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Relatos Ardientes

La noche que el hijo de mi amiga volvió borracho

Me llamo Carmen y hoy tengo cincuenta y cuatro años. Lo que voy a contar pasó hace seis, cuando todavía no había cumplido los cincuenta y me creía a salvo de cierta clase de tentaciones. Resulta que una nunca está a salvo del todo.

Lorena y yo somos amigas desde el colegio. Crecimos en el mismo barrio, compartimos los primeros cigarrillos a escondidas, las primeras resacas y los primeros novios que no valían nada. Después nos formalizamos casi a la vez: yo me casé con Raúl, ella con Sergio, que le llevaba unos años. Tuvimos a nuestros hijos el mismo otoño. El mío se llama Diego; el de ella, Marcos. Los criamos juntos, casi como hermanos.

La vida nos fue tratando como trata a casi todo el mundo, con su mezcla de rutina y de golpes. A Lorena se le murió Sergio de un infarto antes de tiempo. A mí, Raúl me dejó por otra y se fue a vivir a la costa. Nos quedamos las dos solas, pero no encerradas: pasamos el duelo apoyándonos una en la otra, como habíamos hecho siempre con todo lo demás.

No es por presumir, pero ninguna de las dos se había estropeado con los años. Lorena era más alta que yo, con más pecho, de esas mujeres a las que los hombres se les quedan mirando el escote en la cola del supermercado. Yo era más baja, con menos delantera, pero con unas curvas que se notaban y un trasero del que, modestia aparte, estaba bastante orgullosa.

Diego y Marcos siguieron tan unidos de mayores como de pequeños. Dormían uno en casa del otro, se quedaban a cenar sin avisar, desaparecían los fines de semana enteros. Yo los había visto crecer a los dos, había hecho de árbitro en sus peleas, los había llevado de excursión y les había curado las rodillas. Para mí, Marcos era casi otro hijo.

Hasta que un día dejó de serlo.

***

Fue una tarde de verano, sin más. Marcos estaba en mi salón sin camiseta, recién salido de la piscina, y me lo quedé mirando un segundo de más. Tenía diecinueve años, el pecho liso, los hombros anchos, esa piel tirante que solo se tiene a esa edad. Lo vi como un hombre, no como el crío al que había visto crecer. Y lo peor llegó esa noche, cuando me sorprendí pensando en él mientras me daba placer a solas en mi cama.

Me asusté. Al día siguiente intenté convencerme de que había sido una tontería, un calentón pasajero. Pero la semilla ya estaba plantada y no paraba de crecer. Empecé a evitar quedarme a solas con él. Yo, que andaba por casa en bata o en camisón sin pensarlo, de pronto me vestía con cuidado cuando sabía que iba a venir. Dejé de hacerle las bromas de siempre sobre las chicas con las que salía. Me había entrado una culpa absurda, como si pensar ya fuera pecado.

De noche, en cambio, en la intimidad de la almohada, no me ponía freno. Las fantasías con Marcos se volvieron casi una costumbre.

***

Lo que lo cambió todo fue una conversación que no debí escuchar.

Nos habíamos ido las dos familias a pasar unos días a un apartamento alquilado, de esos modernos con las paredes tan finas que oyes hasta los pensamientos del vecino. Yo estaba en el baño, sentada, leyendo en silencio. Diego y Marcos creían que estaban solos en casa y hablaban en su cuarto a volumen normal. Lo oía todo.

—Qué suerte tenemos con nuestras madres —decía Diego—. Nos llevan a sitios chulos y se enrollan con nosotros.

—Y encima están de buen ver —contestó Marcos—. No parece que pase el tiempo por ellas. Tienen locos a la mitad de los profesores cuando van a hablar a las tutorías.

—Eh, sin pasarse, que son nuestras madres —se rio mi hijo.

—Pero están buenas, tío. A tu madre la miran por la calle. El de Matemáticas no recibe a nadie y a ella la atiende media hora.

Diego se partía de risa imaginándose al profesor, un señor que rondaba los setenta. Yo me quedé helada en el baño, con el libro abierto sin leer.

—A mí tu madre me parece guapísima —siguió Marcos, y se me cortó la respiración—. Siempre va arreglada, siempre simpática. Ya me gustaría tener una mujer así.

—Pues anda que la tuya —dijo Diego—. Un día la pillé en ropa interior en tu casa y me puse fatal, en serio.

Siguieron un rato, recordando veces que nos habían visto en bañador, en pijama, descuidadas. Cosas en las que nosotras jamás habíamos reparado. Me marché de allí de puntillas, sin que se enteraran, con el corazón a mil. Acababa de descubrir que esos dos críos hacía mucho que habían dejado de mirarnos con inocencia.

***

Esa noche, en la cafetería del pueblo, se lo conté a Lorena entre risas, como si fuera una anécdota graciosa. La sorpresa me la llevé yo: me confesó que ella ya se había dado cuenta de que Diego se le quedaba mirando el escote y las piernas. Y que, lejos de molestarle, le gustaba sentirse deseada por un chaval tan guapo.

