Las cuerdas son lo único que me hace sentir vivo
Desperté con el cuerpo hecho un campo de batalla. Las marcas del shibari todavía ardían, como si las cuerdas siguieran ahí, apretando, reclamando cada centímetro de piel. Líneas rojas que la noche había inflamado hasta volverlas moratones violetas y negros, sombras vivas que se extendían por el torso, los brazos, los muslos.
Las muñecas y los tobillos hinchados respondían al roce más mínimo de la sábana. El cuello guardaba el anillo morado de la corbata que me había robado el aliento, una marca que dolía al tragar, el recuerdo exacto de la asfixia medida, controlada, deliciosa.
Cada movimiento era una crueldad y una promesa. El dolor latía en oleadas y mi cuerpo me traicionaba: se endurecía solo de recordarlo, mandaba un pulso caliente y vergonzoso a la entrepierna. Me incorporé en el sofá. Una botella vacía rodó por el suelo con un sonido hueco.
Presioné una de las marcas del cuello hasta que el pinchazo me arrancó un jadeo. ¿De verdad necesito esto? La pregunta me taladraba el cráneo. Una parte de mí pedía más, esa catarsis brutal donde el mundo se reduce a sensación pura, lejos del odio a Renzo y del agujero negro que dejó él en mi pecho.
La otra parte sabía que cada sesión me empujaba un poco más al borde. A un precipicio donde el dolor dejaría de ser liberación para convertirse en caída libre. Salvación o autodestrucción. No tenía respuesta. Solo el eco de la duda.
Tae me observaba desde el umbral, como siempre. Ojos hambrientos de secretos, una devoción enferma mezclada con celos que jamás se atrevía a nombrar. Lo notaba todo: mi manera rígida de caminar, los gestos de dolor que intentaba esconder, cómo me tocaba el cuello sin darme cuenta.
¿Quién te ha marcado así, mi señor? Se lo leía en la cara, en la forma en que sus dedos se crispaban como si quisiera tocar él mismo cada moratón. No preguntaba. Todavía.
—Voy a la sede —dijo al fin, la voz baja, midiendo cada sílaba como quien camina sobre vidrios rotos—. Asuntos personales que no pueden esperar. ¿Necesitas algo antes de que me vaya? ¿Comida para reponerte? ¿O quizá... algo para ese dolor que crees que disimulas? Hoy te mueves como si cada paso fuera una batalla.
Lo miré con frialdad, ignorando el subtexto que goteaba de sus palabras.
—Ve. Y tráeme noticias si las hay. No me hagas perder el tiempo con preguntas que no te corresponden, Tae. Sabes que hoy no estoy de humor.
Salió sin replicar, pero su mirada se demoró un segundo de más en mi cuello. Cuando la puerta se cerró, el silencio del viejo teatro cayó sobre mí como una losa.
***
Bajé al vestíbulo. El conserje viejo —el que me vio crecer, el que sabe demasiado y dice poco, el que presenció mi transformación de niño roto a rey del Sindicato sin juzgarme jamás— limpiaba con manos temblorosas las butacas vacías.
—Necesito una librería de viejo —le dije, la voz neutra pero sin réplica posible—. En un barrio humilde, lejos del centro. Nada turístico, nada conocido. Un sitio discreto, donde nadie haga preguntas.
El hombre me miró sorprendido, pero respondió con respeto, la voz algo vacilante.
—Sí, señor. Hay una en el barrio viejo, cerca de donde me crie. Se llama «Hojas Perdidas». Libros polvorientos, algunos en estado lamentable, pero con tesoros que nadie más sabe apreciar. Está en una callejuela tranquila. No va casi nadie.
Le agradecí con un gesto seco.
—Mándame la dirección exacta. Y si Tae pregunta, no le digas dónde he ido. Solo que volveré cuando vuelva. No quiero explicaciones ni que se meta en lo que es mío. ¿Entendido?
El conserje asintió, temeroso pero leal.
—Entendido, señor. No diré una palabra. Aquí su intimidad es sagrada.
***
Saqué la moto antigua y conduje hasta el barrio decrépito, un laberinto de calles estrechas y edificios que olían a nostalgia y abandono. Aparqué en un callejón oscuro y entré en la librería. Estanterías torcidas, libros amontonados hasta el techo, el aire espeso de polvo y papel amarillento.
