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Relatos Ardientes

La confesión que guardé durante demasiado tiempo

Renata tenía treinta y cuatro años y ocho de casada con Aníbal, un asesor financiero que la mantenía sin lujos pero sin sobresaltos, y que la dejaba sola la mayor parte del tiempo. Sus días eran una sucesión de tareas iguales: la casa, la lista de la compra, el supermercado del barrio los jueves por la tarde. Aquel jueves de octubre, mientras elegía duraznos en la sección de frutas, sintió que alguien la miraba.

Al girar la cabeza se encontró con un hombre que apenas le llegaba al hombro. Mediría poco más de un metro veinte, de complexión ancha y una sonrisa que desarmaba. Tenía los ojos negros, despiertos, con un brillo de picardía que no encajaba con la rutina gris del lugar.

—¿Te ayudo a elegirlos? Los de la izquierda están verdes —dijo, con una voz grave y serena que la tomó por sorpresa.

Renata sonrió, turbada sin saber por qué.

—Gracias. Buscaba los más maduros.

—Nicanor —se presentó él, extendiendo una mano pequeña y firme.

—Renata —respondió ella, estrechándola.

La charla fluyó con una facilidad que hacía años no sentía. Él la hizo reír tres veces antes de llegar a la caja, y a ella no le importó en absoluto su estatura; al contrario, había algo magnético en su seguridad, en la forma en que ocupaba el espacio a pesar de su tamaño. Cuando él propuso un café —«tengo uno mucho mejor que el de la máquina de aquí», dijo con un guiño—, Renata dudó apenas un segundo.

Era casada. Pero hacía demasiado que nadie la miraba como él la estaba mirando. Dejó el carrito a medio llenar y lo siguió hasta su departamento, a tres cuadras del local.

El lugar era cálido, ordenado, todo adaptado a su altura. Mientras él preparaba el café, ella lo observaba moverse con una soltura que la hipnotizaba. ¿Qué estoy haciendo acá?, pensó, y enseguida apartó la pregunta.

—¿Sos feliz, Renata? —preguntó él, tendiéndole la taza.

La pregunta la dejó sin respuesta. Estaba cómoda, segura. Pero ¿feliz?

—No sé si debería estar acá —murmuró.

Nicanor se acercó despacio, levantó la cara para mirarla a los ojos.

—A veces la felicidad no está donde la dejamos guardada.

Renata sintió un escalofrío bajarle por la espalda. No existía nadie más en el mundo en ese instante. Se inclinó, y sus labios se encontraron. El beso fue suave al principio, después urgente, hambriento, como si los dos llevaran años esperándolo.

***

Las manos de él se metieron por debajo de la blusa, le desabrocharon el corpiño de un tirón y le pellizcaron los pezones hasta que Renata gimió contra su boca. Él la guió hasta el dormitorio sin dejar de morderle el cuello, mientras le levantaba la pollera y le pasaba la palma por encima de la bombacha. Ya estaba empapada.

—Estás chorreando —le dijo él al oído, con esa voz grave que la hacía apretar los muslos—. No hace ni media hora que me conocés y ya tenés el coño hecho una sopa.

—Callate —jadeó ella, mordiéndose el labio.

—No. Decilo. Decí qué querés.

Renata cerró los ojos, avergonzada y encendida al mismo tiempo.

—Quiero que me la metas.

—Más fuerte.

—Quiero tu verga adentro, Nicanor. Ya.

Empezó a desvestirse a los tirones, sintiéndose más viva que en años. Él la miraba con una intensidad que la hacía temblar. Cuando terminó de sacarse todo, se paró frente a ella y se abrió el pantalón. Renata contuvo el aliento.

Desproporcionado con su cuerpo pequeño, tenía la polla más grande que ella había visto nunca. Erecta, gruesa, con las venas marcadas y el glande hinchado y brillante, apuntándole a la cara. Se le escapó una exclamación.

—Nicanor… vos…

Él sonrió con orgullo tranquilo.

—Sí. La naturaleza tiene su sentido del humor. Vení, arrodillate.

Renata se dejó caer de rodillas frente a él como si el cuerpo obedeciera antes que la cabeza. Le agarró la verga con las dos manos y todavía le sobraba tronco. Sintió el peso, la dureza, el calor palpitando contra la palma. Le pasó la lengua por debajo, desde la base hasta la punta, y él soltó un gruñido ronco.

