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Relatos Ardientes

La confesión que nunca le conté a mi novio

Hay cosas que una decide no contar nunca. No por miedo a que la juzguen, sino porque sabe que, al ponerlas en palabras, vuelven a respirar. Esta es una de esas cosas. La he callado durante años, y aun así sigue ahí, intacta, cada vez que cierro los ojos.

Tenía veintipocos años y acababa de mudarme sola a la ciudad. Esa noche había salido con una compañera del trabajo, Carla, una chica de risa fácil que parecía conocer a todo el mundo en cada local al que entrábamos. Yo me dejaba llevar. Llevaba meses portándome bien, siendo la chica responsable, y esa noche quería ser otra persona.

Fue Carla quien me presentó a los tres. Estaban en una mesa al fondo del bar, tres hombres altos, anchos de espalda, que la saludaron como si la conocieran de toda la vida. Dante, el mayor, tenía una voz grave que se notaba en el pecho antes que en los oídos. Andre sonreía poco y miraba mucho. Malik era el más joven, el que más hablaba, el que me hizo reír sin que me diera cuenta de que ya me había acercado demasiado.

—Mi amiga es tímida —dijo Carla, pasándome un brazo por el hombro—. Pero solo al principio.

Me ardió la cara. Quise protestar, pero Dante me estaba mirando de una forma que me dejó sin argumentos.

***

No recuerdo en qué momento exacto la noche cambió de dirección. Recuerdo copas que aparecían sin que las pidiera, una mano apoyada en mi rodilla bajo la mesa, el aliento de Malik en mi oreja contándome algo que no escuché porque solo sentía el calor subiéndome por la espalda.

Recuerdo a Carla diciéndome al oído, mientras me retocaba el pelo:

—Si quieres, nos vamos. Pero tú no quieres irte, ¿verdad?

No quería. Por primera vez en mucho tiempo, no quería hacer lo correcto. Negué con la cabeza y ella sonrió como quien acaba de ganar una apuesta.

El piso estaba a dos calles. Salimos a la noche fría y yo caminaba en medio de los tres, sintiéndome pequeña y observada, con Carla unos pasos por delante marcando el camino como si fuera su propia casa. Nadie dijo gran cosa. El silencio era espeso, cargado, y cada vez que mi brazo rozaba el de Malik se me cortaba un poco la respiración.

Subimos en un ascensor estrecho donde éramos demasiados, y la cercanía de aquellos tres cuerpos me hizo temblar antes de que nadie me tocara. Dante fue el primero en hacerlo: me apartó un mechón de la cara con dos dedos, despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Todavía estoy a tiempo de irme, pensé. No me fui.

***

Dentro del piso, las luces estaban bajas y la música seguía a Carla como si la hubiera traído ella misma. Me quité los zapatos sin que nadie me lo pidiera. Fue mi manera de decir que sí.

Andre se acercó por detrás y me apoyó las manos en las caderas. No me besó el cuello enseguida; primero dejó que su respiración me recorriera la nuca, y solo cuando se me erizó toda la piel, posó los labios justo debajo de la oreja. Dante se puso delante. Me sostuvo la barbilla y me besó despacio, profundo, mientras Malik me bajaba los tirantes del vestido con una paciencia que me volvió loca.

—Tranquila —murmuró Dante contra mi boca—. Esta noche no tienes que decidir nada. Solo dejarte llevar.

Y me dejé. El vestido cayó al suelo. Sentí tres pares de manos recorriéndome a la vez, sin coordinarse, cada uno reclamando una parte distinta de mí. Una boca en el pecho, unos dedos entre los muslos, otra mano enredada en mi pelo tirando con la fuerza justa para que arqueara la espalda.

Carla nos miraba desde el sofá, una copa en la mano, una sonrisa que decía que esto ya lo había visto antes y que sabía exactamente cómo terminaba.

***

Me llevaron al dormitorio entre risas y empujones suaves. Caí de espaldas sobre la cama y los tres se quedaron de pie un momento, mirándome, como si decidieran por dónde empezar. Esa pausa fue lo más excitante de todo: estar expuesta, deseada, esperando.

Malik fue el primero en subir. Me abrió las piernas con las rodillas y se hundió en mí de una sola vez, arrancándome un gemido que no supe contener. Dante se colocó a mi lado y me ofreció su sexo a la boca; lo acepté sin pensarlo, ahogándome un poco, disfrutando de la falta de aire. Andre me amasaba los pechos desde el otro flanco, mordiéndome el hombro cada vez que Malik empujaba más fuerte.

Me corrí así, llena por todas partes, antes incluso de que ninguno hubiera empezado de verdad. Sentí el orgasmo recorrerme como una descarga y a Malik reírse, satisfecho, sin detenerse.

—Esta apenas empieza y ya no puede —dijo Andre, y la humillación de sus palabras me prendió otra vez por dentro.

***

Cambiaron de posición sin avisar. Dante me sentó sobre él, de espaldas a su pecho, y me penetró despacio mientras me sujetaba por la garganta con una mano firme que no apretaba, solo recordaba quién mandaba. Yo estaba abierta, ofrecida, con la cabeza echada hacia atrás sobre su hombro.

Fue entonces cuando Andre se acercó por delante.

