El secreto que guardé en aquellos turnos de noche
Me ajusté el uniforme blanco frente al espejo del baño antes de salir. Treinta y dos años, cara de pocos amigos, un cuerpo flaco que delataba demasiadas guardias dobles y demasiadas noches sin dormir. Necesitaba ese trabajo como el aire. La oferta era demasiado buena para dejarla pasar: cuidar de noche a un hombre postrado en su propia casa, con un sueldo que en el hospital tardaría tres años en cobrar.
La mujer me había entrevistado por teléfono. Voz educada, temblorosa, midiendo cada palabra. Me explicó que su esposo estaba en fase terminal y que prefería tenerlo en casa antes que en una clínica. Se llamaba Raquel. Esa misma noche fui a conocer el lugar.
La casa quedaba en un barrio cerrado, callada como un cementerio. Raquel me recibió en la puerta. Tendría unos cuarenta y cinco años, una belleza apagada por el cansancio, ojeras profundas, el cuerpo delgado escondido bajo un vestido de seda gastada. Me llevó hasta la habitación de su marido, donde el hombre yacía inmóvil entre tubos y monitores que pitaban espaciados, como un reloj averiado.
—No puede hablar, apenas mueve los ojos —me dijo con la voz quebrada—. Pero entiende todo. El médico dice que puede aguantar semanas, quizás un par de meses.
Asentí. Repasé la medicación, los horarios, el equipo. La rutina era simple: administrar las drogas, asearlo, girarlo para evitar las llagas, anotar los signos vitales. La primera noche transcurrió entre el silencio de los pasillos y el pitido del monitor. Me senté en el sillón junto a la cama del enfermo, con un libro que ni siquiera leía.
Cerca de las dos de la mañana escuché un sonido apagado desde la habitación de al lado. No era el enfermo, cuyo único ruido era la respiración asistida. Era ella. Me levanté despacio y me acerqué a la puerta entreabierta. La luz de la calle entraba por la ventana e iluminaba una figura encogida sobre la cama. Raquel lloraba en voz baja, un llanto de soledad absoluta.
Dudé. No era mi trabajo consolar a la viuda anticipada. Pero algo en ese llanto me tocó, me recordó mis propias noches vacías. Entré sin hacer ruido.
—¿Señora? ¿Está bien?
Se incorporó sobresaltada, secándose las lágrimas con el dorso de la mano.
—Sí, sí… perdone. Es que a veces…
—No tiene nada que disculpar —dije, acercándome—. Debe ser muy duro.
Me senté en el borde de la cama, manteniendo la distancia. Ella me miró con los ojos hinchados, buscando algo más que palabras. Sentí el calor de su cuerpo, un perfume a jazmín mezclado con el olor a desinfectante que impregnaba la casa entera.
—¿Le preparo un té? —pregunté, por romper el silencio.
—Sí, gracias.
Sabía perfectamente hacia dónde podía ir todo aquello.
Volví con dos tazas humeantes. Ella tomó la suya con las manos temblorosas y sus dedos rozaron los míos. Fue un contacto mínimo, pero los dos nos quedamos quietos. Nos miramos a los ojos, y en ese silencio cargado de dolor y de algo más, se quebró una frontera invisible.
—Hace años que nadie me toca —confesó, casi sin voz—. No así. Hace años que nadie me coge, ni me besa, ni me mete la lengua en la boca. Estoy seca por dentro, como si me hubiera olvidado de tener coño.
No respondí con palabras. Acerqué la mano a su mejilla y ella se inclinó hacia mi palma, cerrando los ojos. Bajé la cabeza despacio y nos besamos. Fue un beso tímido al principio, después más hondo, cargado por la necesidad de dos personas que llevaban demasiado tiempo solas. Le metí la lengua entera y ella la chupó como si le fuera la vida en eso, gimiendo dentro de mi boca.
