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Relatos Ardientes

Lo que mi amiga me propuso para dejar de ser virgen

Tenía diecinueve años y una curiosidad que me quemaba por dentro. Estudiaba primero de Diseño en la universidad y me pasaba las clases mirando de reojo a Diego, mi novio, que se sentaba dos filas más adelante. Llevábamos casi medio año saliendo: besos largos en los pasillos vacíos, las manos rozándose bajo la mesa de la cafetería, alguna caricia robada en el coche de su hermano. Pero esa última línea seguía sin cruzarse. Yo era virgen, y aunque me moría por entregarme, había algo dentro de mí que se ponía en guardia en el último momento.

Un viernes, sus padres se fueron a pasar el fin de semana a la costa. Diego me llamó con esa voz grave que ponía cuando quería algo.

—Ven —me dijo—. Vamos a tener la casa entera para nosotros.

No hizo falta más. Me arreglé con un cuidado casi ridículo: un vestido corto que me hacía las piernas eternas, ropa interior de encaje granate que había escondido en el fondo del cajón y un perfume dulce que me daba el valor que me faltaba.

Diego me recibió con un beso que me dejó sin aire, las manos ya buscándome la cintura. Había puesto música, algo lento y cargado de bajos que parecía hecho para lo que íbamos a hacer. Bailamos en el salón con los cuerpos pegados, casi sin movernos, y yo sentía el calor subiéndome desde el vientre y su erección apretándose contra mí a través de la tela.

Hoy es el día, pensé, mientras imaginaba cómo sería por fin.

Nos fuimos al dormitorio grande, el de sus padres, con una cama enorme que parecía esperarnos. Diego me tumbó despacio y empezó a besarme el cuello, bajando centímetro a centímetro. Me quitó el vestido sin prisa, deteniéndose en cada trozo de piel. Cuando me arrancó las bragas yo ya estaba húmeda, temblando, y él se arrodilló entre mis piernas con la respiración caliente rozándome.

Empezó suave, con la punta de la lengua, trazando círculos lentos que me arqueaban la espalda. Después se volvió más decidido, hundiéndose en mí, y yo agarraba las sábanas con las dos manos para no gritar. Me llevó al borde una y otra vez, deteniéndose justo antes, hasta que apenas podía respirar. Sentía el corazón en la garganta y un calor que se me extendía por los muslos como si tuviera fiebre.

Diego conocía mi cuerpo mejor que yo misma esa noche. Sabía cuándo aflojar y cuándo apretar, y cada vez que yo creía que iba a explotar él cambiaba el ritmo y me dejaba colgando del borde, suplicando sin palabras. Nunca había deseado tanto a nadie.

Quise devolvérselo. Se incorporó, se quitó los pantalones y yo me acerqué nerviosa. Lo tomé con la mano, sintiendo lo caliente y duro que estaba, y me lo llevé a la boca con lengüetazos tímidos al principio. Él gemía bajito, guiándome el pelo con los dedos, y poco a poco me solté, encontrando un ritmo que lo hacía jadear.

Entonces llegó el momento. Diego se colocó encima, apoyó la punta en mi entrada y empujó. Empujó otra vez. Empujó con más fuerza. Pero no entraba. Yo sentía una resistencia dolorosa, como si una barrera me cerrara el paso por dentro. Él sudaba, frotándose contra mí casi desesperado, hasta que el roce pudo más y terminó corriéndose sobre mi vientre. Me quedé excitada, frustrada y con un vacío raro en el cuerpo. La tarde acabó con besos tiernos y una pregunta que no me atrevía a decir en voz alta: ¿qué me pasaba?

***

Al día siguiente quedé con Vera en una cafetería del centro. Vera tenía un par de años más que yo, ya había terminado la carrera y siempre fue la confidente con la que hablaba de lo que no le contaba a nadie. Con la cara ardiendo, le conté todo: el baile, la lengua de Diego, lo que yo le hice a él y el fracaso final.

Ella me escuchó con una media sonrisa que fue creciendo, y al terminar me miró con un brillo travieso en los ojos.

—Cariño, hay chicas que tenemos el himen más fuerte y cuesta horrores —dijo, removiendo el café—. Yo era una de esas. Y lo resolví de la mejor manera posible.

—¿Cómo? —pregunté, y solo de imaginarlo sentí un cosquilleo entre las piernas.

—Tengo unos amigos —bajó la voz, como si compartiera un secreto prohibido—. Tres, para ser exacta. Hombres mayores, con experiencia, que saben muy bien lo que hacen.

—¿Tres? ¿Por qué tres? —el corazón se me había disparado.

—Muy sencillo. Entre los tres te dejan preparada para todo —me guiñó un ojo—. El primero se llama Bruno. Es paciente, cuidadoso, el que abre el camino sin hacerte daño y te hace sentir llena por primera vez. El segundo es Iván, más intenso, el que te lleva al límite y te hace gritar de placer cuando ya creías que no podías más. Y al tercero lo llamamos «el último capítulo»: Damián. Para cuando él termina contigo, ya no queda ni rastro de la chica nerviosa que entró por la puerta.