—Así, mamámela toda —murmuró él, hundiéndole los dedos en el pelo.

Ella abrió la boca lo más que pudo y se la metió. Le entró apenas la mitad y ya sentía la punta empujándole el fondo de la garganta. Empezó a chuparla, subiendo y bajando, dejándola salir con un hilo de saliva colgando del mentón, para volver a tragársela. Nicanor la sostenía de la nuca, mirándola cómo se ahogaba con su polla, y de tanto en tanto empujaba las caderas para clavársela un poco más adentro. Renata sentía las lágrimas subirle a los ojos, pero no quería parar. Le lamió los huevos, se los chupó de a uno mientras le seguía haciendo la paja con la mano, y volvió a metérsela hasta que le dieron arcadas.

—Buena chica —dijo él, con la voz temblando—. Vas a aprender a tragártela entera.

La levantó del brazo y la tiró boca arriba en la cama. Le abrió las piernas de un manotazo y se hundió entre ellas con la lengua. Cuando su boca encontró el coño de Renata, ella pegó un grito. Nicanor le comía la concha con una precisión que la enloquecía: le chupaba el clítoris, se lo mordisqueaba, le metía dos dedos y los curvaba hacia adelante buscando ese punto que Aníbal no había encontrado en ocho años. Renata se agarraba de las sábanas, arqueaba la espalda, se sacudía. La llevó al borde tres veces sin dejarla caer.

—Por favor —suplicó ella, con la voz rota—. Por favor, Nicanor, metémela, no aguanto más.

—¿Qué te meta qué?

—La polla, dale, cogeme, cogeme ya.

Él se acomodó entre sus piernas y le pasó el glande por los labios del coño, mojándose la punta con lo que ella misma chorreaba. Después empezó a entrar, despacio, centímetro a centímetro. Renata sintió que se abría, que crujía por dentro, que el ardor y el placer se mezclaban en una sola cosa. Cuando la tuvo entera, sintió la punta empujándole algo que no sabía que tenía adentro. Nunca se había sentido así, tan llena, tan estirada, tan presente en su propio cuerpo.

Él empezó a moverse. Primero lento, sacándola casi entera y volviendo a hundirla hasta la base. Cada embestida le arrancaba un gemido a Renata. Después aceleró, agarrándola de las caderas, clavándosela hasta el fondo con un ritmo brutal que hacía golpear la cama contra la pared. Los huevos le rebotaban contra el culo.

—Así, más fuerte —pidió ella, perdida—. Más fuerte, rompeme.

La dio vuelta boca abajo, le levantó el culo y volvió a entrar por detrás. Le agarró el pelo y tiró hacia atrás mientras la embestía. Renata gritaba contra la almohada, con la boca abierta, la baba cayéndole. Sentía la verga entrarle hasta un lugar que le dolía y le encantaba al mismo tiempo. Él le pegó una nalgada, después otra, y ella pidió otra más.

—Qué puta que sos —le dijo él, hundiéndosela con más ganas—. Mirate cómo la pedís.

—Soy tu puta, soy tu puta, no pares.

Él la tumbó otra vez de espaldas y se le subió encima. Renata le clavó las uñas en la espalda mientras él la cogía con las dos manos apretándole las tetas. Sintió el primer chorro de su corrida golpeándole el fondo, caliente, espeso, y eso bastó para empujarla por el borde. Estalló en un temblor que le sacudió todo el cuerpo, el coño apretándose alrededor de la polla, ordeñándole hasta la última gota. Nicanor siguió empujando mientras se venía, vaciándose entero adentro de ella, gruñendo contra su cuello.

Quedaron quietos, jadeando, él sobre ella, con la verga todavía metida y goteando. Cuando por fin salió, un hilo de semen le corrió a Renata por el muslo. La realidad volvió a instalarse, y con ella la culpa. Pero en ese momento no le importó.

—Tenemos toda la tarde —dijo él, apartándole un mechón de la frente.

Renata sonrió. Sabía que aquello iba a cambiarlo todo. No le importó eso tampoco.

***

Las semanas siguientes fueron un torbellino de encuentros a escondidas. Renata inventaba excusas para salir: un trámite, una amiga, su madre. Siempre terminaba en el mismo departamento, donde Nicanor la esperaba, muchas veces ya desnudo, con la polla dura esperándola apenas ella cerraba la puerta.