—Vamos a darte algo que no has probado —dijo, y entendí lo que pretendían un segundo antes de sentirlo.

Escupió saliva entre mis piernas, untó con los dedos, presionó. Sentí cómo se abría paso junto a Dante, los dos a la vez, estirándome de una manera que me hizo gritar mitad de dolor, mitad de un placer que no sabía que existía. Me aferré a los brazos de Andre, las uñas clavadas en su piel.

—No puedo, no cabe —jadeé.

—Sí que puedes —respondió Dante en mi oído, sin moverse—. Respira. Aguanta. Ya lo estás haciendo.

Y lo hacía. Centímetro a centímetro, los sentí dentro a los dos, separados apenas por una pared de carne que palpitaba con cada latido. Me quedé quieta unos segundos, temblando, sintiéndome más llena de lo que jamás creí soportar. Tenía la frente apoyada en el hombro de Andre y notaba su corazón acelerado contra mi mejilla, tan descontrolado como el mío.

Dante me hablaba bajito al oído, palabras que no recuerdo pero que me sostuvieron en ese borde imposible entre el dolor y las ganas. Carla, desde algún punto de la habitación, soltó una risa ronca de aprobación. Yo cerré los ojos y dejé de pensar.

***

Entonces empezaron a moverse de verdad.

Dante embestía hacia arriba; Andre hacia adelante. Se turnaban con una precisión que solo da la práctica: cuando uno se hundía, el otro se retiraba, y esa fricción constante me arrancó un gemido tras otro hasta que perdí la cuenta de mis propios sonidos. Malik se colocó a un lado, me giró la cara hacia él y me llenó la boca, sujetándome el pelo, marcando él mismo el ritmo.

Estaba tomada por completo. No quedaba un solo rincón de mí que no estuviera ocupado, usado, reclamado. Y en lugar de asustarme, me abandoné. Me corrí otra vez, y otra, con espasmos que me sacudían entera y que ellos celebraban con gruñidos roncos.

—Mírala —oí decir a Carla desde la puerta—. Por fin alguien le enseña lo que es.

***

Malik fue el primero en terminar. Se vació con un gemido grave y se apartó, dejándome la boca y la barbilla húmedas, riéndose entre dientes. No me dieron tiempo a recuperarme.

Dante aceleró desde abajo, sus dedos clavados en mis caderas, y se dejó ir dentro de mí con un rugido que sentí vibrar en su pecho contra mi espalda. Andre lo notó, perdió el control y empujó con furia las últimas veces hasta vaciarse también, los dos a la vez, llenándome hasta un punto que me hizo gritar sin voz.

Cuando se retiraron, despacio, sentí cómo todo escapaba de mí a la vez. Me dejé caer de lado sobre el colchón, temblando, incapaz de cerrar las piernas, con el cuerpo cubierto de sudor y de marcas que no recordaba haberme ganado.

***

Carla se sentó en el borde de la cama y me acarició el pelo empapado, con una ternura que contrastaba con todo lo demás.

—¿Ves? —dijo en voz baja—. No eras tan tímida.

No le contesté. No podía. Tenía la mente en blanco y el cuerpo deshecho, y por dentro una mezcla de vergüenza y de algo parecido al orgullo que no sabía cómo nombrar. Me quedé quieta, escuchando mi propia respiración volver poco a poco a la normalidad, mientras los tres hombres recogían sus cosas en el otro cuarto entre risas tranquilas.

Me vestí en silencio antes del amanecer. Carla me acompañó a la calle, me pidió un taxi y me dio un beso en la mejilla como si nada de aquello hubiera pasado.

—Cuando quieras repetir, ya sabes dónde encontrarme —dijo, y me guiñó un ojo.

***

Volví a mi vida. A ser la chica responsable, la novia atenta, la que llega temprano y se acuesta a una hora decente. Nunca le conté a nadie lo de aquella noche. Ni a mis amigas, ni a las parejas que vinieron después, ni a quien duerme hoy a mi lado.

Pero a veces, en los momentos más inesperados —lavando los platos, esperando el autobús, en mitad de una reunión aburrida—, el recuerdo vuelve entero. La pausa antes del primer roce. La mano firme en mi garganta. La sensación imposible de estar llena hasta el límite y querer más.

Y entonces sonrío para mis adentros, guardo el secreto un poco más, y me pregunto si algún día volveré a marcar aquel número. Esta confesión es lo más cerca que he estado de hacerlo. Quizá ya sea suficiente. Quizá no.

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Comentarios (6)

Anahi_77

Que buen relato!!! Me dejo sin palabras, de verdad.

LectorzulaBQ

Por favor contanos mas, este tipo de confesiones son las que enganchan de verdad. Quede con ganas de saber todo.

GastonLect

Lo lei de un tiron. Se siente tan honesto y real que uno no puede soltar el celular hasta el final. Tremendo.

Caro_85

increible relato!!! sigue escribiendo asi

PabloMarcos

Cuantos años guardaste eso? Me dejo con curiosidad la parte del inicio, jajaja. Muy bueno.

TatianaRdp

Me recordo a algo que yo tambien guarde secreto mucho tiempo... hay cosas que uno no puede contar facilmente. Gracias por animarte.

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