***
Mis manos bajaron por su espalda, sintiendo lo delgada que estaba bajo la seda. Ella respondió aferrándose a mí. La taza cayó al suelo y se rompió, pero ninguno de los dos se inmutó. La levanté en brazos, casi no pesaba, y la recosté con cuidado entre las sábanas. Me quité el uniforme mientras ella se peleaba con los botones del vestido, desesperada, arrancándose la seda de los hombros hasta que las tetas quedaron al aire, pequeñas, con los pezones oscuros y ya duros como piedras.
Se los mordí. Se los chupé uno a uno, tirando con los dientes, y ella arqueó la espalda y me clavó los dedos en la nuca para que no parara. Bajé lamiéndole el vientre, hundiendo la lengua en el ombligo, y le arranqué las bragas de un tirón. El coño se le abría entre los muslos, brillante, empapado, con el clítoris hinchado asomando entre los labios. Olía a hembra en celo, a jazmín y a sexo, y el olor me puso la polla como una barra de hierro.
—Por favor —jadeó—, chúpamelo, hace años que nadie me lo chupa.
Le abrí las piernas del todo y le enterré la cara en el coño. Empecé a lamerla de abajo hacia arriba, largo, hondo, saboreando cada pliegue. Le chupé el clítoris envolviéndolo con los labios y ella dio un grito que tuvo que ahogar con la mano. Le metí dos dedos y los movía hacia arriba mientras la lengua seguía trabajándole el capullo hinchado. Raquel se retorcía, me apretaba la cabeza contra el coño, me llenaba la boca de flujo caliente.
—Me corro, me corro, no pares, cabrón, no pares —gimió, y se corrió de golpe, empapándome la barbilla, temblando entera con las piernas tiesas alrededor de mi cabeza.
No le di tregua. Antes de que terminara de temblar la giré de espaldas, la puse de rodillas y le hundí la cara en la almohada. Me escupí en la mano, me la pasé por la polla y la apoyé contra su coño abierto. Ella miraba por encima del hombro, con los ojos vidriosos, esperando.
—Métemela ya —suplicó—. Métemela toda, hijo de puta, no aguanto más.
Entré en ella de una sola vez y gimió, arqueando la espalda. La polla se me hundió hasta el fondo, empapada, y sentí cómo el coño se le cerraba a mi alrededor como un puño caliente. Empecé despacio, después más rápido, más hondo. Cada embestida era una respuesta al silencio de la casa, al pitido del monitor en el cuarto de al lado, a la muerte que esperaba con paciencia detrás de la pared. La agarré del pelo y le tiré la cabeza hacia atrás mientras la cogía por detrás, la piel de mis muslos golpeando contra su culo con un ruido húmedo y obsceno que llenaba la habitación.
Raquel me clavaba las uñas en los antebrazos mientras yo la embestía con fuerza. Sus gemidos llenaban la habitación. No había ternura en aquello, solo un deseo crudo, la necesidad física de sentirse viva. Le pasé la mano por delante y le apreté una teta, después bajé al clítoris y se lo froté con el pulgar mientras seguía metiéndosela hasta las bolas.
—Más fuerte —susurró entre jadeos—. Dame más. Cógeme como a una puta, más adentro, rómpeme.
Obedecí, sintiendo cómo se contraía a mi alrededor. La saqué un momento, la giré boca arriba, le levanté las piernas y se las puse sobre mis hombros. Volví a metérsela de un golpe, doblada por la mitad, y ella gritó contra mi boca cuando la besé para taparle los aullidos. La cogí con toda la rabia acumulada de años de trabajos mal pagados y noches en soledad, la polla entrando y saliendo empapada, el coño chapoteando cada vez que la embestía. Le mordí el cuello, las tetas, los hombros, dejándole marcas rojas por todas partes.
—Me voy a correr otra vez —jadeó—, dentro, córrete dentro, quiero sentirte.