Cada vez era más intenso que el anterior. Descubrió que le gustaba el sexo más crudo, más animal. Le gustaba que él la agarrara del pelo apenas entraba y le hundiera la cara contra su verga, que la hiciera mamársela de rodillas contra la puerta antes de siquiera saludarla. Le encantaba que la tomara por detrás sobre la mesa de la cocina, con los pantalones bajados a media pierna, mientras él le tiraba de las tetas y le mordía la nuca. Le encantaba montarlo y sentirlo entrar profundo mientras él le clavaba los dedos en las caderas y la obligaba a bajar hasta el fondo de un tirón. Descubrió que le gustaba tragarse la corrida, sentirla espesa contra el paladar y mostrársela en la lengua antes de pasársela. Cosas que con Aníbal jamás se había atrevido siquiera a nombrar.

Una tarde Nicanor le puso un dedo en el culo mientras la cogía, y ella, en vez de correrse hacia adelante, empujó hacia atrás pidiendo más. Al encuentro siguiente él la tenía preparada con lubricante y se la metió por el culo despacio, con la boca contra su nuca, murmurándole guarradas al oído. Renata lloró de placer, con el coño chorreándole por los muslos mientras se hacía coger por atrás por primera vez en su vida. Después de eso, ya no había límite.

Y cambió. Se volvió más audaz, más segura. Hasta su matrimonio se resintió: empezó a exigir, a no conformarse, a mirar a Aníbal preguntándose en qué momento se habían vuelto dos extraños que compartían una casa.

—Estás distinta últimamente —le dijo él una noche, dejando el diario sobre la mesa—. Como con un secreto.

Renata sintió el pánico subirle a la garganta, pero logró sostener la calma.

—Distinta cómo —respondió, sin mirarlo.

—No sé. Más viva.

Esa noche no pudo dormir. La culpa empezaba a pesar más que el placer. Se preguntaba si debía terminar con Nicanor, pero la sola idea le provocaba una angustia física, casi un dolor.

***

La verdad llegó por el camino más banal. Aníbal revisaba los movimientos de la tarjeta y encontró el cargo de un hotel del centro, justo el día en que ella había dicho que visitaba a su madre. Esa misma noche, mientras Renata dormía, leyó los mensajes en su teléfono. Los explícitos, los apasionados, las fotos.

Por la mañana la esperaba en la cocina, con el teléfono en la mano y una expresión que ella no le conocía.

—¿Nicanor? —preguntó, con una voz helada.

Renata palideció.

—Aníbal, te puedo explicar…

—¿Explicar qué? ¿Que me estuviste engañando con… eso?

El desprecio en sus ojos le dolió más que cualquier grito. Y entonces, en vez de hundirse, sintió una furia inesperada.

—Al menos él me hace sentir viva —respondió, con una firmeza que la sorprendió a ella misma—. Al menos él me busca, me desea. Vos hace años que me mirás como a un mueble más de esta casa.

La discusión escaló. Salieron a la luz reproches viejos, verdades incómodas. Aníbal golpeó la mesa y se fue, dejándola sola con su culpa y un silencio enorme.

***

Renata no aguantó la casa vacía. Necesitaba hablar con alguien, desahogarse, y fue al departamento de Nicanor. Encontró la puerta entreabierta. Antes de entrar, escuchó su voz: hablaba por teléfono.

—Sí, mamá, ya sé… No, no es nada serio… Diversión, nada más, ya sabés cómo soy…

Se quedó congelada en el pasillo.

—No, tranquila, no voy a dejar que me arruine la vida… Es una casada aburrida que necesitaba una buena cogida… La verdad ya me estaba cansando.

Las palabras la golpearon con más fuerza que cualquier desprecio de Aníbal. Sintió el corazón partirse, las ilusiones desarmarse una a una. Empujó la puerta. Nicanor la vio y colgó de golpe.

—Renata… no es lo que parece…

—¿Una casada aburrida? —repitió ella, con lágrimas en los ojos—. ¿Eso soy? ¿Una diversión?

Él intentó acercarse, tocarla.

—No me toques —dijo ella, retrocediendo—. No me toques nunca más.

Salió de allí sin mirar atrás, más humillada y más sola que nunca. En un solo día había perdido a su marido y había descubierto que su amante jamás la había visto como una persona.