Lo primero que pensé fue que él se habría vuelto loco de felicidad allí. La cantidad de volúmenes, el caos ordenado que invitaba a perderse durante horas, las cubiertas desgastadas que pedían a gritos una mano que las acariciara.
Y entonces llegó la voz. Suave, cálida, exactamente como la recordaba de nuestras noches, cuando él era mi mundo entero.
—Dios... mira esto. Tratados antiguos, libros prohibidos. ¿Cómo puede caber tanta belleza en un sitio tan olvidado? Es un tesoro enterrado. Podría pasarme días aquí, tocando cada página, oliendo el tiempo en el papel.
Me quedé inmóvil. La voz no acusaba esta vez. Era puro asombro, como cuando Jin se perdía en sus lecturas en nuestro apartamento y se olvidaba del Sindicato por un rato.
Giré la cabeza. Nadie. Solo estanterías y polvo flotando en la luz tenue.
Pero la voz siguió, más cerca, como si caminara a mi lado y me rozara el hombro con el suyo, igual que solía hacer.
—Nunca me trajiste a un lugar así. Siempre hablábamos de ello, ¿te acuerdas? De escaparnos una tarde, solos, sin guardias, sin reuniones. Solo libros y silencio. Pero nunca lo hicimos.
Cerré los ojos un instante. La culpa me apretó el pecho, ese nudo que nunca termina de deshacerse.
—Nunca me lo pediste —respondí en voz baja, casi para mí—. Y me habría encantado. Verte perderte aquí durante horas. Ver cómo se te iluminaban los ojos con cada hallazgo. Verte sonreír de esa forma que solo yo conocía. Habría dejado el mundo entero por un día así contigo.
Un silencio breve. Luego la voz, más baja, con un matiz de tristeza que me atravesó como un cuchillo lento.
—Y, sin embargo... has venido solo. Para complacer a tu Amo. Para esto sí encuentras tiempo, para buscar los libros que él te pidió. Para sumergirte en un mundo que compartíamos en sueños y jamás en la realidad. ¿Por qué ahora? ¿Por qué por él?
Abrí los ojos. El librero me observaba raro desde el mostrador. No dije nada. Bajé aún más la voz.
—No es por él —susurré—. Es por... volver a sentir algo. Por romper esta cáscara vacía en la que me convertí sin ti.
La voz se volvió más firme, dolida, un eco de las discusiones de cuando el Sindicato nos robaba el tiempo.
—Es por él. Porque él te ordenó leer al Marqués de Sade. Porque él te prometió más dolor, más entrega. Y tú corres a buscar sus libros. A mí nunca me diste esa atención. Nunca una tarde tranquila entre estanterías. Siempre había reuniones, traiciones, la corona. Y yo a tu lado, esperando que algún día me miraras como miras ahora estas páginas.
La alucinación me cerró la garganta. El pecho me dolía más que cualquier marca de la piel.
—Déjame en paz —susurré con la voz quebrada—. Es una tortura verte sabiendo que no estás. Que no vas a volver. Que te perdí por mi culpa. Cada vez que apareces es revivir esa noche, verte morir por mi error, por no protegerte. Por favor... déjame.
La voz se desvaneció despacio y dejó solo el silencio y el polvo. Me obligué a seguir. Encontré los tratados prohibidos. Y al fondo, lo que buscaba: los libros del Marqués de Sade. Pedí que enviaran casi todos al teatro. Me guardé uno solo, «La filosofía en el tocador», delgado y denso, en el bolsillo interior de la chaqueta.
***
Salí y caminé hasta una cafetería modesta del barrio. La misma de mi infancia. Mesas rayadas, olor a café quemado y a pan. La chica que atendía —vecina de entonces— me reconoció y sonrió con timidez.
—Café solo. Doble.
Me senté en la mesa del rincón y abrí el libro. Las páginas hablaban de dominación cruda, de sumisión absoluta, de placer arrancado del sufrimiento. Cada línea resonaba en mí: cuerpos entregados, límites borrados, dolor que se transforma en éxtasis.
Me endurecí al instante. Intenté cruzar las piernas, pero el roce de las marcas lo intensificó todo. Jadeé por lo bajo. El pulso en la entrepierna era urgente, traicionero, imposible de ignorar.
La voz volvió, susurrándome al oído, esta vez con una mezcla de desconcierto y reproche, igual que en aquellas conversaciones largas en las que él intentaba entenderme, sacarme del caparazón.