La embestí tres, cuatro veces más, hasta que la sentí romperse en un orgasmo largo, el coño ordeñándome la polla en espasmos calientes. No tardé en seguirla. Me hundí hasta el fondo y descargué chorro tras chorro de leche dentro de ella, gruñéndole al oído, mientras Raquel me apretaba las nalgas con las dos manos para que no saliera. Me quedé dentro, jadeando, los dos cuerpos pegados por el sudor, mi semen corriéndole por los muslos.
Cuando nos separamos, la realidad volvió de golpe. El silencio pesaba el doble. Raquel se cubrió la cara con las manos.
—¿Qué hemos hecho? —preguntó.
No supe qué contestar. Me vestí en silencio, sintiéndome el peor de los hombres. Había traicionado la confianza de un moribundo. Había aprovechado la fragilidad de una mujer rota.
—Voy a revisar a su esposo —dije, y escapé de la habitación.
***
En el cuarto de al lado, el enfermo me miraba con los ojos fijos, brillantes bajo la luz del monitor. Sentí un escalofrío en la espalda. ¿Habría oído algo? ¿Lo entendería? No había forma de saberlo. Revisé los signos vitales, ajusté las vías, limpié el cuerpo inerte con movimientos automáticos. Cada gesto me sabía a burla. Todavía tenía el olor del coño de su mujer pegado en los dedos.
A las cuatro de la mañana escuché pasos en el pasillo. Era Raquel, con un vaso de agua en la mano.
—¿Puede dormir? —preguntó sin mirarme.
—No.
Se sentó en el sillón, a una distancia prudente.
—Mi marido y yo dejamos de hablarnos mucho antes del accidente —dijo de repente—. Él tenía amantes. Siempre las tuvo. Yo fingía no saberlo, por los hijos, por las apariencias. Ahora los chicos se fueron y solo quedamos nosotros. Yo, y ese cuerpo sin vida.
Se pasó la mano por el pelo, un gesto cansado.
—Hace años que no siento nada. Ni placer, ni dolor. Nada. Hasta esta noche.
Sentí la vergüenza quemándome la cara.
—Señora, yo…
—No fue culpa tuya, ni mía. Somos dos personas solas en una casa llena de silencio. ¿Qué otra cosa podíamos hacer?
Se levantó y caminó hasta la puerta del enfermo. Lo observó unos segundos y volvió hacia mí.
—¿Te quedas conmigo? Solo hasta que amanezca. No para eso. Solo para no estar sola.
Dudé un instante y la seguí. Nos acostamos juntos, vestidos, sin tocarnos. Pero el calor de su cuerpo, la cercanía de su piel bajo la ropa, era más excitante que cualquier caricia.
***
Las noches siguientes repitieron el mismo patrón. De día yo era el enfermero profesional, atento y respetuoso. De noche me convertía en su amante. Ella se transformaba en cuanto se apagaban las luces: de mujer derrotada pasaba a una hambrienta que exigía más, que tomaba lo que necesitaba con una intensidad que a veces me asustaba.
La segunda noche me esperaba desnuda al final del pasillo. Sin decir nada me llevó al baño, cerró la puerta y se arrodilló frente a mí. Me bajó el pantalón del uniforme y me sacó la polla, todavía blanda, y se la metió entera en la boca. Me la chupaba mirándome desde abajo, con los ojos llenos de una urgencia hambrienta, la lengua recorriéndome los cojones, subiendo por el tronco, envolviendo el capullo. Escupía saliva sobre la polla y la extendía con la mano mientras me la mamaba hasta la garganta, arcadas y todo. Cuando estuve duro me hizo sentarme en el borde de la bañera, se subió encima de mí a horcajadas y se ensartó ella misma con la mano guiándome la polla dentro del coño.
—Cógeme como si quisieras hacerme daño —me pidió una noche mientras la embestía por detrás en la mesa de la cocina—. Hazme sentir algo, aunque sea dolor. Escúpeme, cabrón, dame de hostias en el culo mientras me lo metes.
