la mejor manera —una sensación de estar llena de una forma que no conocía, con cada nervio del culo despierto y latiendo. Daniela me sostenía la cara entre las manos mientras pasaba, mirándome a los ojos, diciéndome que respirara, que estaba ahí, que no me soltaba, metiéndome ella tres dedos en el coño para que estuviera doblemente llena. Y cuando me acostumbré, él empezó a follarme de verdad, con embestidas largas, y me corrí como no me había corrido en mi vida, gritando contra la boca de Daniela, con las dos aberturas ocupadas y todo el cuerpo temblando.
Y no me soltó.
Al final él se salió, me giró de espaldas, y se corrió a chorros sobre mi vientre y mis tetas, mientras el otro se corría en la boca de Daniela y ella me miraba con los labios llenos, con el semen escurriéndosele por la barbilla, sin tragar todavía, sonriéndome. Se inclinó y me besó, y me pasó todo el semen del otro a mi boca, y yo lo tragué mirándola a los ojos.
***
Lo que más recuerdo no es el sexo. Es lo otro. La forma en que, en mitad de todo aquello, Daniela y yo nos encontrábamos con la mirada por encima de los hombros ajenos y nos reconocíamos. Como si todo aquel desorden de cuerpos, de pollas y coños y culos y bocas, fuera, en el fondo, una conversación entre nosotras dos. Una manera de decirnos cosas que no nos cabían en las palabras de todos los días.
Los hombres fueron generosos y luego se fueron, como llegaron, sin nombres, sin teléfonos, sin promesas. Así funcionaba el lugar. Lo que pasaba en El Pulso se quedaba abajo, en el sótano, debajo de la ciudad que seguía durmiendo veintidós escalones más arriba.
Cuando salimos ya era casi de día. La calle estaba fría y gris y olía a pan recién hecho de alguna panadería cercana, un olor tan cotidiano y tan limpio que casi me hizo reír. Daniela me pasó el brazo por los hombros. Las dos íbamos despeinadas, marcadas, con la ropa mal puesta, con semen seco en los muslos y el cuerpo entero todavía latiendo.
—¿Te arrepientes? —me preguntó.
Lo pensé de verdad antes de contestar. Busqué dentro de mí la vergüenza, la culpa, el reproche que se supone que una debería sentir. No los encontré. Encontré otra cosa: una calma rara, una sensación de haber visto un cuarto de mí misma que tenía cerrado con llave.
—No —le dije—. ¿Y tú?
Negó con la cabeza, sonriendo hacia el suelo, y me apretó contra ella.
***
Volvimos a casa en silencio, ese silencio bueno de las personas que no necesitan llenarlo. Nos duchamos juntas —y en la ducha, con el agua caliente cayéndonos encima, ella se arrodilló y me comió el coño una vez más, despacio, sin prisa, como para cerrar la noche con su firma—, nos metimos en la cama con el sol entrando por la persiana, y dormimos hasta media tarde abrazadas como dos náufragas.
Han pasado varios meses. No hemos vuelto a El Pulso, aunque sé que algún día lo haremos. No lo hablamos demasiado; es como un secreto que compartimos solo nosotras, un lugar al que vamos en la cabeza cuando estamos juntas y queremos volver a sentir aquel vértigo. A veces, cuando follamos, ella me susurra al oído cosas de aquella noche —«¿te acuerdas del que te la metió por el culo?, ¿te acuerdas de cómo gritabas?»— y me corro en dos minutos.
A veces, en mitad de una cena con amigos, o en la cola del supermercado, Daniela me busca la mirada por encima del carrito y sonríe de una manera que solo yo entiendo. Y yo le devuelvo la sonrisa, y por un segundo volvemos a estar las dos en aquel sótano, con el saxo metiéndose en el pecho y toda la noche por delante.
No se lo he contado a nadie. Hasta hoy.