Entonces di yo el paso. Le dije que a mí me pasaba lo mismo con Marcos, que lo había mirado como se mira a un hombre que apetece. Y ella me contó que también había deseado a Diego, que incluso lo había espiado una vez por la puerta entornada mientras se duchaba.

—Estamos hechas unas viejas verdes —dije, y nos reímos las dos—. Será que nos falta un hombre que nos haga caso.

Pero algo cambió en mí a partir de ahí. Dejé de esconderme delante de Marcos. No es que lo provocara, pero ya no me cambiaba de ropa ni me tapaba con batas. Si estaba en mallas, me quedaba en mallas, aunque marcaran cada curva. Si llevaba escote, no lo disimulaba.

Y, con la malicia recién estrenada, empecé a notar cosas. Me agachaba a recoger algo y lo pillaba mirándome el culo embutido en la tela ajustada. Me inclinaba sobre la mesa y veía sus ojos buscar por el hueco del escote. Me gustaba. Para qué voy a mentir, me hacía sentir viva que ese chico me deseara.

***

Una noche se fueron los dos de fiesta, una de esas celebraciones de estudiantes. Salieron de mi casa guapísimos, recién duchados, oliendo a colonia. Les hice un par de fotos y los piqué con que iban a arrasar.

A las cuatro de la madrugada yo seguía despierta, con esa antena que tenemos las madres encendida por si había que ir a buscarlos. Oí la llave en la cerradura y, antes de ver nada, ya supe que algo iba raro. Entraron entre tropezones, voces bajas, risas torpes.

Salí de mi cuarto en camisón, tal cual estaba, y me encontré a Diego pasadísimo de copas en el pasillo, colgado del hombro de Marcos, que intentaba sostenerlo como podía.

—¿Pero qué ha pasado? ¿Cómo viene así? —pregunté sin esperar respuesta.

—No hemos bebido tanto, Carmen, te lo juro. Se le ha subido de golpe. Igual no ha comido en todo el día.

—Vamos a meterlo en la ducha.

Yo llevaba un camisón corto de seda, con la parte de arriba de puntilla recogiéndome el pecho y la falda blanca, ligera, un poco transparente. En esos primeros minutos no pensé en cómo iba: solo me preocupaba mi hijo. Enseguida vi que no era nada grave, una borrachera de chaval que se arreglaría con un día de resaca, pero aun así lo metimos en la ducha.

Al abrir el grifo me salpiqué el camisón, y la seda mojada se me pegó al cuerpo como un velo, transparente del todo. Marcos se quitó la camisa para no empaparse y entre los dos sujetamos a Diego bajo el agua. Cuando lo dejamos más sereno, lo acostamos y salimos al salón.

Fue entonces, ya tranquila, cuando me di cuenta de la estampa: yo con un camisón mojado que tapaba menos que ir desnuda, y él sin camisa, con el torso al aire. No me importó. Ya he dicho que últimamente hasta me gustaba que me mirara.

Nos dejamos caer en el sofá. Le ofrecí agua, que de alcohol ya había tenido bastante. Yo me abrí una cerveza para acompañarlo. Le pregunté qué habían hecho y empezamos a bromear, a reírnos, a contarnos cosas. Yo le solté alguna anécdota de mis tiempos de juventud. Lo estábamos pasando bien, demasiado bien, y poco a poco noté cómo me miraba distinto.

Una cosa llevó a la otra. Nos giramos a la vez, se nos juntaron las caras y nos besamos.

Dios, qué subidón. Esa boca joven contra la mía, besándome con un hambre que hacía años que nadie me dedicaba.

—Esto no está bien, Marcos —dije separándome, intentando sonar seria—. No podemos seguir.

—Ya sé que está mal. Pero te deseo desde hace mucho, Carmen. Será nuestro secreto. Nadie tiene por qué saberlo.

Con las defensas por los suelos, esas palabras y ese cuerpo delante acabaron conmigo. Me lancé yo esta vez, y lo besé con todas las ganas que llevaba meses guardando.

***

Nos comimos a besos mientras mis manos recorrían su espalda desnuda. Él bajó por mi cuello, me chupó el lóbulo de la oreja, y aquello fue como un cortocircuito que me recorrió entera. Ya respiraba fuerte, me faltaba el aire.

Siguió bajando, besándome la piel, el hombro, hasta llegar a mis pechos, apenas cubiertos por el encaje mojado. Sentía cada caricia de su lengua a través de la tela, sus dientes mordiéndome con suavidad los pezones, que tenía duros como piedras.