Le escupí en el culo, le crucé las nalgas con la palma abierta hasta dejársela roja, y ella se corrió gritando contra la madera. Le apreté el cuello con una mano mientras con la otra le seguía dando cachetadas y con la polla se la metía hasta el fondo. Me pedía más, siempre más.
Una madrugada me pidió que la dominara. Que la atara. Que la castigara. La sujeté a la cama con sus propios pañuelos de seda, boca arriba, con las piernas abiertas de par en par. Le vendé los ojos con otro pañuelo y le marqué la piel pálida con la palma de la mano hasta que los muslos y las tetas se le pusieron rosados. Le metí tres dedos en el coño y con el pulgar le froté el clítoris hasta que se corrió temblando contra las cuerdas.
Después la desaté, la puse a cuatro patas y le escupí entre las nalgas. Le pasé el dedo por el culo, se lo mojé bien, y se lo empecé a meter despacio mientras con la polla le trabajaba el coño.
—En el culo —jadeó—, métemela en el culo, quiero sentirte ahí, nunca me lo han hecho, nunca.
Le saqué el dedo, me escupí en la polla, y se la apoyé contra el culo apretado. Empujé despacio hasta que el capullo entró y ella soltó un gemido largo, mitad dolor mitad placer. Empujé más, poco a poco, hasta que se la metí entera. La cogí por el culo mientras ella se acariciaba a sí misma con desesperación, dos dedos en el coño, el pulgar frotándose el clítoris.
—Más —gemía—. No pares. Rómpeme el culo, hijo de puta, dame más.
La cogía con furia, y cada golpe, cada gemido, me llevaba más adentro de un pozo del que ya no sabía salir. La sujetaba de las caderas y la embestía con toda la fuerza, mis bolas golpeándole el coño, ella empujando el culo hacia atrás para que se la metiera más hondo. Me corrí dentro del culo con un gruñido, chorro tras chorro, y al sacar la polla la leche le corrió por los muslos mezclada con su propio flujo. Cuando terminábamos, exhaustos, llenos de marcas, ella me miraba con los ojos brillantes.
—Nunca había sentido algo así —repetía—. Nunca.
Yo sentía orgullo y vergüenza al mismo tiempo. Orgullo por darle ese placer; vergüenza por traicionar a mi paciente cada noche, a un par de metros de su cama.
***
El estado del enfermo empeoraba. El pitido del monitor era cada vez más débil, más espaciado. Y Raquel se volvía más exigente, como si quisiera arrancarse a sí misma la certeza de que pronto se quedaría completamente sola. Me la chupaba en el pasillo, me la cabalgaba en el sillón mientras su marido agonizaba a tres metros, me pedía que la corriera en la cara, en las tetas, en la boca.
Una de esas noches, en mitad del acto, mientras la embestía boca arriba con las piernas sobre mis hombros, dijo en voz baja un nombre que no era el mío. El de su marido. Me detuve un segundo, sintiendo unos celos absurdos hacia un hombre que se moría detrás de la pared.
—Soy yo —le dije, embistiéndola con rabia, la polla entrando hasta el fondo con cada golpe—. Soy yo el que está aquí. Soy yo el que te llena el coño, no él. Dilo. Di mi nombre, puta.
Me miró con los ojos extraviados, como si volviera de muy lejos. Repitió mi nombre entre jadeos mientras yo seguía cogiéndola, y se corrió temblando, el coño apretándome la polla como si no quisiera soltarme nunca. Después me abrazó, y por primera vez no hubo furia, solo una tristeza enorme.
—No puedo seguir con esto —le confesé al terminar—. Cada vez que estamos juntos sé que piensas en él. Y yo no puedo competir con un fantasma.
Raquel se sentó en la cama, cubriéndose con la sábana manchada.
—Tienes razón —admitió—. A veces cierro los ojos e imagino que es él, antes del accidente. Pero también es verdad que contigo sentí cosas que con él nunca sentí. Contigo me sentí viva otra vez. Contigo me corro como no me corrí con él en veinte años.