Sentí un calor líquido bajándome por dentro solo de escucharla.

—¿Cuándo quieres que te los presente? —preguntó Vera, notando perfectamente cómo me había puesto.

Me mordí el labio. Pensé en Diego, en la barrera, en lo que llevaba meses queriendo y no me atrevía a pedir.

—Esta noche —dije, con la voz temblándome de pura anticipación.

***

Esa misma noche, Vera me llevó a un apartamento tranquilo a las afueras de la ciudad. Los tres hombres estaban allí, altos, seguros de sí mismos, con esa calma que solo da la experiencia. Me ofrecieron una copa y conversaron conmigo un rato, sin prisa, hasta que dejé de temblar. Vera me apretó la mano antes de retirarse a un rincón.

—Tú relájate —me susurró—. Y disfruta.

Bruno fue el primero en acercarse. Me desnudó con una lentitud que me puso la piel de gallina, besándome el cuello mientras sus dedos me exploraban, comprobando lo mojada que ya estaba. Me tumbó en el sofá y se colocó entre mis piernas.

—Tranquila, preciosa —murmuró—. Voy a ir despacio.

Y empujó con firmeza, sin brusquedad. Grité cuando algo cedió por dentro, un dolor agudo y breve que enseguida se transformó en una sensación nueva, plena, al sentirlo deslizarse dentro de mí por fin. Se movía con un ritmo constante, paciente, dándome tiempo a acostumbrarme. Mi cuerpo se abrió a él poco a poco, y lo que empezó como una molestia terminó arrancándome un gemido largo cuando me llenó por completo.

Cuando Bruno se apartó, yo ya no era la misma. Algo se había roto y abierto a la vez, y en lugar de la chica nerviosa de la cafetería había ahora alguien que pedía más con la mirada. Me sentía poderosa, desinhibida, dueña por fin de algo que llevaba meses temiendo.

Iván tomó el relevo. Me puso boca abajo, me levantó las caderas y me lamió primero, despacio, recorriéndome entera con la lengua hasta dejarme jadeando contra el cojín, con los dedos clavados en la tela.

—Ahora vas a sentir de verdad —dijo a mi oído, y entró.

Era más intenso que Bruno, más profundo, y yo aullé cuando llegó al fondo. Me agarró de las caderas y embistió con un ritmo que no me daba tregua, alternando con alguna palmada en las nalgas que me hacía morderme los labios. Sentía el placer subiéndome en oleadas, una detrás de otra, hasta que me corrí temblando, con las piernas convertidas en gelatina.

—Más —supliqué, sorprendida de mi propia voz—. Por favor.

Y entonces se acercó Damián, el último. Me arrodillé frente a él casi por instinto, queriendo prepararme para lo que venía, y lo recibí con una devoción que jamás creí tener. Después me levantó como si no pesara nada y me apoyó contra la pared, entrando centímetro a centímetro mientras yo me aferraba a sus hombros.

—Mírame —me ordenó, y obedecí.

Me folló contra la pared con un control absoluto, llegando a sitios que ni sabía que existían, leyendo cada reacción de mi cara para darme exactamente lo que necesitaba. Yo le clavaba las uñas en la espalda, con la frente apoyada en su hombro, incapaz de formar una sola palabra coherente. Cada embestida me arrancaba un sonido nuevo, algo entre el gemido y la súplica.

Me corrí una vez, y otra, hasta perder la cuenta, con el cuerpo sacudido por temblores que venían de muy adentro. Cuando ya creía que no aguantaría más, él se tensó por fin y se dejó ir con un gruñido ronco que me hizo estremecer entera.

***

Al final de la noche estaba agotada, marcada, con el cuerpo dolorido de una manera deliciosa. Vera se acercó y me besó en la mejilla.

—Bienvenida —dijo, sonriendo—. Ya estás lista para todo lo que quieras.

Volví a casa de madrugada, mirándome en el espejo del ascensor con una sonrisa que no podía quitarme. Lo que había empezado como una tarde frustrada con Diego se había convertido en algo que ni en mis fantasías más atrevidas me había permitido imaginar. Diego seguiría siendo mi novio, claro. Pero ahora yo sabía cosas de mí misma que él tardaría mucho en descubrir, y por primera vez en mi vida no me daba ningún miedo desearlas.

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Comentarios (5)

Matias_cba

increible!! quede sin palabras

SaritaRosada

ay que haya segunda parte por favor, no puede terminar ahi jaja

lectorsombra

lo que mas me gusto es que se siente real, sin exagerar nada. Continuá escribiendo!

Ro_MDP

buenisimo!!!

Vicky_SC

me recordo algo que me paso parecido cuando era mas joven. gracias por animarte a contarlo, no es facil

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