—No lo entiendo... ¿Por qué te has obsesionado con esto? Con las cuerdas, con que otro te ate y te haga sufrir. ¿Qué tiene eso que no tuviéramos nosotros? Nosotros éramos de verdad. Éramos amor. Éramos compañeros en todo. ¿Por qué el dolor como sustituto?
Cerré los ojos con fuerza. La mano me temblaba sobre la página. El café humeaba olvidado a mi lado.
—Tú fuiste mi primer y único amor —susurré con la voz ronca, como si hablara con él de verdad y no con un fantasma—. El único que importó. El único que estuvo a mi lado en cada decisión oscura, el que me conocía entero, el que me veía más allá del monstruo. No siento nada por el Amo. Me saca de quicio. Es arrogante, soberbio, siempre tanteando mi paciencia. No es deseo. No es vínculo. Es solo... una herramienta.
Silencio. Luego la voz, más suave, casi triste, como cuando me consolaba después de una noche de sangre.
—¿Una herramienta para qué? ¿Para olvidar? ¿Para castigarte?
—Para liberarme —confesé, y las palabras salieron como un peso que ya no podía cargar—. Cuando me ata, cuando el dolor me atraviesa, por un momento la cáscara vacía en la que me convertí sin ti se rompe. Como si volviera a respirar. Como si el vacío dejara de aplastarme unas horas. No es por él. Es porque sin ti no queda nada. Y esto me hace creer que aún hay algo vivo dentro, aunque sea solo dolor.
La voz calló un instante. Luego, herida, casi un susurro roto.
—Habrías preferido morir conmigo aquella noche, ¿verdad? Antes que vivir esto.
Abrí los ojos. Unas lágrimas que no quería derramar me ardían en el borde.
—Tenía que haber muerto contigo —admití con la voz quebrada—. Así no viviría este infierno. Así no estaría aquí, buscando en otro hombre el dolor que me hace olvidar que te perdí por mi culpa. Por no protegerte. Por elegir el poder antes que a ti en aquel instante fatal.
La alucinación se disolvió. El café seguía delante, humeante. Lo bebí despacio, intentando aflojar el nudo de la garganta.
***
Saqué el teléfono y le escribí al Amo: «Mi amo, empiezo a leer La filosofía en el tocador».
La respuesta llegó al instante: «Estoy muy satisfecho. Memoriza cada detalle. No me hagas esperar... o te castigaré».
El pulso volvió. Más fuerte.
El teléfono sonó otra vez. Tae.
Descolgué, molesto.
—¿Qué quieres ahora?
—Mi señor... hace horas que saliste. Sin escolta. La ciudad es peligrosa. ¿Dónde estás? ¿Voy a buscarte?
Reí por lo bajo, sin calor.
—No necesito niñeras. La ciudad entera me teme. Dime la verdad: ¿quién pregunta? ¿La organización o tu devoción enferma?
Silencio. Luego, la voz sumisa.
—Ayer te noté distinto. Me preocupo. La organización también nota que estás cambiando.
—No te pongas sentimental. Sé que estoy perdiendo la cabeza. Y he encontrado la manera de no perderla del todo. No os incumbe cómo.
Colgué.
***
Salí a fumar, apoyado en la pared. La chica regaba unas plantas junto a la puerta. Le ofrecí un cigarrillo. Lo aceptó. Se lo encendí y la llama bailó cerca de su rostro.
—Siento el ruido ahí dentro —dije.
—A esta hora no molesta nadie, está todo tranquilo. ¿Otro café?
Recordé la infancia. El chocolate caliente de su abuela. El único refugio que tuve.
—No, gracias. Ya me voy.
Subí a la moto. Dudé. El teatro o el Amo. El libro me había dejado con ganas de más: dominación cruda, sumisión total. Las marcas latían bajo la ropa. Saqué otro cigarrillo y lo encendí. El humo no disipó nada.
Lo tiré al suelo. Lo aplasté con la bota.
Marqué su número.
—Estoy de camino —dije, ronco.
El Amo respondió, satisfecho.
—Llevaba rato esperando tu llamada. Ven. Volveré a romperte... y esta vez no pararé hasta que supliques por más.
Arranqué la moto. El motor rugió como mi propia oscuridad.
El vacío me seguía pegado a la espalda.
Pero esta vez pensaba enfrentarlo con cuerdas.
Y quizá, solo quizá, encontraría un instante de paz en mitad del caos.