Me tomó de la mano, temblando.
—Queda poco tiempo, lo sé. El médico dijo que días, una semana como mucho. Solo te pido que me acompañes hasta el final. Después podrás irte. Con mi agradecimiento. Con lo que necesites.
La miré, y a pesar de todo, no fui capaz de dejarla sola.
—De acuerdo —dije—. Me quedo.
***
Esa noche nos buscamos con una calma que no conocíamos. Sin rabia, sin fantasmas. Solo dos cuerpos encontrándose en la oscuridad. La desnudé despacio, besándole cada centímetro de piel, mordiéndole el cuello, chupándole los pezones hasta que se le pusieron duros. Bajé lamiéndole el vientre y le abrí las piernas otra vez, pero ahora sin prisa, saboreando el coño como si fuera la última vez. Le pasé la lengua plana desde el culo hasta el clítoris, largo y lento, una y otra vez, hasta que ella empezó a temblar y a suplicar en voz baja.
—Métemela ya —susurró—, pero despacio, quiero sentirla entrar.
Me moví dentro de ella despacio, hondo, y ella me recibió con las piernas entrelazadas en mi cintura. Cada embestida era larga, completa, la polla saliendo casi entera y volviendo a hundirse hasta el fondo. Ella me acariciaba la cara, me besaba mientras la cogía, me miraba a los ojos con una intensidad que me quemaba. Le pasé la mano bajo el culo para levantarla un poco y hundírmela más adentro, y ella gimió mi nombre contra mi boca. Esta vez, cuando murmuró «mi amor», supe que me lo decía a mí.
Nos corrimos juntos, casi en silencio, ella temblando debajo de mí y yo vaciándome dentro con espasmos largos, sintiéndola apretarme la polla con cada oleada. Nos quedamos abrazados, empapados, sin decir nada, mientras el pitido del monitor seguía sonando en el cuarto de al lado.
Tres noches después, el pitido se aceleró de golpe y se convirtió en una línea continua. El pecho del enfermo se tensó y se relajó por última vez. Raquel le sostenía una mano y a mí la otra, apretándola con todas sus fuerzas. Lloró en silencio, un llanto que parecía no tener fondo, y yo la sostuve hasta que se calmó.
—Se ha ido —susurró.
La llevé a su cama y nos quedamos acostados, vestidos, mientras el amanecer empezaba a entrar por la ventana.
—Tú te irás, y yo intentaré seguir viviendo —dijo, mirando el techo—. Lo nuestro nació de la muerte y de la soledad. No puede sobrevivir a la luz del día. Sería una mentira, y los dos ya mentimos demasiado.
Asentí, aunque una parte de mí quería protestar.
—Tienes razón —fue lo único que dije.
Antes de irme me entregó un sobre. Dentro había más dinero del que yo ganaría en años.
—Es lo menos que puedo hacer por todo lo que me diste. Pero vete ahora, antes de que salga el sol. No quiero que la luz manche lo que tuvimos.
Me vestí en silencio, le besé la mano y salí de aquella casa para no volver. Caminé por las calles desiertas del barrio con el sobre en el bolsillo y el olor a jazmín todavía en la piel.
Nunca más volví a verla. Nunca más supe de ella. Usé ese dinero para estudiar, para dejar las guardias nocturnas, para armarme una vida normal. Y, sin embargo, hay madrugadas en las que cierro los ojos y vuelvo a esa habitación, a ese cuerpo pálido, a esos gemidos ahogados a un metro de un moribundo. Vuelvo al sabor de su coño, al calor de su culo apretándome la polla, a la manera en que gritaba mi nombre mordiendo la almohada.
Todavía me pregunto si todo aquello fue un error. Nunca encuentro una respuesta clara. Solo sé que, durante unas pocas semanas, ayudé a una mujer a sentirse viva en medio de la muerte. Y que yo, por primera vez en mi vida gris, me sentí vivo también. Quizás eso, después de todo, fue suficiente.