***

Las semanas que siguieron fueron un infierno silencioso. Aníbal se había mudado a lo de su madre y empezaba a hablarse la palabra divorcio. Nicanor intentó escribirle dos veces; ella no respondió ninguna.

Se sentía vacía y estúpida. ¿Cómo había arriesgado tanto por algo que para el otro no significaba nada? Pero, con los días, debajo de la vergüenza empezó a aparecer otra cosa: una pregunta que nunca se había hecho. ¿Qué quería ella, realmente, para sí misma?

Una tarde sonó el timbre. Era Aníbal, que venía por sus cosas.

—Lo siento —le dijo Renata mientras él guardaba camisas en una caja—. Fue un error terrible.

Él se detuvo y la miró un instante.

—Sí, lo fue. Pero no fuiste la única que se equivocó. Yo también te dejé sola. Te di por sentada años enteros.

No hubo reconciliación esa tarde. Solo una honestidad nueva, áspera, que a ella le supo extrañamente a alivio. Aníbal se fue, y Renata se quedó parada en medio del living, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que el silencio de la casa era suyo.

***

Los meses pasaron despacio. Renata volvió a estudiar algo que había dejado a la mitad antes de casarse, retomó amistades que había ido perdiendo, empezó a ir sola al cine los jueves a la tarde, en el horario que antes dedicaba al supermercado. No volvió a esa sucursal nunca.

Con Aníbal hablaba de vez en cuando, de forma cordial y distante. A veces sentía nostalgia de la seguridad que había tenido, pero ya no quería volver a esa comodidad que la había ido apagando sin que ella lo notara.

Un día, caminando por el centro, vio a Nicanor del otro lado de la calle, riendo con otra mujer, tomados de la mano. Esperó el pinchazo de siempre, pero no llegó. Sintió, en cambio, una calma rara. Estaba libre de esa obsesión, libre incluso del enojo.

Esa noche se sirvió una copa de vino y se sentó en el balcón a pensar. La aventura con Nicanor la había herido como pocas cosas en su vida. Pero también, de un modo retorcido, la había liberado: le había mostrado un cuerpo y unos deseos que ella misma había decidido ignorar durante años, por miedo a ser juzgada, por costumbre, por pereza.

Lo que no había aprendido todavía —y eso lo entendió esa noche, sola, con la copa en la mano— era que no necesitaba a otro hombre para reclamarlos. Que el deseo era suyo, no un regalo que alguien venía a entregarle a cambio de su silencio.

Semanas después, Aníbal la llamó. Quería saber si le gustaría cenar alguna vez, como amigos, sin promesas. Renata se quedó un momento con el teléfono en la mano. No sabía si esa cena llevaría a algo o a nada, y por primera vez en mucho tiempo eso no la asustaba.

—Me encantaría —respondió.

No era una historia de finales perfectos, y ella tampoco los buscaba ya. A veces la felicidad no está en quedarse ni en huir, sino en mirarse de frente y aceptar lo que una descubrió por el camino, aunque el camino haya sido el equivocado.

Esta es la parte que nunca conté: no me arrepiento del deseo. Me arrepiento del modo en que dejé que otro me lo enseñara, en lugar de animarme a buscarlo sola. Esa fue, al final, mi verdadera confesión.

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Comentarios(9)

RomyBA

Increible. Me dejaste sin palabras de verdad.

NatiRosario

Esto no es solo erotico, es profundamente humano. Me llegó al alma. Gracias por animarte a compartirlo.

PaulaVidal

Por favor necesito una segunda parte!!! quedé con tantas ganas de saber qué pasó después

SofiaR_Baires

Me recordó una situación que viví hace muchos años... esas encrucijadas que uno guarda para siempre y que pocas veces se anima a contar. Muy bien escrito, se siente auténtico.

MarcoSalta

de las mejores confesiones que leí por acá. sin dudas.

FernandoQRo

Una pregunta, esto es autobiografico? se siente muy real, no parece ficcion

LauraT_

Buenísimo!! seguí escribiendo así por favor

Silvia_rdz

Qué final... me dejaste pensando un buen rato. Muy buen relato, ojalá publiques mas cosas así

Cris_Valdes

Lo que más me gustó es que tiene profundidad, no es un relato burdo. La categoría confesiones necesita más relatos de este estilo. Esperando el próximo.

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