El calor me subía por todo el cuerpo y noté cómo me humedecía por dentro. Dejé de hacerme la pasiva. Mi conciencia conservadora se vino abajo de una vez. Le bajé las manos por la espalda hasta colarme bajo la cinturilla del pantalón, y empecé a desabrocharle el cinturón. Él me ayudó hasta quedarse en ropa interior, con un bulto que no dejaba lugar a dudas de cuánto me deseaba.

Me bajé los tirantes del camisón y dejé que viera lo que tanto había mirado de reojo.

—Qué guapa eres, Carmen —murmuró mientras me acariciaba con las dos manos y me lamía despacio—. Llevo soñando con esto mucho tiempo.

Me puse de pie y, con un gesto que sentía más mío que nunca, dejé caer el camisón al suelo. Me quedé delante de él en tanga, ese tanga finísimo que el agua y el deseo habían vuelto casi invisible. Me agarró de las caderas y me atrajo hacia su boca, y empezó a lamerme por encima de la tela hasta empaparla del todo.

No aguanté más. Me bajé el tanga, apoyé un pie en el sofá y le abrí paso para que hiciera lo que quisiera. Y vaya si lo hizo. Su lengua subía y bajaba sin pausa, buscando justo donde yo necesitaba, y yo movía las caderas a su ritmo, persiguiendo el placer. Aquel crío parecía un experto. Me corrí casi sin avisar, con un temblor que hacía siglos no sentía, y vi su cara empapada y satisfecha.

Me arrodillé entre sus piernas. El bulto de la ropa interior era ya imposible de contener. Le tiré de la cinturilla y lo liberé. Se le puso firme al instante, y yo lo agarré con la mano y empecé a recorrerlo con la boca, despacio, disfrutando de la reacción de su cuerpo, de cómo se tensaba cada músculo cuando jugaba con la lengua.

Él respiraba cada vez más rápido, con la cara desencajada de placer. A mí me volvía loca ver a ese hombre joven derretirse con mis caricias. Lo chupé hasta dejarlo a punto, y entonces ya no pude esperar más a tenerlo dentro.

Me subí sobre él, lo guie hacia mí y me dejé caer despacio, centímetro a centímetro, queriendo notarlo todo. Lo sacaba, volvía a bajar un poco más, jugando, hasta que de un golpe lo tuve entero. Los dos jadeábamos, se nos escapaban gemidos que yo intentaba sofocar para que Diego no oyera nada desde su cuarto.

Empecé a moverme encima de él, primero lento, después más rápido, y cada vaivén multiplicaba el placer. Él me agarraba las nalgas, marcaba el ritmo, me ayudaba a subir y bajar. Encontró un punto dentro de mí que me llevó a otro orgasmo, distinto al primero, más profundo.

Le pedí una tregua, agotada, pero él tenía diecinueve años y no entendía de cansancio. Me tumbó en el sofá, se colocó entre mis piernas y volvió a entrar, esta vez marcando él el ritmo, con esa energía que solo se tiene a su edad. Yo miraba ese cuerpo joven tensándose sobre el mío y no me lo creía.

Cuando noté que estaba cerca, lo aparté y me lo llevé a la boca. Quería terminar así, sintiéndolo. Se corrió con un gemido contenido, y yo lo recibí sin apartarme, apurando hasta el final.

***

Se dejó caer a mi lado, exhausto, y me abrazó. Me besó el hombro y me susurró que había sido la mejor noche de su vida, que ni en sus mejores sueños se había imaginado algo así. Yo me quedé un rato disfrutando de ese calor, piel contra piel, hasta que la cordura volvió y me acordé de Diego durmiendo a tres metros.

—Tenemos que separarnos —le dije con una caricia—. Voy a ducharme y a la cama. Tú haz lo mismo y duerme en el cuarto de Diego, como siempre.

Me dio un último beso, largo, y me dejó marchar. Bajo el agua de la ducha repasé cada momento de aquella noche con una sonrisa que no me podía quitar.

Hablamos al día siguiente y dejamos las cosas claras. Hubo algún encuentro más con el tiempo, alguna visita incluso cuando él ya tenía novia, pero ninguno fue como aquella primera vez. Como todo en la vida, lo nuestro tenía fecha de caducidad, y cuando llegó, lo dejamos ir sin dramas.

De aquella madrugada, en cambio, todavía me acuerdo cada vez que cierro los ojos.

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Comentarios (6)

RodriCba7

de las mejores confesiones que lei aca, gracias por compartirlo!!

LectoraClandestina

Me quede sin palabras. Se siente tan real que te imaginas la escena completa. Mas asi por favor!

TitoMar22

jajaja la parte del camizon me mato, esas situaciones que empiezan sin querer son las mas intensas

Claudio_BA

esperando la continuacion, no podes dejarnos asi

NicolasT87

Me recordo a algo que me paso hace unos años con una situacion parecida, uno nunca olvida esas noches. Muy bien narrado

SolBA

Yo me hubiera muerto de verguenza jajaja pero bueno, parece que la noche salio redonda. Sigue contando!

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